DIARIO SECRETO DEL
GRAN CENTRO COMERCIAL

 por Sigmundo Fernández

 

 

·1.- La vida, este momento: el problema del espejo.

 

La corbata me aprieta.

La chaqueta me hace sudar.

Estoy gordo: pronto voy a jadear, sudar y oler como un cerdo.

Debería utilizar el teléfono interior, llamar a mis compañeros de librería:

 

-Por favor ¿Puede bajar alguien a echarme una mano con las cajas? Quedan doce más, si nadie me ayuda voy a tener que dar tres viajes como mínimo. Y las cajas están hasta arriba de libros.

 

Ellos deberían bajar y cargar también: son las normas del departamento: todos los vendedores hemos de acudir en busca de la mercancía desde que llegue al almacén. Las cajas guardan los libros que hemos pedido, los que vamos a tratar de vender: por los que cobraremos comisiones si los vendemos.

No me atrevo a llamar a mis compañeros: tengo miedo de caerles mal: ellos ya saben que estoy aquí: escucharon la llamada del almacén, me vieron bajar: sé que les desagrada cargar: les hace sentirse vendedores de segunda categoría: no les gusta sudar: además está el gran tema del dinero: si no se encuentran arriba, vendiendo, pierden las comisiones que eso conlleva.

Para cargar no puedo quitarme la chaqueta ni la corbata: el gran centro comercial donde trabajo lo prohíbe: los clientes han de vernos, siempre, perfectamente uniformados, aseados; y sin sudar.

Mierda: estoy sudando como un cerdo: seguro me riñen.

Es la cuarta vez que vengo por mercancía en este día, treceava en la semana: siempre solo, sin atreverme a pedir ayuda a nadie.

Los guardias del almacén se ríen:

 

-¿Te ha tocado otra vez cargar a ti?

-NO IMPORTA –miento sonriente- Así hago ejercicio: es terrible andar tieso por la sección, dando vueltas, esperando que alguien venga a comprar algo.

 

Se ríen más de mí. Ojean los libros que cargo: hacen bromas estúpidas con ellos:

 

-¿Tienes algún libro donde salgan fotos de mujeres desnudas?

-¿Y aquí dice cómo follarme a la secretaría del director?

 

Tengo prisa, pero no me atrevo a quitárselos de las manos. Ellos son auxiliares de seguridad, no tienen derecho a tocar la mercancía.

¡Yo no estoy jugando! ¡Estoy trabajando! ¡Los odio!

Callo, espero paciente, finjo risas causadas por sus tonterías: deseo caerles bien, que piensen que soy un tipo simpático.

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Cuarenta y cinco minutos más tarde, tras terminar el último de los tres viajes, me encierro en el baño del almacén: seco mi frente con papel de baño, rocío de colonia mi cabello y traje: vigilo, en el espejo, que mi sonrisa siga pareciendo auténtica.

Soy un gilipollas.

Y un cobarde: toda mi vida he prefiero callar antes que tener que enfrentarme a cualquiera: ni siquiera me atrevo a discutir.

No soy nadie: no tengo estudios universitarios: soy un estúpido vestido con un traje barato, trabajando por el sueldo mínimo permitido por un gobierno para ricos en un trabajo que hasta las amas de casa, de sesenta años y sin preparación, pueden desempeñar mejor que yo.

Y estoy gordo: tengo una barriga asquerosísima.

Normal que, cuando estamos solos, a mi novia nunca le apetezca follar.

Además, si consigo meterle la polla no logro la contención ni cinco segundos: me corro enseguida.

En algo soy perfecto: mi eyaculación precoz no falla jamás.

Ni idea de porqué mi novia no me olvida: ni siquiera puede sentir pena por mí: he logrado convertirme en un gran perdedor por mis propios méritos, sin la colaboración de nadie: sólo siendo como soy.

Vergüenza.

Asco es lo que siento cuando me miro en el espejo.

 

·2.- Mi ficha de identificación personal, hoy: 

Tengo 28 años, sueño con ser escritor, vivo en la casa de mis abuelos. No tengo padres, mi padre nos abandonó, mi madre murió; con mi precario sueldo y mi contrato temporal no me atrevo a independizarme ¿Repito que soy un cobarde? Sólo soy feliz cuando eyaculo. Tres veces al día. Casi nunca tranquilo: mi imaginación me martiriza. Por ejemplo: si estoy encerrado en mi habitación, dándole, me asalta la idea de que quizá una de mis primas de diez años, la que me quiere muchísimo, ha venido a mi casa y se ha escondido en la habitación, para darme un susto y una sorpresa. Ahora ella, metida en mi armario, con la puerta un poco abierta, se encuentra presenciando, aterrorizada, como su querido primo favorito se masturba: estoy creando en su cabeza un trauma que perdurará durante toda su vida. Se me baja: me subo los calzoncillos, trato de encontrarla: abro las puertas del armario, miro bajo la cama, por las esquinas. Nunca está. Me tiendo en la cama, continúo masturbándome. Pero sigue la intranquilidad. Ahora tengo prisa por terminar, puede ser que la cerradura de la puerta de mi habitación esté demasiado vieja y mi abuela irrumpa, de pronto, sorprendiendo mi manoseamiento. Y al fin, al eyacular, comienzo a pensar que mis abuelos han oído mi ahogado gemido de placer: el trabajo en mi cama. Avergonzado, tardo horas en encontrar valor para salir de mi cuarto.

 

·3.- Por favor: libertad para la masturbación pública.

 

Busco un placer superior al orgasmo.

NO LO ENCUENTRO: NO EXISTE.

Por el orgasmo creo en Dios.

Me he acostumbrado a ese milagro: incomprensiblemente.

1+1: masturbarse proporciona orgasmos.

Es sano. Natural. Es un instinto: igual que alimentarse. Y es gratis: uno puede estar masturbándose todo el día y no pagar impuesto alguno por ello.

No entiendo porqué la sociedad prohíbe masturbarse en público: sería hermoso ver a la gente disfrutar, en cualquier sitio: ver gente feliz: te meterían en la cárcel.

La sociedad puede ver tus lágrimas, jamás tu semen.

Sólo debería de estar prohibido retener a una persona contra su voluntad para que te observara o tocase tu semen.

Para una mujer, que se masturben viéndola caminar tendría que ser un bello halago.

Sería maravilloso poder masturbarse frente a una joven guapa sin haber cruzado, anteriormente, ni una palabra con ella: así no te percatas de sus defectos: puedes imaginarla a tu antojo: perfecta: nunca descubrirías que es tonta, inculta, superficial, con pelos en la espalda y que ríe igual que una cabra del campo.

A mí, por lo menos, me encantaría que las chicas se masturbaran a mi paso.

Y tener siempre la opción de quedarme o seguir de largo.

 

SITUACIÓN FICTICIA PARA UN MUNDO FELIZ:

Yo en un autobús de trayecto urbano. Está lleno de pasajeros.

Una chica se sienta en una butaca, a mi lado.

La chica es morena, alta: ojos verdes, inteligentes: treinta y pico años perfectamente cuidados: una bomba atómica la primera vez que la miras: sus abultados pechos luchan contra su ceñida camiseta en busca de la libertad: su culo le palpita: ¿tendrá un corazón en cada nalga?

Desabrocho mi bragueta: saco mi polla: comienzo a masturbarme.

-Oh, que amable eres –dice ella.

-Es usted guapísima. Ha salido tremenda de su casa.

-Uf. Ya veo que sí. Menuda erección le he proporcionado.

-Si, no creo que tarde mucho en terminar.

-Le ayudaría a machacársela si no fuera porque tengo marido.

-No me extraña que tenga marido. Aunque usted poseyera un carácter insufrible, que no lo creo, sólo por poder ver su rostro y cuerpo cada mañana, cada noche, merecería la pena soportarla.

-Ja, ja… ¡Ojalá mi marido dijera lo mismo! De todas maneras tiene tres paradas más para terminar, así que tómelo con calma si lo desea.

-Oh, es usted muy amable por no molestarse. Sin embargo, es imparable: aquí viene, ya lo noto llegar: es usted demasiado sexy.

-Tenga cuidado con el semen. Entro a trabajar ahora: no quiero mancharme.

-Por favor, no se preocupe: apuntaré al cristal de la ventana. He traído pañuelitos…mmm…por cierto: ¿Le importa mirarme a los ojos?

-Por supuesto que no: me encanta ver la cara de la gente cuando eyacula.

-¡OH! ¡OH! ¡ME CORRO!

-¡Bravo! ¡Ja, ja, ja, ja!

 

LA VIDA DEBERÍA DE SER MÁS AUTÉNTICA.

 

·4.- El gran centro comercial.

 

Trabajo en un gran centro comercial de cien mil metros cuadrados.

Hay setecientos centros comerciales, exactamente igual que este, repartidos por las principales ciudades del mundo: todos pertenecen a la misma empresa.

Los rumores que se leen en Internet, apuntan a que esta cadena de grandes centros comerciales es uno más de los negocios de la misma secta-secreta-radical-seudocristiana que domina el mundo desde hace décadas; son tan poderosos que eligen a dedo al mismísimo presidente de los Estados Unidos de América: o al de cualquier otro país con importancia: las elecciones son, desde hace décadas, una tremenda farsa.

VIVIMOS EN UNA DICTADURA SECRETA.

Dentro de poco tiempo (treinta o cuarenta años), esta secta-secreta-radical-seudocristiana- concluirá su ambición suprema: convertir cada rincón del mundo en un gran centro comercial y, a sus habitantes, en máquinas programadas para consumir.

Yo ya lo soy: al igual que mis compañeros de trabajo, la totalidad de mi sueldo lo gasto en pagar las facturas que, a final de mes, nos presentan por las compras no necesarias que realizamos casi a diario en el gran centro comercial.

FINALMENTE, TRABAJAMOS GRATIS PARA EL GRAN CENTRO COMERCIAL.

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La clase social media-alta es la mejor clientela del gran centro comercial.

La clase social media-alta pasa cinco o seis días de la semana en el trabajo.

No tienen tiempo libre hasta la noche: agotados e inertes, llegan a sus casas y abandonan sus inteligencias frente a la programación televisiva: allí sus mentes son manipuladas, su creatividad neutralizada: las películas, espacios y anuncios, enseñan el estilo de vida que tenemos que soñar: los objetos que tenemos que comprar, el tipo de cuerpo que nos tiene que excitar, las opiniones que tenemos que sostener.

Luego, en el día, se refuerzan esas ideas: el vecino se ha comprado el coche que todos quieren ¿Por qué tú no? Tu compañera de trabajo lleva el cinturón de moda ¿Por qué tú no? Tu amigo se ha comprado una cámara digital con más píxeles que la tuya ¿Por qué tú no? ¿Es qué ellos son mejores que tú? ¿Vas a dejarte pisotear?

Esta es la verdadera razón por la que la clase social media-alta trabaja cinco o seis días a la semana en lugar de tres.

-Voy a comprar esa XHJGTDUSJ y ese accesorio de DKJSMSAJS, lo merezco por trabajar tanto –dicen.

La clase social media-alta prefiere pasar los días en el trabajo que vivir libremente.

Y YO TAMBIÉN: EL TIEMPO LIBRE PROVOCA QUE TE COMAS EL COCO: PENSAR ES UN ROLLO, TE HACE INFELIZ.

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Todos los objetos están en el gran centro comercial.

No te preocupes si no dispones de dinero suficiente para comprar justo ahora: el gran centro comercial dispone de cómodas y simuladas formas de pago: busca una señorita con minifalda y sonrisa: que te haga una tarjetita de plástico: te tratará con una simpatía y respeto que te sentirás el primer astronauta en hacer una nave espacial con los restos de su coche viejo y dejar huella en Saturno: ella te mira como si fueras el más listo y simpático: el amorcito de su vida.

LLÉVATE COSAS A CASA: TODO LO QUE QUIERAS.

Firma el contrato que te extienden sus manos con uñas largas de color pasión: sonríele: terminaras pagando de por vida facturas del gran centro comercial.

Y vistiendo las mejores marcas.

Tendrás los mejores aparatos electrónicos del momento.

La felicidad ¿no?

Nunca te saciarás: siempre se idean objetos más interesantes: pasaras de bailar la versión polifónica de la canción del momento, que suena en tu nuevo teléfono multimedia, a tratar de conseguir el innovador móvil con sonido dolby-digital, televisor, cámara de video, ordenador, DVD, re-grabadora, mapa callejero, buscador de oro, encendedor y ovni incluido. O de tener el bolso de lunares a querer tener el de rallas: según lo que dicte la temporada.

ES NECESARIO

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La clase social media-alta, en su día libre o en un descanso del trabajo llegan, sin conocer la razón exacta, hasta los pasillos del gran centro comercial.

Por los pasillos, deambulan sin rumbo ni rostro.

Desorientados observan las atrayentes exposiciones, las emocionantes ofertas, las promociones maravillosas: caen hipnotizados: por la música y el producto químico que, ilegal y secretamente, se mezcla con el aire acondicionado.

Entonces se acerca un amable vendedor:

-¿Hay algo en qué le pueda servir? Estaría encantado en buscarle lo que sea.

Y comienza una conversación que, posiblemente, llevará al confundido visitante a gastarse una semana de su sueldo.

Yo, como vendedor del gran centro comercial, ataco así, mil veces cada día: nos han entrenado: nos recluyeron en un aula durante un mes para enseñarnos los trucos psicológicos básicos con los que recordarles al cliente (y sin que este se de cuenta de que nuestro único interés por él es realizar una venta) una necesidad olvidada o una compra emotiva: estas ventas espontáneas representarán el nada desdeñable cuarenta por ciento del volumen total de ventas.

CON ESE CUARENTA POR CIENTO SE PODRÍA ACABAR CON EL HAMBRE EN EL MUNDO, SIN EMBARGO, SE UTILIZARÁ PARA CREAR NUEVOS GRANDES CENTROS COMERCIALES QUE CREARÁN NUEVOS CUARENTA POR CIENTOS QUE CREARÁN, A SU VEZ, NUEVOS CENTROS COMERCIALES.

 

·5.-Normalmente.

 

Once de la noche: mi abuela sentada en un sillón frente al televisor, dormida. Se despierta con el ruido que hago al abrir, con la llave, la puerta de la casa.

-Sig –me saluda-. Ten cuidado al cerrar la puerta no sea que despiertes a tu abuelo, que ya se acostó.

Mi abuelo tiene muy mal genio.

-Sí –contesto.

Cierro la puerta, con cuidado.

Ella continúa frente el televisor, ahora con los ojos abiertos, como si nunca se hubiera quedado dormida y siguiera, desde hace horas, un interesantísimo programa. Yo, me encierro en mi habitación, me desnudo a espaldas del espejo: no quiero mirar mi cuerpo desnudo: es asqueroso: estoy gordo y fofo: tengo tetas; me visto con unos calzoncillos largos, una camiseta de propaganda y zapatillas: vuelvo al salón, busco el periódico, me siento en un sillón lejano a mi abuela: leo.

-¿Qué tal el trabajo?

-Igual que siempre, abuela.

-Tú esfuérzate, para que vean que eres un chico serio y trabajador.

-Sí abuela.

Ella intenta hablar un rato conmigo: esquivo la conversación: me centro en las noticias que leo: no me interesa hablar con ella: me aburre: siempre es lo mismo: termina reprochándome que halla abandonado la universidad.

Por fin, ante mi poca colaboración de continuar la conversación, se levanta.

-Buenas noches, Sig.

-Buenas noches, abuela.

Atraviesa el pasillo (cojeando, por la edad) hasta su dormitorio. Se acuesta junto a su marido, que ronca sonoramente: aguzo el oído: espero que duerma: es un misterio cómo ella logra conciliar el sueño junto a semejantes ronquidos: y treinta minutos después lo hace: ella respira pesadamente cuando duerme: me atrevo a encender el televisor.

QUIERO MASTURBARME.

Busco canales de televisión: si no es con un vídeo musical de la mtv me masturbo viendo a las presentadoras de las noticias de la noche (mi favorita es una que se llama Letizia:

las presentadoras de noticias son perfectas para masturbarse: te aguantan la mirada, te miran fijamente mientras lo haces): he de quitar el sonido: uno: las noticias sobre guerras, malos tratos o niños enfermos que mueren de hambre hacen que se me baje la erección: dos: oír mejor si mi abuelo o abuela se aproximan al salón: sería vergonzoso que me sorprendieran.

Eyaculo, me guardo la polla en los calzoncillos, me dirijo a la cocina, preparo un par de bocadillos de embutido que mastico y trago sin hambre, por gula.

Luego, veo un rato más la programación: al poco, noto el sueño.

Me encierro en mi cuarto.

Me acuesto, trato de leer un libro: no leo más que tres páginas: antes de trabajar en el gran centro comercial los devoraba: leía cuatro a la semana: ahora sólo leo tres al año. Y, salvo por este diario, he abandonado la escritura.

Apago la luz, busco el sueño. Si tengo fuerzas, me vuelvo a masturbar.

Así es siempre.

Salvo esta noche, de pronto, he comenzado a llorar.

Como un niño chico, como una madre desconsolada.

No sé la razón: no encuentro el motivo en concreto: sin embargo, no logro detener el llanto: me siento tremendamente triste.

Decido arrodillarme y rezar.

-Ayuda Dios –pido entre sollozos.

 

·6.-La librería del gran centro comercial.

 

Mi misión, en el gran centro comercial, es vender libros (y cargarlos).

El vendedor número uno de la sección de librería es una chica de veinticuatro años: tiene unas tetas grandísimas, como las de las revistas: es la que más compradores espontáneos produce: al verla los hombres se sienten irresistiblemente atraídos por la literatura: compran libros de tres en tres. Sin embargo, y aunque estudió filología hispánica, es una inculta: ni siquiera sabe cómo termina el Quijote: es una experta de moda y complementos: es en lo que se gasta la totalidad de su sueldo.

-¿Yo? Yo soy estupenda –dice.

Y es verdad: se tira a un compañero del departamento de deportes mientras su novio hace horas extras en su trabajo, una fábrica de alquitrán: necesita dinero para pagar una casa que ha puesto a nombre de los dos: a mi eso me sienta de maravilla: así tengo la certidumbre de que hay personas más desgraciadas que yo en el mundo desarrollado.

Los clientes se acercan: si los observas durante casi dos años (el tiempo que yo he estado en el gran centro comercial) sabes qué tipo de libros buscan antes de que te dirijan la palabra: por ejemplo: las amas de casa compran libros de autoayuda. O de Danielle Stell.

Los hombres bajitos, calvos, con barriga y barba canosa buscan libros de historia. O de yoga. Las chicas jóvenes: libros de terror o libros que relaten sus problemas diarios en clave de humor. Tipo El diario de Bridge Jones. E, incluso, poesía (y me excitan enormemente cuando, preguntando, pronuncian Whitman o Pessoa).Los niños sólo leen Harry Potter. Imposible mostrarles cualquier otro: te miran con odio si, por ejemplo, les invitas a leer El fantasma de Canterbille, de Oscar Wilde. Los chicos, de quince a treinta y cuatro años, no leen: compran dvds o discos compactos. Y si compran libros es por razones de estudio o porque tienen muchos granos o algún defecto físico o mental: entonces son los denominados frikis: compran manuales sobre juegos de roll, de espada y brujería o comics.

Pero, sin duda, los mejores clientes son los hombres de estatura alta que vienen vestidos con zapatos de oficina, pantalones vaqueros, camisa de marca y chaqueta de lona: abandonan a sus mujeres en el hipermercado del gran centro comercial, dejándolas encargadas de realizar la compra de la quincena y suben hasta librería:

-Estoy buscando un buen libro –te dicen.

Y se llevan una pila de libros de cualquier autor a quien hayan encuadernado elegante y sobriamente: no creo que se los lean nunca: si fueran verdaderos lectores comprarían, alguna vez, libros de otro tipo: estoy seguro de que se limitan a colocarlos en sus bibliotecas para sentirse cultos ante las visitas y su mujer, por ese orden.

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Nuestra librería, literariamente hablando, es una mierda.

Tenemos cualquier novedad publicitada del momento, sin embargo, es imposible encontrar buenos textos, como Nueve Cuentos de Salinger o cualquier libro de Thomas Bernhard.

No hay espacio físico: la gente compra lo que el televisor dice: Sabor a hiel, de la presentadora televisiva Rosa María Quintana llenaba nuestros estantes: se vendía como desodorantes hasta que se descubrió la verdad: no lo había escrito ella sino otra persona que además copiaba, palabra por palabra, pasajes enteros de un libro sin éxito de Danielle Steal: fraude.

Ante las reclamaciones, la editorial retiró todos los ejemplares: entonces el jefe de departamento decidió llenar los estantes vacíos con la autobiografía de Sara Montiel (también escritas por otra persona).

DEFINITIVAMENTE: UN PASEO POR LA LIBRERÍA DE EL GRAN CENTRO COMERCIAL SE CARGA DE LADO A LADO LA BIBLIOTECA DE BABEL: NO EXISTE: BORGES ES UN FARSANTE: BORGES PREFIRIÓ QUEDARSE CIEGO ANTES QUE VER LA BIBLIOTECA DEL GRAN CENTRO COMERCIAL: ES MÁS: MURIÓ DE TRISTEZA CUANDO LA INTUYÓ PARA LA COMPOSICIÓN DE UN CUENTO FANTÁSTICO: SU ÚLTIMO CUENTO: LA LIBRERÍA DEL GRAN CENTRO COMERCIAL.

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Odio trabajar en el gran centro comercial.

Todo es hacer dinero: no importa nada más.

Pero he de pagar las facturas de mis compras: debo dos veces mi sueldo. Y va en aumento.

Me he vendido: yo, un amante de la verdadera literatura, de la que se escribe desde la razón o el sentimiento: de la que se escribe sin ánimo de lucro: sinceramente.

Ahora, si alguien me pregunta por un buen libro, he de ocultar El extranjero, El amante o Las flores del mal: se venden muy baratos y apenas haces caja: es mejor engancharlos con best seller: El médico o Los pilares de la tierra siempre funcionan. Además se venden en lujoso estuche de regalo: un regalo perfecto (para el gran centro comercial).

Si trágicamente me preguntan por un libro que dé algo qué pensar, top secret, atragántate: ni nombrar Trópico de capricornio, Sidharta o la sobrecogedora belleza de El principito: obsérvales: si es un hombre de negocios alaba las características de la bazofia ¿Quién ha robado mi queso?: si es un ama de casa es tiempo de Las nueve revelaciones, La rueda de la vida o El caballero de la armadura oxidada (edición especial para subnormales). Y si es un estudiante: El Alquimista.

Con estos títulos los volverás locos, te convertirás en su gurú personal: acudirán habitualmente a la librería para preguntarte por nuevos textos que comprar: se gastarán una buena pasta tratando de convertirse en guerreros de la luz, como pretende Coelho. No será hasta años después que se darán cuenta, quizá en un momento de luminosidad senil, que fueron unos estúpidos manipulados.

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Trato de no vender más libros que mis compañeros (asunto que no es difícil si contamos el tiempo que paso lejos de la atención al público, cargando cajas en el almacén). Si vendiera más libros que ellos tendría que soportar una presión de la que no soy capaz: a diario, me tendría que defender, ante el jefe del departamento, de las injurias que mis compañeros susurrarían a sus oídos: Sigmundo sólo está atento a la venta: no hace devoluciones, no ordena el almacén, no respeta el cliente de los demás, no atiende el teléfono, no hace pedidos, no saca el polvo a los libros, no trae mercancía del almacén…

También tendría que soportar y sostener sus miradas de odio y envidia, sus habladurías, sus burlas y engaños… me derrumbaría… sufriría una crisis nerviosa… es mejor pasar desapercibido, que el que obtenga las comisiones más altas sea alguien con más personalidad que yo: yo soy un guiñapo sin cojones.

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Mi único pasatiempo, en el gran centro comercial, son mis fantasías sexuales.

Cuando una clienta guapa se acerca a mí y me pregunta por un título, lo primero que hago es mirar fijamente a su cara e imaginar, durante unos segundos, que me estoy corriendo dentro de su vagina: sin preservativo.

Ella, mientras tanto, piensa que estoy meditando su pregunta.

Al concluir me siento en paz: logro hablar sereno, fluido y eficientemente a la guapa clienta: total ¿Para qué estar nervioso si ya me la follé?

Y en mi cabeza tengo un harén: más de quince vendedoras del gran centro comercial lo pueblan: me excitan por su belleza o por su simpatía: a la hora de masturbarme nunca me falta una erección para ellas:

CUMPLEN MI FANTASÍA FAVORITA:

tengo un aparato electrónico, parecido a un walkman, que me regalo Satanás a cambio de un favor que algún día me pediría pero yo, con mi lúcida inteligencia, logré burlar: ese aparato es capaz de detener el tiempo sin que la comunidad científica se entere: en ese paréntesis temporal las mujeres cumplen mi voluntad: sólo tengo que pegarles una especie de pegatina electrónica, accesorio del walkman, en la palma de la mano: estoy en el gran centro comercial, me dirijo a mis quince vendedoras favoritas:

-Por favor, poneros unas al lado de las otras, subid a los mostradores de información al cliente, abrid vuestras camisas y sacaros vuestros pechos. Quitaros las faldas y bragas o tangas: poneros a cuatro patas, de espaldas a mí, esperadme. Gracias.

Las penetro desde atrás: a ellas les gusta: se enfadan cuando, sin eyacular, las abandono para pasar a la siguiente: continúan en la misma posición: esperanzadoras de que vuelva a ellas: sin embargo, yo sigo el orden: observan cómo se las meto a las otras: por fin me corro (dentro de una de pelo largo, negro, culo abundante y que trabaja en territorio vaquero) la agraciada grita de placer y emoción: se siente superior a las demás: ha ganado.

Saco mi polla y me dirijo al baño, me refresco y, al salir, el gran centro comercial: el mundo entero, vuelve a su normalidad.

 

·7.- Sentado, esperando un autobús, miro a la gente.

 

Si alguien me sonriera

hoy

le daría todo.

Ni una mentira, ni un engaño

le abrazaría

le amaría

se convertiría en mi mejor amigo.

 

·8.- Un pecado: una película porno fallida.

 

Tengo una oportunidad para follar los sábados por la noche: mis abuelos dejan la casa a las nueve: velada nocturna: restaurante y bingo; el gran centro comercial cierra a las diez: si me doy prisa por terminar logro estar fuera a las diez y media.

En la salida de personal me espera mi novia, tal como quedamos.

Al verla, me hincho de orgullo: es guapísima: los demás vendedores, al pasar a su lado, la admiran: si midiera diez centímetros más sería una modelo de considerable éxito por las pasarelas mundiales, estoy seguro.

Incomprensiblemente, me espera a mí, sin nadie que la apunte con un arma: espera libremente a este gordo hediondo para que se la meta sin contemplaciones: Dios ha dañado su percepción: tapa sus ojos con una venda de trapo oscuro que le impide verme como la gran mierda que soy: gracias Dios.

-Mi amor –saludo.

Ella nunca responde el saludo, simplemente sonríe.

Tiene una sonrisa pura: la lanza y te da besos en el alma.

En este diario la llamaré Virgen María.

Por buena: por decente. Yo la desvirgué: no obstante, si se puede ser virgen después de dejar de serlo, sin duda, ella lo es. Además escucha misa cada domingo: es una santa, su único pecado, el consumismo: prefiere comprarse unas sandalias (que hacen el número veintisiete de su colección) que enviar la mitad de ese dinero a los niños del tercer mundo: no obstante, eso lo hace el mundo entero: ya no es pecado: aunque hayan niños muriéndose de hambre: eso no es nuestra culpa: la culpa no la tiene nadie que yo conozca: ni siquiera yo.

La tomo de la mano, apresuramos el paso hasta la parada de taxis: no hemos de perder tiempo: a partir de las doce es mejor andar lejos mi casa: mis abuelos podrían regresar y sorprendernos: mis abuelos se tomarían como un insulto personal, cristiano y ético-moral descubrir que nosotros aprovechamos su ausencia para mantener relaciones sexuales pre-matrimoniales: no podría volver a mirarles a los ojos: les decepcionaría: vergüenza.

TENGO QUE FOLLAR

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Estamos en casa: solos: ella se sienta en el salón (en el mismo sillón donde yo me masturbo de lunes a domingo) y conecta el televisor: yo corro hasta la ducha: estoy repleto de sudor por cargar las malditas cajas de libros.

-Date prisa – oigo que me apresura.

Miro mi reloj de pulsera y calculo: queda menos de una hora para el posible regreso de mis abuelos: me ducho a presión, con agua fría, bajo los testículos: he de despertarme, que el flujo sanguíneo circule de manera perfecta por todo mi cuerpo,

TENGO QUE CONSEGUIR UNA ERECCIÓN DENTRO DE DIEZ MINUTOS:

no puedo demorarme: si no, me quedaré sin follar hasta el próximo sábado: y quizá el próximo sábado mis abuelos decidan no salir.

Salgo de la ducha y grito:

-¡Virgen María, ya está! ¡Vamos a la habitación!

Virgen María no viene: voy a buscarla al salón, la arrastro de mi mano, la llevo hasta mi dormitorio, la convenzo para que se quite la ropa: siempre me reprocha lo mismo:

-Eres muy brusco. Nunca me seduces –habla mimosa-.Nunca me quitas la ropa con delicadeza.

-Mi amor, no hay tiempo: mis abuelos pueden venir en cualquier momento: desnúdate y luego trato de seducirte, que tu chichi se llene de agua.

-No hables así: sabes que no me gusta.

-Joder, dije chichi, no chocho. Por consideración a ti.

Desnuda se acuesta en mi cama. Se tapa con una sábana, me mira: tiro de la sábana, la destapo: me sobrecoge la belleza de su cuerpo desnudo: imagino una guerra a los pies de mi cama: todos los pijamas del mundo -por tocarla- se matan para vestirla; su cuerpo fue realizado, en el séptimo día, por Dios, la hizo a mano: se pasó todo el día para hacerla:

CABRÓN:

tocaste a mi novia: reconócelo en las sagradas escrituras: y su cabello, cada vez que roza la piel de su cara aprovecha para entregarle mil besos secretos: esos besos son la verdadera razón de la dermatitis crónica que padece. Pero ella no lo sabe.

Su cara.

Sobre todo su cara.

Su angelical e inocente cara.

Ella me mira: estoy desnudo, frente la cama: en el momento que su vista se fija en mi pene erecto y quita la mirada, de un golpe, como arrepentida y me mira, ruborizada, a la cara, es cuando más bella me parece.

O MÁS TIESA ME LA PONE.

¡Cuánto me gustaría saber volverla loca! ¡Cuánto me gustaría darle la mejor sesión de sexo de su vida!

Pero no sé.

SOY EYACULADOR PRECOZ.

Y gordo: no tengo un cuerpo como el de los modelos de las revistas: mi maldita barriga inflada que me produce gases.

Y un fracasado: sin dinero, sin éxito: menos mal que por lo menos se me pone perfectamente tiesa: eso ocurre desde que, desnudo, la rozo: no creo que nunca se deje de poner tiesa si ella está cerca para ser rozada.

Hoy todo es distinto: HE CAMUFLADO UNA CÁMARA DE VÍDEO DIGITAL EN LA PUNTA DE ARRIBA DEL ARMARIO: su visor se dirige a la cama.

Quiero hacer una película porno con la Virgen María, sin su permiso.

Aleluya.

Compré la cámara digital, hace una semana, en el gran centro comercial. No se lo he dicho a mi novia: estoy nervioso: el corazón parece que se me va a salir del pecho.

La idea me la dio un amigo, camarero de discoteca en una zona turística: graba, con cámara oculta, todas las turistas que se tira: tiene decenas de películas.

Quiero tener una película porno con mi novia: me excita enormemente grabarla sin que lo sepa: es tan pijita, tan niñita buena, tan responsable, tan elegante, tan lo que se debe de ser… su madre profesora de instituto; su padre prestigioso arquitecto; su hermano destacado abogado… grabarla es un insulto, un golpe en los testículos a la sociedad que no pertenezco: una ofensa a la gente que ha dispuesto de lo que ha necesitado en cada edad de su vida: una bofetada a los que nunca se han tenido que reprimir ni avergonzar por no tener absolutamente nada por su propia culpa.

Y, además, sin duda, dentro de poco, ella me va a dejar.

Es imposible que continúe más tiempo con un mierda como yo: sin estudios, sin personalidad, con nada más que pájaros en la cabeza.

Feo: gordo, fofo, estúpido, enfermizo y retorcido cerebralmente.

Entonces, en ese momento, en la soledad de mi habitación, con las persianas bajadas, le daré al play al vídeo porno: recordare que una vez fue mía: me masturbaré viendo como me corría dentro de ella: cuando la vea pasear de la mano de otro (que sin duda llevará una camisa de Ralph Lauren y será abogado) me dolerá menos.

Un poco menos.

Encontraré un poquito de consuelo.

Creo.

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Antes de acostarme sobre ella y tratar de penetrarla, doy unos segundos para que la cámara, desde arriba, tome un precioso plano general de su cuerpo desnudo: es imprescindible.

Me pongo el preservativo: ella me obliga a pesar de que toma la pastilla: siente terror de quedarse embarazada: asegura que le destrozaría la vida: que tendría que dejar sus estudios de arquitectura. Jamás abortaría, está en contra de ello.

A mí, el tema del preservativo doble protección me pone muy nervioso, pero siempre cedo, primero porque si no me quedo sin follar, segundo porque si estuviera en el pellejo de ella entendería que tener un hijo de semejante gilipollas es un castigo que no le puedo desear ni a la más mala de las mujeres.

Se la meto ¡Lo estoy grabando!

Reboto sobre ella.

-¡Me duele! –me grita al oído.

Siempre le duele. Da igual el tiempo que dedique a los juegos preliminares, ella dice que es porque su chichi no funciona bien, que no segrega lo que debería de segregar, pero yo sé que es por mi culpa: no sirvo para nada en la cama.

Sin embargo, no me detengo: continuó: a veces ayuda: sucede el milagro y consigo que ella se abra más de piernas: esa es otra: ella siempre se resiste a abrirse de piernas: las mantiene juntas y tensas: trata de que no entre mi polla: supongo que eso aumenta su dolor.

-¿Qué es eso? –pregunta de pronto, mirando hacia arriba del ropero.

Mi corazón rebota en mi garganta.

He camuflado la cámara digital, con ropas y cajas, sin embargo el visor de la cámara lo he tenido que dejar necesariamente al descubierto: ella lo ha visto.

-Mi amor, no es momento ahora para hablar.

Ingenuamente, espero que se olvide, que no se dé cuenta que me acaba de pegar con una barra de hierro en la nuca, si seguimos follando quizá se olvide, si consigo durar un poco más, que no creo, porque noto como mi polla deja de estar dura.

-¡No! ¿Qué es eso? –Y me aparta de un manotazo mientras se tapa.

No sé que hacer. Me levanto.

-Yo…

Subo al ropero, le muestro la cámara. La cara de la virgen María se resquebraja: envejece diez años: es una vieja: acabo de darle una tristeza a su corazón inmensa. Trato de disculparme: invento: miento:

-Te lo iba a decir cuando termináramos… te quería dar una sorpresa… ya sabes que tú me excitas muchísimo… quería tener un recuerdo por si un día me dejas… sabes que eres mi primer amor, el único que tendré en mi vida… te prometo que te lo iba a enseñar cuando termináramos… y sólo iba a conservarlo si tu me dabas permiso para ello…

Ella comienza a llorar: se deshace: llora como una loca.

Me quiero morir: soy un miserable: lo peor del mundo.

Si ella no se hubiera dado cuenta que la grababa no me hubiera sentido mal, al contrario, contentísimo: tendría una película porno con mi novia que vería millones de veces: un trofeo, un trozo de cielo en mi infierno; pero ahora es diferente: ahora soy un pervertido, un perturbado, un enfermizo sexual: y ella lo sabe, se lo estoy mostrando: ya no soy el mismo que antes, he perdido la rectitud moral que ella pensaba yo poseía: por fin sabe que soy una mierda.

-No me esperaba esto de ti. Pensé que eras diferente ¿Por qué Sig? ¿Por qué?- habla mientras me enseña su rostro arrasado por las lágrimas que se me clava en el cerebro tal cuchillo.

La abrazo: trato de consolarla, susurro que me perdone mil veces en su oído: de un momento a otro me va a dejar, ha llegado la hora.

Abro la cámara y saco la cinta: la rompo.

-Perdón… perdón… ha sido una tontería: era un juego, por favor, deja de llorar.

Llora cada vez más: la estoy matando ¿Quién creo ser yo para sentirme con el derecho de dar una tristeza así a una chica como esta? Lo que he hecho es un delito estipulado en el código penal: merezco su castigo: merezco ir a la cárcel: sin embargo he roto la única prueba, y me alegro: a la única condena que me enfrentaré es a la soledad: ella me va a dejar. Y cuando, a partir de este día, nos encontremos por la calle, de casualidad, me esconderé: avergonzado: o incluso saldré corriendo en dirección contraria a ella.

Por fin abre la boca: se vuelve a destapar, se tiende sobre la cama:

-Venga, termina de follarme –sugiere llorando-. No quiero que te quedes una semana sin follar. Sé lo importante que es para ti.

Ahora comienzo a llorar yo. Me desmorono sobre ella ¿Por qué soy cómo soy? ¿Cómo puedo escapar de mí? ¿Cómo he llegado a ser como soy? He tocado fondo. Soy un miserable, no merezco ni hablar a una chica como ella y, sin embargo, trato de follármela mientras la graba una cámara oculta.

Ella me abraza:

-Venga, hazlo –dice- Desahógate una vez más.

Lloro. Soy un pervertido patético, un niñato. Una mierda. No me cansaré de repetírmelo: soy una mierda. Una gran mierda. Una apestosa mierda. Una mierda de arriba a abajo. Tengo mierda en la lengua. Y pegada al culo. En lugar de lágrimas, me sale mierda de los ojos. Mil kilos de mierda seca recubre el interior de mi piel. Una mierda que se arrastra por la ciudad. Una mierda que se masturba. Una mierda fracasada. Una mierda en la que la gente se mea encima. Me alimento de mierda, la desayuno, almuerzo y ceno: se me queda entre los dientes y sonrío: la enseño. Hay una mierda extendida entre las sábanas de mi cama y me revuelco en ella. Tengo el pelo lleno de mierda, las moscas verdes llenan de huevos mi garganta. Una mierda que apesta cuando alguien me mira a los ojos. Una mierda llena de pecados aberrantes. Una mierda pervertida. Una mierda de sexo autocomplaciente. Una mierda sin estudios. Una mierda de escritor. Una mierda de lector. Una mierda sin sueños. Una mierda pegajosa. Una mierda sin futuro. Me llamo y apellido mierda: no hay nada que pueda hacer para que yo deje de ser UNA GRAN MIERDA.

-No mi amor, no puedo hacértelo ahora. No tengo la cabeza bien.

Ella se viste. Yo pido perdón. Todo el rato: para siempre.

Ella asiente, dice que no pasa nada.

Bajamos a la calle. Sigo llorando. Ella ya no. Ahora su cara es un rictus de dureza: he matado parte de su inocencia. Me inscribo en el libro de personas que le han hecho daño, de personas que le han de pedir perdón el resto de su vida: inauguro la página uno. Culpable.

Tomamos un autobús. Nos sentamos atrás para que nadie vea mi cara llorosa. Ni la suya: ella parece que viene de un funeral: acaba de morir su primer hijo.

Bajamos del autobús, caminamos hasta su portal, se despide de mí: me besa en la mejilla: mis labios mentirosos deben de darle asco.

-No pasa nada -repite-. No te preocupes.

Se va. No mira atrás. El ascensor la sube al ático donde vive, el cielo: su hogar: allí no caben monstruos como yo.

Desde abajo, la envidio: he de quedarme conmigo: en el infierno.

Me gustaría escapar de mí mismo: huir: pero me persigo allí donde vaya.

SOCORRO

No, no merezco que me ayuden.

-Púdrete –me digo.

 

·9.- La cosa más rara que ha pasado en mi vida.

 

Situación: librería del gran centro comercial: hoy me siento intrépido: mientras paseo, no dejo de mirar -con disimulo- a la caja registradora de ventas: he decidido luchar: si algún cliente se acerca al mostrador para pagar el libro que tiene en sus manos, caminaré con paso firme y decidido hasta él (sin correr, el gran centro comercial prohíbe a los vendedores correr: resulta de mala educación) incluso aceleraré el paso si veo a un compañero dirigiéndose a la caja registradora con idéntica pretensión: le adelantaré: seré el primero en quitar de las manos el libro al cliente y cobrárselo: ni siquiera miraré al compañero adelantado: haré como que no lo vi: seré como ellos: esta vez la comisión del cero coma cuatro por ciento irá a mi bolsillo: no dejaré que me machaque ningún otro vendedor de la librería.

No será fácil.

Todo el personal de librería observa, de reojo y con disimulo, la caja registradora de ventas: mataríamos por ese cero coma cuatro por ciento de comisión: se nos salen los ojos: cada día los jefes de departamento estudian las listas que reflejan las ventas de cada vendedor: los clasificados en las últimas posiciones son humillados (venga, vete al almacén a limpiar y a sacar el polvo, que no sirves ni para sacarle dinero a una viuda solitaria) y despedidos si se hacen habituales en dichas posiciones: hay que caminar por la extensa librería pero arreglándoselas para mantenerse lo más vertical y cerca posible de la caja de ventas, disimulando: sonriendo falsamente al pasar cerca de los compañeros y, haciéndoles creer con tu mirada perdida, que mantienes los pensamientos concentrados en otros asuntos lejanos a la venta y al machaque del contrario, como la paz mundial o la pesca del atún en alta mar, por ejemplo.

-¿Tiene algún libro que demuestre que hay vida tras la muerte?

Relajo los puños e instintos de caza: busco mi sonrisa de atención al cliente: reconvertido en eficiente dependiente de librería, me doy la vuelta en busca de quién ha preguntado a mis espaldas: es una señora: no puede tener más de treinta y seis años: rubia con mechas naranjas: de aspecto elegante: tacones: me gustaría follármela: le acompaña otra mujer, ligeramente mayor que ella, su hermana quizá: parece que acaba de salir de la peluquería: también me gustaría follármela: son gente de dinero: las conduciré directamente a los libros de tapa dura: son caros y hago más caja.

 

-Tenemos bastantes libros sobre ese tema: pero sólo uno escrito por científicos serios y que describe, con hechos, la verdad. Si son tan amables de acompañarme, señoras.

 

Caminamos hasta el expositor de libros sobre ciencias ocultas: me he inventado todo lo que he dicho pero, sin duda, tengo el libro vendido: les ofreceré Vida tras la muerte clínica, el más caro de los que conozco.

-Este libro ha sido escrito en colaboración con los equipos de las universidades científicas más prestigiosas del mundo que han dado a la luz sus informes finales tras años de investigación: han estudiado a miles de personas clínicamente muertas que han regresado a la vida, así como los signos y pruebas físicas que dejaron, personas fallecidas a sus seres más queridos. Está escrito de una forma amena que interesa al lector desde la primera página.

 

-Démelo, por favor. Me lo llevo.

 

Ha picado la estúpida: alargo la mano para tomar el libro. Siempre tenemos cinco ejemplares en el estante dos: mierda: no está: ¿Cómo es posible?: la comisión –maldita sea- la comisión: hablo tratando que no se note mi cara de pánico.

-Por favor: perdonen un momento señoras. Enseguida vuelvo.

Me dirijo al ordenador: tecleo el título: mierda: el último ejemplar lo vendieron ayer: el pedido para reponer está hecho: dentro de tres días lo volveremos a tener: me cago en la puta mierda de la madre de quién compró el último libro.

Me vuelvo a dirigir a las mujeres.

 

-Oh, señora –ruego- un momento.

 

Me agacho ante el expositor de los libros –yo y mis kilos de más- lanzo una plegaria para que no se me rompa el pantalón por el culo. Rebusco: le daré cualquier otro, total, aún no le había dicho el título: nuestra sección de ciencias ocultas está perfectamente bien surtida: cada día la gente se interesa más por estas estupideces: mil métodos de adivinar el futuro, viajes astrales, vidas anteriores, combatir a demonios, como colocar los muebles de la casa para que los hados sean misericordiosos, convertirse en bruja, magia blanca, seres del bosque, extraterrestres amarillos ¿Pero qué diablos le pasa a la gente?

Imposible: ninguno sobre la vida tras de la muerte: ni siquiera en edición de bolsillo: es extraño: normalmente tenemos más de una docena de títulos sobre dicho tema: esto si que es un suceso paranormal.

-Señora, extrañamente, cualquier título sobre dicho tema está agotado. Pero volveremos a disponer del libro que le comentaba, dentro de tres días. Si lo desea, puedo avisarla por teléfono desde que nos llegue a la librería. Le pido perdón, no sé qué ha podido pasar para que, de pronto, todos se hayan vendido.

La cara de la señora se entristece, no hace falta dice, muchas gracias, adiós: se van. Pero, de pronto, ella da media vuelta, me encara:

-Usted… Usted sabe algo de la vida tras la muerte.

-¿Yo?

-Te vi pasear por la librería, algo en mi interior me dijo que hablara contigo, pensé que era porque podías indicarme el libro correcto, pero no: acabas de asegurar, extrañado, que siempre tienen libros sobre ese tema, pero justo hoy no, entonces debe ser otra señal, quizá tú tengas la información que necesito.

-Señora (empiezo a preocuparme: quizá esté hablando con una enferma mental, miro a su hermana, noto tristeza en su mirada) yo sólo soy un dependiente de librería: no tengo nada que ver con Dios ni con Satanás.

-Por favor, no me tome por loca –su rostro se quiebra- mi hija de trece años murió hace tres semanas –la señora está a punto de llorar-. Necesito una señal, conocer que existe otro lugar, otra vida, que ella no ha desaparecido para siempre y la podré volver a abrazar.

Silencio: me mira.

Yo la miro.

Su hermana me mira.

La verdad es que una vez ocurrió algo.

Muy raro.

No sé si hablar.

Si lo hago, ellas pensarán ahora que el loco soy yo.

Miro la cara de la señora.

Necesita cualquier palabra de mí.

Comienzo a hablar:

-Sin duda –confieso- lo que a continuación le contaré es lo más raro que ha ocurrido en mi vida.

Noto que, a la señora y a mí, nos recorre un escalofrío: el vello se nos pone de punta: dejo de ver a la gente que nos rodea: su hermana, los vendedores, y los clientes del gran centro comercial han desaparecido: sólo veo los ojos de la señora: que me absorben: siento mareo, me siento flotar: comienzo a hablar: no puedo dejar de hacerlo:

-Tenía once años cuando ocurrió esto: mi hermana y yo pasábamos el fin de semana en la casa de la segunda mujer de mi segundo padre: a esa mujer la llamábamos tía: nos quería y se preocupaba mucho por nosotros. Me encantaba su casa: el suelo era de madera, las paredes estaban llenas de bellos cuadros que había comprado en sus múltiples viajes, las habitaciones grandísimas: me llamaba mucho la atención de que dispusiera de una habitación únicamente para guardar su amplio vestuario: todavía hoy, ella es la persona más rica e independiente que he conocido: y sin embargo siempre vivía preocupándose por nosotros.

No obstante, odiaba pasar las noches allí: me aterrorizaba.

Mi tía tenía como afición el espiritismo y se hartaba de hacer sesiones en aquella casa: me lo había contado ella, me lo había contado mi madre, me lo había contado mi hermana, me lo había contado mi segundo padre: tantas historias se entremezclaban en mi cabeza que hasta me daba pánico ir al cuarto de baño sólo: le pedía a mi tía que se quedara quieta al otro lado de la puerta y diera golpecitos en la madera, para que yo supiera que todo andaba bien.

Hacía ya tres meses que no veía a mi madre: trataba de curarse de un cáncer en un hospital y mi segundo padre había tenido que salir en viaje de negocios ineludiblemente: así que nuestra tía se hizo cargo de nosotros esa noche.

La habitación que menos miedo me daba era la verde: era muy pequeñita y, en una pequeño mueble biblioteca, estaba la colección completa de las aventuras de Tintín: podía leer hasta quedarme frito. Además era la que más próxima estaba de la habitación de mi tía.

Dormía hasta que, en la madrugada, algo me despertó: abrí los ojos: sobre mí, en el techo, había líneas eléctricas que se revolvían: eran de color rojo, del tamaño de una persona: sin dudar supe que era un espíritu: me asusté: traté de incorporarme: sin embargo noté una mano apretando la mía, tratando de tranquilizarme: era una señora a la que nunca antes había visto: tenía una melena oscura y rizada, vestía un camisón blanco: al mirarla sentí que el pánico desaparecía.

-Ah, eres tú –dije.

E, inexplicablemente, cerré los ojos y me quedé dormido.

A la mañana siguiente nos despertó mi tía: estaba triste y nos pidió que, después de desayunar, fuéramos a su habitación. Nos esperó acostada: se me antojó que deseaba no sostenerse sobre sus piernas: necesitaba toda su fuerza mental para lo que nos iba a comunicar:

-Subid a la cama y abrazadme –pidió.

Me miró mucho a los ojos, fijamente, antes de comenzar a hablar: nuestra madre había muerto aquella madrugada. El cáncer había ganado la jugada: lloramos mucho, todos: mi hermana y yo nos abrazamos hasta quedarnos sin fuerzas: no fue hasta días más tarde que conseguí hablar sobre lo que había visto aquella madrugada: le pregunté a mi tía que, no sé porqué, se mostró sorprendida: me lo explicó: esos rayos que dices haber visto era tu madre: venía a despedirse: y esa señora que te tranquilizó con su presencia, a pesar de que nunca antes la habías visto es tu ángel de la guarda, el compañero que tenemos a nuestro lado para toda la vida y que no se dedica más que a cuidarnos y a protegernos.

He terminado de hablar: observo a la señora, a su hermana: tienen lágrimas en los ojos.

-¿Te has inventado eso? –pregunta.

-No señora. Es la pura verdad. Sé que suena muy raro pero, mil diablos, ojala hubiera podido grabar en video lo que vi. Lo cierto es que cada vez que lo pienso me parece más irreal: no es posible: pero sucedió. Aunque me cueste creerlo a mí también.

Me abraza. Llora.

El jefe del departamento pasa a mi lado, observa cómo nos abrazamos.

Ella no me suelta.

Yo también la abrazo, con cariño y afecto: deseo tranquilizarla: como mi ángel de la guarda hizo conmigo.

-Tu hijita está bien. No te preocupes: os volveréis a ver –susurro en su oído.

Llora con más intensidad: me emociono: también comienzo a llorar: lloramos y temblamos.

El jefe de departamento se acerca hasta mi oído: empleado Sigmundo, me dice, qué barbaridad: recuerde que hay que guardar las distancias: qué me dirá el señor director si le ve de esta manera: estamos en el gran centro comercial, no en un reallity show, deje a esa señora ahora mismo y venga a mi despacho.

Al poco de morir mi madre, fue mi cumpleaños. Mi tía (la del relato) se empeñó en celebrarlo, a pesar de que yo no quería: me hizo una gran fiesta en su casa. Esa ha sido la última tarta de mi cumpleaños: nunca más lo he vuelto a celebrar.

Mi tía hacía fiestas a mi madre cada vez que los doctores la dejaban salir del hospital (pensando que había ganado la batalla contra el cáncer). Mi madre está en la última fila, con una corona. Y yo soy el niño del jersey blanco.