
por
Sigmundo Fernández
·1.-
La vida, este momento: el problema del espejo.
La corbata me
aprieta.
La chaqueta me
hace sudar.
Estoy gordo:
pronto voy a jadear, sudar y oler como un cerdo.
Debería utilizar
el teléfono interior, llamar a mis compañeros de librería:
-Por favor
¿Puede bajar alguien a echarme una mano con las cajas?
Quedan doce más, si nadie me ayuda voy a tener que dar tres viajes
como mínimo. Y las cajas están hasta arriba de libros.
Ellos
deberían bajar y cargar también: son las normas del departamento:
todos los vendedores hemos de acudir en busca de la mercancía desde
que llegue al almacén. Las cajas guardan los libros que hemos pedido,
los que vamos a tratar de vender: por los que cobraremos comisiones si
los vendemos.
No me atrevo a
llamar a mis compañeros: tengo miedo de caerles mal: ellos ya saben
que estoy aquí: escucharon la llamada del almacén, me vieron bajar: sé
que les desagrada cargar: les hace sentirse vendedores de segunda
categoría: no les gusta sudar: además está el gran tema del dinero: si
no se encuentran arriba, vendiendo, pierden las comisiones que eso
conlleva.
Para cargar no
puedo quitarme la chaqueta ni la corbata: el gran centro comercial
donde trabajo lo prohíbe: los clientes han de vernos, siempre,
perfectamente uniformados, aseados; y sin sudar.
Mierda:
estoy sudando como un cerdo: seguro me riñen.
Es la cuarta
vez que vengo por mercancía en este día, treceava en la semana:
siempre solo, sin atreverme a pedir ayuda a nadie.
Los guardias del
almacén se ríen:
-¿Te ha tocado
otra vez cargar a ti?
-NO IMPORTA
–miento sonriente- Así hago ejercicio: es terrible andar tieso por la
sección, dando vueltas, esperando que alguien venga a comprar algo.
Se ríen más de
mí. Ojean los libros que cargo: hacen bromas estúpidas con ellos:
-¿Tienes algún
libro donde salgan fotos de mujeres desnudas?
-¿Y aquí dice
cómo follarme a la secretaría del director?
Tengo prisa,
pero no me atrevo a quitárselos de las manos. Ellos son auxiliares de
seguridad, no tienen derecho a tocar la mercancía.
¡Yo no estoy
jugando! ¡Estoy trabajando! ¡Los odio!
Callo,
espero paciente, finjo risas causadas por sus tonterías: deseo
caerles bien, que piensen que soy un tipo simpático.
.
Cuarenta y cinco
minutos más tarde, tras terminar el último de los tres viajes, me
encierro en el baño del almacén: seco mi frente con papel de baño,
rocío de colonia mi cabello y traje: vigilo, en el espejo, que mi
sonrisa siga pareciendo auténtica.
Soy un
gilipollas.
Y un cobarde:
toda mi vida he prefiero callar antes que tener que enfrentarme a
cualquiera: ni siquiera me atrevo a discutir.
No soy nadie: no
tengo estudios universitarios: soy un estúpido vestido con un traje
barato, trabajando por el sueldo mínimo permitido por un gobierno para
ricos en un trabajo que hasta las amas de casa, de sesenta años y sin
preparación, pueden desempeñar mejor que yo.
Y estoy gordo:
tengo una barriga asquerosísima.
Normal que,
cuando estamos solos, a mi novia nunca le apetezca follar.
Además, si
consigo meterle la polla no logro la contención ni cinco segundos: me
corro enseguida.
En algo soy
perfecto: mi eyaculación precoz no falla jamás.
Ni idea de
porqué mi novia no me olvida: ni siquiera puede sentir pena por mí: he
logrado convertirme en un gran perdedor por mis propios méritos, sin
la colaboración de nadie: sólo siendo como soy.
Vergüenza.
Asco es lo que
siento cuando me miro en el espejo.
·2.- Mi ficha de
identificación personal, hoy:

Tengo 28 años,
sueño con ser escritor, vivo en la casa de mis abuelos. No tengo
padres, mi padre nos abandonó, mi madre murió; con mi precario sueldo
y mi contrato temporal no me atrevo a independizarme ¿Repito que soy
un cobarde? Sólo soy feliz cuando eyaculo. Tres veces al día. Casi
nunca tranquilo: mi imaginación me martiriza. Por ejemplo: si estoy
encerrado en mi habitación, dándole, me asalta la idea de que quizá
una de mis primas de diez años, la que me quiere muchísimo, ha venido
a mi casa y se ha escondido en la habitación, para darme un susto y
una sorpresa. Ahora ella, metida en mi armario, con la puerta un poco
abierta, se encuentra presenciando, aterrorizada, como su querido
primo favorito se masturba: estoy creando en su cabeza un trauma que
perdurará durante toda su vida. Se me baja: me subo los calzoncillos,
trato de encontrarla: abro las puertas del armario, miro bajo la cama,
por las esquinas. Nunca está. Me tiendo en la cama, continúo
masturbándome. Pero sigue la intranquilidad. Ahora tengo prisa por
terminar, puede ser que la cerradura de la puerta de mi habitación
esté demasiado vieja y mi abuela irrumpa, de pronto, sorprendiendo mi manoseamiento. Y al fin, al eyacular, comienzo a pensar que mis
abuelos han oído mi ahogado gemido de placer: el trabajo en mi cama.
Avergonzado, tardo horas en encontrar valor para salir de mi cuarto.
·3.- Por favor:
libertad para la masturbación pública.
Busco un placer
superior al orgasmo.
NO LO ENCUENTRO:
NO EXISTE.
Por el orgasmo
creo en Dios.
Me he
acostumbrado a ese milagro: incomprensiblemente.
1+1: masturbarse
proporciona orgasmos.
Es sano.
Natural. Es un instinto: igual que alimentarse. Y es gratis: uno puede
estar masturbándose todo el día y no pagar impuesto alguno por ello.
No entiendo
porqué la sociedad prohíbe masturbarse en público: sería hermoso ver a
la gente disfrutar, en cualquier sitio: ver gente feliz: te meterían
en la cárcel.
La sociedad
puede ver tus lágrimas, jamás tu semen.
Sólo debería de
estar prohibido retener a una persona contra su voluntad para que te
observara o tocase tu semen.
Para una
mujer,
que se masturben viéndola caminar tendría que ser un bello halago.
Sería
maravilloso poder masturbarse frente a una joven guapa sin haber
cruzado, anteriormente, ni una palabra con ella: así no te percatas de
sus defectos: puedes imaginarla a tu antojo: perfecta: nunca
descubrirías que es tonta, inculta, superficial, con pelos en la
espalda y que ríe igual que una cabra del campo.
A mí, por lo
menos, me encantaría que las chicas se masturbaran a mi paso.
Y tener siempre
la opción de quedarme o seguir de largo.
SITUACIÓN
FICTICIA PARA UN MUNDO FELIZ:
Yo en un autobús
de trayecto urbano. Está lleno de pasajeros.
Una chica se
sienta en una butaca, a mi lado.
La chica es
morena, alta: ojos verdes, inteligentes: treinta y pico años
perfectamente cuidados: una bomba atómica la primera vez que la miras:
sus abultados pechos luchan contra su ceñida camiseta en busca de la
libertad: su culo le palpita: ¿tendrá un corazón en cada nalga?
Desabrocho mi
bragueta: saco mi polla: comienzo a masturbarme.
-Oh, que amable
eres –dice ella.
-Es usted
guapísima. Ha salido tremenda de su casa.
-Uf. Ya veo que
sí. Menuda erección le he proporcionado.
-Si, no creo que
tarde mucho en terminar.
-Le ayudaría a
machacársela si no fuera porque tengo marido.
-No me extraña
que tenga marido. Aunque usted poseyera un carácter insufrible, que no
lo creo, sólo por poder ver su rostro y cuerpo cada mañana, cada
noche, merecería la pena soportarla.
-Ja, ja… ¡Ojalá
mi marido dijera lo mismo! De todas maneras tiene tres paradas más
para terminar, así que tómelo con calma si lo desea.
-Oh, es usted
muy amable por no molestarse. Sin embargo, es imparable: aquí viene,
ya lo noto llegar: es usted demasiado sexy.
-Tenga cuidado
con el semen. Entro a trabajar ahora: no quiero mancharme.
-Por favor, no
se preocupe: apuntaré al cristal de la ventana. He traído pañuelitos…mmm…por
cierto: ¿Le importa mirarme a los ojos?
-Por
supuesto que no: me encanta ver la cara de la gente cuando eyacula.
-¡OH! ¡OH! ¡ME
CORRO!
-¡Bravo! ¡Ja, ja,
ja, ja!
LA VIDA DEBERÍA
DE SER MÁS AUTÉNTICA.
·4.- El gran
centro comercial.
Trabajo en un
gran centro comercial de cien mil metros cuadrados.
Hay setecientos
centros comerciales, exactamente igual que este, repartidos por las
principales ciudades del mundo: todos pertenecen a la misma empresa.
Los rumores que
se leen en Internet, apuntan a que esta cadena de grandes centros
comerciales es uno más de los negocios de la misma
secta-secreta-radical-seudocristiana que domina el mundo desde hace
décadas; son tan poderosos que eligen a dedo al mismísimo presidente
de los Estados Unidos de América: o al de cualquier otro país con
importancia: las elecciones son, desde hace décadas, una tremenda
farsa.
VIVIMOS EN UNA
DICTADURA SECRETA.
Dentro de poco
tiempo (treinta o cuarenta años), esta secta-secreta-radical-seudocristiana-
concluirá su ambición suprema: convertir cada rincón del mundo en un
gran centro comercial y, a sus habitantes, en máquinas programadas
para consumir.
Yo ya lo soy: al
igual que mis compañeros de trabajo, la totalidad de mi sueldo lo
gasto en pagar las facturas que, a final de mes, nos presentan por las
compras no necesarias que realizamos casi a diario en el gran centro
comercial.
FINALMENTE,
TRABAJAMOS GRATIS PARA EL GRAN CENTRO COMERCIAL.
.
La clase social
media-alta es la mejor clientela del gran centro comercial.
La clase social
media-alta pasa cinco o seis días de la semana en el trabajo.
No tienen tiempo
libre hasta la noche: agotados e inertes, llegan a sus casas y
abandonan sus inteligencias frente a la programación televisiva: allí
sus mentes son manipuladas, su creatividad neutralizada: las
películas, espacios y anuncios, enseñan el estilo de vida que tenemos
que soñar: los objetos que tenemos que comprar, el tipo de cuerpo que
nos tiene que excitar, las opiniones que tenemos que sostener.

Luego, en el
día, se refuerzan esas ideas: el vecino se ha comprado el coche que
todos quieren ¿Por qué tú no? Tu compañera de trabajo lleva el
cinturón de moda ¿Por qué tú no? Tu amigo se ha comprado una cámara
digital con más píxeles que la tuya ¿Por qué tú no? ¿Es qué ellos son
mejores que tú? ¿Vas a dejarte pisotear?
Esta es la
verdadera razón por la que la clase social media-alta trabaja cinco o
seis días a la semana en lugar de tres.
-Voy a comprar
esa XHJGTDUSJ y ese accesorio de DKJSMSAJS, lo merezco por trabajar
tanto –dicen.
La clase social
media-alta prefiere pasar los días en el trabajo que vivir libremente.
Y YO TAMBIÉN: EL
TIEMPO LIBRE PROVOCA QUE TE COMAS EL COCO: PENSAR ES UN ROLLO, TE HACE
INFELIZ.
.
Todos los
objetos están en el gran centro comercial.
No te preocupes
si no dispones de dinero suficiente para comprar justo ahora: el gran
centro comercial dispone de cómodas y simuladas formas de pago: busca
una señorita con minifalda y sonrisa: que te haga una tarjetita de plástico: te tratará con una
simpatía y respeto que te sentirás el primer astronauta en hacer una
nave espacial con los restos de su coche viejo y dejar huella en
Saturno: ella te mira como si fueras el más listo y simpático: el
amorcito de su vida.
LLÉVATE COSAS A
CASA: TODO LO QUE QUIERAS.
Firma el contrato que te extienden sus manos con uñas largas de color
pasión: sonríele: terminaras pagando de por vida facturas del gran
centro comercial.
Y vistiendo las
mejores marcas.
Tendrás los
mejores aparatos electrónicos del momento.
La felicidad
¿no?
Nunca te
saciarás: siempre se idean objetos más interesantes: pasaras de bailar
la versión polifónica de la canción del momento, que suena en tu nuevo
teléfono multimedia, a tratar de conseguir el innovador móvil con
sonido dolby-digital, televisor, cámara de video, ordenador, DVD,
re-grabadora, mapa callejero, buscador de oro, encendedor y ovni
incluido. O de tener el bolso de lunares a querer tener el de rallas:
según lo que dicte la temporada.
ES NECESARIO
.
La clase social
media-alta, en su día libre o en un descanso del trabajo llegan, sin
conocer la razón exacta, hasta los pasillos del gran centro comercial.
Por los
pasillos, deambulan sin rumbo ni rostro.
Desorientados
observan las atrayentes exposiciones, las emocionantes ofertas, las
promociones maravillosas: caen hipnotizados: por la música y el
producto químico que, ilegal y secretamente, se mezcla con el aire
acondicionado.
Entonces se
acerca un amable vendedor:
-¿Hay algo en
qué le pueda servir? Estaría encantado en buscarle lo que sea.
Y comienza una
conversación que, posiblemente, llevará al confundido visitante a
gastarse una semana de su sueldo.
Yo, como
vendedor del gran centro comercial, ataco así, mil veces cada día: nos
han entrenado: nos recluyeron en un aula durante un mes para
enseñarnos los trucos psicológicos básicos con los que recordarles al
cliente (y sin que este se de cuenta de que nuestro único interés por
él es realizar una venta) una necesidad olvidada o una compra emotiva:
estas ventas espontáneas representarán el nada desdeñable cuarenta por
ciento del volumen total de ventas.
CON ESE CUARENTA
POR CIENTO SE PODRÍA ACABAR CON EL HAMBRE EN EL MUNDO, SIN EMBARGO, SE
UTILIZARÁ PARA CREAR NUEVOS GRANDES CENTROS COMERCIALES QUE CREARÁN
NUEVOS CUARENTA POR CIENTOS QUE CREARÁN, A SU VEZ, NUEVOS CENTROS
COMERCIALES.
·5.-Normalmente.
Once de la
noche: mi abuela sentada en un sillón frente al televisor, dormida. Se
despierta con el ruido que hago al abrir, con la llave, la puerta de
la casa.
-Sig –me
saluda-. Ten cuidado al cerrar la puerta no sea que despiertes a tu
abuelo, que ya se acostó.
Mi
abuelo tiene muy mal genio.
-Sí –contesto.
Cierro la
puerta, con cuidado.
Ella continúa
frente el televisor, ahora con los ojos abiertos, como si nunca se
hubiera quedado dormida y siguiera, desde hace horas, un
interesantísimo programa. Yo, me encierro en mi habitación, me desnudo
a espaldas del espejo: no quiero mirar mi cuerpo desnudo: es
asqueroso: estoy gordo y fofo: tengo tetas; me visto con unos
calzoncillos largos, una camiseta de propaganda y zapatillas: vuelvo
al salón, busco el periódico, me siento en un sillón lejano a mi
abuela: leo.
-¿Qué tal el
trabajo?
-Igual que
siempre, abuela.
-Tú esfuérzate,
para que vean que eres un chico serio y trabajador.
-Sí abuela.
Ella intenta
hablar un rato conmigo: esquivo la conversación: me centro en las
noticias que leo: no me interesa hablar con ella: me aburre: siempre
es lo mismo: termina reprochándome que halla abandonado la
universidad.
Por fin, ante mi
poca colaboración de continuar la conversación, se levanta.
-Buenas noches,
Sig.
-Buenas noches,
abuela.
Atraviesa el
pasillo (cojeando, por la edad) hasta su dormitorio. Se acuesta junto
a su marido, que ronca sonoramente: aguzo el oído: espero que
duerma: es un misterio cómo ella logra conciliar el sueño junto a
semejantes ronquidos: y treinta minutos después lo hace: ella respira
pesadamente cuando duerme: me atrevo a encender el televisor.
QUIERO MASTURBARME.
Busco canales de
televisión: si no es con un vídeo musical de la mtv me masturbo
viendo a las presentadoras de las noticias de la noche (mi favorita es
una que se llama Letizia:
las presentadoras de noticias son perfectas para masturbarse: te
aguantan la mirada, te miran fijamente mientras lo haces): he de
quitar el sonido: uno: las noticias sobre guerras, malos tratos o
niños enfermos que mueren de hambre hacen que se me baje la erección:
dos: oír mejor si mi abuelo o abuela se aproximan al salón: sería
vergonzoso que me sorprendieran.
Eyaculo, me
guardo la polla en los calzoncillos, me dirijo a la cocina, preparo un
par de bocadillos de embutido que mastico y trago sin hambre, por
gula.
Luego, veo un
rato más la programación: al poco, noto el sueño.
Me encierro en
mi cuarto.
Me acuesto,
trato de leer un libro: no leo más que tres páginas: antes de trabajar
en el gran centro comercial los devoraba: leía cuatro a la semana:
ahora sólo leo tres al año. Y, salvo por este diario, he abandonado la
escritura.
Apago la luz,
busco el sueño. Si tengo fuerzas, me vuelvo a masturbar.
Así es siempre.
Salvo esta
noche, de pronto, he comenzado a llorar.
Como un niño
chico, como una madre desconsolada.
No sé la razón:
no encuentro el motivo en concreto: sin embargo, no logro detener el
llanto: me siento tremendamente triste.
Decido
arrodillarme y rezar.
-Ayuda Dios
–pido entre sollozos.
·6.-La librería
del gran centro comercial.
Mi misión, en el
gran centro comercial, es vender libros (y cargarlos).
El vendedor
número uno de la sección de librería es una chica de veinticuatro
años: tiene unas tetas grandísimas, como las de las revistas: es la
que más compradores espontáneos produce: al verla los hombres se
sienten irresistiblemente atraídos por la literatura: compran libros
de tres en tres. Sin embargo, y aunque estudió filología hispánica, es
una inculta: ni siquiera sabe cómo termina el Quijote: es una experta
de moda y complementos: es en lo que se gasta la totalidad de su
sueldo.
-¿Yo? Yo soy
estupenda –dice.
Y es verdad: se
tira a un compañero del departamento de deportes mientras su novio
hace horas extras en su trabajo, una fábrica de alquitrán: necesita
dinero para pagar una casa que ha puesto a nombre de los dos: a mi eso
me sienta de maravilla: así tengo la certidumbre de que hay personas
más desgraciadas que yo en el mundo desarrollado.
Los clientes se
acercan: si los observas durante casi dos años (el tiempo que yo he
estado en el gran centro comercial) sabes qué tipo de libros buscan
antes de que te dirijan la palabra:
por ejemplo: las amas de casa compran libros de
autoayuda. O de Danielle Stell.
Los hombres
bajitos, calvos, con barriga y barba canosa buscan libros de historia.
O de yoga. Las chicas jóvenes: libros de terror o libros que relaten
sus problemas diarios en clave de humor. Tipo El diario de Bridge
Jones. E, incluso, poesía (y me excitan enormemente cuando,
preguntando, pronuncian Whitman o Pessoa).Los niños sólo leen Harry
Potter. Imposible mostrarles cualquier otro: te miran con odio si, por
ejemplo, les invitas a leer El fantasma de Canterbille, de
Oscar Wilde. Los chicos, de quince a treinta y cuatro años, no leen:
compran dvds o discos compactos. Y si compran libros es por razones de
estudio o porque tienen muchos granos o algún defecto físico o mental:
entonces son los denominados frikis: compran manuales sobre
juegos de roll, de espada y brujería o comics.
Pero, sin duda,
los mejores clientes son los hombres de estatura alta que vienen
vestidos con zapatos de oficina, pantalones vaqueros, camisa de marca
y chaqueta de lona: abandonan a sus mujeres en el hipermercado del
gran centro comercial, dejándolas encargadas de realizar la compra de la quincena y suben
hasta librería:
-Estoy buscando
un buen libro –te dicen.
Y se llevan una
pila de libros de cualquier autor a quien hayan encuadernado elegante
y sobriamente: no creo que se los lean nunca: si fueran verdaderos
lectores comprarían, alguna vez, libros de otro tipo: estoy seguro de
que se limitan a colocarlos en sus bibliotecas para sentirse cultos
ante las visitas y su mujer, por ese orden.
.
Nuestra
librería, literariamente hablando, es una mierda.
Tenemos
cualquier novedad publicitada del momento, sin embargo, es imposible
encontrar buenos textos, como Nueve Cuentos de Salinger o
cualquier libro de Thomas Bernhard.
No hay espacio
físico: la gente compra lo que el televisor dice: Sabor a hiel,
de la presentadora televisiva Rosa María Quintana llenaba nuestros
estantes: se vendía como desodorantes hasta que se descubrió la
verdad: no lo había escrito ella sino otra persona que además copiaba,
palabra por palabra, pasajes enteros de un libro sin éxito de Danielle
Steal: fraude.
Ante las
reclamaciones, la editorial retiró todos los ejemplares: entonces el
jefe de departamento decidió llenar los estantes vacíos con la
autobiografía de Sara Montiel (también escritas por otra persona).
DEFINITIVAMENTE:
UN PASEO POR LA LIBRERÍA DE EL GRAN CENTRO COMERCIAL SE CARGA DE LADO
A LADO LA BIBLIOTECA DE BABEL: NO EXISTE: BORGES ES UN FARSANTE:
BORGES PREFIRIÓ QUEDARSE CIEGO ANTES QUE VER LA BIBLIOTECA DEL GRAN
CENTRO COMERCIAL: ES MÁS: MURIÓ DE TRISTEZA CUANDO LA INTUYÓ PARA LA
COMPOSICIÓN DE UN CUENTO FANTÁSTICO: SU ÚLTIMO CUENTO: LA LIBRERÍA DEL
GRAN CENTRO COMERCIAL.
.
Odio trabajar en
el gran centro comercial.
Todo es hacer
dinero: no importa nada más.
Pero he de pagar
las facturas de mis compras: debo dos veces mi sueldo. Y va en
aumento.
Me he vendido:
yo, un amante de la verdadera literatura, de la que se escribe desde
la razón o el sentimiento: de la que se escribe sin ánimo de lucro:
sinceramente.
Ahora, si
alguien me pregunta por un buen libro, he de ocultar El extranjero,
El amante o Las flores del mal: se venden muy baratos y
apenas haces caja: es mejor engancharlos con best seller: El médico
o Los pilares de la tierra siempre funcionan. Además se venden
en lujoso estuche de regalo: un regalo perfecto (para el gran centro
comercial).
Si trágicamente
me preguntan por un libro que dé algo qué pensar, top secret,
atragántate: ni nombrar Trópico de capricornio, Sidharta
o la sobrecogedora belleza de El principito: obsérvales: si es
un hombre de negocios alaba las características de la bazofia ¿Quién
ha robado mi queso?: si es un ama de casa es tiempo de Las nueve
revelaciones, La rueda de la vida o El caballero de la
armadura oxidada (edición especial para subnormales). Y si es un
estudiante: El Alquimista.
Con estos
títulos los volverás locos, te convertirás en su gurú personal:
acudirán habitualmente a la librería para preguntarte por nuevos
textos que comprar: se gastarán una buena pasta tratando de
convertirse en guerreros de la luz, como pretende Coelho. No
será hasta años después que se darán cuenta, quizá en un momento de
luminosidad senil, que fueron unos estúpidos manipulados.
.
Trato de no
vender más libros que mis compañeros (asunto que no es difícil si
contamos el tiempo que paso lejos de la atención al público, cargando
cajas en el almacén). Si vendiera más libros que ellos tendría que
soportar una presión de la que no soy capaz: a diario, me tendría que
defender, ante el jefe del departamento, de las injurias que mis
compañeros susurrarían a sus oídos: Sigmundo sólo está atento a la
venta: no hace devoluciones, no ordena el almacén, no respeta el
cliente de los demás, no atiende el teléfono, no hace pedidos, no saca
el polvo a los libros, no trae mercancía del almacén…
También tendría
que soportar y sostener sus miradas de odio y envidia, sus
habladurías, sus burlas y engaños… me derrumbaría… sufriría una crisis
nerviosa… es mejor pasar desapercibido, que el que obtenga las
comisiones más altas sea alguien con más personalidad que yo: yo soy
un guiñapo sin cojones.
.
Mi único
pasatiempo, en el gran centro comercial, son mis fantasías sexuales.
Cuando una
clienta guapa se acerca a mí y me pregunta por un título, lo primero
que hago es mirar fijamente a su cara e imaginar, durante unos
segundos, que me estoy corriendo dentro de su vagina: sin
preservativo.
Ella, mientras
tanto, piensa que estoy meditando su pregunta.
Al concluir me
siento en paz: logro hablar sereno, fluido y eficientemente a la guapa
clienta: total ¿Para qué estar nervioso si ya me la follé?
Y en mi cabeza
tengo un harén: más de quince vendedoras del gran centro comercial lo
pueblan: me excitan por su belleza o por su simpatía: a la hora de
masturbarme nunca me falta una erección para ellas:
CUMPLEN MI
FANTASÍA FAVORITA:
tengo un aparato electrónico, parecido a un
walkman, que me regalo Satanás a cambio de un favor que algún día
me pediría pero yo, con mi lúcida inteligencia, logré burlar: ese
aparato es capaz de detener el tiempo sin que la comunidad científica
se entere: en ese paréntesis temporal las mujeres cumplen mi voluntad:
sólo tengo que pegarles una especie de pegatina electrónica, accesorio
del walkman, en la palma de la mano: estoy en el gran centro
comercial, me dirijo a mis quince vendedoras favoritas:
-Por favor,
poneros unas al lado de las otras, subid a los mostradores de
información al cliente, abrid vuestras camisas y sacaros vuestros
pechos. Quitaros las faldas y bragas o tangas: poneros a cuatro patas,
de espaldas a mí, esperadme. Gracias.
Las penetro
desde atrás: a ellas les gusta: se enfadan cuando, sin eyacular, las
abandono para pasar a la siguiente: continúan en la misma posición:
esperanzadoras de que vuelva a ellas: sin embargo, yo sigo el orden:
observan cómo se las meto a las otras: por fin me corro (dentro de una
de pelo largo, negro, culo abundante y que trabaja en territorio
vaquero) la agraciada grita de placer y emoción: se siente superior a
las demás: ha ganado.
Saco mi
polla y me dirijo al baño, me refresco y, al salir, el gran centro
comercial: el mundo entero, vuelve a su normalidad.
·7.- Sentado,
esperando un autobús, miro a la gente.
Si alguien me
sonriera
hoy
le daría todo.
Ni una mentira,
ni un engaño
le abrazaría
le amaría
se convertiría
en mi mejor amigo.
·8.- Un pecado:
una película porno fallida.
Tengo una oportunidad para follar
los sábados por la noche: mis abuelos dejan la casa
a las nueve: velada nocturna: restaurante y bingo; el gran centro
comercial cierra a las diez: si me doy prisa por terminar logro estar
fuera a las diez y media.
En la salida de
personal me espera mi novia, tal como quedamos.
Al verla, me
hincho de orgullo: es guapísima: los demás vendedores, al pasar a su
lado, la admiran: si midiera diez centímetros más sería una modelo de
considerable éxito por las pasarelas mundiales, estoy seguro.
Incomprensiblemente, me espera a mí, sin nadie que la apunte con un
arma: espera libremente a este gordo hediondo para que se la meta sin
contemplaciones: Dios ha dañado su percepción: tapa sus ojos con una
venda de trapo oscuro que le impide verme como la gran mierda que soy:
gracias Dios.
-Mi amor
–saludo.
Ella nunca
responde el saludo, simplemente sonríe.
Tiene una
sonrisa pura: la lanza y te da besos en el alma.
En este diario
la llamaré Virgen María.
Por buena:
por decente. Yo la desvirgué: no obstante, si se puede ser virgen
después de dejar de serlo, sin duda, ella lo es. Además escucha misa
cada domingo: es una santa, su único pecado, el consumismo: prefiere
comprarse unas sandalias (que hacen el número veintisiete de su
colección) que enviar la mitad de ese dinero a los niños del tercer
mundo: no obstante, eso lo hace el mundo entero: ya no es pecado:
aunque hayan niños muriéndose de hambre:
eso no es nuestra culpa: la culpa no la tiene nadie que yo conozca: ni
siquiera yo.
La tomo de la
mano, apresuramos el paso hasta la parada de taxis: no hemos de perder
tiempo: a partir de las doce es mejor andar lejos mi casa: mis
abuelos podrían regresar y sorprendernos: mis abuelos se tomarían como
un insulto personal, cristiano y ético-moral descubrir que nosotros
aprovechamos su ausencia para mantener relaciones sexuales pre-matrimoniales:
no podría volver a mirarles a los ojos: les decepcionaría: vergüenza.
TENGO QUE FOLLAR
.
Estamos en casa:
solos: ella se sienta en el salón (en el mismo sillón donde yo me
masturbo de lunes a domingo) y conecta el televisor: yo corro hasta la
ducha: estoy repleto de sudor por cargar las malditas cajas de libros.
-Date prisa –
oigo que me apresura.
Miro mi reloj de
pulsera y calculo: queda menos de una hora para el posible regreso de
mis abuelos: me ducho a presión, con agua fría, bajo los testículos:
he de despertarme, que el flujo sanguíneo circule de manera perfecta
por todo mi cuerpo,
TENGO QUE
CONSEGUIR UNA ERECCIÓN DENTRO DE DIEZ MINUTOS:
no puedo
demorarme: si no, me quedaré sin follar hasta el próximo sábado: y
quizá el próximo sábado mis abuelos decidan no salir.
Salgo de la
ducha y grito:
-¡Virgen María,
ya está! ¡Vamos a la habitación!
Virgen María no
viene: voy a buscarla al salón, la arrastro de mi mano, la llevo hasta
mi dormitorio, la convenzo para que se quite la ropa: siempre me
reprocha lo mismo:
-Eres muy
brusco. Nunca me seduces –habla mimosa-.Nunca me quitas la ropa con
delicadeza.
-Mi amor, no hay
tiempo: mis abuelos pueden venir en cualquier momento: desnúdate y
luego trato de seducirte, que tu chichi se llene de agua.
-No hables así:
sabes que no me gusta.
-Joder, dije
chichi, no chocho. Por consideración a ti.
Desnuda se
acuesta en mi cama. Se tapa con una sábana, me mira: tiro de la
sábana, la destapo: me sobrecoge la belleza de su cuerpo desnudo:
imagino una guerra a los pies de mi cama: todos los pijamas del mundo
-por tocarla- se matan para vestirla; su cuerpo fue realizado, en el
séptimo día, por Dios, la hizo a mano: se pasó todo el día para
hacerla:
CABRÓN:
tocaste a mi
novia: reconócelo en las sagradas escrituras: y su cabello, cada vez
que roza la piel de su cara aprovecha para entregarle mil besos
secretos: esos besos son la verdadera razón de la dermatitis crónica
que padece. Pero ella no lo sabe.
Su cara.
Sobre todo su
cara.
Su angelical e
inocente cara.
Ella me mira:
estoy desnudo, frente la cama: en el momento que su vista se fija en
mi pene erecto y quita la mirada, de un golpe, como arrepentida y me
mira, ruborizada, a la cara, es cuando más bella me parece.
O MÁS TIESA ME LA PONE.
¡Cuánto me
gustaría saber volverla loca! ¡Cuánto me gustaría darle la mejor
sesión de sexo de su vida!
Pero no sé.
SOY EYACULADOR
PRECOZ.
Y gordo: no
tengo un cuerpo como el de los modelos de las revistas: mi maldita
barriga inflada que me produce gases.
Y un fracasado:
sin dinero, sin éxito: menos mal que por lo menos se me pone
perfectamente tiesa: eso ocurre desde que, desnudo, la rozo: no creo
que nunca se deje de poner tiesa si ella está cerca para ser rozada.
Hoy todo es
distinto: HE CAMUFLADO UNA CÁMARA DE VÍDEO DIGITAL EN LA PUNTA DE
ARRIBA DEL ARMARIO: su visor se dirige a la cama.
Quiero hacer una
película porno con la Virgen María, sin su permiso.
Aleluya.
Compré la cámara
digital, hace una semana, en el gran centro comercial. No se lo he
dicho a mi novia: estoy nervioso: el corazón parece que se me va a
salir del pecho.
La idea me la
dio un amigo, camarero de discoteca en una zona turística: graba, con
cámara oculta, todas las turistas que se tira: tiene decenas de
películas.
Quiero tener una
película porno con mi novia: me excita enormemente grabarla sin que lo
sepa: es tan pijita, tan niñita buena, tan responsable, tan elegante,
tan lo que se debe de ser… su madre profesora de instituto; su
padre prestigioso arquitecto; su hermano destacado abogado… grabarla
es un insulto, un golpe en los testículos a la sociedad que no
pertenezco: una ofensa a la gente que ha dispuesto de lo que ha
necesitado en cada edad de su vida: una bofetada a los que nunca
se han tenido que reprimir ni avergonzar por no tener absolutamente
nada por su propia culpa.
Y, además, sin
duda, dentro de poco, ella me va a dejar.
Es imposible que
continúe más tiempo con un mierda como yo: sin estudios, sin
personalidad, con nada más que pájaros en la cabeza.
Feo: gordo,
fofo, estúpido, enfermizo y retorcido cerebralmente.
Entonces, en ese
momento, en la soledad de mi habitación, con las persianas bajadas, le
daré al play al vídeo porno: recordare que una vez fue mía: me
masturbaré viendo como me corría dentro de ella: cuando la vea pasear
de la mano de otro (que sin duda llevará una camisa de Ralph Lauren y
será abogado) me dolerá menos.
Un poco menos.
Encontraré un
poquito de consuelo.
Creo.
.
Antes de
acostarme sobre ella y tratar de penetrarla, doy unos segundos para
que la cámara, desde arriba, tome un precioso plano general de su
cuerpo desnudo: es imprescindible.
Me pongo el
preservativo: ella me obliga a pesar de que toma la pastilla: siente
terror de quedarse embarazada: asegura que le destrozaría la vida: que
tendría que dejar sus estudios de arquitectura. Jamás abortaría, está en
contra de ello.
A mí, el
tema del preservativo doble protección me pone muy nervioso, pero
siempre cedo, primero porque si no me quedo sin follar, segundo porque
si estuviera en el pellejo de ella entendería que tener un hijo de
semejante gilipollas es un castigo que no le puedo desear ni a la más
mala
de las mujeres.
Se la meto ¡Lo
estoy grabando!
Reboto sobre
ella.
-¡Me duele! –me
grita al oído.
Siempre le
duele. Da igual el tiempo que dedique a los juegos preliminares, ella
dice que es porque su chichi no funciona bien, que no segrega lo que
debería de segregar, pero yo sé que es por mi culpa: no sirvo para
nada en la cama.
Sin embargo, no
me detengo: continuó: a veces ayuda: sucede el milagro y consigo que
ella se abra más de piernas: esa es otra: ella siempre se resiste a
abrirse de piernas: las mantiene juntas y tensas: trata de que no
entre mi polla: supongo que eso aumenta su dolor.
-¿Qué es eso?
–pregunta de pronto, mirando hacia arriba del ropero.
Mi corazón
rebota en mi garganta.
He camuflado la
cámara digital, con ropas y cajas, sin embargo el visor de
la cámara lo he tenido que dejar necesariamente al descubierto: ella
lo ha visto.
-Mi amor, no es
momento ahora para hablar.
Ingenuamente,
espero que se olvide, que no se dé cuenta que me acaba de pegar con
una barra de hierro en la nuca, si seguimos follando quizá se olvide,
si consigo durar un poco más, que no creo, porque noto como mi polla
deja de estar dura.
-¡No! ¿Qué es
eso? –Y me aparta de un manotazo mientras se tapa.
No sé que hacer.
Me levanto.
-Yo…
Subo al ropero,
le muestro la cámara. La cara de la virgen María se resquebraja:
envejece diez años: es una vieja: acabo de darle una tristeza a su
corazón inmensa. Trato de disculparme: invento: miento:
-Te lo iba a
decir cuando termináramos… te quería dar una sorpresa… ya sabes que tú
me excitas muchísimo… quería tener un recuerdo por si un día me dejas…
sabes que eres mi primer amor, el único que tendré en mi vida… te
prometo que te lo iba a enseñar cuando termináramos… y sólo iba a
conservarlo si tu me dabas permiso para ello…
Ella comienza a
llorar: se deshace: llora como una loca.
Me quiero
morir: soy un miserable: lo peor del mundo.
Si ella no se
hubiera dado cuenta que la grababa no me hubiera sentido mal, al
contrario, contentísimo: tendría una película porno con mi novia que
vería millones de veces: un trofeo, un trozo de cielo en mi infierno;
pero ahora es diferente: ahora soy un pervertido, un perturbado, un
enfermizo sexual: y ella lo sabe, se lo estoy mostrando: ya no soy el
mismo que antes, he perdido la rectitud moral que ella pensaba yo
poseía: por fin sabe que soy una mierda.
-No me esperaba
esto de ti. Pensé que eras diferente ¿Por qué Sig? ¿Por qué?- habla
mientras me enseña su rostro arrasado por las lágrimas que se me clava
en el cerebro tal cuchillo.
La abrazo: trato
de consolarla, susurro que me perdone mil veces en su oído: de un momento a
otro me va a dejar, ha llegado la hora.
Abro la cámara y
saco la cinta: la rompo.
-Perdón… perdón…
ha sido una tontería: era un juego, por favor, deja de llorar.
Llora cada
vez más: la estoy matando ¿Quién creo ser yo para sentirme con el
derecho de dar una tristeza así a una chica como esta? Lo que he hecho
es un delito estipulado en el código penal: merezco su castigo:
merezco ir a la cárcel: sin embargo he roto la única prueba, y me
alegro: a la única condena que me enfrentaré es a la soledad: ella me
va a dejar. Y cuando, a partir de este día, nos encontremos por la
calle, de casualidad, me
esconderé: avergonzado: o incluso saldré corriendo en dirección
contraria a ella.
Por fin abre la
boca: se vuelve a destapar, se tiende sobre la cama:
-Venga, termina
de follarme –sugiere llorando-. No quiero que te quedes una semana sin
follar. Sé lo importante que es para ti.
Ahora comienzo a
llorar yo. Me desmorono sobre ella ¿Por qué soy cómo soy? ¿Cómo puedo
escapar de mí? ¿Cómo he llegado a ser como soy? He tocado fondo. Soy
un miserable, no merezco ni hablar a una chica como ella y, sin
embargo, trato de follármela mientras la graba una cámara oculta.
Ella me abraza:
-Venga, hazlo
–dice- Desahógate una vez más.
Lloro. Soy
un pervertido patético, un niñato. Una mierda. No me cansaré de
repetírmelo: soy una mierda. Una gran mierda. Una apestosa mierda. Una
mierda de arriba a abajo. Tengo mierda en la lengua. Y pegada
al culo. En lugar de lágrimas, me sale mierda de los ojos.
Mil kilos de mierda seca recubre el interior de mi piel. Una mierda
que se arrastra por la ciudad. Una mierda que se masturba. Una mierda
fracasada. Una mierda en la que la gente se mea encima. Me alimento de
mierda, la desayuno, almuerzo y ceno: se me queda entre los dientes y
sonrío: la enseño. Hay una mierda extendida entre las sábanas de mi
cama y me revuelco en ella. Tengo el pelo lleno de mierda, las moscas
verdes llenan de huevos mi garganta. Una mierda que apesta cuando
alguien me mira a los ojos. Una mierda llena de pecados aberrantes.
Una mierda pervertida. Una mierda de sexo autocomplaciente. Una mierda
sin estudios. Una mierda de escritor. Una mierda de lector. Una mierda
sin sueños. Una mierda pegajosa. Una mierda sin futuro. Me llamo y
apellido mierda: no hay nada que pueda hacer para que yo deje de ser UNA
GRAN MIERDA.
-No mi amor, no
puedo hacértelo ahora. No tengo la cabeza bien.
Ella se viste.
Yo pido perdón. Todo el rato: para siempre.
Ella asiente,
dice que no pasa nada.
Bajamos a la
calle. Sigo llorando. Ella ya no. Ahora su cara es un rictus de
dureza: he matado parte de su inocencia. Me inscribo en el libro de
personas que le han hecho daño, de personas que le han de pedir perdón
el resto de su vida: inauguro la página uno. Culpable.
Tomamos un
autobús. Nos sentamos atrás para que nadie vea mi cara llorosa. Ni la
suya: ella parece que viene de un funeral: acaba de morir su primer hijo.
Bajamos del
autobús, caminamos hasta su portal, se despide de mí: me besa en la
mejilla: mis labios mentirosos deben de darle asco.
-No pasa nada
-repite-. No te preocupes.
Se va. No mira
atrás. El ascensor la sube al ático donde vive, el cielo: su hogar:
allí no caben monstruos como yo.
Desde abajo,
la envidio: he de quedarme conmigo: en el infierno.
Me gustaría
escapar de mí mismo: huir: pero me
persigo allí donde vaya.
SOCORRO
No, no merezco
que me ayuden.
-Púdrete –me
digo.
·9.- La cosa más
rara que ha pasado en mi vida.
Situación:
librería del gran centro comercial: hoy me siento intrépido: mientras
paseo, no dejo de mirar -con disimulo- a la caja registradora de ventas: he decidido luchar: si algún cliente se acerca al mostrador
para pagar el libro que tiene en sus manos, caminaré con paso firme y
decidido hasta él (sin correr, el gran centro comercial prohíbe a los
vendedores correr: resulta de mala educación) incluso aceleraré el
paso si veo a un compañero dirigiéndose a la caja registradora con
idéntica pretensión: le adelantaré: seré el primero en quitar de las
manos el libro al cliente y cobrárselo: ni siquiera miraré al
compañero adelantado: haré como que no lo vi: seré como ellos: esta
vez la comisión del cero coma cuatro por ciento irá a mi bolsillo: no
dejaré que me machaque ningún otro vendedor de la librería.
No será fácil.
Todo el personal
de librería observa, de reojo y con disimulo, la caja registradora de
ventas: mataríamos por ese cero coma cuatro por ciento de comisión: se
nos salen los ojos: cada día los jefes de departamento estudian las
listas que reflejan las ventas de cada vendedor: los clasificados en
las últimas posiciones son humillados (venga, vete al almacén a
limpiar y a sacar el polvo, que no sirves ni para sacarle dinero a una
viuda solitaria) y despedidos si se hacen habituales en dichas
posiciones: hay que caminar por la extensa librería pero
arreglándoselas para mantenerse lo más vertical y cerca posible de la
caja de ventas, disimulando: sonriendo falsamente al pasar cerca de
los compañeros y, haciéndoles creer con tu mirada perdida, que
mantienes los pensamientos concentrados en otros asuntos lejanos a la
venta y al machaque del contrario, como la paz mundial o la pesca del
atún en alta mar, por ejemplo.
-¿Tiene algún
libro que demuestre que hay vida tras la muerte?
Relajo los puños
e instintos de caza: busco mi sonrisa de atención al cliente:
reconvertido en eficiente dependiente de librería, me doy la vuelta en
busca de quién ha preguntado a mis espaldas: es una señora: no puede
tener más de treinta y seis años: rubia con mechas naranjas: de
aspecto elegante: tacones: me gustaría follármela: le acompaña otra
mujer, ligeramente mayor que ella, su hermana quizá: parece que acaba
de salir de la peluquería: también me gustaría follármela: son gente
de dinero: las conduciré directamente a los libros de tapa dura: son
caros y hago más caja.
-Tenemos
bastantes libros sobre ese tema: pero sólo uno escrito por científicos
serios y que describe, con hechos, la verdad. Si son tan amables de
acompañarme, señoras.
Caminamos hasta
el expositor de libros sobre ciencias ocultas: me he inventado todo lo
que he dicho pero, sin duda, tengo el libro vendido: les ofreceré
Vida tras la muerte clínica, el más caro de los que conozco.
-Este libro
ha sido escrito en colaboración con los equipos de las universidades
científicas más prestigiosas del mundo que han dado a la luz sus
informes finales tras años de investigación: han estudiado a miles de
personas clínicamente muertas que han regresado a la vida, así como
los signos y pruebas físicas que dejaron, personas fallecidas a sus
seres más queridos. Está escrito de una forma amena que interesa al
lector desde la primera página.
-Démelo, por
favor. Me lo llevo.
Ha picado la
estúpida: alargo la mano para tomar el libro. Siempre tenemos cinco
ejemplares en el estante dos: mierda: no está: ¿Cómo es posible?: la
comisión –maldita sea- la comisión: hablo tratando que no se note mi
cara de pánico.
-Por favor:
perdonen un momento señoras. Enseguida vuelvo.
Me dirijo al
ordenador: tecleo el título: mierda: el último ejemplar lo vendieron
ayer: el pedido para reponer está hecho: dentro de tres días lo
volveremos a tener: me cago en la puta mierda de la madre de quién
compró el último libro.
Me vuelvo a
dirigir a las mujeres.
-Oh, señora
–ruego- un momento.
Me agacho ante
el expositor de los libros –yo y mis kilos de más- lanzo una plegaria
para que no se me rompa el pantalón por el culo. Rebusco: le daré
cualquier otro, total, aún no le había dicho el título: nuestra sección de
ciencias ocultas está perfectamente bien surtida: cada día la gente se
interesa más por estas estupideces: mil métodos de adivinar el futuro,
viajes astrales, vidas anteriores, combatir a demonios, como colocar
los muebles de la casa para que los hados sean misericordiosos,
convertirse en bruja, magia blanca, seres del bosque, extraterrestres
amarillos ¿Pero qué diablos le pasa a la gente?
Imposible:
ninguno sobre la vida tras de la muerte: ni siquiera en edición de
bolsillo: es extraño: normalmente tenemos más de una docena de títulos
sobre dicho tema: esto si que es un suceso paranormal.
-Señora,
extrañamente, cualquier título sobre dicho tema está agotado. Pero
volveremos a disponer del libro que le comentaba, dentro de tres días.
Si lo desea, puedo avisarla por teléfono desde que nos llegue a la
librería. Le pido perdón, no sé qué ha podido pasar para que, de
pronto, todos se hayan vendido.
La cara de la
señora se entristece, no hace falta dice, muchas gracias, adiós: se
van. Pero, de pronto, ella da media vuelta, me encara:
-Usted… Usted
sabe algo de la vida tras la muerte.
-¿Yo?
-Te vi pasear
por la librería, algo en mi interior me dijo que hablara contigo,
pensé que era porque podías indicarme el libro correcto, pero no:
acabas de asegurar, extrañado, que siempre tienen libros sobre ese
tema, pero justo hoy no, entonces debe ser otra señal, quizá tú tengas
la información que necesito.
-Señora (empiezo
a preocuparme: quizá esté hablando con una enferma mental, miro a su
hermana, noto tristeza en su mirada) yo sólo soy un dependiente de
librería: no tengo nada que ver con Dios ni con Satanás.
-Por favor, no
me tome por loca –su rostro se quiebra- mi hija de trece años
murió hace tres semanas –la señora está a punto de llorar-. Necesito
una señal, conocer que existe otro lugar, otra vida, que ella no ha
desaparecido para siempre y la podré volver a abrazar.
Silencio: me
mira.
Yo la miro.
Su hermana me
mira.
La verdad es que
una vez ocurrió algo.
Muy raro.
No sé si hablar.
Si lo hago,
ellas pensarán ahora que el loco soy yo.
Miro la cara de
la señora.
Necesita
cualquier palabra de mí.
Comienzo a
hablar:
-Sin duda
–confieso- lo que a continuación le contaré es lo más raro que ha
ocurrido en mi vida.
Noto que, a la
señora y a mí, nos recorre un escalofrío: el vello se nos pone de
punta: dejo de ver a la gente que nos rodea: su hermana, los
vendedores, y los clientes del gran centro comercial han desaparecido:
sólo veo los ojos de la señora: que me absorben: siento mareo, me
siento flotar: comienzo a hablar: no puedo dejar de hacerlo:
-Tenía once años
cuando ocurrió esto: mi hermana y yo pasábamos el fin de semana en la
casa de la segunda mujer de mi segundo padre: a esa mujer la
llamábamos tía: nos quería y se preocupaba mucho por nosotros. Me
encantaba su casa: el suelo era de madera, las paredes estaban llenas
de bellos cuadros que había comprado en sus múltiples viajes, las
habitaciones grandísimas: me llamaba mucho la atención de que
dispusiera de una habitación únicamente para guardar su amplio
vestuario: todavía hoy, ella es la persona más rica e independiente
que he conocido: y sin embargo siempre vivía preocupándose por
nosotros.
No obstante,
odiaba pasar las noches allí: me aterrorizaba.
Mi tía tenía
como afición el espiritismo y se hartaba de hacer sesiones en aquella
casa: me lo había contado ella, me lo había contado mi madre, me lo
había contado mi hermana, me lo había contado mi segundo padre: tantas
historias se entremezclaban en mi cabeza que hasta me daba pánico ir
al cuarto de baño sólo: le pedía a mi tía que se quedara quieta al
otro lado de la puerta y diera golpecitos en la madera, para que yo
supiera que todo andaba bien.
Hacía ya tres
meses que no veía a mi madre: trataba de curarse de un cáncer en un
hospital y mi segundo padre había tenido que salir en viaje de
negocios ineludiblemente: así que nuestra tía se hizo cargo de
nosotros esa noche.
La habitación
que menos miedo me daba era la verde: era muy pequeñita y, en una
pequeño mueble biblioteca, estaba la colección completa de las
aventuras de Tintín: podía leer hasta quedarme frito. Además era la
que más próxima estaba de la habitación de mi tía.
Dormía hasta
que, en la madrugada, algo me despertó: abrí los ojos: sobre mí, en el
techo, había líneas eléctricas que se revolvían: eran de color rojo,
del tamaño de una persona: sin dudar supe que era un espíritu: me
asusté: traté de incorporarme: sin embargo noté una mano apretando la
mía, tratando de tranquilizarme: era una señora a la que nunca antes
había visto: tenía una melena oscura y rizada, vestía un camisón
blanco: al mirarla sentí que el pánico desaparecía.
-Ah, eres tú
–dije.
E,
inexplicablemente, cerré los ojos y me quedé dormido.
A la mañana
siguiente nos despertó mi tía: estaba triste y nos pidió que, después
de desayunar, fuéramos a su habitación. Nos esperó acostada: se me
antojó que deseaba no sostenerse sobre sus piernas: necesitaba toda su
fuerza mental para lo que nos iba a comunicar:
-Subid a la cama
y abrazadme –pidió.
Me miró
mucho a los ojos, fijamente, antes de comenzar a hablar: nuestra madre
había muerto aquella madrugada. El cáncer había ganado la jugada:
lloramos mucho, todos: mi hermana y yo nos abrazamos hasta quedarnos
sin fuerzas: no fue hasta días más tarde que conseguí hablar sobre lo
que había visto aquella madrugada: le pregunté a mi tía que, no sé
porqué, se mostró sorprendida: me lo explicó: esos rayos que dices
haber visto era tu madre: venía a despedirse: y esa señora que te
tranquilizó con su presencia, a pesar de que nunca antes la habías
visto es tu ángel de la guarda, el compañero que tenemos a nuestro
lado para toda la vida y que no se dedica más que a cuidarnos y a
protegernos.
He terminado de
hablar: observo a la señora, a su hermana: tienen lágrimas en los
ojos.
-¿Te has
inventado eso? –pregunta.
-No señora. Es
la pura verdad. Sé que suena muy raro pero, mil diablos, ojala hubiera
podido grabar en video lo que vi. Lo cierto es que cada vez que lo
pienso me parece más irreal: no es posible: pero sucedió. Aunque me
cueste creerlo a mí también.
Me abraza.
Llora.
El jefe del
departamento pasa a mi lado, observa cómo nos abrazamos.
Ella no me
suelta.
Yo también la
abrazo, con cariño y afecto: deseo tranquilizarla: como mi ángel de la
guarda hizo conmigo.
-Tu hijita está
bien. No te preocupes: os volveréis a ver –susurro en su oído.
Llora con más
intensidad: me emociono: también comienzo a llorar: lloramos y
temblamos.
El jefe de
departamento se acerca hasta mi oído: empleado Sigmundo, me dice, qué
barbaridad: recuerde que hay que guardar las distancias: qué me dirá
el señor director si le ve de esta manera: estamos en el gran centro
comercial, no en un reallity show, deje a esa señora ahora mismo y
venga a mi despacho.

Al poco de morir mi madre, fue mi cumpleaños. Mi tía (la del
relato) se empeñó en celebrarlo, a pesar de que yo no quería: me hizo
una gran fiesta en su casa. Esa ha sido la última tarta de mi
cumpleaños: nunca más lo he vuelto a celebrar.

Mi
tía hacía fiestas a mi madre cada vez que los doctores la dejaban
salir del hospital (pensando que había ganado la batalla contra el
cáncer). Mi madre está en la última fila, con una corona. Y yo soy el
niño del jersey blanco.
·9
bis.-Conversación con mi jefe
El jefe entra en
su despacho: le sigo: se sienta: me siento: me dice que me levante,
que cierre la puerta: lo hago: siéntese: me vuelvo a sentar: me mira:
por un instante creo que sus ojos tienen dientes y que me van a
morder. Mi jefe es un enano, no me llega ni a la barbilla: sin embargo le tengo pánico: tiene en
su mano mi estabilidad económica.
Por fin comienza
a hablar:
-Es intolerable,
los dependientes del gran centro comercial no abrazan a los clientes.
-Pero señor…
-¿Y si esa
señora presenta una queja? ¿Qué le digo yo al director?
-¡Era ella la
que me quería abrazar!
-¡Cállese!
¡Usted está loco!
-Pero nos
abrazábamos porque…
-¡Cállese!
Me callo. Me
mira desafiante a la cara: sabe que no le voy a decir ni ji: tengo
terror a perder este trabajo: no tengo estudios universitarios:
encontrar un trabajo digno en la gran ciudad, sin estudios
universitarios, es tarea imposible. No quiero ser camarero, no quiero
ser obrero de construcción: mi novia es una clasista: me dejaría.
-A partir de
ahora y hasta que se termine tu contrato trabajaras en la sección de
prensa y revistas. En la planta del sótano. Te encargarás de todo tú
solo: incluido la parte administrativa. No quiero volver a verte por
aquí arriba. Y si me das un sólo problema con la administración o con
un distribuidor te despido ¿Entendido?
-Sí.
-Pues váyase.
Me levanto de la
silla.
-Espere –me
detiene- lo de que no quiero volver a verle por la librería no es
cierto.
-Oh, gracias
jefe, ya decía yo que…
-Cada vez que
venga mercancía para nosotros tú te encargaras de subirla. Adiós.
Salgo del
despacho, cierro la puerta: voy a vomitar: tengo la boca llena de
mierda: ese tipo se ha limpiado el culo con mi cara: un compañero se
acerca: siempre que cualquier empleado sale de hablar con el jefe él
está esperando: disfruta enterándose de todo.
-¿Qué? ¿Qué te
ha dicho?
-Me ha ascendido
–bromeo- ahora soy encargado de prensa y revistas.
-Lo que ha hecho
es meterte en una tumba.
-¿Por qué?
-Desde
la apertura del gran centro comercial, hace dos años, la sección de
prensa y revistas pertenece a un particular ¿Por qué? Porque los
expertos economistas del gran centro comercial habían predicho que: ya
que el centro está ubicado en la periferia de la ciudad, esa sección
no iba a empezar a ser rentable económicamente hasta pasados tres
años, momento en que habrá crecido la población que lo rodea: así que
decidieron buscar a un pardillo que se quisiera hacer con la
explotación privada de la sección de prensa y revistas durante ese
tiempo: lo encontraron: un tipo sin casi pelo: firmó un contrato por
tres años improrrogables, el estúpido creía que iba ser un gran
negocio: ayer, un año antes que finalizara, el pringado no tuvo otro
remedio que romper el contrato: se va ahogado en la pasta gansa que
debe al gran centro comercial y con la impresión de ser un fracasado
como empresario: está seguro de que no ha sabido aprovechar la ocasión
que se le presentó: explotar los dos metros cuadrados que mide la
sección: jamás sabrá que la dirección del centro conocía, desde el
principio, que fracasaría con estrépito.
-Pobrecito.
-Pobrecito tú: por área, prensa y revistas pertenece a librería: le
han metido la patata caliente en la boca: nuestro jefe conoce los
informes de los expertos: sabe que esa sección no va a ser rentable
hasta dentro de un año: necesita una cabeza de turco hasta entonces,
porque no creas que la dirección del centro no le va a exigir
beneficios a pesar del dichoso informe de los economistas: son unos
cuervos que sacan los ojos.
-¿Entonces?
-Sig
¿Tienes el síndrome o qué? Pareces mongolo. El jefe necesita cubrirse
las espaldas durante un año más: tener a alguien a quien echarle la
culpa: se las cubrirá contigo y… ¿Cuándo se te termina el contrato?
-Dentro de un año.
-Justo: no te renovará: quedará como un tipo que es intransigente con
los que dan negativos en las ventas: eso gustará al director, empezará
a llevar la sección él directamente, subirán las ventas tal como
predijeron los economistas, se llevará la gloria: es un gran jefe.
-¿Por qué nunca tengo ni un pizco de suerte en la vida?
-Porque tienes cara de gilipollas.
Y
se fue.
10.- MI
NOVIA: EL INSTITUTO: MI PRIMERA RELACIÓN SEXUAL: UNA ROSA ROJA Y OTRA
AMARILLA.





Mi novia: 24
años: nombre en clave en este diario: Virgen María.
Estudios
primarios en el mejor colegio de la ciudad: cristiano radical:
femenino: bilingüe: sólo para familia de numerarios del Opus Dei:
superados con calificaciones altamente satisfactorias.
Mayor gamberrada
de su vida: a los diez años, en los restaurantes, reprendía a las
personas que comían con malos modales en las otras mesas, poniendo así
en un aprieto a sus padres:
-Señor: mi papa
me ha dicho que se come con las dos manos sobre la mesa, señora: el
pan se pincha en el tenedor o se moja en la salsa agarrándolo sólo con
dos deditos.
En su
adolescencia, nunca salió de juerga: lo más tarde que regresó a casa
fueron a las once de la noche: razón: cumpleaños de alguna de sus
amigas del colegio o del grupo parroquial de la iglesia.
Viaje de fin de
curso: visitó, junto al resto de la clase, el Vaticano.
Trataron de
conseguir una audiencia con el Papa: la madre superiora del colegio le
había compuesto una canción, se las hizo ensayar a las alumnas mil
veces: traían flautas, guitarras y panderetas: la canción se llamaba
“Hijo de Dios: Padre querido”: no consiguieron que les dieran la
audiencia: tampoco lograron sorprender al Papa por ningún rincón del
Vaticano. Y si ustedes hubieran sido el Papa y oído la canción,
tampoco se habrían dejado sorprender: incluso os hubierais escondido
tras la estatua de Moisés, de Miguel Ángel: aterrorizados.
Jamás ha sentido
interés por cigarrillos, alcohol, drogas o los penes erectos de los
chicos: declara que utilizar Tampaxs va contra su forma de ser.
En la
actualidad: habla cuatro idiomas, ha terminado la carrera de
arquitectura sin retrasarse un sólo año: ha finalizado su cuarto
master internacional: su padre ya ha contactado con un amigo para que
le permita hacer las prácticas en su importante constructora
internacional: dentro de dos años estará cobrando siete veces lo que
yo cobro en el gran centro comercial. Y vivirá en la capital del mundo
que quiera.
Siempre ayuda a
su madre en las tareas domésticas: lava, cocina, coloca la loza en el
lavaplatos, plancha la ropa de su padre y hermano, limpia los suelos:
toda la familia asiste a misa cada domingo por la mañana: viven en un
ático, céntrico: al lado del gran centro comercial.
Jamás se
masturba: afirma que no necesita el sexo para nada: si las monjas del
colegio pudieran observarla, ahora mismo, se abrazarían emocionadas:
dirían que han hecho un excelente trabajo de formación: que han
salvado un alma. Aleluya.
Salvo por un
asunto.
Su novio, yo:
soy la vergüenza de su familia (y también de la mía): la vergüenza de
todas las familias a las que he pertenecido: soy un perdedor, un
miserable: tanto que, en los ocho años que llevamos saliendo juntos,
jamás ha querido presentarme a sus padres: incluso si caminamos por la
calle y los vemos de lejos, obliga a que nos escondamos.
.
En la época en
que nos conocimos se me consideraba, en el instituto, un tipo raro.
Era muy mal
estudiante: repetí curso hasta cinco veces: esto provocó las primeras
mentiras de mi vida y comportamientos extraños: huía de la presencia
de mis profesores y compañeros de clase: me daba vergüenza ser el
alumno de mayor edad: estas ausencias en las clases provocaba que
volviera a suspender: falsificaba las calificaciones escolares que
llevaba a casa para que mis abuelos no se preocuparan: ellos pensaban
que yo iba a comenzar mis estudios universitarios cuando en la
realidad aún no había concluido el bachillerato.
Pasaba las
mañanas oculto, entre los matorrales de los parques: dibujando; y las
tardes en la biblioteca pública, leyendo libros.
Mis compañeros
de clase me decían que tenía cara de loco.

Los días en que
encontraba ánimo para asistir a clase, mi imaginación me perdía:
siempre era más fuerte que yo: desde que el profesor comenzaba a
explicar la lección le miraba fijamente a la cara: trataba de
descubrir, mediante su fisonomía, sus pensamientos, secretos,
perversiones e interioridades más ocultas: cuando me hartaba de ese
juego comenzaba a rellenar la libreta con caricaturas de mis
compañeros, esbozos de comics o resúmenes de cuentos que imaginaba: a
mis profesores yo no les importaba: incluso me evitaban: por un
extraño motivo que ni siquiera hoy he llegado a entender se mantenían
alejados de mí: un profesor de filosofía me dijo una vez, tras un test
que realizó a toda la clase, que mi problema era que presentaba una
divergencia mental. Y no quiso explicarme nada más.
Mis libretas
ralladas eran un pasatiempo para los compañeros de clase: se las
pasaban unos a otros y las leían de cabo a rabo. No he logrado
conservar ninguna: me las robaban: no me molestaba, realmente me
hacían sentir especial.
Lo que más me
aturdía eran los debates de la clase de ética: cuando me tocaba hablar
nadie compartía ni entendía mis puntos de vista: siempre decían que
mis opiniones, no tenía nada que ver con lo que estaban hablando. En
las típicas votaciones de final de curso, los chicos y chicas de la
clase siempre me votaban como el tipo más extraño: supongo que ayudaba
que, mientras los demás corrían animados al recreo, yo prefiriera
pasar ese tiempo en la clase, solo, sin hablar con nadie: me sentaba
en mi pupitre y me quedaba mirando por la ventana, al cielo, con el
ceño fruncido: no era que me tratara de hacer el interesante: sino que
me costaba horrores relacionarme.
Jamás acudía a
la entrega de las calificaciones escolares: me hubiera causado una
vergüenza tremenda que algún compañero me las pidiera para verlas:
suspendía todo, incluido gimnasia.
-¿Por qué no
estudias? –me preguntó una vez una compañera de clase.
-Porque no
quiero.
-¿Pero por qué?
-Porque no
quiero te he dicho.
-¿Pero por qué?
-¡PUES PORQUE LO
HACE TODO EL MUNDO! – grité.
Mientras la
chica se iba corriendo, yo me quedé pensando de donde había salido esa
contestación y rabia.
Pero
considerando esa respuesta desde el presente, creo que era cierta:
siempre me ha molestado hacer lo que hace todo el mundo, hacer las
cosas de la misma manera que los demás: incluso en los asuntos más
elementales: ejemplo: para escribir, agarro el bolígrafo con cuatro
dedos.
Finalmente me
expulsaron del instituto por mis malas notas: tuve que terminar los
estudios en el turno de noche de otro centro educativo. A mis abuelos
les decía que pasaba las noches estudiando en la biblioteca, que para
mis estudios de la universidad necesitaba muchos libros que no tenía
en casa.
.
Fui el primer
novio de la Virgen María: le di el primer beso de su vida.
-Sabes a
coca-cola –me dijo.
Desde que la
conocí deje de tomar el transporte público: caminé lo indecible: los
muslos de mis piernas se hicieron musculosos: así lograba ahorrar
dinero suficiente para poder invitarle, los sábados por la tarde, al
cine. Y a palomitas.
No dejaba que le
metiera la polla: ni siquiera me la tocaba: ni siquiera me dejaba
tocarle las tetas:
-No me siento
preparada, Sig –se disculpaba.
Todos los chicos
de mi clase ya habían tenido sexo (o eso decían) y yo, el mayor,
continuaba virgen (aunque ellos no lo sabían).
Comencé a
sentirme un tontito: me acomplejé más aún.
En aquella
época, comenzaron mis maratones de masturbaciones: siete al día,
trataba siempre llegar al octavo orgasmo pero cuando lo lograba,
sentía el placer tan remotamente lejano que el éxito me deprimía.
.
Un año antes de que me echaran
del instituto sonó el teléfono de mi casa. Era por la tarde, yo tenía
veinte años:

llevaba tres
saliendo con mi novia: la virgen María.
-Hola ¿Está Sig?
-Yo ¿Quién eres?
-Ah… eh… Tú a mi
no me conoces… Estudio en el mismo instituto que tú… quisiera
conocerte.
Colgué: salvo la
Virgen María, nunca había podido hablar con otra chica: yo era muy
tímido: me daba vergüenza que la gente me conociera: los nervios me
invadieron: ¿Quién era ella? ¿Qué podía ser lo que le hubiera llamado
la atención a esa chica de mí persona? Sin duda mi paquete: por
aquella época me metía dobleces de papel higiénico en la zona media de
los calzoncillos para que la gente creyera que la tenía grandísima.
El teléfono
volvió a sonar: respondí: era ella.
-¡Déjame en paz!
–grité. Y colgué.
La chica no cejó
en su empeño: continuó llamando durante las tres semanas siguientes,
siempre a la misma hora. Y yo colgando: sin embargo, cada vez comencé
a dilatar más el momento en que le colgaba: contestaba a sus
preguntas: primero con insultos, más tarde con palabras y finalmente
con frases hasta que, por fin, comenzamos a conversar, más o menos,
con normalidad: su paciencia y astucia derribó mis muros:
nos
conocimos: nos hicimos buenos amigos: no había recreo que no pasáramos
juntos:
ella se llamaba
Ángela, tenía diecisiete años: era muy guapa: morena de piel, melena
negra: nos hicimos inseparables: fue la primera chica en conocerme tal
como era y aceptar mis defectos: a mi me parecía increíble que yo le
gustara: jamás le oculté que tenía novia: de todas formas nunca nos
besábamos, solamente pasábamos las horas hablando: de pronto me dejó
de importar ser el mayor de mi clase: no volví a cometer faltas de
asistencia: necesitaba verla a diario: además deseaba dejar de ser mal
estudiante: por ella: ella era muy buena estudiante: y yo, si
suspendía este curso, me echarían del instituto: y no podría disfrutar
de su compañía el próximo año. Yo quería ser su amigo para siempre.
.
Cada vez le
importaba más: ella quería que dejara a mi novia: yo me resistía: y a
sus besos.
Sobre eso
recuerdo, especialmente, un día en el instituto: la noche antes
habíamos discutido a causa de la virgen María: me exigía que la
dejara: repetí que no: no, no y no: en los dos días siguientes no me
habló, ni siquiera me miró: me hizo sufrir: la segunda noche, de
vuelta del instituto escribí esto, sentado en un parque: nunca se lo
entregué: no quería que se riera de mí:
Un día, en la noche caminando.
Hoy ha sido un día desafortunado, me levanté y no me miraste. Ni un
gesto, ni una mirada: tus ojos, tu vida, pasó de mí, indiferente
¿Cuánto ha de envejecer un corazón para no enamorarse?
Quizá ni cien mil años sean suficientes... ¿Y sí tu sonrisa fuera el
comenzar de la existencia?
No debí de aceptar tu primera mirada; debí rechazarla, olvidarla,
quemarla y pisotearla. ¿Qué hago yo ahora con un corazón lleno de
frío?
Tengo ganas de escribirte versos de amor, de cantarte desde la
negrura, bajo tu ventana, tal Cyrano; tengo ganas de manos
entrelazadas, de sufrir con tu cariño, de apurar este momento: sin
besos, sin llantos: sólo con el deseo de que este sentimiento dure un
poco más de tiempo.
Porque queriéndote, ya me siento inmensamente bendecido.
.
Al día
siguiente, tratando de hacer las pases, la convencí para fugarnos del
instituto y pasar una mañana en la playa.
Tomamos el
autobús, llegamos a la playa: el día era espléndido: el sol pegaba
fuerte, los sentidos nos flotaban: la playa estaba casi vacía: la
gente, estúpida, le daba la espalda debido al estudio o al trabajo:
eso nos convertía en los reyes de la playa: aunque yo, al lado de
Ángela me sentía un salvaje capaz de caminar sobre el mar: y dar
volteretas: para colmo se quitó la parte de arriba del bikini: yo
nunca había visto unas tetas tan de cerca (ni siquiera las de mi
novia: en el cine –sesión seis y media- y tras rogar mucho la virgen
María me había dejado que le lamiera un pezón: pero sólo durante un
segundo y rodeándolo, ella, con su mano para que yo no pudiera ver ni
intuir como era su teta)
Por eso, al ver
las tetas de Ángela, estuve un rato sin poder hablar o mirar a su
cara: una timidez y una excitación enorme me invadían (a mí la
timidez, la excitación a mi bañador): me parecía mentira que una chica
como ella estuviera a mi lado: imaginaba que, en cualquier momento,
aparecería un chico guapo y fuerte, y ella se iría con él.
Ángela me llenó
el pelo de arena. Yo la agarré con mis brazos: la subí hasta mis
hombros: ella rió encantada: nos caímos: ella me pegó una patada: yo
la abracé e hice que rodáramos por la arena, sin despegarnos: todos
los ojos masculinos me miraban con envidia: por un momento sentí que
el chico de antes: el alto y fuerte era yo.
Corrimos hasta
el mar: nos bañamos: el mar estaba tan azul, tan tranquilo: parecía
que nos refrescábamos en un cielo sin nubes. Sentí el océano: era
nuestro cómplice, le gustaba que nos sumergiéramos dentro de él: nos
rodeó con el mejor agua del mundo, la hizo llegar desde el fondo del
océano expresamente para nosotros: Ángela me sonreía.
Salimos del mar
en silencio: sabíamos qué iba a ocurrir dentro de poco: nos secamos
con las toallas: ella comenzó a secar mi espalda, al terminó sacó un
cepillo, me peinó: yo cerré los ojos: me encantaba que me peinara: me
besó: abrí la boca: nos besamos: fue maravilloso: nos besamos con
ganas: nos aseguramos de saber bien a que sabía el otro antes de
separar nuestras bocas.
Nos miramos a
los ojos: nos reímos: mire al cielo: di gracias: y, de pronto, mis
ojos se posan en la barandilla del paseo marítimo de la playa: ¿Por
qué? Porque allí está mi novia: la virgen María: observándonos.
Meses más tarde
me enteraría que estaba allí esperando a una amiga, para que le dejara
unos apuntes de clase. Pero lo que todos los implicados en esta
historia deberíamos haber sabido es que, irremediablemente, habíamos
quedado en ese punto de la playa, a esa misma hora, desde justo el
momento en que Ángela y yo nos habíamos mirado a los ojos por primera
vez: el destino se había encargado de que toda nuestra relación
desembocara en ese momento ¿Por qué? Porque el destino es un hijo de
puta que no deja que ningún secreto se mantenga oculto para siempre.

La playa.
.
No pude
entristecerme demasiado: Ángela me acogió en sus brazos con tanto amor
y pasión que no pude recrearme en el dolor: estar con Ángela era igual
que vivir en una montaña rusa.
Al contrarió
que hacía con la virgen María, nunca me mostré impaciente por follar:
primero porque estaba acostumbrado, segundo porque notaba en su mirada
que ella me deseaba y que no tardaría demasiado en suceder: sentirme
deseado era una novedad para mí que, por supuesto me encantaba. Además
a ella, como es normal, le hacía ilusión que yo fuera virgen.
Comenzamos a
pasar las tardes encerrados en su dormitorio: nos quitábamos la ropa y
nos tendíamos en el frío suelo de la habitación, uno frente al otro:
no hacíamos más que mirarnos a los ojos durante horas: y no nos
aburríamos en absoluto: nunca me ha vuelto a pasar.
En la
bañera, entre burbujas, me enseñó lo que solía hacer a solas: abría el
grifo caliente y, con ayuda de la manguera, se dirigía el chorro a su
clítoris: fue la primera vez que presencie un orgasmo femenino. Y otra
vez agarró un pepino, le puso un condón, y se lo metió delante de mí.
Nunca le pedí follar: yo quería que fuera ella: la virgen María había
agotado todas las ganas de suplicar que mi orgullo guardaba para el
resto de mi vida. Me limitaba a ver sus orgasmos como el que asiste a
un experimento científico: ella me aseguraba que nunca había hecho
esas cosas delante de un chico, pero que conmigo se sentía en
confianza.
Su padre es
un poeta reconocido: ama el arte: su casa, por aquel entonces, estaba
repleta de obras de arte: cuadros, esculturas, libros. Él, junto a su
esposa, viajaban mucho. Era extraño el fin de semana que no
dispusiéramos la casa para nosotros solos: entonces ella me tendía
sobre la moqueta del despacho de su padre y me la chupaba: a mi me
gustaba que me la chupara allí: al eyacular me sentía escritor: ella
dejaba mi semen en su boca y le gustaba hacerme bromas: con la boca
llena cantaba canciones (evitando tragárselo) o hablaba sobre
política.
-Sig, quiero
que hagamos el amor –me dijo un día.
-¿Estás
segura? –pregunté tal estúpido.
-Sí.
-¿Cuándo?
-Mañana.
-Vale.
De regreso a
mi casa llamé a la virgen María: no habíamos vuelto hablar desde que
me dejó.
-Hola, soy
Sig.
-Ya lo sé
¿Qué quieres?
-¿Cómo
estás?
-No me
vengas con estupideces ¿Qué quieres?
-Ella me ha
pedido hacer el amor. Yo siempre he querido que tú fueras la primera.
-¿Y?
-Dime que lo
haremos. No esta semana, pero si de aquí a un año.
-No.
Olvídate.
-Tú sabes
que te quiero.
-No, no lo
sé: si me quisieras no la hubieras besado: voy a colgar.
-Cómo
quieras. Pero si cambias de opinión llámame mañana antes de la cinco
de la tarde: a esa hora saldré para su casa.
-Eres un
estúpido. Adiós.
No me llamó.
Al día siguiente llegué a casa de Ángela con una hora de retraso.
.
Vimos una
película.
Me hizo de
cenar: filetes de carne con ensalada.
Fuimos a su
cuarto, nos desnudamos: cuando se acostó en la cama se me puso la
polla tiesa automáticamente.
Nada más
metérsela ella se corrió. Yo no pude: estuve dándole hasta que ella no
pudo más: fui incapaz de eyacular: me daba terror: la culpa la tuvo
las campañas de sanidad pública: parece que como se te ocurra meter
una sola vez la polla dentro de la vagina de una chica siendo joven
vas a traer al mundo un niño con sida que te estropeará la vida: ella
se quedó disgustada porque yo no me corriera: sin embargo, y a pesar
de la vergüenza que le daba: me regaló una rosa amarilla: me encantó
el detalle: pero desde que regresé a mi casa se la regalé a mi abuela,
que me miró extrañada.
A partir de
ese día comenzamos a hacer el amor todos los días: en la escalera de
su portal, en los parques, en las dunas de las playas: los fines de
semana yo elegía siempre la cama de matrimonio de sus padres: me
excitaba tumbarla donde su padre hacía el amor a su madre, que era muy
guapa: por supuesto nunca le confesé esta perversión.
.
Me cansé de
Ángela a los tres meses.
La culpa la
tuvo ella: me dio todo lo que necesité.
Me hizo
sentir dichoso: no pude con eso.
Toda mi vida
he sido un desgraciado: no estoy preparado para la felicidad: si estoy
en ella huyo, asustado.
Cuando yo
tenía tres años mi padre nos abandonó, siete años más tarde mi madre
se casó con un señor: a ese señor lo quise como el padre que nunca
había tenido: al poco mi madre murió de cáncer: mi segundo padre
también nos abandonó: yo tenía once años: nuestros abuelos maternos
nos acogieron: ellos nos dieron todo el amor que fueron capaces pero
no sus dos únicos hijos, que vivían con ellos: éramos culpables: con
nuestra llegada la fortuna familiar se redujo: sus hijos se vieron con
menos dinero: uno me pegaba y otro me maltrataba sicológicamente: él
fue el que me metió en la cabeza que soy una mierda. Mi primer beso
con lengua me lo dio un sacerdote en el colegio religioso que
estudiaba: un morreo de diez minutos. Yo traté de resistirme pero él
era mucho más fuerte que yo: comencé a llorar, su corazón se ablandó:
no me llevó a su habitación: me dejo ir: pero le vi irse con otros
niños que le seguían (y estos niños parecían ir por su propia elección
y a sabiendas de lo que iban a hacer) me dejó ir: nunca dije nada: yo
era tan jodidamente inocente (por aquel entonces vivía en un mundo de
fantasía de magia y héroes) que no sabía ni lo que él me había hecho:
no sabía qué era un beso en la boca con lengua.
Ese mismo
año, hice la primera comunión y, cosas de la vida, el sacerdote
pedófilo fue el encargado de darme, por primera vez, el cuerpo de
Cristo.
Aun tengo la
foto.

Ahora la
miro y me hace gracia.
Yo, con las
manos cerradas, recibiendo el santísimo sacramento en mi boca mientras
él desea que fuera otra cosa lo que me meter en mi boca.
.
Necesitaba
volver a ser un infeliz para sentirme bien: dejé a Ángela con la
esperanza de volver con la virgen María.
Ángela no lo
entendió, claro que no se lo dije con esas palabras, ya que ni yo
mismo conocía la verdadera razón: simplemente le dije que seguía
enamorado de mi ex.
Lloró
desconsolada: como sólo las adolescentes saben hacerlo por los novios
que les abandonan: sí, se me partía el corazón viéndola llorar: ella
no me había dado más que amor, felicidad y placer.
PERDONA
ÁNGELA
.
A la semana
Ángela estaba con otro chico: en cada recreo les veía caminar de la
mano: eso no me dolió, sí mi regreso a la soledad: volví a dejar de
estudiar: volví a cascármela en la soledad del cuarto de baño: y por
supuesto, la virgen María no deseaba salir conmigo: ni con nadie: todo
era perfecto en mi mente.
.
Al mes, la
virgen María acepto que nos viéramos de vez en cuando.
Sin embargo,
nunca dejaba que nos besáramos.
Eso me hería
como un cuchillo.
Caminábamos
por la playa, íbamos al cine, comíamos comida basura: realmente
hacíamos lo mismo que cuando éramos novios pero sin besos en la boca:
durante meses.
Un día, no
sé por qué diablos, se me ocurrió esta mentira que le dije nada más
ocurrírseme:
-No voy a
seguir esperándote toda la vida: no te digo que esta sea la última vez
que te lo pido, pero puede ser que un día decida dejar de estar detrás
tuya y le de una oportunidad a otra persona.
Ella me miro
impresionada: esta vez no reaccionó como siempre: sus ojos temblaron:
seguíamos caminado cuando se volvió hacía mí:
-Está bien.
Volvamos a intentarlo.
Exploté de
júbilo: ya todo volvía a ser como antes.
.
Unas semanas
después decidimos ir a un concierto de música: había un buen cartel:
los Rodríguez y Joaquín Sabina: yo trataba de estar con ella, pero
ella se alejaba, prefería estar con una amiga que se encontró que
conmigo: incluso esquivaba mis abrazos: decidí no montar numeritos:
nos fuimos alejando: terminé en las primeras filas: la perdí de vista:
volví a casa, solo.
Al día
siguiente me llamó: quedamos para ir al cine.
Cuando
llegué a la cita, ella comenzó a llorar.
-Ayer besé a
otro chico.
Yo no
entendía sus palabras. No podía creerlas: ella era una santa: el
pecado de una santa.
-Ayer besé a
otro chico. Después me pidió ir a otro lugar más íntimo pero como me
negué me dejó tirada: se fue.
Empecé a
llorar yo también.
-Quería
devolverte el daño que me hiciste: pero ahora me siento fatal: no lo
volveré hacer: me tienes que perdonar: yo lo he hecho: ahora es tu
turno.
Caminamos.
Nunca se me pasó por mi cabeza dejarla. Únicamente estaba indignado:
me volví loco: me convencí de que estaba solo en el mundo: que nunca
podría confiar en nadie: jamás la respetaría: mi corazón se hizo duro:
sé que no es una decisión justa pero fue la que tomé en ese momento.
Nos sentamos
en cine. Veíamos Bravehearth.
A mitad de
la película le hablé:
-Si quieres
que te perdone has algo que me demuestre que realmente me quieres:
chúpame la polla.
Ella lloró
un poco, pero finalmente se agachó y, mientras Mel Gibson trataba de
salvar a su pueblo, mi virgen María realizaba la primera felación de
su vida.
.
SE ME
OLVIDABA
Así fue como
la conocí.
Ella tenía
14 años. Yo 18.
Caminando
por la calle, nos cruzamos.
Dos
desconocidos que jamás se habían visto antes.
Pero ella me
miró, fijamente: sonrió.
Mi alma
tembló.
Seguí mi
camino: yo iba con un compañero de clase: me había ofrecido un
trabajillo en la finca de su padre.
Miré hacia
atrás, igual que quien desea ver los restos de un accidente macabro
que se ha producido en la carretera.
Su amiga y
ella nos seguían.
Las
despisté: tomé a mi compañero de clase de la mano y le empujé dentro
de un portal: las chicas pasaron de largo: sin duda estaban
buscándonos: entramos en una floristería: mi amigo se reía de mí: no
tenía dinero para un ramo de rosas, así que tuve que conformarme con
una sola: se la di: ella se sonrojó: su amiga chillo de emoción: lo
típico entre adolescentes: ¿Será muy cursi escribir que en ese momento
nos enamoramos?: lo cierto es que, una semana más tarde, éramos
novios. ¿Existe el destino?
·11 y 12.- A mi jefe no le cae tan mal Bin Laden.
Sótano del gran centro comercial: sección de prensa y revistas: estoy
trabajando duramente: he decidido que la sección funcione a pesar de
los informes de los economistas: no dejaré que me despidan sin luchar: suena el
teléfono:
es mi novia.
-Cariño: ahora no puedo hablar, si me descubre el
jefe, me mata.
-¡Acaban
de atacar los Estados Unidos!-anuncia rápidamente- ¡Han estrellado dos
aviones en las torres gemelas y el pentágono! ¡Las torres gemelas han
caído!
-No,
no es posible.
Observo caminar a los clientes: ¿Lo sabrán ellos?
¿Seguirían comprando si lo supieran?
Cuelgo.
Doy una carrerita hasta la sección de alfombras:
suelto la información en un compañero.
-Siempre estás con boberías, Sig –me dice-.
Siempre fantaseando.
No me cree: vuelvo a mi sitio ¿Qué pasará ahora?
¿La Tercera guerra mundial? Hace poco vi en el cine la película sobre
Pearl Harbor, los americanos, como entonces, contestarán: además ahora
el presidente es George Bush, una persona que jamás en su vida ha
perdonado nada: no hay dudas, matará.
Vuelve a sonar el teléfono de mi departamento: es
mi jefe, una orden:
-Llama inmediatamente a todas las distribuidoras
de periódicos, diles que mañana nos envíen el triple de periódicos de
lo que nos sirven normalmente.
Imagino a todos los periodistas del mundo, a los
que se habían ido o estaban yéndose a sus casas: ahora se encuentran a
mil por hora, escribiendo, en reuniones: los directores hablando:
-Tenemos que ser los mejores en cubrir la
noticia, tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos. Tenemos que
ser los que más periódicos vendan. ESTO ES HISTORIA.
.
Al volver de almorzar: ya todos conocen la
noticia:
-Disculpa por no haberte creído –me dice el
dependiente de alfombras- pero es algo de película.
Vuelvo a imaginar: nuevas películas hechas por
americanos, éxito de taquilla, un héroe que salva un cuarto avión de
pasajeros con destino a la Casa Blanca. Protagonista: Bruce Willis:
final apoteósico para la serie La jungla de cristal.
Llega otra noticia, bestial: el gobierno
americano ha tenido que hacer fuego sobre un avión de pasajeros que
también había sido secuestrado.
Imagino a los pasajeros: imagino el terror, las
lágrimas de los familiares.
-¿Ha llegado el coleccionable de música
checoslovaca? -me pregunta un viejo con barbita- ¿El del dos por uno?
-No señor, lo siento -contesto- Por ahora no nos
ha llegado nada de eso.
-Cabrón –me insulta, se va.
Un compañero de librería me llama por el teléfono
interno.
-¿Sabes? hay un escritor beneficiado: Tom Clancy.
Por lo visto, hace seis años, escribió un libro donde se narra un
hecho similar. La gente lo ha escuchado por la radio. Han venido y los
han comprado todos. El jefe del departamento ya ha llamado a la
editorial para pedir doscientos ejemplares, quizá sean pocos.
Hora de salir. Me duele la cabeza. Llego a casa,
me acuesto, no tengo ganas de masturbarme: no sé si habrá mañana.
Espero, junto a millones de almas más, que no sucedan más ataques.
Por favor.
.
Ya es mañana, suena el despertador. Me ducho
dormido, desayuno dormido: no me acuerdo de nada hasta que llego a la
superficie comercial: montañas enormes de periódicos me esperan en la
entrada, casi todas las distribuidoras se han aproximado o han logrado
servir las cantidades que pedí. Cargo con ellos, los ojeo. Parece ser
que el responsable de la matanza es un terrorista llamado Ben o Bin
Laden, no se ponen de acuerdo de cómo se escribe. Veo una foto suya,
que Dios me perdone, parece un tipo simpático: sin embargo y
decididamente, no me gustaría ser su compañero de piso.
En la esquina de la portada de uno de los diarios
se anuncia que, a partir del sábado, se podrá comprar conjuntamente
con el periódico el fascículo número uno de los sucesos que cambiarán
nuestra historia: no podemos perder la posibilidad de perder esta
ocasión, avisa.
Al poco de colocar los periódicos en el mueble,
bien visibles para que no se escapen los consumidores espontáneos, mi
jefe me llama para preguntar si las cantidades pedidas han llegado.
-Sí, señor.
-Has salvado el cuello –anuncia.
A las diez se abre el centro comercial, los
periódicos se venden como nunca. La gente los compra con prisa pero no
veo preocupación alguna en sus rostros. También compran revistas del
corazón: me choca que, junto a una foto de una persona que prefiere
tirarse al vació antes que morir quemada, tengan estómago suficiente
para comprar un par de revistas rosas, por lo visto Líbidos, o como se
llame, ha decidido divorciarse.
Un viejo, muy viejo, al que le brillan los ojos
me dice, sin yo preguntarle, que quiere el diario para tenerlo de
recuerdo.
-Pero si a usted no le
puede quedar mucho de vida -pienso.
Un compañero se acerca, ojea un periódico:
-Me cago en su puta madre. Seguro que ahora suben el precio del
petróleo y
aumentan el ticket del autobús.
El jefe vuelve a llamar.
-¿Se están vendiendo los periódicos?
-Sí, es una locura -contesto.
-Fabuloso -me dice-. Hoy nos salimos del
presupuesto.
Cuelga.
Pienso: creo que mi jefe está contento del ataque
terrorista: estoy seguro de que le gustaría que continuaran unos
cuantos días más.
Hoy, el terrorista Bin Laden no sonríe solo.




·12+1.- Un avión en mi cabeza.
Si los terroristas estallaran un avión contra
este gran centro comercial mucha gente moriría: pero yo no: YO YA
ESTOY MUERTO: VIVO LA VIDA MUERTO: NUNCA DEBÍ DE PONERME CORBATA.
·14.- Una vez estuve vivo: Ella: la novela y la
pelirroja.

Ella
¿Cómo llegué al gran centro comercial? ¿Cómo me convertí en el robot
consumista que soy?
POR CULPA DE MIS
ESTÚPIDOS SUEÑOS
Hace
tres años y tres meses decepcioné a mis abuelos, decepcioné a la
virgen María, mi novia: abandoné mis estudios universitarios: tenía un
plan: iba a escribir la gran novela: necesitaba todo mi tiempo: estuve
siete meses escribiendo frenéticamente: terminé la novela:
Doña Úrsula no duerme tranquila
por las noches: estaba orgulloso: era la gran novela:
la mandé a un gran concurso: se fallaría en cinco meses: no podía
hacer otra cosa que esperar: maldita espera: valdría la pena.
La
situación en mi casa fue haciéndose insostenible: era demasiado tarde
para reengancharse al curso universitario de ese año: y no encontraba
trabajo: vivía del dinero de mis abuelos: nadie me entendía, los hijos
de mis abuelos me insultaban:
-Te aprovechas del poco dinero que tienen tus abuelos –me decían.
Era mi culpa: mi martirio: jamás me expliqué: me daba vergüenza contar
mi proyecto: en voz alta sonaba ridículo: nadie iba a apoyarme: por
fin encontré un trabajo, fregando platos, en un restaurante de tercera
categoría: reuní dinero: decidí escapar: esperaría el fallo del
concurso en otro país: Holanda:
-Adiós mi amor –dije al despedirme de mi novia- volveré como un héroe:
entonces me entenderás.
En
Holanda, llegué a un pueblo: Zwölle: allí conocí a una holandesa de
pelo rojizo: me enamoré como jamás lo había hecho antes: (la última
vez siempre parece la más maravillosa ¿no?): me invitó a vivir en su
casa: sin embargo yo sabía que el semen que expulsaba cada noche en su
interior no llegaba hasta su destino: el corazón: ella nunca
estuvo enamorada de mí: a los dos meses acabé con el dinero que había
traído desde mi país: yo no hablo holandés, ni siquiera inglés: no
encontré trabajo: el sueldo de ella no era suficiente para los dos: me
resistí a volver a mi país: quería estar a su lado: deseaba celebrar mi
triunfo literario junto a ella: comencé a robar bicicletas: reventaba
a patadas los candados que las protegían: revendía las bicicletas a
los estudiantes: y robaba comida en los supermercados: un día la
holandesa me dijo que me fuera: me confesó que no me amaba:
-Vives en una fantasía -aclaró.
La
última noche que yo dormiría en su casa, trató de que hiciéramos el
amor: intentó excitarme antes de ir a dormir, y también al
despertarse: no sé porqué motivo (¿estaría caliente?, he dado muchas
vueltas a sus motivos): me negué: por orgullo: fue mi pataleta tras
cuatro meses de vida en común: mi ridícula venganza: ella sólo tenía
que chasquear los dedos para follar con cualquier tío: regresé a
España, a la casa de mis abuelos: volví con la virgen María: ella
nunca se enteró de mi infidelidad: jamás la confesé:(¿amo a mi novia?
ahora supongo que sí, pero sin duda también la odio): se falló el
concurso: no gané: mandé la novela a todas las editoriales del mundo:
la rechazaron: ni siquiera se molestaban en contestarme con una carta:
me di cuenta de que había sido un iluso: mi novela era una mierda: me
miré al espejo: fracasado: el próximo año no volvería a la universidad
¿Para qué?: la vida es una mierda: nos mienten: los sueños no se
consiguen por mucho que los persigas: Paulo Coelho no escribe más que
fantasías
en sus libros: encontré trabajo en el gran centro comercial: me puse
la corbata: dejé de escribir: de pensar en la holandesa: quería tener
sueños normales: la lotería, una casa, un coche, un televisor de
pantalla grande, una piscina que te cagas...
Han pasado dos años desde entonces: a pesar de que fueron duros, los
recuerdo con cariño: los mejores de mi vida: la única vez que me
he sentido vivo: ahora estoy algo más gordo: quince kilos de más:
continuo con mi novia: la virgen María: ya jamás pienso en la
holandesa: nunca contestó las cartas que le escribí: no ha quedado ni
una amistad entre los dos: da igual: me dejó llevarme todas las fotos
pornos que le saqué: ¿En qué momento justo conseguí olvidarla?: no lo
sé: simplemente el amor que sentí por ella se cayó de mi corazón: al
suelo: alguien lo pisó: ahora es basura: se ha mezclado con el polvo
de las esquinas: sin embargo, no ha pasado lo mismo con el gran sueño:
convertirme en un gran escritor: ganar un gran concurso: a cada rato
me asalta la ilusión: una maldición: un quiste en mi cabeza que no he
logrado extirpar aun conociendo, perfectamente, que resulta ser una
quimera imposible: con sólo mirarme a la cara se nota que tengo un
talento mediocre: sin duda.
No
sé el verdadero motivo de porqué comencé a escribir este diario:
sincero: secreto: (jamás tendré el valor de enseñárselo a nadie): al
principio sentía la necesidad de confesarme, de explicarme ante
alguien:
-Mire
usted: yo soy así: ¿Qué hago?
También pensé, me mentía, que escribirlo me ayudaría a convertir mi
pasión en una simple afición: y, finalmente, que escribiendo cada día
no oxidaría mi literatura de cloaca: así estaría entrenado para cuando
llegara la gran novela a mi cabeza:
REALMENTE TENGO
MUCHO MIEDO
tengo
miedo de volver a soñar: tengo miedo de volver a dejar todo por
escribir un libro de mierda:
SOCORRO.

Central de
correos: un minuto antes de mandar mi primera novela (Doña Úrsula no
duerme tranquila por las noches) a
la primera editorial: en mi cara se palpa la ilusión: hoy me
avergüenzo de esa foto.
·15.- Después de eyacular soy una persona normal.
Cierto día cree un desorden psicológico en mi cabeza: traté de
masturbarme con una foto de mi difunta madre: ella era guapísima en
vida: rubia, alta, de rasgos finos: a mitad de la paja me di cuenta de
que estaba realizando una acción enfermiza: comencé a sentirme mal: la
polla se me puso blanda: me detuve. Ahora tengo un problema: me es
imposible masturbarme con fotos de mujeres rubias, altas y con rasgos
finos: recuerdo ese día.
.
Si me lo pidiera, sólo a un hombre le chuparía la polla: Henry Miller:
siento una inmensa admiración por él desde que leí Trópico de
capricornio y Sexus: me rendiría a cualquier petición suya:
gracias a Dios nunca me pondrá en semejante aprieto: murió hace
bastante tiempo. Y sólo le gustaban las mujeres.
.
Recuerdo a todas las profesoras que me han dado clase en mi vida:
trato de humillarlas: de vengarme de las que me suspendieron: las
seduzco: las imagino a cuatro patas mientras les doy por el culo o me
corro en sus bocas: las grabo con cámaras ocultas: les mando los
videos a sus maridos, padres, hijos y alumnos.
Me sorprende que, después de masturbarme imaginando estas
bestialidades, comience a leer el periódico y sienta a mi corazón
sobrecogerse, a mis ojos aguarse, al leer la noticia de una desgracia
ajena.
Definitivamente, después de eyacular soy una persona normal.
·16.- El comprador de libros.
Desde que le vi, el cliente me cayó simpático: aspecto jovial: bajito,
regordete, piel bronceada, cabello casi rapado, inteligentes y
curiosos ojos azules: vestía ropa vaquera azul clara: no tenía más de
cuarenta años.
Vio la sección de prensa y revistas: se acercó a preguntar por la
librería.
-Tercera planta, señor –informé.
-¿Cree que tendrán estos libros?
Me extendió una lista que contenía una treintena de muy
buenos libros.
-Sí. Salvo los dos de Marguerite Duras, el de Zamiatin y los de
Clarice.
-¿Conoce estos libros?
-Los he leído todos señor, mi vida son los libros. Incluso sueño con
ser escritor.
-¿Ah, sí? ¿Escribe?
-Tengo una novela escrita. No la encontrará en ninguna librería. Todas
las editoriales del mundo han rechazado su publicación.
El cliente ahoga una sincera sonrisa.
-¿Hay posibilidad de leerla?
-Si lo desea, la próxima vez que usted venga por la sección de prensa
y revistas tendrá una copia esperándole: será un placer: me encanta
que lean mi libro.
-Tengo verdadera curiosidad ¿Trabaja mañana?
-Sí.
-¿Qué tal si vengo entonces por su novela y de paso usted baja todos
estos libros y los pago aquí? Tengo entendido que ustedes tienen
comisión por lo que venden: no se lo tome a mal, pero prefiero comprar
libros a una persona que ame la literatura que a otra que únicamente
ame el dinero.
-Es usted muy amable, señor.
-Y usted muy atento. Muchas gracias.
.
Tal como dijo, el cliente regresó al día siguiente: su
selección de libros y la copia de mi libro le esperaban.
-Muchas gracias: te la devolveré desde que la lea. Bien -dijo
refiriéndose a los libros- me los llevo todos.
-Se puede quedar la copia, tengo muchas más: una editorial me devolvió
las que le mandé –contesté mientras comenzaba a pasar sus libros por
el lector del código de barras.
-Tenía la literatura algo olvidada. Soy doctor en psicología,
últimamente dispongo de algo de tiempo libre: desearía pasar ese
tiempo leyendo: ¿Podría conseguirme estos otros libros?
El cliente extendió una nueva lista.
-Por supuesto señor, gracias –agradecí con entusiasmo- los tendrá
preparados la próxima vez que venga por aquí.
-Entonces, hasta la próxima.
Pagó los libros, los guardamos en las bolsas de propaganda del gran
centro comercial: el cliente marchó sin mirar atrás, con paso
tranquilo.
-Que buen cliente –pensé.
.
El cliente volvió a los dos días: me enseñó doce folios, escritos con
su puño y letra: contenían comentarios sobre mi novela.
-Me ha gustado mucho –anunció entusiasmado- Los del gran centro
comercial no saben a quién tienen trabajando aquí ¡Qué cabeza tienes!
Toma: te devuelvo la copia de tu novela, decidí hacer una especial
para mí: la he mandado a encuadernar en piel.
-¡Oh, bueno!
-Quizá
te apetezca que almorcemos una tarde juntos: tengo miles de cosas que
quisiera comentar contigo sobre tu libro, miles de preguntas.
Me sonrojé: me sentía en las nubes: que una persona culta como él,
todo un doctor en psicología, se mostrara interesado en mi novela,
hasta el punto de rellenar doce folios con temas a destacar, era
maravilloso.
-Será un honor. Cuando usted quiera.
-¿Qué tal el miércoles?
-Encantado.
Concretamos hora y lugar de encuentro: se fue: no se olvidó de
llevarse los libros que había encargado: pagó sonriéndome: su tarjeta
de crédito y ojos, brillaban.
.
ESE DÍA
A la hora que quedamos, esperé fuera de la salida de personal, frente
a la carretera: él vendría en su coche.
Transcurren los minutos: media hora: una hora: no aparece. A mi lado
entran y salen compañeros de librería y de otras secciones del gran
centro comercial: les sonrío a todos, les saludo con la mirada:
ninguno me devuelve el saludo: hacen que no me ven: es realmente
extraño: EN EL GRAN CENTRO COMERCIAL TODOS SOMOS HIPÓCRITAS PERFECTOS:
siempre nos saludamos unos a otros con grandes sonrisas: los chicos,
con fuertes apretones de manos, las chicas, con sonoros besos a ambos
lado de las mejillas: actuamos como si nos quisiéramos con locura, no
como si no estuviéramos esperando la oportunidad de clavarnos un
cuchillo en la espalda: es la primera vez, en dos años, que un
compañero no me devuelve un saludo: REPITO QUE ME RESULTA SUMAMENTE
EXTRAÑO.
Ha pasado una hora. Doy media vuelta y me dirijo al restaurante de la
cuarta planta, me siento, apartado lo más posible de los demás
clientes: la camarera tarda un rato en verme: cuando se acerca me
avergüenza la gran barriga que tengo: ella es guapa y de cuerpo
estilizado: sin embargo no puedo resistirme a pedir la sabrosísima
hamburguesa extra grande de quinientos gramos de vacuno selecto: eso
sí, meto barriga mientras la pido: la camarera toma nota, me sonríe (pero
solamente porque es
obligatorio), se va.
-¿Por qué no habrá venido el psicólogo a la cita? –me pregunto
mientras observo el culo de la camarera alejarse en la lejanía.
.
Once de la noche. Salgo del gran centro comercial por la puerta de
personal: me sorprendo: el cliente aguarda.
-Hola –saludo.
-¿Por qué no viniste hoy? –pregunta enfadado.
-¿Qué quieres decir? Estuve esperando durante una hora.
-No mientas –gruñe- Estuve frente a esta misma puerta durante dos
horas, esperándote con el coche.
-¿A la una de la tarde?
-¡A la una! ¡Naturalmente!
El cliente se halla fuera de sí: me cuesta reconocer su rostro, su
persona: anteriormente siempre se había mostrado como una persona muy
equilibrada, incluso elegante: ahora su rostro está crispado: las
venas de su cabeza infladas: me mira como un demente.
-Espera –trato de hablar tranquilo- ¿De qué estas hablando? No sé
porqué razón grita. No miento cuando afirmo que estuve en esta misma
puerta esperándole durante una hora.
-¡Es imposible! ¡Yo estuve aquí! ¡Estás mintiéndome! –vuelve a gritar:
la gente, los compañeros del gran centro comercial comienza a
mirarnos.
No entiendo la situación: resulta evidente que el cliente está
convencido de que le miento: no estoy loco: estuve durante horas en
esta puerta.
-No me gustan los gritos –le aviso- Vamos a tratar de calmarnos:
supongo que todo ha sido un extraño malentendido: dejémoslo pasar y en
paz.
-¡En paz no! ¡No! ¡Me has vacilado! ¡Tú te estás riendo de mí!
-Adiós. Me voy a casa: no me gusta hablar con histéricos.
-¡Tú no vas a ningún lado!
-¿Ve ese autobús? –el autobús que me lleva a casa acaba de llegar a la
parada- Voy a subirme a él: adiós.
-¡No me dejes con las palabras en la boca! ¡Si te vas te estaré
esperando, en el parque, frente a tu portal!
-¿Cómo sabe eso? ¿Cómo sabe que hay un parque frente a mi portal?
Jamás se lo he dicho.
-Llevo siguiéndote desde hace días: sé que tienes novia, también sé
que no os amáis: lo he visto en vuestras miradas.
-¿Me ha seguido? –repito atónito.
-¿Qué juego es este? Sabes que me gustas. Súbete a mi coche.
Corro hacia él autobús: me siento como una mujer a la que amenazan de
violación caminando por una calle solitaria y vestida con una
minifalda muy corta: no soy un hombre: no me atrevo ni a pegarle un
puñetazo: estoy muy asustado: casi en estado de shock: me subo al
autobús antes de que arranque.
Miro a través de una de las cristaleras: él está al lado de su coche:
quieto: observándome fijamente con una mirada impávida: en ese momento
me doy cuenta que tiene un parecido con Hannibal Lecter: pero en
versión maricón: ¿Cómo no me di cuenta que el cliente estaba como una
cabra? Sin duda me cegaron sus mentirosos halagos a mi novela: no
puedo creer que esto me esté sucediendo a mí: me engatusaron como a
una jovencita que quiere ser súper estrella de pop.
-¿Por qué diablos –me pregunto- he de tener un agujero en el culo? Es
peligroso.
Bajo del autobús una parada antes. Doy un rodeo hasta mi portal. Antes
de abrir no puedo evitar mirar hacia el parque: allí está él, a pocos
metros de mí.
-¡Ven aquí y bésame! ¡Soy psicólogo y sé que tú eres homosexual! ¡Deja
de reprimirte!
Rápidamente, cierro la puerta del portal: corro hasta el ascensor:
subo hasta mi piso:
entro en mi casa: saludo a mi abuela.
-No hagas ruido que tu abuelo está durmiendo –saluda como cada noche.
-Sí abuela.
Entro en mi dormitorio: cierro la puerta con llave: me acuesto en mi
cama: estoy temblando: me tapo con una manta: decido que la próxima
vez que vea a ese hombre le pegaré un buen puñetazo: mañana volveré a
ser un hombre: me lo prometo.
-¿Cómo puede afirmar que soy homosexual?
Para mí, los maricones son una raza superior: tienen una sensibilidad
especial frente a la vida e indudablemente son totalmente superiores a
los heterosexuales en los diferentes campos filosóficos y artísticos:
los artistas y pensadores más geniales de la historia son maricones:
los nombres son incontestables: Homero, Aristóteles, Sócrates,
Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, William Shakespeare, Oscar Wilde ...
Jesucristo y los apóstoles (aunque todavía no se haya descubierto)...
yo no soy homosexual: si lo pienso me causa repulsión imaginar dar un
beso a un hombre: por esta razón jamás seré un gran escritor: estoy
destinado a la mediocridad heterosexual.
.
A la hora, con el sueño, un tema comienza a rondarme por la cabeza:
sin lugar a dudas yo estuve en la puerta de personal esperando al
cliente demente: y parece lógico que, si tan obsesionado estaba
conmigo, él también estuviera allí, que no desaprovechara su
oportunidad para que almorzáramos juntos ¿Por qué no nos vimos
entonces?
-Decididamente, si hubiera subido a su coche, para ir al restaurante
–reflexiono- me hubiera ocurrido algo bestial: me hubiera amordazado y
violado: quizá matado. O quizá hubiera abusado de mí y luego tirado a
la carretera: entonces yo, de vuelta a mi casa, me hubiera quitado la
vida, traumatizado. Tuvo que pasar esto: mientras esperaba al cliente
en la puerta de personal, mi madre muerta o quizá mi ángel de la
guarda, la señora que vi a mi lado la noche en que murió mi madre, se
pusieron delante de mí: me hicieron invisible a los ojos del cliente
demente, de la gente: por eso ningún compañero del centro contestó a
mi saludo: no podían verme: no hay otra explicación posible.
LOS MILAGROS NO TERMINAN EN LA ÚLTIMA PÁGINA DE LA BIBLIA: NOS SUCEDEN
A DIARIO Y NO NOS DAMOS NI CUENTA.
·17.- ¿De qué color son los calcetines blancos de Michael
Jackson?

Mi abuelo acaba de salir a comprar el periódico y, de paso, el pan: mi
abuela hace rato que se marchó a misa: durante quince minutos,
aproximadamente, estaré solo en la casa.
Me encierro en mi dormitorio: corro las cortinas: bajo las persianas:
cierro con llave la puerta: no quiero que nadie vea lo que voy hacer:
introduzco un CD en el equipo de música: Michael Jackson: Bad:
elijo la canción número siete: subo el volumen hasta casi el máximo:
primeros acordes de Man in the mirror: un sintetizador se
despierta de un sueño de amor: Michael Jackson canta:
I´m gonna make a change for once my life. .
.
MI CABEZA HIERVE: Agarro un desodorante alargado con la mano derecha:
imagino que es un micrófono: imaginO: imagINO: imAGINO: iMAGINO:
IMAGINO: Michael Jackson nunca ha existido: estoy en la sección de
instrumentos musicales del gran centro comercial: un dependiente,
amigo mío, toca el súper órgano electrónico último modelo capaz de
reproducir cualquier sonido musical: toca para que la gente lo vea
funcionar: así desean comprarlo.
-Hoy he compuesto este tema –le digo- Aquí tengo la partitura: ¿Te
atreves a tocarla?
-¿Tiene letra? La tocaré si tú me acompañas cantando.
-Ok. Pero te aviso que es la primera vez en mi vida que canto en
público.
-Vamos, adelante –ánima mientras me extiende un micrófono inalámbrico
(el desodorante alargado que, en mi dormitorio, ya tengo en la mano).
MI DORMITORIO: comienzo a mover la boca al tiempo que Michael Jackson
canta, imito sus movimientos: gesticulo frente al espejo: trato de
bailar: EN MI IMAGINACIÓN: canto y bailo perfectamente: la gente se
acerca: se convierten en público: cada vez acude más: ya hay
doscientas personas observándome en la sección de instrumentos
musicales del gran centro comercial: no al dependiente del teclado: a
él lo imaginé (aunque existe en la vida real) únicamente para
disculpar la música de fondo: LA ESTRELLA SOY YO: la gente se emociona
con mi interpretación y el mensaje de la canción: dan palmas siguiendo
el ritmo: entre el público veo a todas las mujeres que me gustan:
casualmente pasaban por allí: me observan con admiración y deseo: subo
aun más el volumen de la canción: máximo: si entra mi abuelo en casa
me mata: entre el público, descubro a mi jefe acompañado de los
directores del gran centro comercial:
-Este joven es un genio –afirma emocionado uno de ellos.
OH, CHANGE!!!!
–la canción grita, el coro explota.
Doy vueltas sobre mi mismo: caigo de rodillas en el suelo de mi
habitación: así lo hace siempre Jackson cuando interpreta esta
canción. En el gran centro comercial –en mi cabeza- la gente ha
enloquecido: lloran de emoción: última nota, la canción toca a su fin:
me levanto: el público aplaude a rabiar: nadie se atreve a acercarse a
mí: me ven como un dios.
-¡Otra! ¡Otra! –piden desesperados: no puedo: mi abuelo puede regresar
en cualquier momento: demasiado arriesgado.
-Lo siento mucho –comunico al público- pero es que ahora mismo he de
empezar a trabajar.
El director del gran centro comercial se acerca:
-Cante, cante por favor: no importa que llegue usted tarde a su puesto
en la sección de prensa y revistas: a partir de hoy este será su
trabajo: cantará en el gran centro comercial: le triplico el sueldo:
no, se lo cuadriplico.
-De eso nada –me dice un desconocido que viste un carísimo traje de
chaqueta y corbata- Soy representante de Universal Records. Venga
conmigo por favor: queremos que grabe esa canción en nuestros estudios
de Los Ángeles: le pagaremos un millón de dólares.
Ante el estupor del director y mi jefe decido marcharme con el
representante de la Universal: la gente me abraza y felicita mientras
marcho: todos los compañeros de mi sección observan: se mueren de
envidia:
-Sig va a ser millonario –rechinan entre dientes.
.
He terminado de imaginar: apago el aparato de música: subo la
persiana: abro las cortinas, la ventana: la puerta del dormitorio…
mañana, si puedo, imaginare que participo en Eurovisión
cantando otro tema de Michael Jackson: Billie Jean: ganaré:
saldré en todos los periódicos: fotografías con el presidente de mi
país: le enseñaré al presidente cómo se hace el Moonwalk: todos los
presentadores de telediarios darán paso a estas imágenes con sonrisas
en la boca: soy un héroe: mi disco ha alcanzado el numero uno en EE.UU:
Cristina Aguilera se muere por mis huesos.
Salgo del dormitorio, llego a la cocina: siempre que imagino alegrías
me pica la nariz: me rasco: preparo y como un bocadillo: se abre la
puerta de la casa: mi abuelo ha regresado: deja el pan sobre la mesa
de la cocina: me ve: no dice nada: no me suele dirigir la palabra si
no es para recriminarme algo: hola, me saludo a mí mismo.
He vuelvo a ser el gordo y fracasado Sigmundo Fernández.
·18.- Toxinas: La mujer del djellabah: ¿Por qué los
intelectuales hacen chistes sobre culturistas depilados?

Usuario habitual de gimnasio.

Un inmigrante, en una fila de
alimentos.
Once y media de la noche: visto un chándal blanco marca Nike:
lo compré en el gran centro comercial: he decidido adelgazar: perder
los kilos que me sobran.
Entro en la sala de musculación del gimnasio:
POWER WORLD FITNESS
bajo la mirada: siento vergüenza: mis complejos físicos crean
paranoias en mi cabeza: juraría que los usuarios me observan con asco:
todos los espejos que cubren las paredes en la sala de musculación me
gritan lo mismo:
-¡Gordo! ¡Gordo! ¡Fofo! ¡Tetas caídas! ¡Vaca blanca!
Menos mal que al gran centro comercial llevo traje de chaqueta y
corbata: disimula mi abultada barriga: si no, en absoluto tendría
ánimos con los que dirigirme allí, a trabajar: me daría vergüenza que
la gente me viera caminando, esperando el autobús, cobrando revistas
y periódicos.
-Joder -pienso- no tengo ni treinta años y
mi cuerpo ya no es deseable.
Observo: todos los usuarios musculosos llevan camisas estrechas de
tiros: mientras realizan los ejercicios de pesas exhiben sus tórax,
brazos y piernas en tención. Observo: todos tienen la piel
perfectamente bronceada aunque el sol no haya salido con suficiente
fuerza desde hace semanas: el secreto está en las cabinas de rayos uva
del segundo piso: funcionan por fichas: con el dinero que costaría
alimentar a una familia del tercer mundo durante tres meses se pueden
comprar las fichas suficientes para lograr el moreno ideal. Observo:
los usuarios masculinos se saludan entre sí golpeándose fuertemente
las palmas de la mano: conversan unos con otros: se enseñan los
abdominales y los bíceps: no pueden evitar dejar de mirarse en los
espejos mientras hablan: flexionan una pierna, buscan rasgos
agraciados en sus rostros, levantan una ceja: a veces se olvidan de la
conversación que están sosteniendo y quedan, en silencio, mirando el
reflejo de sus rostros en el espejo.
Pedaleo con rabia en una bicicleta estática: quiero arrancarme
siete kilos de la barriga: cuando mi cuerpo sea musculoso las chicas
se fijaran en mí.
Veo a Carlos, un usuario del gimnasio y ex compañero de la
universidad: está en el predicador, ejercitando bíceps: nunca le he
entendido: él y toda su familia es española: incluso estudia filología
hispánica: debería de ser un defensor de la lengua española ¿Por qué
entonces siempre que le preguntan su nombre contesta:
-Charles. Me llamo Charles.
WHY?
Se está acercando: temo preguntarle: temo caerle mal.
-Hola Sig ¿Qué tal andas?
-Bien Charles ¿Y tú?
-De puta madre -fija la mirada en mi estómago-. Hace tiempo que no
vienes por aquí ¿verdad? (hubiera preferido que, en lugar de esa
observación, me hubiera pegado un puñetazo en la mandíbula)
-Sí, bueno, ya sabes, el trabajo y eso.
Carlos me mira a los ojos: sé que no estará mucho tiempo hablando
conmigo: existe una norma, no escrita, dentro del gimnasio que obliga
a despreciar e ignorar a las personas que no tienen cuerpos musculosos
y bronceados: salvo, claro está, que tengan mucho dinero o poder: no
es mi caso.
-¿Te dije que terminé la carrera universitaria hace un mes?- anuncia
Carlos.
-¿En serio? ¡Hombre! ¡Muchas felicidades!
Ahora sé porqué se acercó a hablar: quería darme envidia.
-¿Y tú? –me pregunta- ¿Cuándo vas a volver a la universidad?
He de ser rápido: lo que menos deseo en la vida es contar mi drama
personal, de cómo abandoné la carrera por escribir un libro de mierda:
-Este año no voy a poder reincorporarme –invento- ha ocurrido una
desgracia personal en mi familia, tengo que llevar dinero a casa.
Bingo.
-Lo siento mucho –dice Charles: mantiene mi mirada incómodo: ha tenido
que tragarse el discurso que tenía preparado sobre el sacrificio, la
constancia y la importancia de tener una carrera universitaria hoy en
día.
Un incómodo silencio nos rodea: ninguno de los dos sabemos qué
decir... pierdo mi vista un segundo: veo a un usuario ejercitando sus
hombros: son magníficos: grandes y fuertes: una escultural rubia
teñida, y de cejas depiladas, le sonríe: seguro que se acuesta con él
o está apunto de hacerlo. Qué envidia.
-¿Te has fijado en esa tía? –pregunta Carlos.
Giro mi cabeza hasta donde señala: en la cinta de correr hay una
mujer marroquí: corre con gafas de vista y una túnica larga, djellabah, de
seda amarilla: suda copiosamente.
-¡Bueno! –digo- ¡Cada uno hace lo que su cultura dice que haga!
Carlos asiente: me mira: NO, decide no callar lo que en
realidad piensa.
-¿Cultura? ¿Qué cultura? Esa tía lo que es, es una guarra. Seguro que
se va a su casa y ni se cambia. Llevará la túnica esa una semana más.
Todos los moros son unos guarros.
-¿Tú crees?
-¿Qué si yo creo? No hay más que pasear por la calle para verlo...Esta
ciudad se está llenando de mierdas, cada vez vienen más. Mira, yo he
estado de vacaciones con mis padres en Marruecos y aquello es una
dictadura. Si uno hace algo malo ¡Zas! un palo. Allí nadie abre la
boca. El presupuesto de la casa real de Marruecos es siete veces más
grande que el nuestro ¡Y mientras tanto su gente muriéndose de hambre!
¡Claro! ¡Por eso prefieren cruzar el océano en patera que quedarse en
su país! ¡Si hasta tirados en nuestras calles están mejor! ¡Y aquí
están! Mezclándose entre nosotros, quitándonos el trabajo ¿Sabes?
Tenía como vecino a un chino que después de limpiarse el culo tiraba
el papel por una ventana que daba al patio interior del edificio...
-Joder... –digo sin saber a qué viene lo del chino.
-¿Sabes lo que va a pasar?
-No.
-Pues que se van a mezclar tanto entre nosotros, que luego van a
exigir derechos. Hasta que pase aquí lo que pasó en Yugoslavia.
No sé muy bien qué ocurrió en Yugoslavia: la cabeza me dice que hubo
una especie de guerra civil: que sus habitantes se mataban unos a los
otros: violaban a las mujeres: mataban a los niños: los niños también
eran soldados: que se descubrieron fosas comunes (vi las fotos de
pasada en un periódico, mientras buscaba la cartelera
cinematográfica): que ahora hay nuevos países con nombres que
desconozco y que un grupo de música irlandés: U2 compuso una canción
sobre los sucesos muy bonita: la cantaron con Pavaroti.
-Sí, bueno, sí –asiento: aunque no comparta la misma opinión que él:
realmente no comparto ninguna opinión: nunca he pensado sobre nada de
ese tema: nunca he tenido que hacerlo: sólo soy un espectador pasivo
de telediarios-. Joder, menuda mierda.
A fin de conversación, Carlos alza sobre su cabeza unas mancuernas de
veinte kilos: mientras hace el ejercicio gime como si se la estuvieran
metiendo por el culo: continúo pedaleando: no volvemos a hablar: él se
mira al espejo, se va: no hay despedida: no hace falta.
El gimnasio va a cerrar: me dirijo a las duchas: abro la puerta:
observo: decido no entrar: está lleno de culturistas depilados
embadurnados en jabones con fuertes olores: por nada del mundo les
enseñaría mi estómago: además seguro que se me pone la polla
chiquitita de la vergüenza y se ríen de mí.
-Mejor vuelvo a casa caminando
–me convenzo- Así hago algo de ejercicio extra y me ducho con
tranquilidad.
El camino a mi casa son quince minutos a pie: es solitario y está mal
iluminado: hace años me intentaron atracar por ese camino: no pudieron
robarme: no llevaba nada de valor: no fue un inmigrante: fue alguien
de mi propia raza. Pienso: nunca he vivido ninguna guerra: tampoco un
cambio de sistema político, ni siquiera una depresión económica: en la
nevera de mi casa siempre ha habido comida: sólo una vez en mi vida me
faltó dinero, en Holanda: no dudé en robar: bicicletas y comida en los
supermercados: eso mismo hacen los inmigrantes cuando no encuentran
trabajo, sienten desesperación y hambre: creo que les entiendo.
Nunca he tenido que dormir en la calle: ni he sido perseguido por
gente que tiene el color de la piel diferente que la mía: cuando he
leído por curiosidad sobre el fascismo, las guerras mundiales o la
hambruna, leo como si se trataran de comics: los informativos son
programas de entretenimiento: imágenes que observo con la cabeza vacía
mientras almuerzo: la única historia que me importa es cómo estaba YO
hace años, en qué trabajaba YO, a que chica me gustaría follar YO, YO
qué pensaba YO, YO en que lugar me encontraba YO, si YO estoy mejor YO
o peor YO que antes YO y YO que voy hacer YO mañana: SOY YO LO QUE ME
IMPORTA: YO.
·19.- Qué fácil es estrangularse con una corbata
Siete y media de la mañana: el cielo está gris, hace frío: estoy
sentado en la parada del autobús: esperando, tengo que ir al gran
centro comercial: a trabajar.
Observo: los coches, las colas, los semáforos, las esperas, los ojos
de la gente: la ciudad, a esta hora, es un hormiguero de infelicidad:
el noventa y ocho por ciento de los despiertos no hemos tenido otra
posibilidad que levantarnos de la cama: obligados: necesitamos dinero:
PAGAR
:facturas, hipotecas, alquileres, alimentos, seguros, medicinas,
familias, cigarrillos...
-Imagínate a las victimas de clase media del 11-S –pienso-. Se
levantaron, puteados, para ir a un trabajo que no les gustaba, donde
les pagaban una mierda y encima, los matan: quemados, asfixiados,
estallados contra el suelo...
Soy un robot: estoy programado por el sistema al ciento por ciento:
hago lo que la masa hace: deberían de poner televisores en las paradas
de autobuses: temo estar conmigo a solas: no quiero pensar: me
deprime:
-Si no soy una marca, adoro a una marca.
Observo los pasos de peatones: los pasos de peatones son un gran lugar
para tratar de cambiar el mundo: los conductores están sentados en sus
coches, expectantes, mirando al mismo sitio durante unos minutos: es
el momento perfecto para dirigirse a ellos:
-¡Señoras y señores conductores! ¡Escuchad! ¡Ahora vais rumbo a un
lugar donde os quitan la vida, donde estáis muriendo poco a poco! ¡No
vayáis! ¡Dirigid vuestros coches a la playa o a algún lindo lugar! ¡Id
a hacer el amor a vuestras parejas como nunca antes lo habéis hecho:
con tiempo: libres! ¡Rebelaos al sistema! ¡Comencemos a pensar en nosotros
mismos: ¿Qué es lo que realmente nos gustaría ser?! ¡Olvidemos el
dinero! ¡No lo necesitamos realmente! ¡Recordad la canción del oso Balú: lo más vital en esta vida nos llegará!
El semáforo cambia de color: los autos se ponen en marcha: nunca les
hablé: nunca les hablaré: nadie lo hace: estaría loco si lo hiciera:
siempre elegiré seguir las reglas de la sociedad: no me atrevo hacer
otra cosa: llega el autobús: me subo: está lleno de gente que se
dirige a su centro de trabajo: empujo, hasta que me hago con un hueco
dentro del autobús: me sujeto: al segundo los cuerpos me rodean, me
aprietan: desaparece el espacio entre ellos y yo: me convierto en una
partícula de una masa compacta: yo no existo:
NOSOTROS EXISTIMOS.
·20.- Misión: vamos a pasarlo bien, cariñito.
-Mi amor
–hablo con mi novia- He estado pensando...
-¿Tú?
¿Pensando? –me interrumpe.
La miro,
disimulo mi desagrado: odio ese chiste: creo que es el más viejo de la
historia de la humanidad: la gente lo sigue gastando, como si acabara
de ocurrírsele, igual que: ¿Te cortaste el pelo o te lo tomaron?:
Gilipollas.
-He estado
pensando –retomo- sobre mi eyaculación precoz: creo que es debido a la
situación en las que envuelvo mis actividades sexuales: cuando
estamos en mi casa, los sábados por la noche, me obsesiona la idea de
que hemos de terminar rápido, no sea que mis abuelos regresen a casa y
nos sorprendan haciendo el amor: y, cuando me masturbo, siempre estoy
pensando en eyacular cuanto antes: no quiero que mis abuelos oigan el
chirriar de mi cama, los gruñidos de placer que ahogo o, simplemente,
me apresuro porque he de darme prisa, por ir a trabajar.
-No te
preocupes.
-Sí me
preocupo: duro menos de un minuto: yo quiero darte un orgasmo: no has
tenido ninguno en la vida: a no ser que me hayas sido infiel.
-No seas
tonto. Sabes muy bien que sólo me acuesto contigo. Y a lo mejor sí que
me lo has dado. A mi me gusta lo que me haces Sig, me lo paso bien.
-Me dices
eso para que no me traumatice... Este fin de semana tengo libre en el
gran centro comercial, podría alquilar una habitación, en un hotelito
de montaña, o de playa, como quieras: podríamos divertirnos, pasar el
rato y tomar, esos momentos, con un poco de más de calma.
-No. Tenemos
que ahorrar.
-¿Ahorrar?
¿Me hablas de dinero?
-Tienes que
ahorrar: casi no tienes dinero en el banco.
-Me da igual
¿Es qué no te apetece?
-No.
-De verdad:
no te preocupes por el dinero: no me resulta tan sacrificado alquilar
la habitación: no estoy tan mal económicamente: tengo un sueldo a
final de cada mes: tengo un contrato por un año más en el gran centro
comercial: incluso si no me renovaran el contrato, podré estar
cobrando el seguro de desempleo durante otro año más: y sin contar la
pasta que me darían con la liquidación del contrato.
-No.
-¿Pero por
qué? Vale: si tanto te preocupa mi dinero podemos pagarlo a medias.
Joder, mi amor: somos novios: yo te quiero, tú me quieres. Pasemos un
fin de semana juntos. Será el cielo ¿no?
-Yo no puedo
gastar dinero: tengo que ahorrar.
-¿Para qué?
-Porque
no soy como tú. En la vida hay que ahorrar: Hay que tener dinero en el
banco. No se puede vivir pensando en el dinero que se va a conseguir
más tarde. Hay que caminar por la vida con los pies en el suelo,
pensar cuanto dinero se tiene en el bolsillo antes de decidir comprar.
-...Vale, de
acuerdo. Pero este gasto no minaría nuestros ahorros para siempre:
somos jóvenes: nos queremos: ¿No tienes ganas de que estemos juntos
todo un día, desnudos y acostados en la cama, mirándonos a los ojos,
haciendo el amor cada vez que nos apetezca?
-Alguien
puede vernos entrando al hotel: se lo pueden decir a mi madre.
-¿Y que hay
de malo? ¡Llevamos ocho años saliendo juntos!
-Sig, son
mis padres. A ti tampoco te gustaría que tus abuelos nos sorprendieran
en tu casa.
-A mi no me
importa que sepan que vamos a pasar un fin de semana a la playa: es
algo normal: sí que regresen a su casa, de cenar, y vean mi culo
moviéndose mientras te la meto.
-No. Y no
hables así.
-Vale. Pues
vayamos a un hotel del sur, muy lejos: donde las posibilidades de
encontrar a alguien que nos conozca sea cero.
-No. Vamos a
dejarlo para más adelante. Este sábado por la noche vamos a tu casa,
lo hacemos allí, como siempre, y ya está.
-¿Para más
adelante? ¿Cuándo?
-Para más
adelante.
-¿Qué día?
-Ya veremos.
-Mi amor, no
entiendo una cosa: nos queremos, SE SUPONE ¿Por qué no estás loca
porqué pasemos más tiempo juntos?
-Podemos
estar juntos sin necesidad de ir a un hotel.
-Pero cuando
salimos, lo único que hacemos es ir al cine: no hay película que
estrenen y no vayamos a ver. Siempre el mismo plan: cine, McDonnalds,
Burguer King o Don Bocata, y de vuelta al portal de tu casa:
exactamente lo mismo desde hace ocho años ¿No estás aburrida?
-Yo estoy
bien: no necesito sexo: A MI ESO ME DA IGUAL.
Virgen María
me da un besito, se va: es la hora del almuerzo: su familia almuerza
junta, todos los días.
Me quedo en
la calle: solo: quieto: no sé que pensar: miro a la gente que camina:
veo a una chica: es guapa: tiene el cabello muy oscuro y lizo: lo
lleva recogido en un simpático moño: una camisa de tiros blanca
permite ver la bonita forma de sus pechos
-¿Tú follas?
¿La gente que camina por la calle folla? ¿Por qué me siento sucio por
querer follar con mi novia? –me entran ganas de preguntarle.
La chica
pasa de largo: ni me ha mirado: soy un chico de belleza C, rozando el
nivel más bajo, el D: y sólo hay cuatro niveles. Bueno, cinco: pero el
nivel E es para los pobrecitos con malformaciones físicas repugnantes.
·21.- Los alienígenas científicos: Los plactonitas

Tenía siete
años de edad, jugaba en la casa de mis abuelos.
-Venid, hay
un ovni sobrevolando el parque de enfrente –dijo uno de mis tíos-. Su
tono de voz era extraño: sonaba como si alguien tocase las teclas de
un piano y, en lugar de notas, resultasen sílabas.
Corrí hasta
el balcón. Mis tíos y abuelos estaban allí, mirando hipnotizados un
punto fijo del cielo: se habían tomado las manos los unos a los otros:
levanté la vista y busqué lo que observaban fijamente: frente a
nosotros flotaba un gran ovni naranja sobre los árboles: el balcón del
sexto piso donde nos encontrábamos casi permitía que lo tocáramos con
los dedos: el ovni no se movía: resplandecía: era maravilloso: un
milagro.
No recuerdo
cuando desapareció el ovni, no recuerdo lo que ocurrió después: ni
siquiera recuerdo haberme ido a la cama: al día siguiente, al
levantarme, pregunté a mi familia por el ovni: me miraron como si
estuviera loco.
A partir de
ese momento una fantasía se creó en mi cabeza: y todavía, de vez en
cuando, martillea:
los extraterrestres me raptaron: vivo en un planeta réplica del
planeta Tierra. Por eso nadie de mi familia recuerda nada del ovni:
porque no son mi verdadera familia: son robots con la cara de mi
familia: han sido creados por los extraterrestres que me secuestraron
para así poder estar junto a mí, estudiándome: se tratan de
extraterrestres científicos: los he bautizado con el nombre de
plactonitas: es un nombre que he inventado para poder nombrarlos: no
tengo dato alguno sobre ellos.
Ni quiero:
de pequeño tenía miedo de volver a una habitación que había abandonado
con un adulto en su interior: los robots necesitan ventilarse,
pensaba, y sólo pueden hacerlo quitándose la cabeza: si sorprendo a un
robot sin cabeza los plactonitas me matarán: ya no les serviré para
experimentar y tampoco querrán devolverme a la verdadera Tierra: no
pueden tener buen corazón si se dedican a raptar niños de otros
planetas. Ni testigos.
Ahora ya no
tengo miedo de regresar a las habitaciones: la ciencia ha avanzado
mucho desde entonces: estoy seguro que han ideado otro medio para
ventilar a los robots sin que tengan que quitarse la cabeza.
Pero sí que
tengo miedo de, caminando por la calle, llegar a un lugar al que no
debería, tengo miedo de pisar un lugar donde los plactonitas se vean
sorprendidos. Tengo miedo de dejar de serles útil.
Sin duda,
todos los sucesos de mi vida son culpa de los plactonitas: ellos las
causan para estudiar mis reacciones, las reacciones humanas: están en
mi mente: quieren saber qué pienso. Si consiguiera regresar al
verdadero planeta Tierra estoy seguro que mi vida sería perfecta: mi
madre no está muerta, mi padre nunca la abandonó, mi hermana y yo
somos felices: yo terminé mi carrera universitaria, nunca me enamoré
de la holandesa: ahora sería profesor de literatura; y un escritor
reconocido: la novela que escribí sí que valía la pena.
Estoy seguro
que los plactonitas no me raptaron sólo a mí. Esta réplica del planeta
Tierra debe de servir para experimentar con muchos humanos más: pero
no consigo diferenciarlos de los robots creados por los
plactonitas...o quizá, quizá sólo las personas que mantienen, con
fuerza, un sueño en el interior de sus corazones son las humanas,
quizá la tierra sea un planeta de soñadores.
QUIZÁS TÚ
TAMBIÉN ESTÁS SECUESTRADO O PEOR AÚN: QUIZÁ…
TÚ ERES UN
PLACTONITA.
·22.- Malditas noticias del telediario
Veo a una
vieja que sale del supermercado: está cargada con muchísimas bolsas:
me da pena: debido al peso, camina con dificultad: se tambalea: tendrá
la edad de mi abuelita: a mi me gustaría que, en esa situación,
alguien la ayudara: se podría caer: ahora es mi turno: voy acercarme a
la vieja, decirle:
-Hola señora
¿Me deja ayudarla y cargar con sus bolsas? Se las llevo hasta su casa.
Total, me
sobra tiempo y seguro que la vieja no tendrá su casa demasiado lejos
si se atreve a salir del supermercado tan cargada; pero entonces me
doy cuenta que mis pensamientos están alojados en un mundo de ilusión
y fantasía: la buena acción que iba a tratar de hacer ha pasado a la
historia: ya no se puede realizar: si me acerco a la vieja, y me
ofrezco a ayudarle con las bolsas, va a pensar que la quiero robar,
violar y asfixiar con una almohada: lo veo por televisión casi todos
los días, en las noticias de los informativos.
·23.- Otro sábado con mi novia
Es sábado.
Mis abuelos han salido de cena y bingo. La casa está vacía. Casi. Mi
novia y yo estamos, desnudos, en la cama de mi dormitorio.
-Hagamos el
amor en el balcón.
-¡No!
–contesta mi novia.
-¿Por qué?
-¡Pues
porque nos pueden ver!
-¿Y qué más
da?
-¡Sig, por
favor! ¡Deja de decir estupideces!
-Hagámoslo
en el suelo.
-En el suelo
hay bacterias.
-Joder mi
amor. Pasemos de la cama: hagamos algo diferente ¿No tienes ninguna
fantasía?
-Yo no soy
una puta.
-Por favor.
Quiero hacerte gritar de placer.
-Ponte
encima de mí y ya está. Las otras posiciones me hacen daño.
-Bueno.
Saco mi
lengua. La paso por sus tetas. Las beso. Me encantan sus tetas. Bajo
hasta la barriga.
Me pega un
bofetón, fuerte: en la cara.
-¡Hey! ¿Qué
pasa?
-Es que me haces
cosquillas.
-Joder tía ¿Qué pasa?
¿Te va el sado-maso?
-Fue sin
querer.
-Ya. Como
siempre.
A mi novia,
la virgen María, cada vez que hago algo que no le gusta me pega un
bofetón. No suele importarme, pero cuando estamos en la cama sí que me
molesta, porque lo hace con rabia. Siento que busca hacerme daño. Y me
revienta.
-No me pone
nada que me pegues bofetones en la cara –digo.
-Perdón.
-Imagínate
que estás lamiendo tan tranquilamente un estómago y, de pronto,
recibes un bofetón en la cara.
-Perdona Sig.
Estoy de mal
humor. No por el bofetón: es por la vergüenza de ser tan torpe en la
cama. Siempre, en lugar de excitarla, le hago cosquillas.
Mi lengua y
mis besos continúan por su cuerpo. Llego hasta su chichi: eso se me da
bien: se le hace agua en segundos: gime: me encanta oírla gemir: me
hace sentir hombre: se detiene.
No, no se ha
corrido.
-Ahora Sig:
métemela.
Me pongo el
preservativo. Se la meto. Es una sensación maravillosa: estoy dentro
de ella: sus ojos se abren y me miran: parece un ángel: en ese
instante creo que vale la pena luchar por salvar nuestras diferencias,
que merece la pena seguir juntos.
-Oh, Sig...
¿Sí,
cielo?
-No puedo
más, córrete de una vez.
-Pero si no
llevo ni un segundo.
-Córrete de
una vez. Me duele horrores.
Fracaso.
Nunca consigo mantenerla cachonda. Busco el placer pero ¿Para qué? Me
siento sucio. Ella no está disfrutando: me estoy masturbando con las
paredes secas de su vagina. Que asco.
-No, no la
saques Sig, vamos. Córrete.
-Hago lo que
puedo.
-Joder.
Córrete ya.
Eyaculo: no
siento nada.
Menuda
mierda.
·24.-Para Dios
Mi nombre es Sig y me avergüenzo: no soy más que un grupo de mierda
que camina en círculos: la vida se acerca y me pregunta:
-¿Y tú qué tienes que enseñarme?
Nada.
Soy fiel a la rutina mundial: voy hacia donde mandan las flechas.
Me duele el alma. Ella desea salir de mí, vestirse con sombrero y
gabardina: hacer las cosas que yo no me atrevo: luchar por mis sueños.
Superación: ¿Para qué perder el tiempo? La vida es dura ¿Por qué?
¿Quién la hizo? ¿Dios?
DIOS
¿Quién eres? ¿Un sabio o un cínico? ¿Cómo sabes que tienes la razón?
¿Acaso porque tú la has inventado? Si Tú has creado las respuestas
correctas ¿Para qué preguntar?
Creo que estoy en el límite de la cordura: un paso más y me vuelvo
loco.
Qué alguien me ame, por favor:
QUE ALGUIEN
VENGA A MI VIDA Y ME SALVE.
·25.- Una chica me mira:¿Estará buscando una revista?
Coloco en los estantes las revistas de la semana: una chica me mira:
estará buscando una revista: estará pensando si preguntarme o no:
quiere la revista pero le dará asco acercarse a mí: mi panza es muy
desagradable: pensará que si me la roza me tiraré un pedo: quito la vista sobre ella: me concentro en las revistas.
-¿Sabe si ya ha llegado la biografía de Joaquin Sabina?
EXPLOSIÓN:
me sobresalto: la chica ha decidido hablarme: es guapa: rubia: al
nacer un planeta de arena explotó y salpicó pecas en su cara: tiene un
buen par de tetas: MIERDA, me ha visto mirar lo grande que tiene las
tetas: sus ojos son color verde, me observan: espera a que responda la
pregunta: tiene un mirar descarado que contrarresta su vestuario
elegante.
-Creo que todavía no -contesto-. Pero si sube a la segunda planta, a
la sección de librería, podrá asegurarse.
-Se lo quiero regalar a mi hermano. Es fan suyo.
-A mí también me gusta mucho Sabina. Algunos de sus versos son muy
ingeniosos.
Me sorprendo: no sé cómo me he atrevido a hacer ese comentario: no
viene a cuento: ella está hablando de comprar un regalo para su
hermano: yo soy un dependiente del gran centro comercial: jamás ha
preguntado mi opinión sobre Joaquín Sabina: mi cara se torna roja:
ella lo advierte, se sorprende:
-¿Pero todavía existen chicos que se sonrojan? –ríe.
·
No sé como sucede: comenzamos a hablar: yo nunca hablo con chicas:
huyo de ellas: me aterroriza el momento en que termino de contestar
las preguntas y me ven tal como soy: veintiocho años, sin estudios,
viviendo en casa de mis abuelos: ganando una miseria de dinero: gordo:
dopándome de sueños: deseo ser escritor: mamá quiero ser artista: soy
ridículo.
Pero ella es muy simpática, me hace reír, me siento cómodo a pesar de
las preguntas: parece que nos conocemos de hace toda la vida: estamos
conectados: ella lee mi mente con facilidad: cuando he terminado de
contestar no me siento avergonzado: nos reímos: nos reímos de todo:
incluso de mí, de mis complejos: esto, especialmente, me sienta
fenomenal: mi turno: comienzo a preguntar: se llama África: hace
cuatro días que dejó de vivir en Madrid: ha terminado su carrera de
ciencias de la información: se está quedando en casa de sus padres:
acaba de dejar a su novio: él le estaba volviendo loca:
-¿Y tú tienes novia?
-No.
Silencio.
-Me gustaría mucho leer la novela que escribiste.
-Si quieres la traigo al gran centro comercial y, cuando vengas
otro día, te la entrego.
-¿Y por qué no quedamos mañana para tomar un café y me la das?
–pregunta ella.
-¿Por la tarde?
-Desde que tengas un hueco.
-Bueno.
Mi jefe llega a la sección de prensa y revistas: trae sobres de
plástico: vendrá a hacer una retirada de dinero: le miro: me mira: sé
lo que está pensando: le parece imposible que una chica como esa este
manteniendo una conversación conmigo: miro burlón a mi jefe: es la
primera vez en mi vida que me atrevo: y me doy cuenta que mi jefe es
el vivo retrato del malvado de Tintín: Rastaopopulos:

se lo digo a África: nos reímos.
-Sig,
ven aquí –llama mi jefe, enfadado.
Me vuelvo a la chica.
-Es mi jefe. Tengo que ir cuando me llama: así no tiene problemas con
su autoestima. Si no fuera jefe y se viera en un espejo se suicidaría.
-Nos vemos mañana ¿Vale? Toma –me extiende con rapidez una tarjeta que
saca del bolso- este es mi número: llama o manda un mensaje para
concretar la cita.
-Gracias.
-¿Gracias? ¿Por qué?
Voy a donde está
mi jefe: contestar a esa pregunta hubiera sido demasiado
melodramático.
·
Estoy en la cafetería: espero a la chica: tengo mi novela bajo el
brazo: ella no ha llegado: me siento ridículo: otra vez mi novela: si
África la lee y dice que soy un genio, no la creeré: el maricón usó el
mismo truco para engatusarme: pero esta vez no me importaría tanto: me
encantaría que me engatusara: quizá no venga: soy un estúpido: tengo
novia y estoy esperando a otra chica para tomar un café: ¿Y si ahora
apareciera mi novia? No sabría que decirle.
Sin embargo, no me pude resistir acudir a la cita: los hombres no
tenemos suficiente sangre para que funcionen al mismo tiempo, el cerebro
y la polla.
·
África aparece. El camarero del café se queda pasmado: todos los
hombres del café también. Está guapísima ¿Por qué ha venido? ¿Qué
diablos ve en mí? ¿Querrá ser mi amiga? ¿Está Dios gastándome una
broma?
·
-Hola.
-Hola.
Recibo un beso suyo en la cara: siento el beso, me estremezco: pone mi
carne de gallina.
-¿Has traído tu novela?
-Sí.
Silencio.
-Tómala.
Se la doy: ella la agarra con las dos manos: parece que tiene miedo de
que se caiga al suelo: como si en lugar de papel, sus páginas fueran
de cristal.
-Me la voy a leer.
-No te la recomiendo. Te la traje para que no pensaras que había
mentido.
Silencio.
-¿Nos sentamos y tomamos el café? –pregunto.
Me ha temblado la voz al hablar: mi corazón es una de las torres del
World trade center, y sus habitantes saltan al vacío para no abrazarse
en el fuego de la pasión.
-Mis padres –contesta- se han ido a pasar la noche al campo ¿Quieres
que tomemos el café en mi casa?
Si en este momento, el diablo hubiera aparecido de la nada, en caballo
y, el caballo hubiera arrancado, de un mordisco, la cabeza de ella: mi
cara mostraría, exactamente, la misma expresión que ahora ella
observa muerta de risa.
-Me encantan las caras que pones –dice.
Nos vamos: dirección, su casa.
¿Querrá follarme?
ESO ES IMPOSIBLE.
.
Abre la puerta de su casa.
-No seas tonto,
pasa.
Lo hago.
Cierra la puerta.
Hablamos un poquito: no recuerdo de qué.
En silencio, rodea mi cintura con sus manos: acerca su cara a la mía:
me mira a los ojos, se queda quieta: como una niña indefensa.
Nuestras bocas rompen la barrera de la luz por unirse. Nos besamos,
con fuerza.
Le quito la camisa, el sujetador.
Sus tetas me miran: cada pezón es un ojo.
Son maravillosas.
Deja de besarme: sonríe pizpireta: se sabe bella: palpa mi polla:
sonríe: se me ha puesto grandísima: nuevo lapso de memoria: de pronto
estamos en su cama: no recuerdo como llegamos hasta allí: se quita la
falda: se baja las bragas, las tira a una esquina: trata de quitarme
la camisa: me niego: me da vergüenza que vea mi gorda panza: trata de
sacarme la polla: me niego: me levanto: me mira estupefacta: me voy:
ni le digo adiós: la dejo abierta de patas en su cama: cierro la
puerta de su casa: oigo que grita mi nombre: paso del ascensor: bajo
las escaleras, corriendo: no quiero volver a verla: soy un gordo:
eyaculo precozmente: no hubiera soportado la vergüenza: me niego a
volver a hablar con ella: jamás contesto a los mensajes que manda a
mi teléfono: ni siquiera en el que dice que ha leído mi novela y que
soy un genio.
26.-
Carta de mi padre
La madre de mi padre vive en otro país: me llama cada
domingo: empezó a hacerlo cuando yo tenía quince años: por mi podría
dejar de hacerlo: todo lo que tiene algo que ver con mi padre me causa
rechazo: mi padre pegaba a mi madre: nos abandonó cuando yo tenía
cuatro años: nunca más he vuelto a saber de él: hablo con ella por
pena: vive sola, su marido murió hace poco: está vieja: ella sólo
pretende que yo la quiera: como si eso fuera tan fácil: no encuentro
amor por ella en mi corazón: sólo lástima: no se puede querer a una
voz que oyes un ratito cada domingo.
-Quisiera pedirte un favor Sig –me dice.
-Claro abuela ¿Cual?
-Quisiera escribieras a tu padre
-¿A mi padre? ¿Para qué?
-¿No te gustaría saber de él?
-Me hubiera gustado saber de él cuando salía del
colegio y todos los niños, menos yo, tenían a alguien que les viniera
a buscar: ahora ya he crecido, no necesito nada de él: ni siquiera que
me salude.
-Te entiendo hijo, pero quisiera me hicieras ese favor:
me ha dejado de escribir: no contesta a mis cartas: puede que esté
molesto conmigo porque en mi última carta le pedí que me dejara ir a
vivir con él: me encuentro muy sola: y estoy muy vieja: él es mi único
hijo: pero también un pensamiento me atormenta: temo que quizá haya
muerto: por favor: escríbele: sé que si recibe una carta tuya, te
contestará.
-Está bien abuela, lo haré por ti: dame la dirección.
-Pero por favor, no le digas que yo te he dicho que le
escribas.
-De acuerdo abuela.
Me da la dirección: mi padre vive en Chile.
.
Comienzo a escribir la carta: no sé qué escribirle:
dejo que el bolígrafo se deslice sobre el papel: que escriba lo que
quiera: estimado padre, muchas veces en mi vida he deseado conocerle,
saber de usted: me gustaría saber de quien se enamoró mi madre: usted
sabe que ella murió: no quiero que piense que le escribo por interés:
estoy bien económicamente: no necesito nada material: yo no le guardo
rencor por nada: es normal: mi corazón nunca le ha conocido lo
suficiente para poder sentir algo por usted: sin embargo tengo mucha
curiosidad por su vida: he oído cosas tremendas sobre usted: que si se
ha dedicado al contrabando: que si no puede regresar a este país
porque la policía le busca: que si unos ecologistas le trataron de
atropellar por cazar lobos marinos…
Sigo escribiendo: a menudo tacho frases que escribo
porque me parecen demasiado frías: las caliento buscando otras
palabras: no he de olvidar el verdadero objetivo de la carta: que me
conteste para que mi abuela sepa si vive: durante unos minutos sopeso
mis sentimientos: ¿Me afectaría saber que está muerto? Freud escribió
que el momento en que un padre muere es el momento más traumático en
la vida de su hijo: incluso más que si se muere su madre: este no es
mi caso: si mi padre está muerto me importará una mierda.
Mando la carta: quince días después recibo la
contestación.
Querido hijo: Ha sido una gran
emoción recibir una carta tuya. Por tu forma de escribir veo que tus
abuelos han hecho un gran trabajo con tu educación. Me alegra mucho
saber que te encuentras bien económicamente. Muchas veces me he
arrepentido de lo que hice, incluso me he imaginado ante ti,
explicándote mis actos, más ahora que soy bastante mayor. Siempre he
esperando a que las cosas me vayan un poco mejor económicamente para
presentarme ante ti y tu hermana, por eso si me mandas un poco de
dinero podríamos dar un salto definitivo en nuestro reencuentro. Hay
un negocio que nos podría reportar un gran beneficio a corto plazo…
Dejo de leer: mi padre, tras veinticinco años sin saber
absolutamente nada de él, me pide dinero: definitivamente Dios me hizo
un favor apartándolo de mi vida: sin duda la persona que enamoró a mi
madre ha muerto: no puede ser él: yo no tengo padre: mi padre murió
cuando pegó a mi madre y se marchó de casa.
-Abuela –le digo por teléfono- Tu hijo está vivo.
-¿Qué te ha dicho en la carta? ¿Os vais a reencontrar?
-Abuela, estoy seguro que mi madre, desde la tumba,
hará más bien en mi vida que él si estuviera a mi lado cada día.

·27.-¿Por qué todos los jefes son gordos?
Hoy mi jefe me ha sonreído.
·28.-
Veintiocho podridos años caminando por la playa
Hoy
he decidido que voy a dejar de escribir.
¿Para
qué escribir si ella no va a volver? ¿Para qué escribir si no soy más
que un escritor mediocre?
Al
regresar de Holanda me di cuenta que, por mucho que luche, hay cosas
en la vida que jamás conseguiré.
Ella
no me escribe. Seguro que ni piensa que continúo esperando una carta
suya. Ni siquiera pensará en mí cuando, por ejemplo, vea en una
película a alguien llorar por amor.
Me la
imagino tocando el bajo en algún club (porque ella tocaba en un grupo
de música), tocando esa música sin melodía y llena de gritos de la que
yo me reía. Ahora me arrepiento: actuaba como un estúpido: me creía
listo.
Y no
soy más que un gilipollas.
La
imagino después de una actuación: se tomará un par de copas, se fumara
unos cigarrillos con alguien, se acostará con él si le apetece.
Vuelvo a estar en mi ciudad, en mi país: sin siquiera una carta suya y
joder, hasta intentamos tener un hijo: me corrí dentro de ella miles
de veces, y cuando lo hacía se la metía todo lo posible, hasta el
fondo: para que mis espermatozoides tuvieran que correr lo menos
posible.
No se
quedó preñada. O por lo menos nunca me lo ha dicho.
Nunca
me escribe.
Nunca: que palabra más cruel.
Ayer
sentí que comenzaba a olvidarla: vi una foto suya, de las que le saqué
desnuda,

y
pensé: pues tampoco es tan guapa.
Gilipollas.
Si
estuviera comenzando a olvidarme de ella, no estaría en estos momentos
desvelado, escribiendo este texto a las cuatro y media de la mañana, a
falta de tres horas para ir a trabajar.
Han
pasado más de dos años, sigo sufriendo con su recuerdo. Han pasado más
de dos años, continúo mirando el buzón con esperanza, esperando una
carta suya.
Nunca
me ha escrito, ni una. Y tampoco las editoriales a las que he mandado
mis escritos.
Supongo que estoy negado para eso de las cartas.
Si me
hubieran publicado la novela y tenido éxito hubiera tomado un avión a
Holanda: hubiera sido agradable alquilar una bicicleta, pedalear hasta
su calle, tocar en su puerta: joder, como en las películas.
Lo
más seguro es que me la hubiera encontrado con otro: y ni con ganas de
volver conmigo: entonces me hubiera sentido fatal: y nunca le contaría
esto a nadie: jamás lo escribiría en ningún diario. Hasta de viejo
callaría.
Creo
que he tomado la decisión correcta: dejar de escribir: cuando me
entren las ganas iré a recorrerme la playa de punta a punta hasta que
desaparezcan.
No
sé, a lo mejor soy marica, bueno bisexual.
Supongo que si no fuera por eso de dar por culo, besar en la boca y
chupar pezones y pollas, lo sería.
Los
maricas suelen ser muy amables, te escuchan, no sé si porque te
quieren follar, como yo hago con las chicas.
Dejar
de escribir: dejar de atormentarme con mis sueños imposibles: pensar
únicamente cosas tipo: ¿Me lavo la cabeza ahora o después? ¿Cuánto
dinero tengo en el banco?
Ser
normal: ver la tele.
Existo: no tengo otro remedio, pero para lo que es la vida hubiera
preferido no haber nacido: paso de suicidarme: voy a dejar que la
rutina me mate: así sufriré mucho más.
Una
vez escribí un cuento bonito.
Una
vez me dieron un premio.
Una
vez amé.
A lo
mejor las cosas sólo ocurren una vez en la vida.
O por
lo menos, a mí.
Dentro de unos segundos sabré cual es la palabra con la que concluiré
mi carrera de escritor: la última palabra que escribiré en mi vida.
Será un alivio.
A
partir de hoy sólo escribiré cuando sea necesario: mi nombre y
dirección.
Dirección, que palabra más mediocre.
SEIS MESES MÁS TARDE
·29.-Seis
meses más tarde
Hace
seis meses que no escribo. No obstante, algunas veces, mi mente se
revela: me sorprendo imaginando una historia que escribir: entonces,
me muerdo la lengua, clavo mis dedos en el estómago hasta sentir
dolor. He de conseguir vencer a la fantasía: que salga de mí para
siempre: he de ganar la guerra: matar mis sueños: ser una persona que
camina con los pies en la tierra. Reconduzco mis pensamientos hasta la
realidad: el trabajo: en los últimos seis meses no he hecho más que
trabajar, ir al cine con mi novia y cascármela antes de acostarme a
dormir.
Y
llorar.No
recuerdo cuando fue la última vez que reí. Cada día, cuando cruzo la
carretera, me doy cuenta que me daría igual que me atropellaran. Si
muriera, nadie lloraría por mí más de dos minutos seguidos: estoy
seguro.
·30.-Sirvo
para algo
Mi
jefe aparece en la sección de prensa y revistas.
-¿No
está aquí el director?
-Hola
jefe. Por aquí no ha pasado.
-Ah,
por ahí viene... y vaya, le acompaña el gerente.
El
jefe me mira enfadado. Pienso para mis adentros:¿Qué diablos habré
hecho?
-¿Es
usted Sigmundo Fernández, el encargado de prensa y revistas? –me
pregunta el director.
-Sí
–contesto asustado.
-Queremos felicitarle: ha hecho usted lo que nuestros asesores de
economía afirmaron que era imposible: ha conseguido que esta sección
produzca beneficios.
-¿En
serio? –mi corazón se llena de orgullo- Buf, la verdad es que he hecho
un montón de cosas nuevas –digo-. Pero no sabía que estaban
funcionando.
-¿Tu
jefe no te anunció que las ventas se habían disparado?
-Pues
no.
-Es
que no quería que bajase el freno –se apresura en explicar mi jefe.
-Sigmundo, has subido las ventas hasta quintuplicarlas –revela el
gerente- Tienes que saber que estás haciendo muy bien tu trabajo y que
mientras la sección de prensa y revistas continué en esta línea a tu
sueldo se le sumará un extra.
-Oh,
muchas gracias: son ustedes muy amables.
Esta
noticia, junto al ahogado rechinar de los dientes de mi jefe permite que, por
primera vez desde hace mucho tiempo, logre respirar sin sentirme una
mierda: sirvo para algo:
SIRVO PARA
VENDER PRENSA Y REVISTAS
·31.-La
última vez que lo vi
Cambio de turno: tenemos dos horas para almorzar y descansar. Los que
vivimos lejos del gran centro comercial hemos de esperar el autobús:
eso hace que, desde que lleguemos a casa, tengamos que comer a toda
prisa para volver a esperar otro autobús que nos traiga de vuelta al
trabajo, puntuales.
Los empleados que tienen coches salen por la puerta de personal con
paso rápido y mirada esquiva: huyen de los compañeros que no tienen
coches: temen que alguno que viva más o menos cerca, pida que les
lleve: entonces tendrían que inventarse una disculpa para no decir la
verdad:
-No me da la gana, llevarte a ti supone que yo pierda diez minutos de
mi tiempo, y realmente prefiero emplear ese tiempo leyendo el diario
después de comer o viendo los dibujos de la tele. Además, ¿Por qué
diablos te iba a ayudar? ¿Qué gano yo con eso?
En la parada del autobús hay un compañero de artística con el rostro
abatido. Es extraño, normalmente es una persona de temperamento
alegre. Me acerco hasta él: me cae bien desde que un día me contó que,
en su tiempo libre, se dedica a componer un guión de cine.
-¿Qué te pasa?
-Ah, hola Sig.
-¿Estás bien?
-Fatal. He metido la pata hasta el fondo. Soy un gilipollas.
-¿Qué ha ocurrido?
-Joder, soy un puto gilipollas.
-Si te sirve de consuelo yo también soy un gilipollas. Aunque quizá,
los que lo reconocemos, lo somos un poquito menos. O un poquito más,
por reconocerlo: realmente no sé: mira, mejor olvídate de todo lo que
te acabo de decir.
El compañero de artística sonríe: hasta que comienza a hablar y su
rostro vuelve a nublarse:
-Hoy he follado. Aquí, en el gran centro comercial.
-¿Follado? –me río- A ti no te van a echar, a ti te van a hacer un
monumento como héroe inmortal.
-No –me mira profundamente- Verás, joder, me van a despedir.
-¿Te han visto?
-No exactamente: tuvimos mucho cuidado, ocurrió de pronto, no lo
pudimos evitar. Fue por la mañana, antes de que abriera el centro,
sabes que siempre llego temprano.
-Sí. Eres un trabajador ejemplar –le avivo.
-Antes de ponerme a trabajar siempre voy abajo, a la sala de descanso,
a tomarme un café. Entonces vi al reponedor.
-¿El reponedor de las máquinas de alimentos?
-Sí, el morenito de pelo larguito y ojos misteriosos, el que una vez
te dije que me parecía tan guapo.
-Lo recuerdo: estábamos tomando café y me dijiste, mientras le
devorabas con la mirada, que te lo follarías sin quitarle los
pantalones.
-Sí, ese. Él estaba cargando las máquinas: le sonreí ¿Cómo no
hacerlo?, pero está vez él me devolvió la mirada... y la sonrisa, me
quedé pasmado: no podía creérmelo... se me acercó, o quizá fui yo, no
sé, creo que fui yo: con la excusa de que si me daba cambio, me dijo
que sí, le di un billete, al entregarme las monedas me rozó la
mano...me miró: entonces supe que él también era gay...no pude más,
nos besamos, queríamos seguir, era alucinante: estábamos súper
conectados... y era temprano, muy temprano, alguna vez tenía que
recibir una verdadera recompensa por venir a trabajar pronto, fuimos
hasta el vestuario: no había nadie, nos encerramos en el baño: fue
maravilloso...
-Entonces nadie te vio.
-Sí, al salir, no sé cuanto tiempo estuvimos ahí dentro, salió él y
después yo, un compañero del centro nos vio, vi sus ojos juzgándome:
me miró con asco, yo no hice nada malo: sólo he follado con un chico
que me gusta muchísimo, no sé que piensan, todos saben que soy
maricón, se me nota y no hago nada por ocultarlo: hasta sé que os hace
gracia mi forma de hablar. Pero una cosa es ser maricón, que ya es más
o menos algo que la sociedad acepta y otra cosa es que mantengamos
relaciones sexuales: eso lo siguen viendo como algo sucio y malévolo:
sé que no es serio hacer el amor en el lugar de trabajo, pero estoy
seguro que si en lugar de haberme follado a ese chico me hubiera
follado a la rubia de la sección de zapatería que os trae locos a
todos, ese compañero no me hubiera mirado así, ni yo temido que me
echaran del centro porque ahora yo sería el rey de las fiesta, un
héroe, como tú dijiste.
-¿Y estás seguro que él se lo va a decir a alguien?
-Me juego el cuello que ya se lo dijo a nuestro jefe. Cuando lo vi, a
media mañana no me habló pero su mirada sí, dijo estás despedido, no
te queremos aquí vicioso, cada día me saluda estrechándome la mano
nada más verme, pero hoy no, pensaría que le pegaría algo, pensaría
que tengo el sida o que esa mano se la metí por el culo al reponedor.
-Si nadie te vio follar, si sólo te vieron salir del cuarto, lo podrás
negar.
-¿Tú crees? Eres un iluso. Soy homosexual, pero no puedo hacer el
amor. Si ese chico hubiera sido la rubita de zapatería, no habría
problema. Me taparían, sería cosas de hombres. Yo, para ellos, soy un
chiste. Y ahora, además, un guarro.
-No hombre no, ya verás que no pasa nada.
-Ahí viene mi autobús Sig.
-Pues bueno, hasta luego: y anímate: ya verás que no es nada.
-Ojala.
Se sube al autobús, se sienta al lado de la ventanilla.
Creo que es la última vez que veo su cara: sin duda, le despedirán.
·32.-El secreto de la felicidad
Ahora mismo me acabo de acordar
cuando fue la última vez reí: hace siete meses:
En la
sección de prensa y revistas tengo un expositor que he rellenado con
una selección de títulos de venta segura: ¿Quién ha robado mi
queso?, las aventuras de Harry Potter, El Código da
Vinci y la novedad que más publiciten por la televisión. Mientras
los ordeno el hombre de seguridad (que se pasa ocho horas frente mi
sección, de pie, quitando las alarmas de seguridad que los vendedores
olvidamos de quitar en las compras de los clientes) me observa: no sé
porqué:
-¿Cómo estás?
-Bien
–contesta.
El
hombre de seguridad tendrá treinta y siete años: es muy alto: pálido:
una vez le riñeron por ir despeinado y, desde entonces, lleva el
cabello engominado y aplastado hacia atrás.
-¿Te
gusta leer? -pregunto
-Mucho. Me he leído toda la colección de comics de Mortadelo y Filemón:
cada uno, dos o tres veces.
Y me
mira orgulloso, buscando que mi cara refleje admiración.
Sí.
Esa fue la última vez que me reí con ganas (escondido en el baño de
personal).
Sin
embargo, luego, en el transcurso de la tarde, estuve estudiando su
rostro cuando no me veía: él, a menudo, concentraba su vista en alguna
baldosa u objeto del gran centro comercial y mantenía allí, durante
largo tiempo, la mente en blanco hasta que se recobraba, quizá al
presentir que me encontraba observándole: entonces me sonreía: parecía
feliz: muy feliz.
Quizá
el secreto de la felicidad radica en no pensar: en ser simple como un
ladrillo: en no comerse el coco: en no leer más que comics de
Mortadelo y Filemón.
·33.-Aguarrás
No
consigo que mis zapatos queden perfectamente limpios: le he preguntado
a un compañero de zapatería: me ha dicho que pruebe con aguarrás. No
sé si me lo ha dicho en serio o en broma: así que, como no sabía que
cara poner, me he ido de su departamento cuando él estaba de espaldas.
·34.-Mi jefe
A
primera hora de la mañana mi jefe ha llamado:
-Sig,
a partir de ahora, cuando te pregunten di que la sección de prensa y
revistas la llevamos yo y tú juntos ¿Entendido?
-Sí
jefe.
-Haz
lo que te digo y no tendrás problemas a la hora de renovar tu
contrato.
-Muchas gracias jefe –agradezco tratando que mi tono de voz no resulte
demasiado irónico.
El
jefe cuelga.
Cabrón.
·35.-Henry Miller que estás en lo cielos
Suena
el timbre de mi casa: abro la puerta: el corazón sube hasta mi
garganta: frente a mí se encuentra mi escritor favorito: Henry Miller:
-Hola
Sig –saluda- ¿Qué diablos pasa?
-¡Henry Miller, mi ídolo! ¡Esto tiene que ser un sueño! ¡Moriste en
1980!
-¿Ídolo Sig? Me ofendes: yo no puedo ser el ídolo de una persona como
tú ¿Y qué estoy muerto? Mira tu vida: tú si que estás muerto.
-Henry: sé a qué te estás refiriendo: pero perdóname: yo no tengo tu
talento: lo deje todo por escribir una novela y resultó ser una
mierda: todas las editoriales del mundo la han rechazado.
-Sí,
sin duda es una mierda. Sin embargo es tu primera novela ¿Leíste mis
dos primeras novelas? También eran una mierda: nunca me las publicaron
¿Sabes que me recomendaron las editoriales y la familia entonces? Que
renunciara a la idea de escribir: pero no lo hice. Tuve que aprender,
como Balzac, que debía de escribir volúmenes y volúmenes antes de
firmar nada con mi nombre. Tuve que aprender que debía de abandonar
todo y no hacer otra cosa que escribir: que debía de escribir, escribir
y escribir, aun cuando todo el mundo me aconsejara lo contrario: aun
cuando nadie creyera en mi: no me publicaron la primera novela hasta
que cumplí los cuarenta y dos años. Y con esa sola hubiera conseguido
la inmortalidad que ahora mismo tú puedes comprobar ¿O acaso no me ves
aquí? Escribe Sig, escribe, porque nunca nadie ha creído en ti: ya ni
siquiera tú mismo: quizá el autentico secreto radica en hacer creer a la
gente: en realizar milagros frente a sus ojos.
-Pero
tengo que trabajar, no tengo tiempo para dedicarme a escribir.
Necesito dinero en mi bolsillo.
-Deja
ese trabajo de cementerio en el estás ¿Acaso crees que allí escribirás
algo que valga la pena? Deja tu aburrido trabajo: el trabajo no es, en
el fondo, sino la doctrina de la inercia. Yo, aunque viví en medio de
la mayor orgía de riqueza y felicidad nunca conocí a un hombre que
fuese rico y feliz de verdad ¿Qué te quedas sin dinero? ¡Y qué! ¿Por
qué cojones te ha de importar lo que cuesta una cosa? Estás aquí para
vivir, no para calcular. Y eso es precisamente lo que los cabrones no
quieren que hagas: ¡Vivir! Quieren que te pases la vida sumando
cifras: eso tiene sentido para ellos. Camina por la calle y mira: lo
único que verás es gente que se parte los cojones trabajando porque no
sabe hacer nada mejor en la vida: ¡Nietzsche!: el hombre moderno
suspira y dice: ”No sé que hacer, soy la esencia del no saber qué
hacer” Dice Migae que todos los soñadores tenemos una estrella en la
frente. Y tú, sin duda, también la tienes: ¡Cojones! ¡No dejes que su
luz se extinga! ¡Grita libertad, Sig!
-No
me atrevo a dar el primer paso. Soy un cobarde.
-¡Sé
un hombre Sig!¡Lucha por tu felicidad! Y cuando no sepas qué hacer
recurre a la literatura de los autores con una estrella en la frente:
¿Recuerdas lo que escribió Ray
Bradbury? Sólo hay un paso entre no ir a trabajar
hoy, no ir a trabajar mañana y no volver a ir trabajar nunca más: así
de simple. No esperes a ser salvado por alguna cosa, persona, máquina
o biblioteca. Realiza tu propia labor salvadora, y si te ahogas,
muere, que por lo menos sabrás que te dirigías a la playa.
-¿Por
qué? ¿Por qué te has aparecido a mí esta noche?
-Dios
me ha pedido que viniera. Está hasta los huevos de escuchar tus
lamentos: quiere que espabiles. Y yo. Joder, hay poca gente en la
Tierra que me tenga en el salva pantallas de su ordenador. Y ahora
discúlpame, me tengo que ir: he quedado para hacer una carrera de
bicicletas con Rimbaud y Fedor. Adeu.
.
Me
despierto: son las tres y media de la madrugada: qué sueño más raro:¿Escapar?
¿Libertad? ¿Escribir? ¿Soñar? ¿Ser yo mismo? ¿Ser feliz sin que nadie
me ayude? ¿Valor? ¿Tirar por fin la corbata a la basura?
No consigo volver a dormir: algo comienza a cocerse en mi mente...
·36.-El empujón de Ignatius
Relly
El almacén de prensa está lleno de revistas que han
pasado de fecha y que hay que devolver: si no realizo la devolución, el
gran centro comercial tendrá que abonarlas al distribuidor: y eso da pérdidas en el balance de mi
sección. Son siete columnas de devoluciones, siete paredes de
revistas: doscientos títulos: unas tres mil quinientas revistas que
clasificar: he de agruparlas por títulos, contar las que no se
vendieron, apuntar el número que devuelvo en el albarán, hacer dos
copias: uno para la distribuidora y otra para mi: el albarán original
dejarlo en un sobre en administración, hacer cajas para meter las
devoluciones, empaquetarlas, embalarlas, cargarlas en el carro -tendré
que hacer unos veinte viajes para llevarlas todas- descargarlas y
colocarlas, todas juntas, sobre un pale que se llevará el camión del
distribuidor mañana por la mañana.
No
puedo irme sin hacer las devoluciones: si el distribuidor no las
encuentra mañana, debidamente preparadas, no las aceptará, alegando
que se devuelven fuera de plazo: si yo no hago la devolución no la
hará nadie y tendré que cargar con la culpa: en las demás secciones de
prensa y revistas
del gran centro comercial esto no es así: la devolución la realizan entre todos los
empleados de la librería: no tardan más de media hora: pero mi jefe me
niega la ayuda: lo hace porque sabe que soy demasiado débil para
protestar, lo hace porque sabe que soy demasiado responsable para
esquivar las tareas que me añade. Pero sobre todo lo hace porque le encanta darme por
el culo.
Es el sexto mes que me enfrento a tamaño trabajo. No lo
puedo adelantar: he de esperar al cierre del gran centro comercial: he
de esperar
que se venda hasta la última revista: que estos cochinos ganen hasta
el último céntimo. Mi jefe y mis compañeros de librería se irán a casa
y yo me quedaré dos horas más: realizando las devoluciones en este
minúsculo almacén de prensa. Y cuando termine con el trabajo, el
servicio de autobuses habrá terminado: y a no ser que encuentre un taxi
(probabilidad remota ya que este gran centro comercial se encuentra en la periferia de la ciudad)
tendré que ir hasta mi casa caminando: dos horas y
media.
Me siento sobre una de las cajas.
-Que perra es la vida –afirmo.
¿Por qué tendré que soñar con ser escritor? ¿Por qué escribo tan
mal? Jamás tendré éxito. Sólo lograré la felicidad cuando sueñe -despierto- que soy escritor. Sólo seré
feliz en fantasías. Y eyaculando ¿Cómo puedo mejorar mi escritura? No hay
píldora para eso. Sirves o no sirves. Yo no sirvo. Escribí mi novela,
la mandé a mil editoriales: ninguna se molestó ni en contestarme.
Recuerdo el sueño de anoche, con Henry Miller: sus
palabras martillean en mi cabeza: no deja que me auto compadezca: echa por tierra todos mis
argumentos.
Abro otros libros: no hay tanta diferencia, creo, mi
novela no es tan mala. Pero yo no soy nadie: un simple empleado de un
gran centro comercial: ¿Quién va a querer leer las fantasías de un
perdedor? No, estoy tratando de engañarme nuevamente: ¿Acaso Henry
Miller tenía una gran carrera universitaria cuando le publicaron
Trópico de cáncer, una obra maestra? Él no era más que un
vagabundo ¿Y acaso a la autora de Harry Potter no le rechazaron el
primer libro de la serie más comercial de todos los tiempos? Sí. Sin
duda, ellos también se equivocan a la hora de saber qué es literatura,
incluso a la hora de saber qué les hará millonarios.
Quizá si tuviera tiempo, más tiempo, podría volver a
escribir. Pero para eso tengo que huir del gran centro comercial. Y
volver a sentirme un hombre: en el gran centro comercial me siento
castrado: no tengo polla: Ni siquiera, cuando camino por la calle tengo valor para mirar a la
gente a la cara. No puedo enfrentarme a una hoja en blanco en mi
estado. Tengo que huir: no: huir es de cobardes: tengo que escapar: y
vengarme de ellos: que paguen por lo que han hecho conmigo.
¿Pero cómo? Tengo un contrato firmado con el gran
centro comercial. Podría romperlo, pero entonces no tendré el dinero
suficiente para pagar las facturas de todo lo que he comprado por
estúpido, y tampoco tendría derecho a la ayuda económica que da el estado a los desempleados: es difícil
encontrar trabajo en la ciudad: más si no tienes estudios
universitarios: me empapelarán con las facturas.
Una solución sería conseguir una baja médica (me
permitiría quedarme en casa escribiendo y encima no perder mi sueldo a
final de cada mes) no obstante, estoy totalmente sano: el único
problema que he tenido de salud en mi vida, ha sido en mi oído
interno: nací sin tímpano: hasta los
siete años sufrí una supuración crónica: pero ya han pasado veintiún
años: mi oído, desde entonces, funciona
estupendamente.
No tengo remedio: estoy atrapado: he de cumplir mi
contrato.
-Ayuda Dios.
Dios me ayudó ayer: me envió al mismísimo Henry Miller
a mi casa.
¿Qué me dijo?
“Realiza tu propia labor salvadora, y si te ahogas,
muere, que por lo menos sabrás que te dirigías a la playa”
Veo un cable en el suelo. Es uno de los cables con los
que se atan los fajos de revistas. Está muy sucio, sin duda ha sido
pisado por mucha gente: incluido por mí: innumerables veces: está
infectado: era azul y ahora es de color marrón con pizquitas negras.
Lo introduzco en mi conducto auditivo: me rasco con él:
me froto las paredes internas: ¡Inféctate!
Espero un milagro: que mi oído explote: que mi oído
suelte los fuegos artificiales de pus de la libertad.
-La vida no es perra –me corrijo- nosotros nos
empeñamos en hacerla perra.
Y ahora quiero salir de aquí: no hacer esta tediosa
devolución: irme a mi casa, a leer: a escribir: yo amo la literatura: yo soy un
libro: quizá no sea un buen escritor pero sin duda ya soy escritor:
escritor no es a quien le publican libros: escritor es quien escribe
por necesidad vital.
YO SOY
ESCRITOR
¿Cómo salir de aquí? ¿Qué me aconsejó Henry Miller?
“Cuando tengas dudas recurre a la literatura de los
autores que poseen una estrella en la frente”
Uno de esos autores es, sin duda, Kennedy Toole.
Escribió una obra magnífica: La conjura de los necios, la llevó
a miles de editoriales: todas denegaron su publicación: afirmaban que
no contenía la calidad suficiente. Kennedy Toole se encerró en su coche,
llenó su interior de gas y se suicidó. Once años más tarde, un editor
decidió publicar su obra: La conjura de los necios recibió el
premio Pulitzer y, lo que es más considerable, pasó a la historia como
una de las novelas más importantes de la literatura contemporánea.
Kennedy Toole se hizo inmortal.
El protagonista de La conjura de los necios se
llama Ignatius Relly. Y en su novela se enfrenta a una situación
similar a la que me enfrento yo hoy: le contratan para que ordene
los archivos de una compañía: cuando el jefe no está, Ignatius Relly
agarra pilas de documentos enteros y los tira a la basura sin mirar
que contienen: así parece que ha hecho una selección de documentos: todo
está más ordenado: hay más espacio.
Pienso: no tengo que quedarme dos horas si no quiero:
es injusto: soy libre. Soy libre, maldita sea, me he olvidado de lo
que significa esas palabras. Soy liBre. Soy liBRe. Soy liBRE.
LIBRE.
LIBRE
No puedo seguir tragándome todo lo que ellos desean que
me trague. SOY LIBRE. Ya les he dado dos años y seis meses de mi vida:
dos años y seis meses sin bañarme feliz con las olas de la playa: sin hacer el amor
como un hombre: sin pasarme tardes y noches escribiendo: sin
emocionarme por un momento verdadero. He de escapar de este traje, de
esta corbata, de esta vida sin sentido.
Busco los carritos que usan los clientes para hacer las
compras en el hipermercado: traigo uno al almacén de la sección de
prensa y revistas: lo lleno de los títulos a devolver: lo conduzco hasta el cuarto de
trituración de basura: tiro todas las revistas en su interior: hago varios
viajes. Soy Ignatius Relly. Soy Kennedy Toole. Henry Miller sonríe
desde el cielo.
-¡Ese es mi niño! –grita.
Noto que mi estrella comienza a resplandecer en mi
frente. Ya no existe devolución que hacer: que se rasque el bolsillo el gran centro
comercial: que paguen a los que les he dado dos años y seis meses de
mi vida: que se la cargue mi jefe: puedo irme a casa: o a donde
quiera: soy libre.
¿En autobús? Mil diablos, no.
Abro la caja registradora de prensa y revistas: está
llena de dinero: hoy he hecho una buena cantidad: tomo el dinero suficiente
para estar tomando taxis durante toda una semana: la planta donde se
encuentra la sección de prensa y revistas está llena de empleados y de
jefes de departamento: sin embargo nadie me pregunta qué hago tomando
dinero de la caja: nadie piensa que este robando: todos consideran a Sig demasiado tonto y
responsable para hacer eso: al final de la noche se darán cuenta que
falta dinero: pensarán que es un error, que he ticado algún precio mal
o que he dado devueltas de más: nadie desconfiará de mí.
Me voy a casa: algo ha estallado en ni interior: me siento más
digno: no escondo mi cara al andar: mi alma comienza a limpiarse: me
siento rejuvenecer: de pronto, la noche es más clara.
Deseo gritarle al mundo que sé que no soy un genio pero
que por lo menos yo no pienso seguir haciendo el gilipollas trabajando
en una oficina sólo porque todo el mundo lo hace, que la sociedad en
la que vivo es una completa mierda y que para mí los que ven la televisión
a diario son unos gilipollas.
ME LLAMO SIG Y SOY UNA PERSONA LIBRE
·37.-Mil vidas desperdiciadas
Paso cinco horas de las
tardes del fin de semana con mi novia: cine comercial, comida basura y
un paseo por las tiendas de moda, el sábado, y por sus escaparates el
domingo.
Nos sentamos en el
McDonnalds: comemos hamburguesas.
Ella me mira:
-¿Qué te pasa Sig? Estás
raro.
No le digo nada. No le
digo la verdad: que creo que estamos desperdiciando la vida por estar
juntos: que los orgasmos son seres mitológicos de los que hemos oído
hablar pero que nunca hemos visto: que seguimos juntos sin amor: que
hemos dado la espalda a las mil aventuras que nos hubiera brindado la
vida: que nunca hemos montado a caballo por las dunas del desierto:
que nunca nos ha picado un escorpión que nos mostrase la belleza de la
muerte: que jamás hemos sido invitados a beber en la copa de un
sultán: que ella nunca ha caminado por los acantilados de los dragones
y que yo no sé qué es sentir permanentemente una estrella en la
frente: que pronto, no nos avisarán y seremos viejos desgraciados: con
dolores por una vida sin vida: seremos cuerpos sin formas que crían
niños: construiremos un castillo que en realidad será una cárcel: y,
metidos en esa cárcel, veremos crecer a nuestros hijos: y ellos
también construirán cárceles, pues nosotros les hemos enseñado y
educado para eso: y ella
morirá: y yo también: y nada: no habremos servido para nada.
-¿Quieres otra
hamburguesa? –me pregunta.
-No, gracias.
-A ti, te pasa algo.
Por un momento pienso contarle lo
que hice el viernes, pero desecho tal pensamiento: si ella lo supiera
se enfadaría muchísimo y me obligaría a ir ahora mismo al gran centro
comercial a sacar las revistas del triturador de basura y a devolver
el dinero.
·38.-Oro puro
Lunes: gran
centro comercial: sección de prensa y revistas: mi jefe frente a
mí:
-Sig –me
dice- el distribuidor de sgel dice que, esta mañana, las devoluciones
no estaban en el almacén.
-¿No?
–pregunto haciéndome el sorprendido.
-Eso dice él.
-Qué extraño.
-Tú las
dejaste allí ¿No?
-Claro.
-Quizá algún
otro distribuidor se llevó ese pale de mercancía por error –reflexiona mientras se
rasca la cabeza.
-Seguro que
fue eso.
-Tienes el
oído manchado de algo. Parecen babas.
Me toco la
oreja: un líquido pegajoso la cubre.
-No me seas
guarrito Sig.
-Perdone
señor, voy un momento al baño.
-No tardes.
Te quiero en tu puesto en cinco minutos.
Corro al
baño. Me miro en el espejo. Algo sale de mi conducto auditivo: el oído,
levemente,
me supura.
-¡Es oro!
–grito de alegría- ¡Oro!
Decido no ir
al médico: mi oído debe empeorar aun más para que mi plan pueda alcanzar
el éxito: tengo que volver al cuarto de prensa y revistas cuanto
antes: buscar ese trocito de cable: llevármelo a casa: restregármelo
por el oído durante un rato, cada noche, antes de dormir: es mi
obligación.
·39.-Los consejos de los
amargados
Quizá no pueda ser feliz
toda la vida, pero quizá lo consiga por unos meses.
Y cuando eres feliz no
importa que venga la gente y te diga que porqué diablos no terminas
la carrera universitaria o haces algo que valga la pena de cara al futuro. Sobre
todo no importa si quien te lo dice ha hecho eso y resulta que es un
amargado.
·40.-La chica del dvd
Máquina de
alquilar dvds. Tengo un dvd que devolver. La máquina está ocupada.:
una joven está eligiendo
película: tendrá veinticuatro o veinticinco años: me
coloco detrás de ella, en fila: la joven se gira para ver quien aguarda
detrás: nos miramos a los ojos, nos sonreímos:
-Hola –le digo.
-Hola
–contesta.
Ella es guapa:
se vuelve hacia la máquina. No. Decide volver a girar hacia mí: hoy
debe de ser mi día de suerte.
-¿Qué película
tienes ahí? –me pregunta con una nueva sonrisa.
-“Infiltrada”, creo que se llama.
-¿Está bien?
-Normal y
corriente: últimamente, todas las películas americanas parecen estar
dirigidas por el mismo director.
La chica me
mira: yo, por vergüenza, esquivo su mirar: un segundo, dos segundos, tres segundos
(por favor que no regrese su atención a la máquina de dvds, que me haga otra pregunta:
quiero seguir hablando con ella: no obstante, mi timidez impide que le
haga cualquier
comentario: incluso mirarle a los ojos)
Mi suerte se
agota:
la chica se vuelve hacia la máquina: sigue eligiendo película. No hay
mal que por bien no venga: le miro el culo: tiene un buen culo: y un
buen cuerpo: viste unos pantalones negros de pinzas y un pulóver rojo
de lana fina: debe de ser universitaria u oficinista: elige dos películas: debe de tener la
tarde libre: me encantaría pasarla con ella: en su sofá: viendo las
películas y conociéndonos: las saca del expendedor: se vuelve hacia
mi: abre el porta dvd de una de ellas, me la enseña: me mira: espera un
comentario.
NO DIGO NADA.
VUELVO A ESQUIVAR SU MIRAR.
Cierra el porta
dvd: se va.
La admiro
mientras camina: alejándose de nuestro hipotético futuro: creo que está, en mi honor, meneando el culo un
poquito más de la cuenta: golpeo mi cabeza contra el expendedor de dvds: tengo que hacerme un chichón: tengo que espabilarme: tengo que
atreverme a
vivir.
·41.-Conversaciones imposibles
Cada día oigo peor: cuando coincido en
uno de los ascensores del gran centro comercial con clientes que
hablan entre sí, entre la supuración de mi oído, el minúsculo algodón
que me he puesto, el aíre
acondicionado, el hilo musical y mis pensamientos internos, entiendo
conversaciones imposibles:
-Una vez tuve una
relación homosexual con un extraterrestre.
-Cristi, ya sabes que no
me gusta hablar de esas cosas en el ascensor. Nos podría escuchar
alguien.
-Sin embargo es
necesario. Absolutamente necesario.
-Odio tus sandalias. Las
odio. Me gustaría que te las dejaras de poner.
-Yo odio tu espuma de
afeitar ¿No lo entiendes? ¿Por qué no dejas de pensar en ti
mismo?
-Tenemos que morir antes
de que nos odiemos del todo.
-Salgamos de aquí. En
este espejo me veo demasiado gorda.
-Desearía poderme comer
tus zapatillas.
-Cuando lleguemos a
casa.
-Prefiero ir a casa de
tu madre.
-Tengo una percha en la
bolsa, podrías ponértela e imaginar que eres una avión.
-Nuestras leyes están
caducas y nadie hace nada por cambiarlas.
-Pero sin embargo no ponía nada en
el envase.
|
-Mami ¿Me he convertido
en escroto?
-Todavía no. Eres muy
pequeño aún.
|
-Espero sinceramente que
el agujero de mi culo se convierta en una boca y esta pueda hablar
otro idioma, quizá ruso. Sería maravilloso poderme comunicar con los
rusos en su idioma.
-Sabes de sobra que a
Jimeno, con esa actitud, le ha ido fatal en la vida.
-Pero es por su
necesidad de querer saberlo todo. Yo sólo haría preguntas sencillas.
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·42.-El ezcritor.
Viernes: devoluciones:
espero a que salgan los clientes del gran centro comercial: relleno, a
boleo, el número de cantidades a devolver en el albarán que llevo a
administración: tomo un
carrito del hipermercado: lo cargo con las revistas a devolver: las tiro
en el triturador de papeles cuando nadie me observa: tomo de la caja
registradora el dinero suficiente para ir y volver en taxi durante
otra semana más: me voy a casa tratando de contener una carcajada: el
gran centro comercial tiene un virus: Sigmundo Fernández: el ezcritor.
·43.-Baudelaire y yo
Los miércoles,
antes de que el gran centro comercial abra sus puertas al público,
mientras todos sus trabajadores se encuentran en la sala de descanso
desayunando café y bollos, subo a la librería sin que nadie me vea,
abro un libro de Baudelaire y pego mi nariz hasta aplastarla con una
de sus páginas.
Entonces aspiro
fuertemente: introduzco en mis pulmones el olor a tinta y a papel
virgen que sostienen y muestran al mundo los grandes versos del poeta
francés: esta acción me llena el espíritu con la fuerza y dignidad
necesaria para pasarme, toda la mañana, vendiendo las súper putas y
ridículas revistas del corazón.
·44.-Y el ganador es...
Tras siete días
de supuración, acudo a la consulta de urgencias de la sanidad pública:
ellos están capacitados para otorgar los partes de baja laboral por
enfermedad: quiero conseguir el primero de una larga serie: quiero
quedarme en casa, escribiendo una nueva novela mientras, el gran
centro comercial, paga mi sueldo a principio de cada mes.
En estos
momentos, mi oído reúne una abundante cantidad de supuración (de
repugnante color negro) producto de mis frotamientos con el cable
infectado: aparte, me he obligado a pasar la noche sin dormir (con el
propósito de que mi cara luzca ojeras y cansancio): y he estudiado,
con la ayuda de Internet, los síntomas de quien padece una grabe
otitis aguda.
Por fin, la
enfermera canta mi nombre y entro en la consulta del doctor de
urgencias: mientras camino, respiro hondo: busco fuerzas para poder
llevar a cabo la interpretación que, desde hace días, ensayo mental y
físicamente pues, aunque el oído me supura, no me duele en absoluto.
-¿Qué le pasa a
usted? –pregunta el doctor con malas pulgas.
Finjo que no
entiendo muy bien sus palabras, trato de mostrar un cerebro aislado
por el dolor más grande del mundo ¿Tendrá sentimientos el doctor? He
de conseguir remover alguna fibra de su corazón acostumbrado, quizá, a
ver gente morir desangrándose: dejo que mi expresión se estire hasta
el doctor y le diga: usted no sabe qué es el dolor, antes de
contestar, con un fúnebre aunque rotundo:
-Doctor, mi
oído: está supurando.
El doctor,
especialista en medicina general, no en otorrinología, se levanta muy
a su pesar de su silla –estaba bien cómodo- y observa el interior de
mi oído infectado con el otoscopio: cada noche, he recogido la pus que
me ha salido del oído e introducido en frasquitos que he congelado en
la nevera: hoy he descongelado toda esa pus en el microondas de mi
casa y la he vertido -antes de entrar en la consulta, amparado en la
soledad del baño de la sala de espera- en el interior de mi oído.
En estos
momentos mi oído no debe de ser algo agradable que ver antes de
almorzar.
-¿Pero que le
pasa aquí? –pregunta el doctor.
-...no me puedo
mantener casi en pie... tengo mareos... no puedo soportar el dolor.
-No veo su
tímpano.
-¿No?
-Usted no tiene
tímpano.
-¿De verdad?
(sé que no tengo tímpano desde que tengo uso de razón)
-¿No lo sabía?
-No... ¿Es grave
no tener tímpano?
El doctor me
mira como si estuviera ante un caso de subnormalidad profunda.
-Se le habrá
reventado ¿Ha estado usted sometido a mucho frío? ¿Practica usted
submarinismo?
-Hace un mes me
apunté en un cursillo de submarinismo –miento.
-Eso tuvo que
ser ¿Vómitos?
Estoy
preparado: he leído en Internet que debía de contestar que vómitos
también.
-He vomitado
siete veces en dos días –hablo tratando de que huela mi fétido aliento,
producto de los plátanos que desayuné y
por no haberme lavado los dientes desde la cena de ayer: una suculenta
pizza a la barbacoa con extra de cebolla.
-Este oído está
fatal –anuncia el doctor huyendo de mi aliento.
-Esta mañana me
caí al suelo: sufrí un desvanecimiento.
El doctor me
mira: está acojonado: no sabe que hacer.
-Debe de pedir
hora con el médico de cabecera urgentemente –dice mientras comienza a
escribir- tómese estos medicamentos que le prescribo, ahora pase a la
consulta de la enfermera para que le haga una limpieza de oído y le
ponga esta inyección contra el dolor. Si los mareos se intensifican o
vuelve a perder el conocimiento, venga por aquí y le ingresaremos en
el hospital.
-Tengo que ir a
trabajar esta tarde –anuncio con voz trémula.
-¿En qué
trabaja usted?
-Soy
dependiente del gran centro comercial.
-Usted no va a
trabajar a ninguna parte: le voy a extender un parte de baja por una
semana. Y quizá no pueda ir a trabajar en todo un mes: ya se lo
comunicará su doctor de cabecera.
Y, cuando
termina de escribirlo, me abalanzo y agarro ese parte de baja con
tales reflejos de pantera y fuerza sobrehumana -tan poco usuales para
una persona que momentos antes parecía que iba a caerse al suelo- que
provocan que vea, por primera vez desde que entro en la consulta, un
atisbo de duda, en los ojos del doctor de urgencias.
Sin embargo,
tras el paso por la sala de enfermería: (la enfermera me practica la cura como
si yo fuera una cabra a la que hay que marcar con un hierro ardiendo)
salgo del ambulatorio con mi trofeo: el parte de baja laboral:
UNA SEMANA LIBRE, QUIZÁ TODO UN
MES
:por ahora todo
va salido tal como lo he planeado.
-Hola, soy
Sigmundo Fernández -explico cuando llamo por teléfono a la
administración de personal del gran centro comercial- comunique, por
favor, al jefe de la sección de librería, que estoy muy enfermo: que
se me ha reventado el tímpano y que no puedo ir a trabajar durante
toda la semana. Muchas gracias.
Y cuelgo. Mi
euforia y las drogas de la inyección casi me hacen añadir, por
despedida, un ¡arrivederchi bambino! con acento italiano.

·45.-¿Para qué sirven los
amigos?
Tercer día de baja: tengo ganas de
llamar por teléfono a algunos de mis amigos y contarles la explosión
que ha sucedido en mi cabeza: mis planes, mis propósitos: mi nuevo
libro. Uno trabaja
en un banco, otro es médico, otro es profesor de física y química.
Sin embargo no lo hago: desmenuzo
las relaciones que hemos mantenido a lo largo de los años: les y me
observo con mi nuevo corazón (que ahora comienza a bañarse en la
libertad, sin atisbo de hipocresía) y llego a la conclusión de que no
tengo amigos:
PARA LO ÚNICO QUE SIRVEN LOS
AMIGOS ES PARA DARTE POR
CULO
Da igual... ¿Quién necesita amigos?
¿Qué son mis amigos salvo personas
que conocí libres y que ahora están esclavizados por las deudas, la
hipoteca y el automóvil que se quieren comprar?
Están casados con mujeres que mejor
estarían pastando por el campo, libres: los han convertido en cerdos
que se ceban hasta el día que les llegue la muerte (y ya sólo así
serán liberalizados): desearía que se miraran en mi espejo y vieran
que, aunque no tengo carrera universitaria ni dinero, mi alma continua
luchando por mis sueños y que la de ellos está encerrada en un cuarto
oscuro, castrada: viéndoles hablar y actuar en la vida, me doy cuenta
que son más mujeres que sus mujeres.
Porque, en el mundo civilizado del siglo XXI,
lejos de la prehistoria, lejos de la necesidad de la fuerza masculina
para conseguir comida, las mujeres -por derecho propio- han pasado por
encima del hombre: nos han metido en granjas: han demostrado que son
ampliamente superiores a nosotros en todos los sentidos: y si ellas y
la naturaleza no nos han quitado de encima es porque tenemos polla: a
eso nos reducimos: los hombre somos ridículos.
·46.-Conversaciones con el
padrino
-¿Si?
-Buenos días. Llamo del gran centro
comercial ¿Se encuentra en casa Sigmundo Fernández?
-Soy yo. Hola jefe.
-¿Sabes algo de las devoluciones de
prensa?
-Las hice y las coloqué donde
siempre.
-Maldita sea. Como descubra al
distribuidor que se las lleva por error, se va a acordar de mí para el
resto de su vida.
-Sí.
Mi jefe asimila mi comentario vacío:
hace una pausa: estoy deseando que cuelgue: mi jefe, aunque sea por
teléfono, me asusta: pero por desgracia, tras un bufo de puerco,
reanuda su interrogatorio: esta vez, de tintes mafioso.
-¿Cómo te encuentras Sig?
-Bien. Bueno, quiero decir que me
está supurando el oído bastante.
-¿Has ido al médico?
-Sí. Fui ayer por la mañana. Me dijo
que debía de estar en cama y observación durante una semana: me recetó
antibióticos: tengo el parte de baja.
-¿Una semana entera? Eso es mucho
tiempo. Piensa que no tienes contrato fijo en el gran centro
comercial. Cuando concluya tu contrato, se tendrá en cuenta el tiempo
que has faltado a tu trabajo para ver si te renovamos. Y una semana
puede pesar mucho en tu expediente.
-Pero es que estoy enfermo, me sale
una pus negra por el oído. Sufro desmayos.
-Sigmundo, en la vida hay que
sacrificarse. Y más ahora que hay tanta gente buscando un trabajo como
el tuyo.
Y cuelga.
·47.-Mi doctora de cabecera
Mi médico de
cabecera es una mujer: es muy guapa: e inteligente: tendrá más de
cuarenta años pero conserva su dentadura intacta, sus pechos altos y,
sobre todo, un brillo alegre en sus ojos claros: si ella me dijera
que me sacara la polla y se la metiera, lo haría sobre la marcha, sin
preguntas.
-He leído el
informe del doctor de urgencias: ¿Cómo te encuentras hoy?
-Me cuesta
levantarme, me mareo: tengo vértigos: vomito cada día: estoy esperando
que la cabeza me explote.
-Con este papel
te darán hora, urgente, en el otorrino: sin embargo, tiene tanto
trabajo, que no entrarás en la consulta hasta dentro de un mes.
-Esperaré: no
tengo dinero para pagar a un otorrino privado –miento para dar pena.
-Hasta que el
otorrino te vea es aconsejable que no vayas a trabajar: el aíre
acondicionado te puede dañar aun más el oído interno: además existe el
peligro de que te puedas caer en cualquier momento en el sitio menos
pensado: la carretera, unas escaleras...
-No saldré de
casa: no quiero morir.
-No seas tan
tremendista hombre, pero
tienes que cuidarte. Aquí tienes el parte de baja por un mes, en
principio: lo más seguro es que el otorrino te quiera operar y no deje
que vayas al trabajo hasta dicho momento.
-Gracias
doctora.
-Que te mejores
pronto, Sig.
Salgo de la
consulta: estoy contentísimo por el parte de baja:
UN MES, QUIZÁ MÁS
no estoy
asustado por la operación: tal como funciona la sanidad pública en mi
país me pondrán en una lista de espera y, cuando toque operarme, ya
habrá terminado mi contrato en el gran centro comercial y podré
afirmar que me siento bien y que, gracias a Dios, no necesito la
operación.
Sin embargo,
siento remordimientos por jugar a hacerme el enfermo: por quitar a
alguien, que verdaderamente lo necesite, su cita con el otorrino: voy
a un cajero automático y hago una donación de doscientos cincuenta euros a
médicos sin fronteras: el remordimiento no desaparece. Qué le vamos
hacer.
·48.-Aventuras de mi página web
A la segunda
semana de baja médica, aprendo a utilizar el Frontpage y creo
una página Web que publico en Internet: la titulo
La máquina de escribir y sus pesadillas:
contiene todos mis escritos, incluso este diario secreto que nunca
pensé dejar leer a nadie: lo hago por dos motivos, primero para saber
qué opinan los visitantes de mi novela y de mis relatos (espero que
sus críticas y consejos me ayuden a mejorar mi escritura) segundo,
y más importante aun, para saber, por quienes lean mi diario secreto,
si soy un monstruo (un futuro agresor sexual con necesidad de atención psiquiatrica)
o, por el contrario, una persona normal (que es lo que espero) que sufre fantasías
debido a sus complejos, represiones y rutina diaria: la red me da el anonimato
necesario para mostrarme y explicarme sin tapujos: mi Web es secreta,
no hago llegar la dirección http a nadie que pueda conocerme.
Las primeras
críticas, tardan en llegar y resultan ser totalmente desoladoras: tanto por su
forma como por su contenido:
1.-MENUDA MIERDAAAAAAAAAA!!!
2.-Eres un
perbertido y un cerdo.
3.-GILIPOYAAAAAASSSSSS
Sin embargo,
también encuentro algunos simpatizantes: sobre todo en Argentina: no
sé porqué diablos pero a ellos les suele gustar lo que escribo:
afirman que soy un loco divino, que mis relatos son bárbaros: que
poseo un chévere mundo interior: me llenan de ánimo: me escribo con
cinco o seis personas de allí casi todos los días: algunos son
homosexuales y me mandan, sin pedirlo, fotos de sus pollas, quizá
esperan que, al vérselas, yo también me vuelva homosexual.

Las chicas me
hacen retratos

y mandan fotos por el Messenger. A
las guapas, les confieso que me masturbo mirando sus fotos: y a ellas
les encanta: incluso les hace gracia: me preguntan con qué foto lo
hice, que cuantas veces y me envían más: en Internet se hace realidad
mi sueño de libertad para la masturbación pública.


A las feas
(el 97% de la gente que chatea es fea)
desde que veo sus fotos, les dejo de escribir: a no ser que sean
verdaderas amantes de la literatura y me interesen por razones
intelectuales (y nunca pasa).

Por un momento
egoísta, me gustaría que estallara una crisis económica en Argentina y
ellas no tuvieran otro remedio que venir a mi país a buscar trabajo.
Con el dinero que me pagarán cuando me liquiden el contrato del gran
centro comercial, con lo que estoy ahorrando ahora que estoy metido en
casa sin salir, con la paga del desempleo y con el sueldo de un
trabajo que consiga por ahí sin que me hagan contrato, tendría
dinero más que suficiente para ayudarlas. Y seguro que a alguna me la
terminaría follando.
Soy un cerdo
cabrón: no debería de imaginar estas cosas: pero salen de mi mente sin
yo querer.
·49.-Footing
Teléfono. Mi
jefe.
-Te hemos visto
corriendo por un parque, haciendo footing. Y llevabas unos walkman
puestos.
-Eso no es
verdad, jefe.
-Alguien del
gran centro comercial te vio cuando conducía su coche.
-Eso es
mentira. Hace cuatro semanas que no salgo de casa.
Sigue hablando:
me acusa de unas cuantas cosas más: de ir a la playa, al cine.
-No, no, no
jefe. Yo estoy enfermo. No sé porqué la gente tiene que inventarse esas cosas: la
gente está loca: quieren hundirme.
Por fin cuelga.
Me pongo mis
zapatillas de deporte y tomo los walkman. Llevo tres semanas haciendo
footing y pesas en el gimnasio. También voy a nadar a la playa casi
todos los días. Estoy moreno y mi barriga va desapareciendo: ya he
perdido tres kilos.
·50.-Me masturbo mirando a mis
vecinas
Desde la
ventana de mi habitación tengo esta triste vista:

Mi ventana da
al patio interior: las paredes blancas están teñidas por el humo que
sube por los respiraderos de los garajes de la comunidad de vecinos:
mi ordenador está frente a mi ventana y, como últimamente no hago otra
cosa que escribir, paso horas -a la vez que escribo- observando cada una de sus ventanas.
Entre huecos de
cortinas, entre persianas a medio subir, observo la vida de mis
vecinos: los veo con ropa de dentro de casa o en ropa interior:
cocinando, tirados en su sofá mientras ven la programación televisiva
durante horas, discutiendo con sus mujeres, hablando por teléfono,
besándose.
Yo los veo a
ellos, pero debido a mi discreción y a mis cortinas opacas, ellos no
pueden verme a mí.
Horizontal a mi
ventana vive una familia formada por padre, madre y tres hijas: cuando
a alguna le toca tender la ropa en los tendederos yo me masturbo
mirándoles a la cara: algunas veces creo que ellas logran ver a través
de mis cortinas opacas, sabiendo así de mis manoseamientos pero, por pena hacia mis abuelos, nunca me han
denunciado a la policía.
Soy un
degenerado que debería de estar en la cárcel.
·51.-Mi jefe me descubre
Teléfono. Mi
jefe.
-Eres un hijo
de puta Sig. Cuando vuelvas al trabajo te vas a enterar: tú no sabes
quien soy yo.
-¿Perdón?
-Además de
cabrón eres un salido: no te voy a despedir, no: voy a dejar que
vuelvas al trabajo y entonces sí que te voy a hacer la vida imposible.
-Jefe ¿Pero qué
le pasa? –pregunto: sin embargo, ya me estoy temiendo lo peor.
-He leído tu
diario.
-¿Mi diario?
-Esa mierda que
tienes puesta en Internet.
SILENCIO
Me callo: ¿Qué
podría decir? No tengo ninguna solución: no obstante he de intentarlo.
-Pero jefe, eso
que usted ha leído es una fantasía: nada de lo que he escrito es real:
es un libro que estoy ideando: son imaginaciones: es que quiero ser
escritor.
-Deja de decir
estupideces: lo que estás escribiendo es un insulto hacia mí y hacia
todo el gran centro comercial: me has llamado cerdo sin sentimientos: no tienes respeto a nadie porque eres
un animal.
-Pero jefe…
-Te tengo
cogido por los huevos: ya he llamado a tu doctora de cabecera y le he
explicado que clase de caradura tiene por paciente: y le he dado la
dirección de tu página web: dentro de dos días, cuando se te termine
el parte de baja de esta semana y vayas a la consulta te vas a llevar
una buena: despídete de la baja: lo malo es que no vas a tener otro
remedio que venir al gran centro comercial a trabajar: debes demasiado
dinero para poder prescindir de tu puesto: y si simplemente abandonas
el trabajo sabes que te quedas sin el finiquito y la ayuda económica
que da al estado a los desempleados: te prometo que los seis meses que
te quedan en el gran centro comercial van a ser los peores de tu vida.
Y cuelga.
Ciertamente, he
de ser inmune a los derrames cerebrales, a los ataques del corazón:
ahora mismo tendría que tener uno: me siento en una silla: me levanto:
tiemblo: la cara se me pone roja: tomo agua: no puedo tragar: se me ha
olvidado como se traga el agua: la derramo sobre mi garganta: se me
moja el pecho: trato de secarlo con las manos: me agarro el pecho: me
lo quiero arrancar.
-No puede ser
–me digo- ¿Pero cómo diablos ha entrado en mi web? ¿Quién le ha dado
la dirección?
Camino hacia mi
cuarto.
-¿Te pasa algo
Sig? –pregunta mi abuela.
-No, nada
abuela.
Me encierro en
mi cuarto: me miro a los ojos en un espejo.
-La doctora lo
sabe – me digo-. Y tengo que ir a su consulta dentro de dos días.
Me quiero
morir: no puedo evitar el encuentro con la doctora: sin baja médica no
me queda otra que volver al trabajo, porque mi jefe tiene razón:
necesito el sueldo del gran centro comercial a vida o a muerte: y para
volver a trabajar necesito la firma de la doctora dándome el alta:
y no puedo mandar a otra persona que me evite ese trámite: no tengo
amigos y a mis abuelos no les voy a meter en semejante lío: ya tienen
bastante disgusto con tener a un nieto como yo: pufff... menuda mierda:
¡Volver al trabajo!:
¿Cómo voy a
poder mirar a mis compañeros y superiores cuando vuelva al gran centro
comercial?: ¡Seguro que todos han leído mi diario secreto! Me cago en
la puta mierda: esto me pasa por creerme más listo que los demás.
Ahora sí que la
he cagado.
·52.-Tenemos derecho a estafar
al estado
Tengo derecho a estafar al estado.
Tengo derecho a estafar al gran centro comercial.
¿Por qué?
Porque ellos me llevan estafando a mí durante toda la
vida. Y lo quieren hacer hasta que me muera.
Yo no pedí nacer aquí: ¿Por qué he tenido que ver la
cara a George Bush y a todo lo que representa? Hubiera preferido no
haber tenido consciencia de mi mismo. Hubiera preferido no nacer.
De pequeño, me mandaron al colegio a aprender hacer
raíces cuadradas: me advirtieron que si no aprobaba física y química
no sería nunca nada en la vida: en la vida de ellos, claro. Hubiera
preferido que me enseñaran a hacer el amor o a tratar de comunicarme
con los espíritus, incluso con que me ensañarán a plantar rosales me
hubiera conformado. Yo no quiero estar en la vida de ellos. Yo quiero
que la vida de ellos se la metan por el culo. Yo no quiero ser como
ellos. Yo no quiero arrastrarme por el suelo.
-A los veintidós años, tienes que terminar la
universidad: buscarte un trabajo: comprarte una casa: casarte: tener
hijos.
No.
A los veintidós años deberíamos vivir todos en la
playa, comiendo de lo que pescamos: fumando marihuana, haciendo el
amor.
-Eso es inmoral –dicen- eso es de gandules: eso lo
puedes hacer, si quieres, una vez en la vida: y de vacaciones: quince
días: en la vida real lo que tienes que hacer es aceptar un trabajo
donde te paguen la mierda suficiente para que logres pagar un piso
donde dormir hasta que vayas a trabajar al día siguiente.
No.
¿Pero qué mierda es esa del dinero? ¿Por qué lo han
puesto en mi mano? Yo no quiero tener dinero: dejen de preguntarme si
tengo coche y tarjetas de crédito: yo quiero caminar desnudo por la
carretera, con una flor en mis labios, sin importar que camine desnudo
¿Por qué es ilegal enseñar la polla y no los dedos de la mano? ¿Por
qué ven lógico que te pases toda la vida pagando una hipoteca y es
ilógico el sexo en grupo?
¿?
El estado es un gran centro comercial que apesta a
mierda.
El estado no tiene sentimientos ni ética: ellos pueden
denegar servicio médico, negarse a acoger inmigrantes hambrientos,
quitarte tus ahorros, engañar a los trabajadores, hacer guerras, incluso matar. El estado no tiene
sentimientos, tampoco ética: pero nos piden y obligan a que nosotros
sí la tengamos con ellos: tienen miedo que nos revelemos: al fin y al
cabo somos más que esos siete que nos hacen caminar de rodillas: si
todos nos negáramos, están perdidos.
Sí.
Tienes el derecho a burlarte de ellos. Y de vengarte.
Sobre todo tú que no deseas estar en el sistema. Sí,
sobre todo tú ¿Hace cuánto tiempo que te extirparon tus sueños? ¿Ya no
los recuerdas?
Roba, engaña, miente: sácales el dinero: conviértete en
un parásito del sistema: aprovéchate de los humanos-robots que sí se
rigen por ese sistema y lo defienden a vida o a muerte.
Mantente con vida.
Por favor
·53.-La Conspiración del alquimista: cita con mi doctora.
Si no
fuera porque mi doctora ya sabe que miento, hubiera ido a su consulta
vestido con el más elegante de mis pantalones, una camisa de lana
negra que resalte la blancura de mi rostro y el más grueso de mis
abrigos para que así pensará que mi enfermedad desiquilibra mi
temperatura corporal, es decir, que a pesar del calorcito que está
haciendo últimamente en la ciudad, yo tengo un frío de enfermo
terminal. Pero como ya es inútil seguir mintiendo, dado que mi jefe ha
destapado mis engaños, visto con una camiseta de propaganda de
plátanos de canarias, vaqueros viejos y mis playeras para hacer
footing: ahora que la doctora sabe que finjo quizá tenga que salir
corriendo de su consulta ¿Qué me dirá la doctora? ¿Me denunciará? ¿Habrán dos
policías esperándome en su consulta? ¿Estará mi jefe?
ENTRO EN LA
CONSULTA
-Aquí
estás –dice la doctora- justo con quien quería hablar: Rafael
Fernández, más conocido en Internet como Sigmundo Fernández ¿Por qué
te pusiste ese nombre?
Miro
a la doctora: estamos solos: necesito unos segundos antes de contestar: necesito
estudiar su rostro: habla con tono serio, no obstante, no parece muy
enfadada: no me esperaba esa pregunta, mucho menos, como recibimiento:
contesto:
-Porque al publicar mi diario secreto en Internet, tengo miedo de que me denuncien los
del gran centro comercial: sobre todo mi jefe: deseaba describir el
sistema, deseaba explicar cómo me sentía en él, deseaba explicar qué
perra es mi vida sexual: escribir exorciza los demonios: los paso al
papel y se quedan ahí: me hace sentir liberalizado. Y el nombre de
Segismundo lo tomé del protagonista de la obra “La vida es sueño”.El
de “...los sueños, sueños son”. Cambié a Sigmundo porque así también
tiene algo que ver con Sigmund Freud, el creador de La
interpretación de los sueños: es un pequeño homenaje a personas
que han estado envueltas en el mundo de los sueños pues Sig, al fin y
al cabo, no es más que un soñador.
-Los
del gran centro comercial han entrado en tu web: tu jefe,
precisamente, me llamó por teléfono a esta consulta y me dio la
dirección en internet: no me ha gustado nada lo que he leído allí.
-No
tengo disculpa: usted me ha leído y sabe como soy.
-Es
cierto, hablé con tu jefe. Estaba muy enfadado: trató de hacerme ver
que eres un caradura que se merece un castigo ejemplar. Y cuando entré
en tu página, vi que era así:Rafa, no se puede jugar con la salud como lo
has hecho.
-Sí,
supongo que estoy loco.
-Y
por eso, te voy a conseguir una baja médica por depresión.
-¿Cómo?
-Está
claro que, tras lo que escribiste, no te puedo seguir dando la baja
por el oído: tu jefe podría convocar a un tribunal médico y destapar
tu farsa. En cambio, una baja por depresión es facilísima de
justificar incluso, más aun, si da a leer tu diario y se atreve a
hablar él: además el psicólogo que te asigna el centro médico es mi
esposo y ya hemos hablado y está totalmente de acuerdo en
concedértela.
-Pero
¿Por qué me va a ayudar?
-Porque al hablar con tu jefe me di cuenta que es la persona ruin que
describes en tu diario secreto. Es extraño: leyendo tu diario se te
repudia, pero también se te toma aprecio: quizá porque explicas porqué eres así y se advierte tu lucha por dejar de serlo. Y porque,
aunque no todos lo escribamos en Internet para revelarlo, la mayoría
de la gente tiene esa clase de pensamientos que relatas: la represión