
por
Sigmundo Fernández
·1.-
La vida, este momento: el problema del espejo.
La corbata me
aprieta.
La chaqueta me
hace sudar.
Estoy gordo:
pronto voy a jadear, sudar y oler como un cerdo.
Debería utilizar
el teléfono interior, llamar a mis compañeros de librería:
-Por favor
¿Puede bajar alguien a echarme una mano con las cajas?
Quedan doce más, si nadie me ayuda voy a tener que dar tres viajes
como mínimo. Y las cajas están hasta arriba de libros.
Ellos
deberían bajar y cargar también: son las normas del departamento:
todos los vendedores hemos de acudir en busca de la mercancía desde
que llegue al almacén. Las cajas guardan los libros que hemos pedido,
los que vamos a tratar de vender: por los que cobraremos comisiones si
los vendemos.
No me atrevo a
llamar a mis compañeros: tengo miedo de caerles mal: ellos ya saben
que estoy aquí: escucharon la llamada del almacén, me vieron bajar: sé
que les desagrada cargar: les hace sentirse vendedores de segunda
categoría: no les gusta sudar: además está el gran tema del dinero: si
no se encuentran arriba, vendiendo, pierden las comisiones que eso
conlleva.
Para cargar no
puedo quitarme la chaqueta ni la corbata: el gran centro comercial
donde trabajo lo prohíbe: los clientes han de vernos, siempre,
perfectamente uniformados, aseados; y sin sudar.
Mierda:
estoy sudando como un cerdo: seguro me riñen.
Es la cuarta
vez que vengo por mercancía en este día, treceava en la semana:
siempre solo, sin atreverme a pedir ayuda a nadie.
Los guardias del
almacén se ríen:
-¿Te ha tocado
otra vez cargar a ti?
-NO IMPORTA
–miento sonriente- Así hago ejercicio: es terrible andar tieso por la
sección, dando vueltas, esperando que alguien venga a comprar algo.
Se ríen más de
mí. Ojean los libros que cargo: hacen bromas estúpidas con ellos:
-¿Tienes algún
libro donde salgan fotos de mujeres desnudas?
-¿Y aquí dice
cómo follarme a la secretaría del director?
Tengo prisa,
pero no me atrevo a quitárselos de las manos. Ellos son auxiliares de
seguridad, no tienen derecho a tocar la mercancía.
¡Yo no estoy
jugando! ¡Estoy trabajando! ¡Los odio!
Callo,
espero paciente, finjo risas causadas por sus tonterías: deseo
caerles bien, que piensen que soy un tipo simpático.
.
Cuarenta y cinco
minutos más tarde, tras terminar el último de los tres viajes, me
encierro en el baño del almacén: seco mi frente con papel de baño,
rocío de colonia mi cabello y traje: vigilo, en el espejo, que mi
sonrisa siga pareciendo auténtica.
Soy un
gilipollas.
Y un cobarde:
toda mi vida he prefiero callar antes que tener que enfrentarme a
cualquiera: ni siquiera me atrevo a discutir.
No soy nadie: no
tengo estudios universitarios: soy un estúpido vestido con un traje
barato, trabajando por el sueldo mínimo permitido por un gobierno para
ricos en un trabajo que hasta las amas de casa, de sesenta años y sin
preparación, pueden desempeñar mejor que yo.
Y estoy gordo:
tengo una barriga asquerosísima.
Normal que,
cuando estamos solos, a mi novia nunca le apetezca follar.
Además, si
consigo meterle la polla no logro la contención ni cinco segundos: me
corro enseguida.
En algo soy
perfecto: mi eyaculación precoz no falla jamás.
Ni idea de
porqué mi novia no me olvida: ni siquiera puede sentir pena por mí: he
logrado convertirme en un gran perdedor por mis propios méritos, sin
la colaboración de nadie: sólo siendo como soy.
Vergüenza.
Asco es lo que
siento cuando me miro en el espejo.
·2.- Mi ficha de
identificación personal, hoy:

Tengo 28 años,
sueño con ser escritor, vivo en la casa de mis abuelos. No tengo
padres, mi padre nos abandonó, mi madre murió; con mi precario sueldo
y mi contrato temporal no me atrevo a independizarme ¿Repito que soy
un cobarde? Sólo soy feliz cuando eyaculo. Tres veces al día. Casi
nunca tranquilo: mi imaginación me martiriza. Por ejemplo: si estoy
encerrado en mi habitación, dándole, me asalta la idea de que quizá
una de mis primas de diez años, la que me quiere muchísimo, ha venido
a mi casa y se ha escondido en la habitación, para darme un susto y
una sorpresa. Ahora ella, metida en mi armario, con la puerta un poco
abierta, se encuentra presenciando, aterrorizada, como su querido
primo favorito se masturba: estoy creando en su cabeza un trauma que
perdurará durante toda su vida. Se me baja: me subo los calzoncillos,
trato de encontrarla: abro las puertas del armario, miro bajo la cama,
por las esquinas. Nunca está. Me tiendo en la cama, continúo
masturbándome. Pero sigue la intranquilidad. Ahora tengo prisa por
terminar, puede ser que la cerradura de la puerta de mi habitación
esté demasiado vieja y mi abuela irrumpa, de pronto, sorprendiendo mi manoseamiento. Y al fin, al eyacular, comienzo a pensar que mis
abuelos han oído mi ahogado gemido de placer: el trabajo en mi cama.
Avergonzado, tardo horas en encontrar valor para salir de mi cuarto.
·3.- Por favor:
libertad para la masturbación pública.
Busco un placer
superior al orgasmo.
NO LO ENCUENTRO:
NO EXISTE.
Por el orgasmo
creo en Dios.
Me he
acostumbrado a ese milagro: incomprensiblemente.
1+1: masturbarse
proporciona orgasmos.
Es sano.
Natural. Es un instinto: igual que alimentarse. Y es gratis: uno puede
estar masturbándose todo el día y no pagar impuesto alguno por ello.
No entiendo
porqué la sociedad prohíbe masturbarse en público: sería hermoso ver a
la gente disfrutar, en cualquier sitio: ver gente feliz: te meterían
en la cárcel.
La sociedad
puede ver tus lágrimas, jamás tu semen.
Sólo debería de
estar prohibido retener a una persona contra su voluntad para que te
observara o tocase tu semen.
Para una
mujer,
que se masturben viéndola caminar tendría que ser un bello halago.
Sería
maravilloso poder masturbarse frente a una joven guapa sin haber
cruzado, anteriormente, ni una palabra con ella: así no te percatas de
sus defectos: puedes imaginarla a tu antojo: perfecta: nunca
descubrirías que es tonta, inculta, superficial, con pelos en la
espalda y que ríe igual que una cabra del campo.
A mí, por lo
menos, me encantaría que las chicas se masturbaran a mi paso.
Y tener siempre
la opción de quedarme o seguir de largo.
SITUACIÓN
FICTICIA PARA UN MUNDO FELIZ:
Yo en un autobús
de trayecto urbano. Está lleno de pasajeros.
Una chica se
sienta en una butaca, a mi lado.
La chica es
morena, alta: ojos verdes, inteligentes: treinta y pico años
perfectamente cuidados: una bomba atómica la primera vez que la miras:
sus abultados pechos luchan contra su ceñida camiseta en busca de la
libertad: su culo le palpita: ¿tendrá un corazón en cada nalga?
Desabrocho mi
bragueta: saco mi polla: comienzo a masturbarme.
-Oh, que amable
eres –dice ella.
-Es usted
guapísima. Ha salido tremenda de su casa.
-Uf. Ya veo que
sí. Menuda erección le he proporcionado.
-Si, no creo que
tarde mucho en terminar.
-Le ayudaría a
machacársela si no fuera porque tengo marido.
-No me extraña
que tenga marido. Aunque usted poseyera un carácter insufrible, que no
lo creo, sólo por poder ver su rostro y cuerpo cada mañana, cada
noche, merecería la pena soportarla.
-Ja, ja… ¡Ojalá
mi marido dijera lo mismo! De todas maneras tiene tres paradas más
para terminar, así que tómelo con calma si lo desea.
-Oh, es usted
muy amable por no molestarse. Sin embargo, es imparable: aquí viene,
ya lo noto llegar: es usted demasiado sexy.
-Tenga cuidado
con el semen. Entro a trabajar ahora: no quiero mancharme.
-Por favor, no
se preocupe: apuntaré al cristal de la ventana. He traído pañuelitos…mmm…por
cierto: ¿Le importa mirarme a los ojos?
-Por
supuesto que no: me encanta ver la cara de la gente cuando eyacula.
-¡OH! ¡OH! ¡ME
CORRO!
-¡Bravo! ¡Ja, ja,
ja, ja!
LA VIDA DEBERÍA
DE SER MÁS AUTÉNTICA.
·4.- El gran
centro comercial.
Trabajo en un
gran centro comercial de cien mil metros cuadrados.
Hay setecientos
centros comerciales, exactamente igual que este, repartidos por las
principales ciudades del mundo: todos pertenecen a la misma empresa.
Los rumores que
se leen en Internet, apuntan a que esta cadena de grandes centros
comerciales es uno más de los negocios de la misma
secta-secreta-radical-seudocristiana que domina el mundo desde hace
décadas; son tan poderosos que eligen a dedo al mismísimo presidente
de los Estados Unidos de América: o al de cualquier otro país con
importancia: las elecciones son, desde hace décadas, una tremenda
farsa.
VIVIMOS EN UNA
DICTADURA SECRETA.
Dentro de poco
tiempo (treinta o cuarenta años), esta secta-secreta-radical-seudocristiana-
concluirá su ambición suprema: convertir cada rincón del mundo en un
gran centro comercial y, a sus habitantes, en máquinas programadas
para consumir.
Yo ya lo soy: al
igual que mis compañeros de trabajo, la totalidad de mi sueldo lo
gasto en pagar las facturas que, a final de mes, nos presentan por las
compras no necesarias que realizamos casi a diario en el gran centro
comercial.
FINALMENTE,
TRABAJAMOS GRATIS PARA EL GRAN CENTRO COMERCIAL.
.
La clase social
media-alta es la mejor clientela del gran centro comercial.
La clase social
media-alta pasa cinco o seis días de la semana en el trabajo.
No tienen tiempo
libre hasta la noche: agotados e inertes, llegan a sus casas y
abandonan sus inteligencias frente a la programación televisiva: allí
sus mentes son manipuladas, su creatividad neutralizada: las
películas, espacios y anuncios, enseñan el estilo de vida que tenemos
que soñar: los objetos que tenemos que comprar, el tipo de cuerpo que
nos tiene que excitar, las opiniones que tenemos que sostener.

Luego, en el
día, se refuerzan esas ideas: el vecino se ha comprado el coche que
todos quieren ¿Por qué tú no? Tu compañera de trabajo lleva el
cinturón de moda ¿Por qué tú no? Tu amigo se ha comprado una cámara
digital con más píxeles que la tuya ¿Por qué tú no? ¿Es qué ellos son
mejores que tú? ¿Vas a dejarte pisotear?
Esta es la
verdadera razón por la que la clase social media-alta trabaja cinco o
seis días a la semana en lugar de tres.
-Voy a comprar
esa XHJGTDUSJ y ese accesorio de DKJSMSAJS, lo merezco por trabajar
tanto –dicen.
La clase social
media-alta prefiere pasar los días en el trabajo que vivir libremente.
Y YO TAMBIÉN: EL
TIEMPO LIBRE PROVOCA QUE TE COMAS EL COCO: PENSAR ES UN ROLLO, TE HACE
INFELIZ.
.
Todos los
objetos están en el gran centro comercial.
No te preocupes
si no dispones de dinero suficiente para comprar justo ahora: el gran
centro comercial dispone de cómodas y simuladas formas de pago: busca
una señorita con minifalda y sonrisa: que te haga una tarjetita de plástico: te tratará con una
simpatía y respeto que te sentirás el primer astronauta en hacer una
nave espacial con los restos de su coche viejo y dejar huella en
Saturno: ella te mira como si fueras el más listo y simpático: el
amorcito de su vida.
LLÉVATE COSAS A
CASA: TODO LO QUE QUIERAS.
Firma el contrato que te extienden sus manos con uñas largas de color
pasión: sonríele: terminaras pagando de por vida facturas del gran
centro comercial.
Y vistiendo las
mejores marcas.
Tendrás los
mejores aparatos electrónicos del momento.
La felicidad
¿no?
Nunca te
saciarás: siempre se idean objetos más interesantes: pasaras de bailar
la versión polifónica de la canción del momento, que suena en tu nuevo
teléfono multimedia, a tratar de conseguir el innovador móvil con
sonido dolby-digital, televisor, cámara de video, ordenador, DVD,
re-grabadora, mapa callejero, buscador de oro, encendedor y ovni
incluido. O de tener el bolso de lunares a querer tener el de rallas:
según lo que dicte la temporada.
ES NECESARIO
.
La clase social
media-alta, en su día libre o en un descanso del trabajo llegan, sin
conocer la razón exacta, hasta los pasillos del gran centro comercial.
Por los
pasillos, deambulan sin rumbo ni rostro.
Desorientados
observan las atrayentes exposiciones, las emocionantes ofertas, las
promociones maravillosas: caen hipnotizados: por la música y el
producto químico que, ilegal y secretamente, se mezcla con el aire
acondicionado.
Entonces se
acerca un amable vendedor:
-¿Hay algo en
qué le pueda servir? Estaría encantado en buscarle lo que sea.
Y comienza una
conversación que, posiblemente, llevará al confundido visitante a
gastarse una semana de su sueldo.
Yo, como
vendedor del gran centro comercial, ataco así, mil veces cada día: nos
han entrenado: nos recluyeron en un aula durante un mes para
enseñarnos los trucos psicológicos básicos con los que recordarles al
cliente (y sin que este se de cuenta de que nuestro único interés por
él es realizar una venta) una necesidad olvidada o una compra emotiva:
estas ventas espontáneas representarán el nada desdeñable cuarenta por
ciento del volumen total de ventas.
CON ESE CUARENTA
POR CIENTO SE PODRÍA ACABAR CON EL HAMBRE EN EL MUNDO, SIN EMBARGO, SE
UTILIZARÁ PARA CREAR NUEVOS GRANDES CENTROS COMERCIALES QUE CREARÁN
NUEVOS CUARENTA POR CIENTOS QUE CREARÁN, A SU VEZ, NUEVOS CENTROS
COMERCIALES.
·5.-Normalmente.
Once de la
noche: mi abuela sentada en un sillón frente al televisor, dormida. Se
despierta con el ruido que hago al abrir, con la llave, la puerta de
la casa.
-Sig –me
saluda-. Ten cuidado al cerrar la puerta no sea que despiertes a tu
abuelo, que ya se acostó.
Mi
abuelo tiene muy mal genio.
-Sí –contesto.
Cierro la
puerta, con cuidado.
Ella continúa
frente el televisor, ahora con los ojos abiertos, como si nunca se
hubiera quedado dormida y siguiera, desde hace horas, un
interesantísimo programa. Yo, me encierro en mi habitación, me desnudo
a espaldas del espejo: no quiero mirar mi cuerpo desnudo: es
asqueroso: estoy gordo y fofo: tengo tetas; me visto con unos
calzoncillos largos, una camiseta de propaganda y zapatillas: vuelvo
al salón, busco el periódico, me siento en un sillón lejano a mi
abuela: leo.
-¿Qué tal el
trabajo?
-Igual que
siempre, abuela.
-Tú esfuérzate,
para que vean que eres un chico serio y trabajador.
-Sí abuela.
Ella intenta
hablar un rato conmigo: esquivo la conversación: me centro en las
noticias que leo: no me interesa hablar con ella: me aburre: siempre
es lo mismo: termina reprochándome que halla abandonado la
universidad.
Por fin, ante mi
poca colaboración de continuar la conversación, se levanta.
-Buenas noches,
Sig.
-Buenas noches,
abuela.
Atraviesa el
pasillo (cojeando, por la edad) hasta su dormitorio. Se acuesta junto
a su marido, que ronca sonoramente: aguzo el oído: espero que
duerma: es un misterio cómo ella logra conciliar el sueño junto a
semejantes ronquidos: y treinta minutos después lo hace: ella respira
pesadamente cuando duerme: me atrevo a encender el televisor.
QUIERO MASTURBARME.
Busco canales de
televisión: si no es con un vídeo musical de la mtv me masturbo
viendo a las presentadoras de las noticias de la noche (mi favorita es
una que se llama Letizia:
las presentadoras de noticias son perfectas para masturbarse: te
aguantan la mirada, te miran fijamente mientras lo haces): he de
quitar el sonido: uno: las noticias sobre guerras, malos tratos o
niños enfermos que mueren de hambre hacen que se me baje la erección:
dos: oír mejor si mi abuelo o abuela se aproximan al salón: sería
vergonzoso que me sorprendieran.
Eyaculo, me
guardo la polla en los calzoncillos, me dirijo a la cocina, preparo un
par de bocadillos de embutido que mastico y trago sin hambre, por
gula.
Luego, veo un
rato más la programación: al poco, noto el sueño.
Me encierro en
mi cuarto.
Me acuesto,
trato de leer un libro: no leo más que tres páginas: antes de trabajar
en el gran centro comercial los devoraba: leía cuatro a la semana:
ahora sólo leo tres al año. Y, salvo por este diario, he abandonado la
escritura.
Apago la luz,
busco el sueño. Si tengo fuerzas, me vuelvo a masturbar.
Así es siempre.
Salvo esta
noche, de pronto, he comenzado a llorar.
Como un niño
chico, como una madre desconsolada.
No sé la razón:
no encuentro el motivo en concreto: sin embargo, no logro detener el
llanto: me siento tremendamente triste.
Decido
arrodillarme y rezar.
-Ayuda Dios
–pido entre sollozos.
·6.-La librería
del gran centro comercial.
Mi misión, en el
gran centro comercial, es vender libros (y cargarlos).
El vendedor
número uno de la sección de librería es una chica de veinticuatro
años: tiene unas tetas grandísimas, como las de las revistas: es la
que más compradores espontáneos produce: al verla los hombres se
sienten irresistiblemente atraídos por la literatura: compran libros
de tres en tres. Sin embargo, y aunque estudió filología hispánica, es
una inculta: ni siquiera sabe cómo termina el Quijote: es una experta
de moda y complementos: es en lo que se gasta la totalidad de su
sueldo.
-¿Yo? Yo soy
estupenda –dice.
Y es verdad: se
tira a un compañero del departamento de deportes mientras su novio
hace horas extras en su trabajo, una fábrica de alquitrán: necesita
dinero para pagar una casa que ha puesto a nombre de los dos: a mi eso
me sienta de maravilla: así tengo la certidumbre de que hay personas
más desgraciadas que yo en el mundo desarrollado.
Los clientes se
acercan: si los observas durante casi dos años (el tiempo que yo he
estado en el gran centro comercial) sabes qué tipo de libros buscan
antes de que te dirijan la palabra:
por ejemplo: las amas de casa compran libros de
autoayuda. O de Danielle Stell.
Los hombres
bajitos, calvos, con barriga y barba canosa buscan libros de historia.
O de yoga. Las chicas jóvenes: libros de terror o libros que relaten
sus problemas diarios en clave de humor. Tipo El diario de Bridge
Jones. E, incluso, poesía (y me excitan enormemente cuando,
preguntando, pronuncian Whitman o Pessoa).Los niños sólo leen Harry
Potter. Imposible mostrarles cualquier otro: te miran con odio si, por
ejemplo, les invitas a leer El fantasma de Canterbille, de
Oscar Wilde. Los chicos, de quince a treinta y cuatro años, no leen:
compran dvds o discos compactos. Y si compran libros es por razones de
estudio o porque tienen muchos granos o algún defecto físico o mental:
entonces son los denominados frikis: compran manuales sobre
juegos de roll, de espada y brujería o comics.
Pero, sin duda,
los mejores clientes son los hombres de estatura alta que vienen
vestidos con zapatos de oficina, pantalones vaqueros, camisa de marca
y chaqueta de lona: abandonan a sus mujeres en el hipermercado del
gran centro comercial, dejándolas encargadas de realizar la compra de la quincena y suben
hasta librería:
-Estoy buscando
un buen libro –te dicen.
Y se llevan una
pila de libros de cualquier autor a quien hayan encuadernado elegante
y sobriamente: no creo que se los lean nunca: si fueran verdaderos
lectores comprarían, alguna vez, libros de otro tipo: estoy seguro de
que se limitan a colocarlos en sus bibliotecas para sentirse cultos
ante las visitas y su mujer, por ese orden.
.
Nuestra
librería, literariamente hablando, es una mierda.
Tenemos
cualquier novedad publicitada del momento, sin embargo, es imposible
encontrar buenos textos, como Nueve Cuentos de Salinger o
cualquier libro de Thomas Bernhard.
No hay espacio
físico: la gente compra lo que el televisor dice: Sabor a hiel,
de la presentadora televisiva Rosa María Quintana llenaba nuestros
estantes: se vendía como desodorantes hasta que se descubrió la
verdad: no lo había escrito ella sino otra persona que además copiaba,
palabra por palabra, pasajes enteros de un libro sin éxito de Danielle
Steal: fraude.
Ante las
reclamaciones, la editorial retiró todos los ejemplares: entonces el
jefe de departamento decidió llenar los estantes vacíos con la
autobiografía de Sara Montiel (también escritas por otra persona).
DEFINITIVAMENTE:
UN PASEO POR LA LIBRERÍA DE EL GRAN CENTRO COMERCIAL SE CARGA DE LADO
A LADO LA BIBLIOTECA DE BABEL: NO EXISTE: BORGES ES UN FARSANTE:
BORGES PREFIRIÓ QUEDARSE CIEGO ANTES QUE VER LA BIBLIOTECA DEL GRAN
CENTRO COMERCIAL: ES MÁS: MURIÓ DE TRISTEZA CUANDO LA INTUYÓ PARA LA
COMPOSICIÓN DE UN CUENTO FANTÁSTICO: SU ÚLTIMO CUENTO: LA LIBRERÍA DEL
GRAN CENTRO COMERCIAL.
.
Odio trabajar en
el gran centro comercial.
Todo es hacer
dinero: no importa nada más.
Pero he de pagar
las facturas de mis compras: debo dos veces mi sueldo. Y va en
aumento.
Me he vendido:
yo, un amante de la verdadera literatura, de la que se escribe desde
la razón o el sentimiento: de la que se escribe sin ánimo de lucro:
sinceramente.
Ahora, si
alguien me pregunta por un buen libro, he de ocultar El extranjero,
El amante o Las flores del mal: se venden muy baratos y
apenas haces caja: es mejor engancharlos con best seller: El médico
o Los pilares de la tierra siempre funcionan. Además se venden
en lujoso estuche de regalo: un regalo perfecto (para el gran centro
comercial).
Si trágicamente
me preguntan por un libro que dé algo qué pensar, top secret,
atragántate: ni nombrar Trópico de capricornio, Sidharta
o la sobrecogedora belleza de El principito: obsérvales: si es
un hombre de negocios alaba las características de la bazofia ¿Quién
ha robado mi queso?: si es un ama de casa es tiempo de Las nueve
revelaciones, La rueda de la vida o El caballero de la
armadura oxidada (edición especial para subnormales). Y si es un
estudiante: El Alquimista.
Con estos
títulos los volverás locos, te convertirás en su gurú personal:
acudirán habitualmente a la librería para preguntarte por nuevos
textos que comprar: se gastarán una buena pasta tratando de
convertirse en guerreros de la luz, como pretende Coelho. No
será hasta años después que se darán cuenta, quizá en un momento de
luminosidad senil, que fueron unos estúpidos manipulados.
.
Trato de no
vender más libros que mis compañeros (asunto que no es difícil si
contamos el tiempo que paso lejos de la atención al público, cargando
cajas en el almacén). Si vendiera más libros que ellos tendría que
soportar una presión de la que no soy capaz: a diario, me tendría que
defender, ante el jefe del departamento, de las injurias que mis
compañeros susurrarían a sus oídos: Sigmundo sólo está atento a la
venta: no hace devoluciones, no ordena el almacén, no respeta el
cliente de los demás, no atiende el teléfono, no hace pedidos, no saca
el polvo a los libros, no trae mercancía del almacén…
También tendría
que soportar y sostener sus miradas de odio y envidia, sus
habladurías, sus burlas y engaños… me derrumbaría… sufriría una crisis
nerviosa… es mejor pasar desapercibido, que el que obtenga las
comisiones más altas sea alguien con más personalidad que yo: yo soy
un guiñapo sin cojones.
.
Mi único
pasatiempo, en el gran centro comercial, son mis fantasías sexuales.
Cuando una
clienta guapa se acerca a mí y me pregunta por un título, lo primero
que hago es mirar fijamente a su cara e imaginar, durante unos
segundos, que me estoy corriendo dentro de su vagina: sin
preservativo.
Ella, mientras
tanto, piensa que estoy meditando su pregunta.
Al concluir me
siento en paz: logro hablar sereno, fluido y eficientemente a la guapa
clienta: total ¿Para qué estar nervioso si ya me la follé?
Y en mi cabeza
tengo un harén: más de quince vendedoras del gran centro comercial lo
pueblan: me excitan por su belleza o por su simpatía: a la hora de
masturbarme nunca me falta una erección para ellas:
CUMPLEN MI
FANTASÍA FAVORITA:
tengo un aparato electrónico, parecido a un
walkman, que me regalo Satanás a cambio de un favor que algún día
me pediría pero yo, con mi lúcida inteligencia, logré burlar: ese
aparato es capaz de detener el tiempo sin que la comunidad científica
se entere: en ese paréntesis temporal las mujeres cumplen mi voluntad:
sólo tengo que pegarles una especie de pegatina electrónica, accesorio
del walkman, en la palma de la mano: estoy en el gran centro
comercial, me dirijo a mis quince vendedoras favoritas:
-Por favor,
poneros unas al lado de las otras, subid a los mostradores de
información al cliente, abrid vuestras camisas y sacaros vuestros
pechos. Quitaros las faldas y bragas o tangas: poneros a cuatro patas,
de espaldas a mí, esperadme. Gracias.
Las penetro
desde atrás: a ellas les gusta: se enfadan cuando, sin eyacular, las
abandono para pasar a la siguiente: continúan en la misma posición:
esperanzadoras de que vuelva a ellas: sin embargo, yo sigo el orden:
observan cómo se las meto a las otras: por fin me corro (dentro de una
de pelo largo, negro, culo abundante y que trabaja en territorio
vaquero) la agraciada grita de placer y emoción: se siente superior a
las demás: ha ganado.
Saco mi
polla y me dirijo al baño, me refresco y, al salir, el gran centro
comercial: el mundo entero, vuelve a su normalidad.
·7.- Sentado,
esperando un autobús, miro a la gente.
Si alguien me
sonriera
hoy
le daría todo.
Ni una mentira,
ni un engaño
le abrazaría
le amaría
se convertiría
en mi mejor amigo.
·8.- Un pecado:
una película porno fallida.
Tengo una oportunidad para follar
los sábados por la noche: mis abuelos dejan la casa
a las nueve: velada nocturna: restaurante y bingo; el gran centro
comercial cierra a las diez: si me doy prisa por terminar logro estar
fuera a las diez y media.
En la salida de
personal me espera mi novia, tal como quedamos.
Al verla, me
hincho de orgullo: es guapísima: los demás vendedores, al pasar a su
lado, la admiran: si midiera diez centímetros más sería una modelo de
considerable éxito por las pasarelas mundiales, estoy seguro.
Incomprensiblemente, me espera a mí, sin nadie que la apunte con un
arma: espera libremente a este gordo hediondo para que se la meta sin
contemplaciones: Dios ha dañado su percepción: tapa sus ojos con una
venda de trapo oscuro que le impide verme como la gran mierda que soy:
gracias Dios.
-Mi amor
–saludo.
Ella nunca
responde el saludo, simplemente sonríe.
Tiene una
sonrisa pura: la lanza y te da besos en el alma.
En este diario
la llamaré Virgen María.
Por buena:
por decente. Yo la desvirgué: no obstante, si se puede ser virgen
después de dejar de serlo, sin duda, ella lo es. Además escucha misa
cada domingo: es una santa, su único pecado, el consumismo: prefiere
comprarse unas sandalias (que hacen el número veintisiete de su
colección) que enviar la mitad de ese dinero a los niños del tercer
mundo: no obstante, eso lo hace el mundo entero: ya no es pecado:
aunque hayan niños muriéndose de hambre:
eso no es nuestra culpa: la culpa no la tiene nadie que yo conozca: ni
siquiera yo.
La tomo de la
mano, apresuramos el paso hasta la parada de taxis: no hemos de perder
tiempo: a partir de las doce es mejor andar lejos mi casa: mis
abuelos podrían regresar y sorprendernos: mis abuelos se tomarían como
un insulto personal, cristiano y ético-moral descubrir que nosotros
aprovechamos su ausencia para mantener relaciones sexuales pre-matrimoniales:
no podría volver a mirarles a los ojos: les decepcionaría: vergüenza.
TENGO QUE FOLLAR
.
Estamos en casa:
solos: ella se sienta en el salón (en el mismo sillón donde yo me
masturbo de lunes a domingo) y conecta el televisor: yo corro hasta la
ducha: estoy repleto de sudor por cargar las malditas cajas de libros.
-Date prisa –
oigo que me apresura.
Miro mi reloj de
pulsera y calculo: queda menos de una hora para el posible regreso de
mis abuelos: me ducho a presión, con agua fría, bajo los testículos:
he de despertarme, que el flujo sanguíneo circule de manera perfecta
por todo mi cuerpo,
TENGO QUE
CONSEGUIR UNA ERECCIÓN DENTRO DE DIEZ MINUTOS:
no puedo
demorarme: si no, me quedaré sin follar hasta el próximo sábado: y
quizá el próximo sábado mis abuelos decidan no salir.
Salgo de la
ducha y grito:
-¡Virgen María,
ya está! ¡Vamos a la habitación!
Virgen María no
viene: voy a buscarla al salón, la arrastro de mi mano, la llevo hasta
mi dormitorio, la convenzo para que se quite la ropa: siempre me
reprocha lo mismo:
-Eres muy
brusco. Nunca me seduces –habla mimosa-.Nunca me quitas la ropa con
delicadeza.
-Mi amor, no hay
tiempo: mis abuelos pueden venir en cualquier momento: desnúdate y
luego trato de seducirte, que tu chichi se llene de agua.
-No hables así:
sabes que no me gusta.
-Joder, dije
chichi, no chocho. Por consideración a ti.
Desnuda se
acuesta en mi cama. Se tapa con una sábana, me mira: tiro de la
sábana, la destapo: me sobrecoge la belleza de su cuerpo desnudo:
imagino una guerra a los pies de mi cama: todos los pijamas del mundo
-por tocarla- se matan para vestirla; su cuerpo fue realizado, en el
séptimo día, por Dios, la hizo a mano: se pasó todo el día para
hacerla:
CABRÓN:
tocaste a mi
novia: reconócelo en las sagradas escrituras: y su cabello, cada vez
que roza la piel de su cara aprovecha para entregarle mil besos
secretos: esos besos son la verdadera razón de la dermatitis crónica
que padece. Pero ella no lo sabe.
Su cara.
Sobre todo su
cara.
Su angelical e
inocente cara.
Ella me mira:
estoy desnudo, frente la cama: en el momento que su vista se fija en
mi pene erecto y quita la mirada, de un golpe, como arrepentida y me
mira, ruborizada, a la cara, es cuando más bella me parece.
O MÁS TIESA ME LA PONE.
¡Cuánto me
gustaría saber volverla loca! ¡Cuánto me gustaría darle la mejor
sesión de sexo de su vida!
Pero no sé.
SOY EYACULADOR
PRECOZ.
Y gordo: no
tengo un cuerpo como el de los modelos de las revistas: mi maldita
barriga inflada que me produce gases.
Y un fracasado:
sin dinero, sin éxito: menos mal que por lo menos se me pone
perfectamente tiesa: eso ocurre desde que, desnudo, la rozo: no creo
que nunca se deje de poner tiesa si ella está cerca para ser rozada.
Hoy todo es
distinto: HE CAMUFLADO UNA CÁMARA DE VÍDEO DIGITAL EN LA PUNTA DE
ARRIBA DEL ARMARIO: su visor se dirige a la cama.
Quiero hacer una
película porno con la Virgen María, sin su permiso.
Aleluya.
Compré la cámara
digital, hace una semana, en el gran centro comercial. No se lo he
dicho a mi novia: estoy nervioso: el corazón parece que se me va a
salir del pecho.
La idea me la
dio un amigo, camarero de discoteca en una zona turística: graba, con
cámara oculta, todas las turistas que se tira: tiene decenas de
películas.
Quiero tener una
película porno con mi novia: me excita enormemente grabarla sin que lo
sepa: es tan pijita, tan niñita buena, tan responsable, tan elegante,
tan lo que se debe de ser… su madre profesora de instituto; su
padre prestigioso arquitecto; su hermano destacado abogado… grabarla
es un insulto, un golpe en los testículos a la sociedad que no
pertenezco: una ofensa a la gente que ha dispuesto de lo que ha
necesitado en cada edad de su vida: una bofetada a los que nunca
se han tenido que reprimir ni avergonzar por no tener absolutamente
nada por su propia culpa.
Y, además, sin
duda, dentro de poco, ella me va a dejar.
Es imposible que
continúe más tiempo con un mierda como yo: sin estudios, sin
personalidad, con nada más que pájaros en la cabeza.
Feo: gordo,
fofo, estúpido, enfermizo y retorcido cerebralmente.
Entonces, en ese
momento, en la soledad de mi habitación, con las persianas bajadas, le
daré al play al vídeo porno: recordare que una vez fue mía: me
masturbaré viendo como me corría dentro de ella: cuando la vea pasear
de la mano de otro (que sin duda llevará una camisa de Ralph Lauren y
será abogado) me dolerá menos.
Un poco menos.
Encontraré un
poquito de consuelo.
Creo.
.
Antes de
acostarme sobre ella y tratar de penetrarla, doy unos segundos para
que la cámara, desde arriba, tome un precioso plano general de su
cuerpo desnudo: es imprescindible.
Me pongo el
preservativo: ella me obliga a pesar de que toma la pastilla: siente
terror de quedarse embarazada: asegura que le destrozaría la vida: que
tendría que dejar sus estudios de arquitectura. Jamás abortaría, está en
contra de ello.
A mí, el
tema del preservativo doble protección me pone muy nervioso, pero
siempre cedo, primero porque si no me quedo sin follar, segundo porque
si estuviera en el pellejo de ella entendería que tener un hijo de
semejante gilipollas es un castigo que no le puedo desear ni a la más
mala
de las mujeres.
Se la meto ¡Lo
estoy grabando!
Reboto sobre
ella.
-¡Me duele! –me
grita al oído.
Siempre le
duele. Da igual el tiempo que dedique a los juegos preliminares, ella
dice que es porque su chichi no funciona bien, que no segrega lo que
debería de segregar, pero yo sé que es por mi culpa: no sirvo para
nada en la cama.
Sin embargo, no
me detengo: continuó: a veces ayuda: sucede el milagro y consigo que
ella se abra más de piernas: esa es otra: ella siempre se resiste a
abrirse de piernas: las mantiene juntas y tensas: trata de que no
entre mi polla: supongo que eso aumenta su dolor.
-¿Qué es eso?
–pregunta de pronto, mirando hacia arriba del ropero.
Mi corazón
rebota en mi garganta.
He camuflado la
cámara digital, con ropas y cajas, sin embargo el visor de
la cámara lo he tenido que dejar necesariamente al descubierto: ella
lo ha visto.
-Mi amor, no es
momento ahora para hablar.
Ingenuamente,
espero que se olvide, que no se dé cuenta que me acaba de pegar con
una barra de hierro en la nuca, si seguimos follando quizá se olvide,
si consigo durar un poco más, que no creo, porque noto como mi polla
deja de estar dura.
-¡No! ¿Qué es
eso? –Y me aparta de un manotazo mientras se tapa.
No sé que hacer.
Me levanto.
-Yo…
Subo al ropero,
le muestro la cámara. La cara de la virgen María se resquebraja:
envejece diez años: es una vieja: acabo de darle una tristeza a su
corazón inmensa. Trato de disculparme: invento: miento:
-Te lo iba a
decir cuando termináramos… te quería dar una sorpresa… ya sabes que tú
me excitas muchísimo… quería tener un recuerdo por si un día me dejas…
sabes que eres mi primer amor, el único que tendré en mi vida… te
prometo que te lo iba a enseñar cuando termináramos… y sólo iba a
conservarlo si tu me dabas permiso para ello…
Ella comienza a
llorar: se deshace: llora como una loca.
Me quiero
morir: soy un miserable: lo peor del mundo.
Si ella no se
hubiera dado cuenta que la grababa no me hubiera sentido mal, al
contrario, contentísimo: tendría una película porno con mi novia que
vería millones de veces: un trofeo, un trozo de cielo en mi infierno;
pero ahora es diferente: ahora soy un pervertido, un perturbado, un
enfermizo sexual: y ella lo sabe, se lo estoy mostrando: ya no soy el
mismo que antes, he perdido la rectitud moral que ella pensaba yo
poseía: por fin sabe que soy una mierda.
-No me esperaba
esto de ti. Pensé que eras diferente ¿Por qué Sig? ¿Por qué?- habla
mientras me enseña su rostro arrasado por las lágrimas que se me clava
en el cerebro tal cuchillo.
La abrazo: trato
de consolarla, susurro que me perdone mil veces en su oído: de un momento a
otro me va a dejar, ha llegado la hora.
Abro la cámara y
saco la cinta: la rompo.
-Perdón… perdón…
ha sido una tontería: era un juego, por favor, deja de llorar.
Llora cada
vez más: la estoy matando ¿Quién creo ser yo para sentirme con el
derecho de dar una tristeza así a una chica como esta? Lo que he hecho
es un delito estipulado en el código penal: merezco su castigo:
merezco ir a la cárcel: sin embargo he roto la única prueba, y me
alegro: a la única condena que me enfrentaré es a la soledad: ella me
va a dejar. Y cuando, a partir de este día, nos encontremos por la
calle, de casualidad, me
esconderé: avergonzado: o incluso saldré corriendo en dirección
contraria a ella.
Por fin abre la
boca: se vuelve a destapar, se tiende sobre la cama:
-Venga, termina
de follarme –sugiere llorando-. No quiero que te quedes una semana sin
follar. Sé lo importante que es para ti.
Ahora comienzo a
llorar yo. Me desmorono sobre ella ¿Por qué soy cómo soy? ¿Cómo puedo
escapar de mí? ¿Cómo he llegado a ser como soy? He tocado fondo. Soy
un miserable, no merezco ni hablar a una chica como ella y, sin
embargo, trato de follármela mientras la graba una cámara oculta.
Ella me abraza:
-Venga, hazlo
–dice- Desahógate una vez más.
Lloro. Soy
un pervertido patético, un niñato. Una mierda. No me cansaré de
repetírmelo: soy una mierda. Una gran mierda. Una apestosa mierda. Una
mierda de arriba a abajo. Tengo mierda en la lengua. Y pegada
al culo. En lugar de lágrimas, me sale mierda de los ojos.
Mil kilos de mierda seca recubre el interior de mi piel. Una mierda
que se arrastra por la ciudad. Una mierda que se masturba. Una mierda
fracasada. Una mierda en la que la gente se mea encima. Me alimento de
mierda, la desayuno, almuerzo y ceno: se me queda entre los dientes y
sonrío: la enseño. Hay una mierda extendida entre las sábanas de mi
cama y me revuelco en ella. Tengo el pelo lleno de mierda, las moscas
verdes llenan de huevos mi garganta. Una mierda que apesta cuando
alguien me mira a los ojos. Una mierda llena de pecados aberrantes.
Una mierda pervertida. Una mierda de sexo autocomplaciente. Una mierda
sin estudios. Una mierda de escritor. Una mierda de lector. Una mierda
sin sueños. Una mierda pegajosa. Una mierda sin futuro. Me llamo y
apellido mierda: no hay nada que pueda hacer para que yo deje de ser UNA
GRAN MIERDA.
-No mi amor, no
puedo hacértelo ahora. No tengo la cabeza bien.
Ella se viste.
Yo pido perdón. Todo el rato: para siempre.
Ella asiente,
dice que no pasa nada.
Bajamos a la
calle. Sigo llorando. Ella ya no. Ahora su cara es un rictus de
dureza: he matado parte de su inocencia. Me inscribo en el libro de
personas que le han hecho daño, de personas que le han de pedir perdón
el resto de su vida: inauguro la página uno. Culpable.
Tomamos un
autobús. Nos sentamos atrás para que nadie vea mi cara llorosa. Ni la
suya: ella parece que viene de un funeral: acaba de morir su primer hijo.
Bajamos del
autobús, caminamos hasta su portal, se despide de mí: me besa en la
mejilla: mis labios mentirosos deben de darle asco.
-No pasa nada
-repite-. No te preocupes.
Se va. No mira
atrás. El ascensor la sube al ático donde vive, el cielo: su hogar:
allí no caben monstruos como yo.
Desde abajo,
la envidio: he de quedarme conmigo: en el infierno.
Me gustaría
escapar de mí mismo: huir: pero me
persigo allí donde vaya.
SOCORRO
No, no merezco
que me ayuden.
-Púdrete –me
digo.
·9.- La cosa más
rara que ha pasado en mi vida.
Situación:
librería del gran centro comercial: hoy me siento intrépido: mientras
paseo, no dejo de mirar -con disimulo- a la caja registradora de ventas: he decidido luchar: si algún cliente se acerca al mostrador
para pagar el libro que tiene en sus manos, caminaré con paso firme y
decidido hasta él (sin correr, el gran centro comercial prohíbe a los
vendedores correr: resulta de mala educación) incluso aceleraré el
paso si veo a un compañero dirigiéndose a la caja registradora con
idéntica pretensión: le adelantaré: seré el primero en quitar de las
manos el libro al cliente y cobrárselo: ni siquiera miraré al
compañero adelantado: haré como que no lo vi: seré como ellos: esta
vez la comisión del cero coma cuatro por ciento irá a mi bolsillo: no
dejaré que me machaque ningún otro vendedor de la librería.
No será fácil.
Todo el personal
de librería observa, de reojo y con disimulo, la caja registradora de
ventas: mataríamos por ese cero coma cuatro por ciento de comisión: se
nos salen los ojos: cada día los jefes de departamento estudian las
listas que reflejan las ventas de cada vendedor: los clasificados en
las últimas posiciones son humillados (venga, vete al almacén a
limpiar y a sacar el polvo, que no sirves ni para sacarle dinero a una
viuda solitaria) y despedidos si se hacen habituales en dichas
posiciones: hay que caminar por la extensa librería pero
arreglándoselas para mantenerse lo más vertical y cerca posible de la
caja de ventas, disimulando: sonriendo falsamente al pasar cerca de
los compañeros y, haciéndoles creer con tu mirada perdida, que
mantienes los pensamientos concentrados en otros asuntos lejanos a la
venta y al machaque del contrario, como la paz mundial o la pesca del
atún en alta mar, por ejemplo.
-¿Tiene algún
libro que demuestre que hay vida tras la muerte?
Relajo los puños
e instintos de caza: busco mi sonrisa de atención al cliente:
reconvertido en eficiente dependiente de librería, me doy la vuelta en
busca de quién ha preguntado a mis espaldas: es una señora: no puede
tener más de treinta y seis años: rubia con mechas naranjas: de
aspecto elegante: tacones: me gustaría follármela: le acompaña otra
mujer, ligeramente mayor que ella, su hermana quizá: parece que acaba
de salir de la peluquería: también me gustaría follármela: son gente
de dinero: las conduciré directamente a los libros de tapa dura: son
caros y hago más caja.
-Tenemos
bastantes libros sobre ese tema: pero sólo uno escrito por científicos
serios y que describe, con hechos, la verdad. Si son tan amables de
acompañarme, señoras.
Caminamos hasta
el expositor de libros sobre ciencias ocultas: me he inventado todo lo
que he dicho pero, sin duda, tengo el libro vendido: les ofreceré
Vida tras la muerte clínica, el más caro de los que conozco.
-Este libro
ha sido escrito en colaboración con los equipos de las universidades
científicas más prestigiosas del mundo que han dado a la luz sus
informes finales tras años de investigación: han estudiado a miles de
personas clínicamente muertas que han regresado a la vida, así como
los signos y pruebas físicas que dejaron, personas fallecidas a sus
seres más queridos. Está escrito de una forma amena que interesa al
lector desde la primera página.
-Démelo, por
favor. Me lo llevo.
Ha picado la
estúpida: alargo la mano para tomar el libro. Siempre tenemos cinco
ejemplares en el estante dos: mierda: no está: ¿Cómo es posible?: la
comisión –maldita sea- la comisión: hablo tratando que no se note mi
cara de pánico.
-Por favor:
perdonen un momento señoras. Enseguida vuelvo.
Me dirijo al
ordenador: tecleo el título: mierda: el último ejemplar lo vendieron
ayer: el pedido para reponer está hecho: dentro de tres días lo
volveremos a tener: me cago en la puta mierda de la madre de quién
compró el último libro.
Me vuelvo a
dirigir a las mujeres.
-Oh, señora
–ruego- un momento.
Me agacho ante
el expositor de los libros –yo y mis kilos de más- lanzo una plegaria
para que no se me rompa el pantalón por el culo. Rebusco: le daré
cualquier otro, total, aún no le había dicho el título: nuestra sección de
ciencias ocultas está perfectamente bien surtida: cada día la gente se
interesa más por estas estupideces: mil métodos de adivinar el futuro,
viajes astrales, vidas anteriores, combatir a demonios, como colocar
los muebles de la casa para que los hados sean misericordiosos,
convertirse en bruja, magia blanca, seres del bosque, extraterrestres
amarillos ¿Pero qué diablos le pasa a la gente?
Imposible:
ninguno sobre la vida tras de la muerte: ni siquiera en edición de
bolsillo: es extraño: normalmente tenemos más de una docena de títulos
sobre dicho tema: esto si que es un suceso paranormal.
-Señora,
extrañamente, cualquier título sobre dicho tema está agotado. Pero
volveremos a disponer del libro que le comentaba, dentro de tres días.
Si lo desea, puedo avisarla por teléfono desde que nos llegue a la
librería. Le pido perdón, no sé qué ha podido pasar para que, de
pronto, todos se hayan vendido.
La cara de la
señora se entristece, no hace falta dice, muchas gracias, adiós: se
van. Pero, de pronto, ella da media vuelta, me encara:
-Usted… Usted
sabe algo de la vida tras la muerte.
-¿Yo?
-Te vi pasear
por la librería, algo en mi interior me dijo que hablara contigo,
pensé que era porque podías indicarme el libro correcto, pero no:
acabas de asegurar, extrañado, que siempre tienen libros sobre ese
tema, pero justo hoy no, entonces debe ser otra señal, quizá tú tengas
la información que necesito.
-Señora (empiezo
a preocuparme: quizá esté hablando con una enferma mental, miro a su
hermana, noto tristeza en su mirada) yo sólo soy un dependiente de
librería: no tengo nada que ver con Dios ni con Satanás.
-Por favor, no
me tome por loca –su rostro se quiebra- mi hija de trece años
murió hace tres semanas –la señora está a punto de llorar-. Necesito
una señal, conocer que existe otro lugar, otra vida, que ella no ha
desaparecido para siempre y la podré volver a abrazar.
Silencio: me
mira.
Yo la miro.
Su hermana me
mira.
La verdad es que
una vez ocurrió algo.
Muy raro.
No sé si hablar.
Si lo hago,
ellas pensarán ahora que el loco soy yo.
Miro la cara de
la señora.
Necesita
cualquier palabra de mí.
Comienzo a
hablar:
-Sin duda
–confieso- lo que a continuación le contaré es lo más raro que ha
ocurrido en mi vida.
Noto que, a la
señora y a mí, nos recorre un escalofrío: el vello se nos pone de
punta: dejo de ver a la gente que nos rodea: su hermana, los
vendedores, y los clientes del gran centro comercial han desaparecido:
sólo veo los ojos de la señora: que me absorben: siento mareo, me
siento flotar: comienzo a hablar: no puedo dejar de hacerlo:
-Tenía once años
cuando ocurrió esto: mi hermana y yo pasábamos el fin de semana en la
casa de la segunda mujer de mi segundo padre: a esa mujer la
llamábamos tía: nos quería y se preocupaba mucho por nosotros. Me
encantaba su casa: el suelo era de madera, las paredes estaban llenas
de bellos cuadros que había comprado en sus múltiples viajes, las
habitaciones grandísimas: me llamaba mucho la atención de que
dispusiera de una habitación únicamente para guardar su amplio
vestuario: todavía hoy, ella es la persona más rica e independiente
que he conocido: y sin embargo siempre vivía preocupándose por
nosotros.
No obstante,
odiaba pasar las noches allí: me aterrorizaba.
Mi tía tenía
como afición el espiritismo y se hartaba de hacer sesiones en aquella
casa: me lo había contado ella, me lo había contado mi madre, me lo
había contado mi hermana, me lo había contado mi segundo padre: tantas
historias se entremezclaban en mi cabeza que hasta me daba pánico ir
al cuarto de baño sólo: le pedía a mi tía que se quedara quieta al
otro lado de la puerta y diera golpecitos en la madera, para que yo
supiera que todo andaba bien.
Hacía ya tres
meses que no veía a mi madre: trataba de curarse de un cáncer en un
hospital y mi segundo padre había tenido que salir en viaje de
negocios ineludiblemente: así que nuestra tía se hizo cargo de
nosotros esa noche.
La habitación
que menos miedo me daba era la verde: era muy pequeñita y, en una
pequeño mueble biblioteca, estaba la colección completa de las
aventuras de Tintín: podía leer hasta quedarme frito. Además era la
que más próxima estaba de la habitación de mi tía.
Dormía hasta
que, en la madrugada, algo me despertó: abrí los ojos: sobre mí, en el
techo, había líneas eléctricas que se revolvían: eran de color rojo,
del tamaño de una persona: sin dudar supe que era un espíritu: me
asusté: traté de incorporarme: sin embargo noté una mano apretando la
mía, tratando de tranquilizarme: era una señora a la que nunca antes
había visto: tenía una melena oscura y rizada, vestía un camisón
blanco: al mirarla sentí que el pánico desaparecía.
-Ah, eres tú
–dije.
E,
inexplicablemente, cerré los ojos y me quedé dormido.
A la mañana
siguiente nos despertó mi tía: estaba triste y nos pidió que, después
de desayunar, fuéramos a su habitación. Nos esperó acostada: se me
antojó que deseaba no sostenerse sobre sus piernas: necesitaba toda su
fuerza mental para lo que nos iba a comunicar:
-Subid a la cama
y abrazadme –pidió.
Me miró
mucho a los ojos, fijamente, antes de comenzar a hablar: nuestra madre
había muerto aquella madrugada. El cáncer había ganado la jugada:
lloramos mucho, todos: mi hermana y yo nos abrazamos hasta quedarnos
sin fuerzas: no fue hasta días más tarde que conseguí hablar sobre lo
que había visto aquella madrugada: le pregunté a mi tía que, no sé
porqué, se mostró sorprendida: me lo explicó: esos rayos que dices
haber visto era tu madre: venía a despedirse: y esa señora que te
tranquilizó con su presencia, a pesar de que nunca antes la habías
visto es tu ángel de la guarda, el compañero que tenemos a nuestro
lado para toda la vida y que no se dedica más que a cuidarnos y a
protegernos.
He terminado de
hablar: observo a la señora, a su hermana: tienen lágrimas en los
ojos.
-¿Te has
inventado eso? –pregunta.
-No señora. Es
la pura verdad. Sé que suena muy raro pero, mil diablos, ojala hubiera
podido grabar en video lo que vi. Lo cierto es que cada vez que lo
pienso me parece más irreal: no es posible: pero sucedió. Aunque me
cueste creerlo a mí también.
Me abraza.
Llora.
El jefe del
departamento pasa a mi lado, observa cómo nos abrazamos.
Ella no me
suelta.
Yo también la
abrazo, con cariño y afecto: deseo tranquilizarla: como mi ángel de la
guarda hizo conmigo.
-Tu hijita está
bien. No te preocupes: os volveréis a ver –susurro en su oído.
Llora con más
intensidad: me emociono: también comienzo a llorar: lloramos y
temblamos.
El jefe de
departamento se acerca hasta mi oído: empleado Sigmundo, me dice, qué
barbaridad: recuerde que hay que guardar las distancias: qué me dirá
el señor director si le ve de esta manera: estamos en el gran centro
comercial, no en un reallity show, deje a esa señora ahora mismo y
venga a mi despacho.

Al poco de morir mi madre, fue mi cumpleaños. Mi tía (la del
relato) se empeñó en celebrarlo, a pesar de que yo no quería: me hizo
una gran fiesta en su casa. Esa ha sido la última tarta de mi
cumpleaños: nunca más lo he vuelto a celebrar.

Mi
tía hacía fiestas a mi madre cada vez que los doctores la dejaban
salir del hospital (pensando que había ganado la batalla contra el
cáncer). Mi madre está en la última fila, con una corona. Y yo soy el
niño del jersey blanco.