UNO
Desde mi nacimiento vivo postrado en una cama. Treinta y cinco años sin levantarme, inmovilizado, tomando tranquilizantes que calman los latidos de mi corazón. Si ceso de tomar esas fuertes drogas los médicos aseguran mi muerte. Sufro continuos e impredecibles ataques de adrenalina que tratan de disparar los latidos de mi corazón hasta lo humanamente insoportable.
Hoy he decidido suicidarme. Mi hermana va a casarse, la fecha de su boda está fijada. Siempre he estado enamorado de mi hermana. Enamorado de verdad, no como se enamoran las personas normales: me refiero a los simios sabios que viven en la ciudad. Los simios que sí que pueden caminar y que tienen vidas normales porque no viven postrados en una cama. Jamás he tenido el valor de confesarlo a mi hermana. Sólo de amarla en silencio. Masturbarme en soledad. En el siguiente ataque de adrenalina, no voy a apretar el pulsador que inyectaría dentro de mi vena los tranquilizantes que necesito para calmar mi corazón y seguir viviendo. Porque no hay nada que cure el amor. Únicamente la muerte.
Jamás será mía.
Desde el quinto piso en el que malvivo, miro por la ventana. Busco a alguna mujer que posea cierto parecido físico con mi hermana. Necesito imaginar que viene a visitarme antes de mi muerte y a decirme que, maldita sea, ya sé que no debería, pero te amo, te deseo, hermano. Una vez más mi corazón ha comenzado a latir con prisa endemoniada. Cada segundo a mayor intensidad. Cierro los ojos, siento el sabor de la muerte en mi garganta. O quizá a esto sabe el terror. No pulsaré el botón de los tranquilizantes ¿Mil pulsaciones por segundo? ¿Es eso posible? ¿Aun no estoy muerto? La sensación es inaguantable. Voy a partirme en dos, abrirme por la mitad. Igual que si fuera propulsado por una catapulta salgo disparado de la cama, hacia la ventana, atravesándola. Mi débil cuerpo rompe el cristal en mil pedazos. Sin embargo,no caigo. Floto. Vuelo ¿Qué es esto? Tengo alas. Me han salido alas. Alas de águila gigante ¿Qué ocurre?
Con naturalidad vuelo por el cielo, igual de fácil que parpadear. No me cuesta nada hacerlo. Si hubiera dejado antes de tomar los tranquilizantes que calmaban mis ataques de adrenalina no habría vivido treinta y cinco años postrado en una cama. Yo no era un enfermo. Era un hombre águila.
Lloro. Treinta y cinco años de vida desperdiciados. Una lágrima se desliza por mi mejilla y cae al vacío hasta, curiosamente, llegar a los labios de quien siempre he amado en secreto de muerte y vergüenza. Nadie es testigo de mi vuelo. Mi lágrima –cualquiera creerá que era sólo eso- cae como gota de lluvia sobre los labios de mi hermana que, mil metros más abajo, espera un autobús para reencontrarse con su prometido: con quien prepara una boda que, podéis leer más adelante, no llegará a celebrarse jamás.
DOS
Posado en la copa de un frondoso árbol, oculto entre sus ramas espío, mirando a través de una ventana, un humilde hogar. Me ha llamado la atención la historia que de allí sale. Desde que me salieron alas, veo y sé cosas para las que los monos sabios estáis cegados. Observo a una mujer muy delgada, de casi cuarenta años de edad. Su nombre es Rocío. No hace otra cosa más que pintar, como si estuviera en trance, cuadros que tienen como único tema caras desfiguradas de demonios.
-¡Fantasías de mierda! –le grita su marido- ¡Cursilerías propias de una adolescente, no de una madre que ha de cuidar de una niña de 5 años y ganar un sueldo! ¡Dormir y pintar, no haces nada más!
Cuando la delgada mujer no está pintando, cae agotada sobre la cama. Pasa más tiempo durmiendo –capturada por un sueño muy profundo- que despierta. A Rocío no le interesa este mundo. Piensa que tiene que existir algo más inteligente en algún otro lugar. Esta sociedad creada por los monos sabios es tan vacía y vulgar como el mito de Sísifo y su piedra. El sin sentido de subir, cada día, una pesada piedra hasta la cima de una montaña, para una vez allí, tirarla al vacio y correr de nuevo, montaña abajo, con el propósito de volver a subir no otra pesada piedra y tirarla nuevamente, hasta que por fin llegue la muerte y extinga, por fin, esa irrelevante y estúpida forma de vida.
- Sísifo es cualquier persona que veo por la calle –asegura para sí la delgada mujer- y su piedra, el dinero, su sueldo.
La pintora viste con ropas viejas y gastadas, casi harapos. En la calle la tratan sin respeto porque sus ropas revelan su bajo poder adquisitivo. Su marido continúa gritándole. Le recuerda que con su sueldo no llega para pagar todas las facturas que su hija y él necesitan que encuentre un trabajo. El marido pasa la totalidad del día trabajando en el taller y, cuando llega por la noche, tras sufrir diarios y humillantes abusos laborales, encuentra a la hija de ambos desatendida, la casa sucia y a la delgada mujer, durmiendo o pintando.
-¡Tus cuadros nunca se venden! –continua gritando su marido- ¡Pasas el día pintando como una loca! ¡Otra vez que ni siquiera haces la cena a tu hija! ¡Si no fuera por los cuidados que le entrega con cariño mi madre, no sé qué habría sido de ella! ¡No lo sé!
Llorando, su marido toma a la niña en brazos y comunica a la delgada pintora que la abandona. Hace tiempo que se ve con otra mujer, una compañera del taller. Ha decidido empezar una nueva vida a su lado. Una vida junto a una persona seria y responsable con la que poder seguir adelante: con la que poder pagar facturas.
-Tú y yo nos conocimos cuando éramos muy jóvenes –gimotea ahora el marido- Eras preciosa, mágica, tu mundo de fantasía y arte me parecía fascinante. Pero yo no he tenido otro remedio que madurar a fuerza de luchar contra la vida. Tú no. Has seguido adelante a pesar de que sabes que eres un fracaso como artista. Una actitud como la tuya es entendible cuando se es joven; pero cuando se es un adulto, cuando se tiene una hija a la que cuidar, resulta ridícula y enfermiza.
Ella le mira, acepta sus palabras, se acuesta en la cama. Y tapada por una sabana, susurra:
-Tengo que dormir. Estoy agotada. Sé que tienes razón: pero no puedo ni dejar de pintar esos retratos de demonios desfigurados ni de dormir. No sé por qué. Vete con esa mujer y entrégale nuestra hija. Te comprendo y no te guardaré rencor. Vosotros la cuidaréis mejor. Tengo que dormir. Déjame dormir.
A la vez que el marido cierra la puerta de su casa, para no regresar jamás y rumbo a otra infelicidad, ella cierra sus ojos y duerme. La pintora delgada sabe que, cuando los vuelva a abrir, estará sola y sin dinero. Sabe que, dentro de un tiempo, la echarán de esa casa y estará viviendo en la calle. Sabe que su actitud es egoísta, auto destructiva: no obstante, necesita pintar del mismo modo que cualquier persona necesita respirar. Incluso se avergüenza: porque un trocito de su corazón ha sonreído de felicidad al conocer que, por lo menos por unos días, no habrá nadie en casa para molestarla, ni siquiera su hija. Podrá estar dedicada por completo a su arte. Además podrá dormir sin sobresaltos todo lo que necesite.
Desde que me han salido alas de águila, veo otras dimensiones que vosotros, los monos sabios, no podéis ver. Por eso no dejo de maravillarme. Veo a mil espíritus arrodillados alrededor de la delgada pintora. Cuando ella se mueve ellos también, sin levantarse, sin dejar un segundo de alabarla y honrarla, moviendo sus rodillas que sangran –sangre dorada de espíritu, origina oro en polvo en la vida real- por rasparlas contra el suelo. Rocío es una asesina de demonios, uno de los trabajos más importantes de la otra dimensión. Y los espíritus la honran y alaban a todas horas. La pintora no sabe nada de esto, es inconsciente de que cada vez que le entra sueño profundo es porque la necesitan urgentemente, porque la llaman desde el palacio brillante: para que capture a los demonios que pinta en sus cuadros. Demonios que sólo ella, de ese modo, localiza horas antes de que vayan a abandonar el cuerpo humano que han poseido. Si no los localizara y luego asesinara, esos demonios se multiplicarían y transformarían vuestra vida de monos sabios, en una pesadilla permanente e infernal.
-Dentro de unas horas –le avisan desde el castillo de cristal- uno de los demonios que nos has mostrado en tus cuadros abandonará el cuerpo humano que ocupa.
Si Rocío no asesina ese demonio, justo cuando abandone el cuerpo humano que ha poseído, el demonio ocupará uno nuevo.
La delgada pintora, fea, inútil en la vida de los monos sabios, es inconsciente de su paralela vida astral. Sólo sabe que de pronto llegan a su cabeza, caras de demonios desfigurados que necesita plasmar en su pintura. Si no saca esas imágenes de su interior, perdería la cordura. Ayer, una vecina que se encontró por la calle le escupió a la cara y la llamó puta. Dentro de una semana, la echaran de esa casa y tendrá que dormir en la calle. A partir de ese momento la mujer delgada pintará las caras de los demonios sobre las baldosas de la acera. Con el carbón de papeles quemados o utilizando sangre que sacará de su cuerpo, auto lesionándose.
Otra loca más sobre la acera de una gran ciudad que, al pasear, los monos sabios tendréis que evitar pisar.
TRES
Juan Kennedy Toole es el nombre del futuro marido de mi hermana. Tiene cuarenta años. Ha escrito una novela pero no es conocido por ella, ya que jamás ninguna editorial ha deseado publicársela. Es norteamericano aunque vive en España desde el dos mil tres, trabajando de profesor en una universidad de la ciudad. Adinerado gracias a la herencia que recibió después del fallecimiento de su padre, vive solo en una lujosa urbanización de chalets, en el extrarradio de la ciudad. En un chalet solitario, el más aislado, el más grande, casi podría llamarse un caserio. Su madre, que aun vive en Norteamérica, en la casa donde vivió con su ex marido, le ama y planea irse a vivir pronto a España para asesinarlo. Mi hermana llegará a la casa de Juan Kennedy Toole dentro de una hora, justo lo que tarde en hacer el recorrido el autobús privado y de lujo que paga la asociación de propietarios de la urbanización de chalets. En cuanto su prometida llegue, Juan desea tener sexo con ella. Sin embargo, antes, planea violar otra vez, a la niña que retiene secuestrada desde hace siete meses. A Juan le excita vaciar su placer dentro de la niña de siete años y luego, hacer exactamente lo mismo, dentro de la vagina de mi hermana. La niña está encadenada en un sótano oculto. Se accede al sótano por un pasadizo secreto que Juan Kennedy Toole ha construido sin que nadie sepa. Ahora, allí, se entretiene preparando una gran hoguera. Le gusta violar a la niña al lado del fuego. Le gusta oír sus gritos mientrasprepara una gran hoguera. Cada vez que Juan Kennedy Toole baja al sótano a preparar la hoguera, la niña sabe que va a ser violada y comienza a gritar aterrorizada. Eso, para el futuro esposo de mi hermana, son los preliminares. Con eso empieza a exitarse.
No obstante, mi hermana ha llegado antes al chalet de su prometido. Porque en la parada de autobús se encontró, de casualidad, con una amable vecina que conducía su lujoso automovil; por educación y a raíz de la coincidencia la vecina decidió acercarla hasta la urbanización. Mi hermana, con su llave de novia, entra en la casa. Por una vez, Juan Kennedy Toole ha sido descuidado y no ha tomado las precauciones necesarias y de costumbre, que han evitado que sus maldades sean secretas para sus seres cercanos. Ha dejado abierto el acceso secreto al sótano – donde ha violado y matado niñas tantas veces ya-. Mi hermana, sorprendida, alarmada, desubicada, camina por un pasadizo del que no conocía su existencia: los gritos de terror de una niña y los jadeos de placer sexual de un adulto la guían. Llega al final. Lo ve. Su futuro marido viola a una niña de siete años. Al lado de un gran pene que destroza una pequeña vagina, hay una gran hoguera. Mi hermana grita, como no has oído gritar a nadie, mono sabio. Juan Kennedy Toole se ve desnudo, frente a su futura esposa. Espantado, horrorizado, se ve a sí mismo. Mi hermana era él único lugar donde él dejaba de ser un monstruo. Y, ahora, sabe que ha perdido ese lugar de paz para siempre. No puede disculparse, entenderse, explicarse: es un monstruo y huye. La niña de siete años cuando por fin se ve libre de las manos del demonio, sin dudar, se arroja al fuego. Mi hermana no tiene tiempo para detenerla. La niña, feliz, arde, se quema, muere. Creo que con una mueca en la cara que recuerda a una sonrisa. Alegrémonos por la niña: su dolor desaparece, no podemos hacer nada por ella porque ya ha muerto. No crecerá en un psiquiatrico ni será una adulta demente y atormentada. No irá a hospitales a matar a los recien nacidos que sanan en incubadoras.
Juan Kennedy Toole fuera del caserío, huye en su antiguo automóvil. Es un Mercedés del 61, parte de la herencia de su padre. Un coche con clase, decía su padre, quien le enseñó a violar niñas desde que le consideró un hombre. Juan razona que ya no tiene a donde escapar. Todo saldrá a la luz, no puede si quiera empezar una nueva vida en otro país. Detiene el coche en el descampado, corta un trozo de manguera que guarda en el maletero, la conecta al tubo de escape, se sienta en el asiento del conductor de su coche con clase, cierra las ventanillas, prende el contacto, introduce el lado contrario de la manguera dentro de su boca y, al rato, logra morir asfixiado. Y el demonio, que poseía a ese mono sabio, huye del cuerpo sin vida, porque la muerte de los cuerpos enferma las almas, aunque sean demoniacas. Pero a su lado, aguardándolo, acechándolo, se halla la pintora delgada, con uno de sus dedos de espíritu, que es un cuchillo. El demonio lo recibe y muere para siempre.
Mientras tanto, en el hogar de quien iba a ser su futuro esposo, mi hermana, desquiciada, decide extender la hoguera y acabar con todo. Prende el sótano, la parte de la casa que más lo merece, luego el resto de los pisos por encubridores: primer piso, segundo y, en una silla del tercero, se sienta a esperar a que las llamas suban.
Cuando llegan, se tira por la ventana. Tampoco su cuerpo se aplasta con el suelo. A mi hermana también le salen alas de águila.
-Somos humanos águilas –le digo, porque estoy a su lado- Y te amo.
Y volamos.
Dejamos en el suelo, consumiéndose, la casa de los horrores ardientes de Juan Kennedy Toole. Jamás encontrarán ni sabrán nada de su sótano de terror. Jamás sabrán que era un asesino y un despiadado violador de menores. No obstante, alguien encontrará en el despacho de la universidad donde imparte clases, su novela rechazada. Será entonces por fin publicada y, por todos, recordado como un genio incomprendido mientras respiraba.
-Y una buena persona –afirmará su madre, que en secreto mató a su padre cuando descubrió sus perversiones, y rogó a su hijo se fuera del país, para no tenerlo que matar también a él. Ojos que no ven, corazón que no siente, pensaba.