
Era una hora de la mañana, ni idea cual. Yo no tenía nada urgente que hacer durante todo el día y dormía sin remordimientos, sobre las sábanas empapadas de mi sudor de agosto. Sonó el timbre de la puerta, Anais se puso a ladrar como una demente: como si quien estuviera tocando nos fuera a regalar un millón de dólares y, si no abría la puerta inmediatamente, iba a decidir dárselo a otro. Todo empezó ahí.
Me desperté alarmado. No esperaba visita. Ninguna chica. Cuando espero a alguna chica tengo la casa limpia; cuando no, está bastante descuidada. Llevaba una semana tratando de traerme una mujer a la cama, pero ya había desistido. Cuando 12 chicas te dan larga, quizá lo adecuado sea tirar la toalla y encerrarse en casa a esperar que la suerte cambie y te desaparezca la papaday la barriga. Miré por la mirilla. Era, sin lógica alguna, una chica:
-¿Sí? –pregunté extrañado.
-¡El contador del gas! –respondió. El contador del gas era joven, guapa, flaca, sudamericana, piel color tierra clara. Llevaba su cabello caoba recogido y meticulosamente ordenado en una coleta.
A su lado descubrí a mi vecina: una anciana adorable que a veces toca el timbre de mi puerta para regalarme gazpacho o un plato de macarrones con carne. Yo no podía abrir la puerta bajo ninguna circunstancia. Estaba en calzoncillos. Los reinaba una erección matutina super dura. La casa, debido al despecho y mi falta de motivación por el futuro, estaba hecha una mierda. Anais no paraba de ladrar. Pero lo malo es que la anciana adorable empuñaba, como un revolver, en sus manos, la copia de las llaves de mi apartamento. Cuando lo alquilé me convencieron de las ventajas de que la anciana adorable tuviera una copia de las llaves de la casa: era de fiar, siempre estaba por la labor de ayudar y si algún día venía el contador del gas (en este caso contadora) y yo estaba ausente por trabajo, ella … abriría la puerta.
Y la abrió, siempre tan presta a ayudar a su vecino. No pude evitarlo. El cerebro no me funcionaba bien. Creo que la anciana adorable preferiría la muerte antes de no ayudarme al instante. Me vieron en calzoncillos, mi erección gigante: la anciana creo que no se fijó o no le dio importancia, la contadora del gas sí. Se puso nerviosa. Quizá pensó que yo era un violador. Desvió la vista:
-Estaba durmiendo –traté de explicarme- Disculpen.
Acompañé hasta la cocina a la contadora del gas. Gracias a Dios la anciana quedó en la puerta. No le diría a la dueña del piso en qué estado estaba el apartamento. La cocina estaba super sucia: espaguetis, cajas de pizzas, botellas vacías de coca cola, cartones de helados de 1 litro vacíos y chupados, pipas de melón por el suelo: la dieta habitual del solitario fracasado al que le da igual la vida. Le abrí la puertecitas que están bajo el fregadero. Allí estaba el contador del gas, entre una montaña de bolsas abiertas de basura putrefacta. Un halo de alguna carne podrida se liberó del interior de algunas de las bolsas e infectó cada partícula de oxígeno de la cocina sin piedad. La chica miró mi erección, la basura y comenzó a vomitar.