DIARIO SECRETO DEL
GRAN CENTRO COMERCIAL

 por Sigmundo Fernández

 

 

·1.- La vida, este momento: el problema del espejo.

 

La corbata me aprieta.

La chaqueta me hace sudar.

Estoy gordo: pronto voy a jadear, sudar y oler como un cerdo.

Debería utilizar el teléfono interior, llamar a mis compañeros de librería:

 

-Por favor ¿Puede bajar alguien a echarme una mano con las cajas? Quedan doce más, si nadie me ayuda voy a tener que dar tres viajes como mínimo. Y las cajas están hasta arriba de libros.

 

Ellos deberían bajar y cargar también: son las normas del departamento: todos los vendedores hemos de acudir en busca de la mercancía desde que llegue al almacén. Las cajas guardan los libros que hemos pedido, los que vamos a tratar de vender: por los que cobraremos comisiones si los vendemos.

No me atrevo a llamar a mis compañeros: tengo miedo de caerles mal: ellos ya saben que estoy aquí: escucharon la llamada del almacén, me vieron bajar: sé que les desagrada cargar: les hace sentirse vendedores de segunda categoría: no les gusta sudar: además está el gran tema del dinero: si no se encuentran arriba, vendiendo, pierden las comisiones que eso conlleva.

Para cargar no puedo quitarme la chaqueta ni la corbata: el gran centro comercial donde trabajo lo prohíbe: los clientes han de vernos, siempre, perfectamente uniformados, aseados; y sin sudar.

Mierda: estoy sudando como un cerdo: seguro me riñen.

Es la cuarta vez que vengo por mercancía en este día, treceava en la semana: siempre solo, sin atreverme a pedir ayuda a nadie.

Los guardias del almacén se ríen:

 

-¿Te ha tocado otra vez cargar a ti?

-NO IMPORTA –miento sonriente- Así hago ejercicio: es terrible andar tieso por la sección, dando vueltas, esperando que alguien venga a comprar algo.

 

Se ríen más de mí. Ojean los libros que cargo: hacen bromas estúpidas con ellos:

 

-¿Tienes algún libro donde salgan fotos de mujeres desnudas?

-¿Y aquí dice cómo follarme a la secretaría del director?

 

Tengo prisa, pero no me atrevo a quitárselos de las manos. Ellos son auxiliares de seguridad, no tienen derecho a tocar la mercancía.

¡Yo no estoy jugando! ¡Estoy trabajando! ¡Los odio!

Callo, espero paciente, finjo risas causadas por sus tonterías: deseo caerles bien, que piensen que soy un tipo simpático.

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Cuarenta y cinco minutos más tarde, tras terminar el último de los tres viajes, me encierro en el baño del almacén: seco mi frente con papel de baño, rocío de colonia mi cabello y traje: vigilo, en el espejo, que mi sonrisa siga pareciendo auténtica.

Soy un gilipollas.

Y un cobarde: toda mi vida he prefiero callar antes que tener que enfrentarme a cualquiera: ni siquiera me atrevo a discutir.

No soy nadie: no tengo estudios universitarios: soy un estúpido vestido con un traje barato, trabajando por el sueldo mínimo permitido por un gobierno para ricos en un trabajo que hasta las amas de casa, de sesenta años y sin preparación, pueden desempeñar mejor que yo.

Y estoy gordo: tengo una barriga asquerosísima.

Normal que, cuando estamos solos, a mi novia nunca le apetezca follar.

Además, si consigo meterle la polla no logro la contención ni cinco segundos: me corro enseguida.

En algo soy perfecto: mi eyaculación precoz no falla jamás.

Ni idea de porqué mi novia no me olvida: ni siquiera puede sentir pena por mí: he logrado convertirme en un gran perdedor por mis propios méritos, sin la colaboración de nadie: sólo siendo como soy.

Vergüenza.

Asco es lo que siento cuando me miro en el espejo.

 

·2.- Mi ficha de identificación personal, hoy: 

Tengo 28 años, sueño con ser escritor, vivo en la casa de mis abuelos. No tengo padres, mi padre nos abandonó, mi madre murió; con mi precario sueldo y mi contrato temporal no me atrevo a independizarme ¿Repito que soy un cobarde? Sólo soy feliz cuando eyaculo. Tres veces al día. Casi nunca tranquilo: mi imaginación me martiriza. Por ejemplo: si estoy encerrado en mi habitación, dándole, me asalta la idea de que quizá una de mis primas de diez años, la que me quiere muchísimo, ha venido a mi casa y se ha escondido en la habitación, para darme un susto y una sorpresa. Ahora ella, metida en mi armario, con la puerta un poco abierta, se encuentra presenciando, aterrorizada, como su querido primo favorito se masturba: estoy creando en su cabeza un trauma que perdurará durante toda su vida. Se me baja: me subo los calzoncillos, trato de encontrarla: abro las puertas del armario, miro bajo la cama, por las esquinas. Nunca está. Me tiendo en la cama, continúo masturbándome. Pero sigue la intranquilidad. Ahora tengo prisa por terminar, puede ser que la cerradura de la puerta de mi habitación esté demasiado vieja y mi abuela irrumpa, de pronto, sorprendiendo mi manoseamiento. Y al fin, al eyacular, comienzo a pensar que mis abuelos han oído mi ahogado gemido de placer: el trabajo en mi cama. Avergonzado, tardo horas en encontrar valor para salir de mi cuarto.

 

·3.- Por favor: libertad para la masturbación pública.

 

Busco un placer superior al orgasmo.

NO LO ENCUENTRO: NO EXISTE.

Por el orgasmo creo en Dios.

Me he acostumbrado a ese milagro: incomprensiblemente.

1+1: masturbarse proporciona orgasmos.

Es sano. Natural. Es un instinto: igual que alimentarse. Y es gratis: uno puede estar masturbándose todo el día y no pagar impuesto alguno por ello.

No entiendo porqué la sociedad prohíbe masturbarse en público: sería hermoso ver a la gente disfrutar, en cualquier sitio: ver gente feliz: te meterían en la cárcel.

La sociedad puede ver tus lágrimas, jamás tu semen.

Sólo debería de estar prohibido retener a una persona contra su voluntad para que te observara o tocase tu semen.

Para una mujer, que se masturben viéndola caminar tendría que ser un bello halago.

Sería maravilloso poder masturbarse frente a una joven guapa sin haber cruzado, anteriormente, ni una palabra con ella: así no te percatas de sus defectos: puedes imaginarla a tu antojo: perfecta: nunca descubrirías que es tonta, inculta, superficial, con pelos en la espalda y que ríe igual que una cabra del campo.

A mí, por lo menos, me encantaría que las chicas se masturbaran a mi paso.

Y tener siempre la opción de quedarme o seguir de largo.

 

SITUACIÓN FICTICIA PARA UN MUNDO FELIZ:

Yo en un autobús de trayecto urbano. Está lleno de pasajeros.

Una chica se sienta en una butaca, a mi lado.

La chica es morena, alta: ojos verdes, inteligentes: treinta y pico años perfectamente cuidados: una bomba atómica la primera vez que la miras: sus abultados pechos luchan contra su ceñida camiseta en busca de la libertad: su culo le palpita: ¿tendrá un corazón en cada nalga?

Desabrocho mi bragueta: saco mi polla: comienzo a masturbarme.

-Oh, que amable eres –dice ella.

-Es usted guapísima. Ha salido tremenda de su casa.

-Uf. Ya veo que sí. Menuda erección le he proporcionado.

-Si, no creo que tarde mucho en terminar.

-Le ayudaría a machacársela si no fuera porque tengo marido.

-No me extraña que tenga marido. Aunque usted poseyera un carácter insufrible, que no lo creo, sólo por poder ver su rostro y cuerpo cada mañana, cada noche, merecería la pena soportarla.

-Ja, ja… ¡Ojalá mi marido dijera lo mismo! De todas maneras tiene tres paradas más para terminar, así que tómelo con calma si lo desea.

-Oh, es usted muy amable por no molestarse. Sin embargo, es imparable: aquí viene, ya lo noto llegar: es usted demasiado sexy.

-Tenga cuidado con el semen. Entro a trabajar ahora: no quiero mancharme.

-Por favor, no se preocupe: apuntaré al cristal de la ventana. He traído pañuelitos…mmm…por cierto: ¿Le importa mirarme a los ojos?

-Por supuesto que no: me encanta ver la cara de la gente cuando eyacula.

-¡OH! ¡OH! ¡ME CORRO!

-¡Bravo! ¡Ja, ja, ja, ja!

 

LA VIDA DEBERÍA DE SER MÁS AUTÉNTICA.

 

·4.- El gran centro comercial.

 

Trabajo en un gran centro comercial de cien mil metros cuadrados.

Hay setecientos centros comerciales, exactamente igual que este, repartidos por las principales ciudades del mundo: todos pertenecen a la misma empresa.

Los rumores que se leen en Internet, apuntan a que esta cadena de grandes centros comerciales es uno más de los negocios de la misma secta-secreta-radical-seudocristiana que domina el mundo desde hace décadas; son tan poderosos que eligen a dedo al mismísimo presidente de los Estados Unidos de América: o al de cualquier otro país con importancia: las elecciones son, desde hace décadas, una tremenda farsa.

VIVIMOS EN UNA DICTADURA SECRETA.

Dentro de poco tiempo (treinta o cuarenta años), esta secta-secreta-radical-seudocristiana- concluirá su ambición suprema: convertir cada rincón del mundo en un gran centro comercial y, a sus habitantes, en máquinas programadas para consumir.

Yo ya lo soy: al igual que mis compañeros de trabajo, la totalidad de mi sueldo lo gasto en pagar las facturas que, a final de mes, nos presentan por las compras no necesarias que realizamos casi a diario en el gran centro comercial.

FINALMENTE, TRABAJAMOS GRATIS PARA EL GRAN CENTRO COMERCIAL.

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La clase social media-alta es la mejor clientela del gran centro comercial.

La clase social media-alta pasa cinco o seis días de la semana en el trabajo.

No tienen tiempo libre hasta la noche: agotados e inertes, llegan a sus casas y abandonan sus inteligencias frente a la programación televisiva: allí sus mentes son manipuladas, su creatividad neutralizada: las películas, espacios y anuncios, enseñan el estilo de vida que tenemos que soñar: los objetos que tenemos que comprar, el tipo de cuerpo que nos tiene que excitar, las opiniones que tenemos que sostener.

Luego, en el día, se refuerzan esas ideas: el vecino se ha comprado el coche que todos quieren ¿Por qué tú no? Tu compañera de trabajo lleva el cinturón de moda ¿Por qué tú no? Tu amigo se ha comprado una cámara digital con más píxeles que la tuya ¿Por qué tú no? ¿Es qué ellos son mejores que tú? ¿Vas a dejarte pisotear?

Esta es la verdadera razón por la que la clase social media-alta trabaja cinco o seis días a la semana en lugar de tres.

-Voy a comprar esa XHJGTDUSJ y ese accesorio de DKJSMSAJS, lo merezco por trabajar tanto –dicen.

La clase social media-alta prefiere pasar los días en el trabajo que vivir libremente.

Y YO TAMBIÉN: EL TIEMPO LIBRE PROVOCA QUE TE COMAS EL COCO: PENSAR ES UN ROLLO, TE HACE INFELIZ.

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Todos los objetos están en el gran centro comercial.

No te preocupes si no dispones de dinero suficiente para comprar justo ahora: el gran centro comercial dispone de cómodas y simuladas formas de pago: busca una señorita con minifalda y sonrisa: que te haga una tarjetita de plástico: te tratará con una simpatía y respeto que te sentirás el primer astronauta en hacer una nave espacial con los restos de su coche viejo y dejar huella en Saturno: ella te mira como si fueras el más listo y simpático: el amorcito de su vida.

LLÉVATE COSAS A CASA: TODO LO QUE QUIERAS.

Firma el contrato que te extienden sus manos con uñas largas de color pasión: sonríele: terminaras pagando de por vida facturas del gran centro comercial.

Y vistiendo las mejores marcas.

Tendrás los mejores aparatos electrónicos del momento.

La felicidad ¿no?

Nunca te saciarás: siempre se idean objetos más interesantes: pasaras de bailar la versión polifónica de la canción del momento, que suena en tu nuevo teléfono multimedia, a tratar de conseguir el innovador móvil con sonido dolby-digital, televisor, cámara de video, ordenador, DVD, re-grabadora, mapa callejero, buscador de oro, encendedor y ovni incluido. O de tener el bolso de lunares a querer tener el de rallas: según lo que dicte la temporada.

ES NECESARIO

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La clase social media-alta, en su día libre o en un descanso del trabajo llegan, sin conocer la razón exacta, hasta los pasillos del gran centro comercial.

Por los pasillos, deambulan sin rumbo ni rostro.

Desorientados observan las atrayentes exposiciones, las emocionantes ofertas, las promociones maravillosas: caen hipnotizados: por la música y el producto químico que, ilegal y secretamente, se mezcla con el aire acondicionado.

Entonces se acerca un amable vendedor:

-¿Hay algo en qué le pueda servir? Estaría encantado en buscarle lo que sea.

Y comienza una conversación que, posiblemente, llevará al confundido visitante a gastarse una semana de su sueldo.

Yo, como vendedor del gran centro comercial, ataco así, mil veces cada día: nos han entrenado: nos recluyeron en un aula durante un mes para enseñarnos los trucos psicológicos básicos con los que recordarles al cliente (y sin que este se de cuenta de que nuestro único interés por él es realizar una venta) una necesidad olvidada o una compra emotiva: estas ventas espontáneas representarán el nada desdeñable cuarenta por ciento del volumen total de ventas.

CON ESE CUARENTA POR CIENTO SE PODRÍA ACABAR CON EL HAMBRE EN EL MUNDO, SIN EMBARGO, SE UTILIZARÁ PARA CREAR NUEVOS GRANDES CENTROS COMERCIALES QUE CREARÁN NUEVOS CUARENTA POR CIENTOS QUE CREARÁN, A SU VEZ, NUEVOS CENTROS COMERCIALES.

 

·5.-Normalmente.

 

Once de la noche: mi abuela sentada en un sillón frente al televisor, dormida. Se despierta con el ruido que hago al abrir, con la llave, la puerta de la casa.

-Sig –me saluda-. Ten cuidado al cerrar la puerta no sea que despiertes a tu abuelo, que ya se acostó.

Mi abuelo tiene muy mal genio.

-Sí –contesto.

Cierro la puerta, con cuidado.

Ella continúa frente el televisor, ahora con los ojos abiertos, como si nunca se hubiera quedado dormida y siguiera, desde hace horas, un interesantísimo programa. Yo, me encierro en mi habitación, me desnudo a espaldas del espejo: no quiero mirar mi cuerpo desnudo: es asqueroso: estoy gordo y fofo: tengo tetas; me visto con unos calzoncillos largos, una camiseta de propaganda y zapatillas: vuelvo al salón, busco el periódico, me siento en un sillón lejano a mi abuela: leo.

-¿Qué tal el trabajo?

-Igual que siempre, abuela.

-Tú esfuérzate, para que vean que eres un chico serio y trabajador.

-Sí abuela.

Ella intenta hablar un rato conmigo: esquivo la conversación: me centro en las noticias que leo: no me interesa hablar con ella: me aburre: siempre es lo mismo: termina reprochándome que halla abandonado la universidad.

Por fin, ante mi poca colaboración de continuar la conversación, se levanta.

-Buenas noches, Sig.

-Buenas noches, abuela.

Atraviesa el pasillo (cojeando, por la edad) hasta su dormitorio. Se acuesta junto a su marido, que ronca sonoramente: aguzo el oído: espero que duerma: es un misterio cómo ella logra conciliar el sueño junto a semejantes ronquidos: y treinta minutos después lo hace: ella respira pesadamente cuando duerme: me atrevo a encender el televisor.

QUIERO MASTURBARME.

Busco canales de televisión: si no es con un vídeo musical de la mtv me masturbo viendo a las presentadoras de las noticias de la noche (mi favorita es una que se llama Letizia:

las presentadoras de noticias son perfectas para masturbarse: te aguantan la mirada, te miran fijamente mientras lo haces): he de quitar el sonido: uno: las noticias sobre guerras, malos tratos o niños enfermos que mueren de hambre hacen que se me baje la erección: dos: oír mejor si mi abuelo o abuela se aproximan al salón: sería vergonzoso que me sorprendieran.

Eyaculo, me guardo la polla en los calzoncillos, me dirijo a la cocina, preparo un par de bocadillos de embutido que mastico y trago sin hambre, por gula.

Luego, veo un rato más la programación: al poco, noto el sueño.

Me encierro en mi cuarto.

Me acuesto, trato de leer un libro: no leo más que tres páginas: antes de trabajar en el gran centro comercial los devoraba: leía cuatro a la semana: ahora sólo leo tres al año. Y, salvo por este diario, he abandonado la escritura.

Apago la luz, busco el sueño. Si tengo fuerzas, me vuelvo a masturbar.

Así es siempre.

Salvo esta noche, de pronto, he comenzado a llorar.

Como un niño chico, como una madre desconsolada.

No sé la razón: no encuentro el motivo en concreto: sin embargo, no logro detener el llanto: me siento tremendamente triste.

Decido arrodillarme y rezar.

-Ayuda Dios –pido entre sollozos.

 

·6.-La librería del gran centro comercial.

 

Mi misión, en el gran centro comercial, es vender libros (y cargarlos).

El vendedor número uno de la sección de librería es una chica de veinticuatro años: tiene unas tetas grandísimas, como las de las revistas: es la que más compradores espontáneos produce: al verla los hombres se sienten irresistiblemente atraídos por la literatura: compran libros de tres en tres. Sin embargo, y aunque estudió filología hispánica, es una inculta: ni siquiera sabe cómo termina el Quijote: es una experta de moda y complementos: es en lo que se gasta la totalidad de su sueldo.

-¿Yo? Yo soy estupenda –dice.

Y es verdad: se tira a un compañero del departamento de deportes mientras su novio hace horas extras en su trabajo, una fábrica de alquitrán: necesita dinero para pagar una casa que ha puesto a nombre de los dos: a mi eso me sienta de maravilla: así tengo la certidumbre de que hay personas más desgraciadas que yo en el mundo desarrollado.

Los clientes se acercan: si los observas durante casi dos años (el tiempo que yo he estado en el gran centro comercial) sabes qué tipo de libros buscan antes de que te dirijan la palabra: por ejemplo: las amas de casa compran libros de autoayuda. O de Danielle Stell.

Los hombres bajitos, calvos, con barriga y barba canosa buscan libros de historia. O de yoga. Las chicas jóvenes: libros de terror o libros que relaten sus problemas diarios en clave de humor. Tipo El diario de Bridge Jones. E, incluso, poesía (y me excitan enormemente cuando, preguntando, pronuncian Whitman o Pessoa).Los niños sólo leen Harry Potter. Imposible mostrarles cualquier otro: te miran con odio si, por ejemplo, les invitas a leer El fantasma de Canterbille, de Oscar Wilde. Los chicos, de quince a treinta y cuatro años, no leen: compran dvds o discos compactos. Y si compran libros es por razones de estudio o porque tienen muchos granos o algún defecto físico o mental: entonces son los denominados frikis: compran manuales sobre juegos de roll, de espada y brujería o comics.

Pero, sin duda, los mejores clientes son los hombres de estatura alta que vienen vestidos con zapatos de oficina, pantalones vaqueros, camisa de marca y chaqueta de lona: abandonan a sus mujeres en el hipermercado del gran centro comercial, dejándolas encargadas de realizar la compra de la quincena y suben hasta librería:

-Estoy buscando un buen libro –te dicen.

Y se llevan una pila de libros de cualquier autor a quien hayan encuadernado elegante y sobriamente: no creo que se los lean nunca: si fueran verdaderos lectores comprarían, alguna vez, libros de otro tipo: estoy seguro de que se limitan a colocarlos en sus bibliotecas para sentirse cultos ante las visitas y su mujer, por ese orden.

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Nuestra librería, literariamente hablando, es una mierda.

Tenemos cualquier novedad publicitada del momento, sin embargo, es imposible encontrar buenos textos, como Nueve Cuentos de Salinger o cualquier libro de Thomas Bernhard.

No hay espacio físico: la gente compra lo que el televisor dice: Sabor a hiel, de la presentadora televisiva Rosa María Quintana llenaba nuestros estantes: se vendía como desodorantes hasta que se descubrió la verdad: no lo había escrito ella sino otra persona que además copiaba, palabra por palabra, pasajes enteros de un libro sin éxito de Danielle Steal: fraude.

Ante las reclamaciones, la editorial retiró todos los ejemplares: entonces el jefe de departamento decidió llenar los estantes vacíos con la autobiografía de Sara Montiel (también escritas por otra persona).

DEFINITIVAMENTE: UN PASEO POR LA LIBRERÍA DE EL GRAN CENTRO COMERCIAL SE CARGA DE LADO A LADO LA BIBLIOTECA DE BABEL: NO EXISTE: BORGES ES UN FARSANTE: BORGES PREFIRIÓ QUEDARSE CIEGO ANTES QUE VER LA BIBLIOTECA DEL GRAN CENTRO COMERCIAL: ES MÁS: MURIÓ DE TRISTEZA CUANDO LA INTUYÓ PARA LA COMPOSICIÓN DE UN CUENTO FANTÁSTICO: SU ÚLTIMO CUENTO: LA LIBRERÍA DEL GRAN CENTRO COMERCIAL.

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Odio trabajar en el gran centro comercial.

Todo es hacer dinero: no importa nada más.

Pero he de pagar las facturas de mis compras: debo dos veces mi sueldo. Y va en aumento.

Me he vendido: yo, un amante de la verdadera literatura, de la que se escribe desde la razón o el sentimiento: de la que se escribe sin ánimo de lucro: sinceramente.

Ahora, si alguien me pregunta por un buen libro, he de ocultar El extranjero, El amante o Las flores del mal: se venden muy baratos y apenas haces caja: es mejor engancharlos con best seller: El médico o Los pilares de la tierra siempre funcionan. Además se venden en lujoso estuche de regalo: un regalo perfecto (para el gran centro comercial).

Si trágicamente me preguntan por un libro que dé algo qué pensar, top secret, atragántate: ni nombrar Trópico de capricornio, Sidharta o la sobrecogedora belleza de El principito: obsérvales: si es un hombre de negocios alaba las características de la bazofia ¿Quién ha robado mi queso?: si es un ama de casa es tiempo de Las nueve revelaciones, La rueda de la vida o El caballero de la armadura oxidada (edición especial para subnormales). Y si es un estudiante: El Alquimista.

Con estos títulos los volverás locos, te convertirás en su gurú personal: acudirán habitualmente a la librería para preguntarte por nuevos textos que comprar: se gastarán una buena pasta tratando de convertirse en guerreros de la luz, como pretende Coelho. No será hasta años después que se darán cuenta, quizá en un momento de luminosidad senil, que fueron unos estúpidos manipulados.

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Trato de no vender más libros que mis compañeros (asunto que no es difícil si contamos el tiempo que paso lejos de la atención al público, cargando cajas en el almacén). Si vendiera más libros que ellos tendría que soportar una presión de la que no soy capaz: a diario, me tendría que defender, ante el jefe del departamento, de las injurias que mis compañeros susurrarían a sus oídos: Sigmundo sólo está atento a la venta: no hace devoluciones, no ordena el almacén, no respeta el cliente de los demás, no atiende el teléfono, no hace pedidos, no saca el polvo a los libros, no trae mercancía del almacén…

También tendría que soportar y sostener sus miradas de odio y envidia, sus habladurías, sus burlas y engaños… me derrumbaría… sufriría una crisis nerviosa… es mejor pasar desapercibido, que el que obtenga las comisiones más altas sea alguien con más personalidad que yo: yo soy un guiñapo sin cojones.

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Mi único pasatiempo, en el gran centro comercial, son mis fantasías sexuales.

Cuando una clienta guapa se acerca a mí y me pregunta por un título, lo primero que hago es mirar fijamente a su cara e imaginar, durante unos segundos, que me estoy corriendo dentro de su vagina: sin preservativo.

Ella, mientras tanto, piensa que estoy meditando su pregunta.

Al concluir me siento en paz: logro hablar sereno, fluido y eficientemente a la guapa clienta: total ¿Para qué estar nervioso si ya me la follé?

Y en mi cabeza tengo un harén: más de quince vendedoras del gran centro comercial lo pueblan: me excitan por su belleza o por su simpatía: a la hora de masturbarme nunca me falta una erección para ellas:

CUMPLEN MI FANTASÍA FAVORITA:

tengo un aparato electrónico, parecido a un walkman, que me regalo Satanás a cambio de un favor que algún día me pediría pero yo, con mi lúcida inteligencia, logré burlar: ese aparato es capaz de detener el tiempo sin que la comunidad científica se entere: en ese paréntesis temporal las mujeres cumplen mi voluntad: sólo tengo que pegarles una especie de pegatina electrónica, accesorio del walkman, en la palma de la mano: estoy en el gran centro comercial, me dirijo a mis quince vendedoras favoritas:

-Por favor, poneros unas al lado de las otras, subid a los mostradores de información al cliente, abrid vuestras camisas y sacaros vuestros pechos. Quitaros las faldas y bragas o tangas: poneros a cuatro patas, de espaldas a mí, esperadme. Gracias.

Las penetro desde atrás: a ellas les gusta: se enfadan cuando, sin eyacular, las abandono para pasar a la siguiente: continúan en la misma posición: esperanzadoras de que vuelva a ellas: sin embargo, yo sigo el orden: observan cómo se las meto a las otras: por fin me corro (dentro de una de pelo largo, negro, culo abundante y que trabaja en territorio vaquero) la agraciada grita de placer y emoción: se siente superior a las demás: ha ganado.

Saco mi polla y me dirijo al baño, me refresco y, al salir, el gran centro comercial: el mundo entero, vuelve a su normalidad.

 

·7.- Sentado, esperando un autobús, miro a la gente.

 

Si alguien me sonriera

hoy

le daría todo.

Ni una mentira, ni un engaño

le abrazaría

le amaría

se convertiría en mi mejor amigo.

 

·8.- Un pecado: una película porno fallida.

 

Tengo una oportunidad para follar los sábados por la noche: mis abuelos dejan la casa a las nueve: velada nocturna: restaurante y bingo; el gran centro comercial cierra a las diez: si me doy prisa por terminar logro estar fuera a las diez y media.

En la salida de personal me espera mi novia, tal como quedamos.

Al verla, me hincho de orgullo: es guapísima: los demás vendedores, al pasar a su lado, la admiran: si midiera diez centímetros más sería una modelo de considerable éxito por las pasarelas mundiales, estoy seguro.

Incomprensiblemente, me espera a mí, sin nadie que la apunte con un arma: espera libremente a este gordo hediondo para que se la meta sin contemplaciones: Dios ha dañado su percepción: tapa sus ojos con una venda de trapo oscuro que le impide verme como la gran mierda que soy: gracias Dios.

-Mi amor –saludo.

Ella nunca responde el saludo, simplemente sonríe.

Tiene una sonrisa pura: la lanza y te da besos en el alma.

En este diario la llamaré Virgen María.

Por buena: por decente. Yo la desvirgué: no obstante, si se puede ser virgen después de dejar de serlo, sin duda, ella lo es. Además escucha misa cada domingo: es una santa, su único pecado, el consumismo: prefiere comprarse unas sandalias (que hacen el número veintisiete de su colección) que enviar la mitad de ese dinero a los niños del tercer mundo: no obstante, eso lo hace el mundo entero: ya no es pecado: aunque hayan niños muriéndose de hambre: eso no es nuestra culpa: la culpa no la tiene nadie que yo conozca: ni siquiera yo.

La tomo de la mano, apresuramos el paso hasta la parada de taxis: no hemos de perder tiempo: a partir de las doce es mejor andar lejos mi casa: mis abuelos podrían regresar y sorprendernos: mis abuelos se tomarían como un insulto personal, cristiano y ético-moral descubrir que nosotros aprovechamos su ausencia para mantener relaciones sexuales pre-matrimoniales: no podría volver a mirarles a los ojos: les decepcionaría: vergüenza.

TENGO QUE FOLLAR

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Estamos en casa: solos: ella se sienta en el salón (en el mismo sillón donde yo me masturbo de lunes a domingo) y conecta el televisor: yo corro hasta la ducha: estoy repleto de sudor por cargar las malditas cajas de libros.

-Date prisa – oigo que me apresura.

Miro mi reloj de pulsera y calculo: queda menos de una hora para el posible regreso de mis abuelos: me ducho a presión, con agua fría, bajo los testículos: he de despertarme, que el flujo sanguíneo circule de manera perfecta por todo mi cuerpo,

TENGO QUE CONSEGUIR UNA ERECCIÓN DENTRO DE DIEZ MINUTOS:

no puedo demorarme: si no, me quedaré sin follar hasta el próximo sábado: y quizá el próximo sábado mis abuelos decidan no salir.

Salgo de la ducha y grito:

-¡Virgen María, ya está! ¡Vamos a la habitación!

Virgen María no viene: voy a buscarla al salón, la arrastro de mi mano, la llevo hasta mi dormitorio, la convenzo para que se quite la ropa: siempre me reprocha lo mismo:

-Eres muy brusco. Nunca me seduces –habla mimosa-.Nunca me quitas la ropa con delicadeza.

-Mi amor, no hay tiempo: mis abuelos pueden venir en cualquier momento: desnúdate y luego trato de seducirte, que tu chichi se llene de agua.

-No hables así: sabes que no me gusta.

-Joder, dije chichi, no chocho. Por consideración a ti.

Desnuda se acuesta en mi cama. Se tapa con una sábana, me mira: tiro de la sábana, la destapo: me sobrecoge la belleza de su cuerpo desnudo: imagino una guerra a los pies de mi cama: todos los pijamas del mundo -por tocarla- se matan para vestirla; su cuerpo fue realizado, en el séptimo día, por Dios, la hizo a mano: se pasó todo el día para hacerla:

CABRÓN:

tocaste a mi novia: reconócelo en las sagradas escrituras: y su cabello, cada vez que roza la piel de su cara aprovecha para entregarle mil besos secretos: esos besos son la verdadera razón de la dermatitis crónica que padece. Pero ella no lo sabe.

Su cara.

Sobre todo su cara.

Su angelical e inocente cara.

Ella me mira: estoy desnudo, frente la cama: en el momento que su vista se fija en mi pene erecto y quita la mirada, de un golpe, como arrepentida y me mira, ruborizada, a la cara, es cuando más bella me parece.

O MÁS TIESA ME LA PONE.

¡Cuánto me gustaría saber volverla loca! ¡Cuánto me gustaría darle la mejor sesión de sexo de su vida!

Pero no sé.

SOY EYACULADOR PRECOZ.

Y gordo: no tengo un cuerpo como el de los modelos de las revistas: mi maldita barriga inflada que me produce gases.

Y un fracasado: sin dinero, sin éxito: menos mal que por lo menos se me pone perfectamente tiesa: eso ocurre desde que, desnudo, la rozo: no creo que nunca se deje de poner tiesa si ella está cerca para ser rozada.

Hoy todo es distinto: HE CAMUFLADO UNA CÁMARA DE VÍDEO DIGITAL EN LA PUNTA DE ARRIBA DEL ARMARIO: su visor se dirige a la cama.

Quiero hacer una película porno con la Virgen María, sin su permiso.

Aleluya.

Compré la cámara digital, hace una semana, en el gran centro comercial. No se lo he dicho a mi novia: estoy nervioso: el corazón parece que se me va a salir del pecho.

La idea me la dio un amigo, camarero de discoteca en una zona turística: graba, con cámara oculta, todas las turistas que se tira: tiene decenas de películas.

Quiero tener una película porno con mi novia: me excita enormemente grabarla sin que lo sepa: es tan pijita, tan niñita buena, tan responsable, tan elegante, tan lo que se debe de ser… su madre profesora de instituto; su padre prestigioso arquitecto; su hermano destacado abogado… grabarla es un insulto, un golpe en los testículos a la sociedad que no pertenezco: una ofensa a la gente que ha dispuesto de lo que ha necesitado en cada edad de su vida: una bofetada a los que nunca se han tenido que reprimir ni avergonzar por no tener absolutamente nada por su propia culpa.

Y, además, sin duda, dentro de poco, ella me va a dejar.

Es imposible que continúe más tiempo con un mierda como yo: sin estudios, sin personalidad, con nada más que pájaros en la cabeza.

Feo: gordo, fofo, estúpido, enfermizo y retorcido cerebralmente.

Entonces, en ese momento, en la soledad de mi habitación, con las persianas bajadas, le daré al play al vídeo porno: recordare que una vez fue mía: me masturbaré viendo como me corría dentro de ella: cuando la vea pasear de la mano de otro (que sin duda llevará una camisa de Ralph Lauren y será abogado) me dolerá menos.

Un poco menos.

Encontraré un poquito de consuelo.

Creo.

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Antes de acostarme sobre ella y tratar de penetrarla, doy unos segundos para que la cámara, desde arriba, tome un precioso plano general de su cuerpo desnudo: es imprescindible.

Me pongo el preservativo: ella me obliga a pesar de que toma la pastilla: siente terror de quedarse embarazada: asegura que le destrozaría la vida: que tendría que dejar sus estudios de arquitectura. Jamás abortaría, está en contra de ello.

A mí, el tema del preservativo doble protección me pone muy nervioso, pero siempre cedo, primero porque si no me quedo sin follar, segundo porque si estuviera en el pellejo de ella entendería que tener un hijo de semejante gilipollas es un castigo que no le puedo desear ni a la más mala de las mujeres.

Se la meto ¡Lo estoy grabando!

Reboto sobre ella.

-¡Me duele! –me grita al oído.

Siempre le duele. Da igual el tiempo que dedique a los juegos preliminares, ella dice que es porque su chichi no funciona bien, que no segrega lo que debería de segregar, pero yo sé que es por mi culpa: no sirvo para nada en la cama.

Sin embargo, no me detengo: continuó: a veces ayuda: sucede el milagro y consigo que ella se abra más de piernas: esa es otra: ella siempre se resiste a abrirse de piernas: las mantiene juntas y tensas: trata de que no entre mi polla: supongo que eso aumenta su dolor.

-¿Qué es eso? –pregunta de pronto, mirando hacia arriba del ropero.

Mi corazón rebota en mi garganta.

He camuflado la cámara digital, con ropas y cajas, sin embargo el visor de la cámara lo he tenido que dejar necesariamente al descubierto: ella lo ha visto.

-Mi amor, no es momento ahora para hablar.

Ingenuamente, espero que se olvide, que no se dé cuenta que me acaba de pegar con una barra de hierro en la nuca, si seguimos follando quizá se olvide, si consigo durar un poco más, que no creo, porque noto como mi polla deja de estar dura.

-¡No! ¿Qué es eso? –Y me aparta de un manotazo mientras se tapa.

No sé que hacer. Me levanto.

-Yo…

Subo al ropero, le muestro la cámara. La cara de la virgen María se resquebraja: envejece diez años: es una vieja: acabo de darle una tristeza a su corazón inmensa. Trato de disculparme: invento: miento:

-Te lo iba a decir cuando termináramos… te quería dar una sorpresa… ya sabes que tú me excitas muchísimo… quería tener un recuerdo por si un día me dejas… sabes que eres mi primer amor, el único que tendré en mi vida… te prometo que te lo iba a enseñar cuando termináramos… y sólo iba a conservarlo si tu me dabas permiso para ello…

Ella comienza a llorar: se deshace: llora como una loca.

Me quiero morir: soy un miserable: lo peor del mundo.

Si ella no se hubiera dado cuenta que la grababa no me hubiera sentido mal, al contrario, contentísimo: tendría una película porno con mi novia que vería millones de veces: un trofeo, un trozo de cielo en mi infierno; pero ahora es diferente: ahora soy un pervertido, un perturbado, un enfermizo sexual: y ella lo sabe, se lo estoy mostrando: ya no soy el mismo que antes, he perdido la rectitud moral que ella pensaba yo poseía: por fin sabe que soy una mierda.

-No me esperaba esto de ti. Pensé que eras diferente ¿Por qué Sig? ¿Por qué?- habla mientras me enseña su rostro arrasado por las lágrimas que se me clava en el cerebro tal cuchillo.

La abrazo: trato de consolarla, susurro que me perdone mil veces en su oído: de un momento a otro me va a dejar, ha llegado la hora.

Abro la cámara y saco la cinta: la rompo.

-Perdón… perdón… ha sido una tontería: era un juego, por favor, deja de llorar.

Llora cada vez más: la estoy matando ¿Quién creo ser yo para sentirme con el derecho de dar una tristeza así a una chica como esta? Lo que he hecho es un delito estipulado en el código penal: merezco su castigo: merezco ir a la cárcel: sin embargo he roto la única prueba, y me alegro: a la única condena que me enfrentaré es a la soledad: ella me va a dejar. Y cuando, a partir de este día, nos encontremos por la calle, de casualidad, me esconderé: avergonzado: o incluso saldré corriendo en dirección contraria a ella.

Por fin abre la boca: se vuelve a destapar, se tiende sobre la cama:

-Venga, termina de follarme –sugiere llorando-. No quiero que te quedes una semana sin follar. Sé lo importante que es para ti.

Ahora comienzo a llorar yo. Me desmorono sobre ella ¿Por qué soy cómo soy? ¿Cómo puedo escapar de mí? ¿Cómo he llegado a ser como soy? He tocado fondo. Soy un miserable, no merezco ni hablar a una chica como ella y, sin embargo, trato de follármela mientras la graba una cámara oculta.

Ella me abraza:

-Venga, hazlo –dice- Desahógate una vez más.

Lloro. Soy un pervertido patético, un niñato. Una mierda. No me cansaré de repetírmelo: soy una mierda. Una gran mierda. Una apestosa mierda. Una mierda de arriba a abajo. Tengo mierda en la lengua. Y pegada al culo. En lugar de lágrimas, me sale mierda de los ojos. Mil kilos de mierda seca recubre el interior de mi piel. Una mierda que se arrastra por la ciudad. Una mierda que se masturba. Una mierda fracasada. Una mierda en la que la gente se mea encima. Me alimento de mierda, la desayuno, almuerzo y ceno: se me queda entre los dientes y sonrío: la enseño. Hay una mierda extendida entre las sábanas de mi cama y me revuelco en ella. Tengo el pelo lleno de mierda, las moscas verdes llenan de huevos mi garganta. Una mierda que apesta cuando alguien me mira a los ojos. Una mierda llena de pecados aberrantes. Una mierda pervertida. Una mierda de sexo autocomplaciente. Una mierda sin estudios. Una mierda de escritor. Una mierda de lector. Una mierda sin sueños. Una mierda pegajosa. Una mierda sin futuro. Me llamo y apellido mierda: no hay nada que pueda hacer para que yo deje de ser UNA GRAN MIERDA.

-No mi amor, no puedo hacértelo ahora. No tengo la cabeza bien.

Ella se viste. Yo pido perdón. Todo el rato: para siempre.

Ella asiente, dice que no pasa nada.

Bajamos a la calle. Sigo llorando. Ella ya no. Ahora su cara es un rictus de dureza: he matado parte de su inocencia. Me inscribo en el libro de personas que le han hecho daño, de personas que le han de pedir perdón el resto de su vida: inauguro la página uno. Culpable.

Tomamos un autobús. Nos sentamos atrás para que nadie vea mi cara llorosa. Ni la suya: ella parece que viene de un funeral: acaba de morir su primer hijo.

Bajamos del autobús, caminamos hasta su portal, se despide de mí: me besa en la mejilla: mis labios mentirosos deben de darle asco.

-No pasa nada -repite-. No te preocupes.

Se va. No mira atrás. El ascensor la sube al ático donde vive, el cielo: su hogar: allí no caben monstruos como yo.

Desde abajo, la envidio: he de quedarme conmigo: en el infierno.

Me gustaría escapar de mí mismo: huir: pero me persigo allí donde vaya.

SOCORRO

No, no merezco que me ayuden.

-Púdrete –me digo.

 

·9.- La cosa más rara que ha pasado en mi vida.

 

Situación: librería del gran centro comercial: hoy me siento intrépido: mientras paseo, no dejo de mirar -con disimulo- a la caja registradora de ventas: he decidido luchar: si algún cliente se acerca al mostrador para pagar el libro que tiene en sus manos, caminaré con paso firme y decidido hasta él (sin correr, el gran centro comercial prohíbe a los vendedores correr: resulta de mala educación) incluso aceleraré el paso si veo a un compañero dirigiéndose a la caja registradora con idéntica pretensión: le adelantaré: seré el primero en quitar de las manos el libro al cliente y cobrárselo: ni siquiera miraré al compañero adelantado: haré como que no lo vi: seré como ellos: esta vez la comisión del cero coma cuatro por ciento irá a mi bolsillo: no dejaré que me machaque ningún otro vendedor de la librería.

No será fácil.

Todo el personal de librería observa, de reojo y con disimulo, la caja registradora de ventas: mataríamos por ese cero coma cuatro por ciento de comisión: se nos salen los ojos: cada día los jefes de departamento estudian las listas que reflejan las ventas de cada vendedor: los clasificados en las últimas posiciones son humillados (venga, vete al almacén a limpiar y a sacar el polvo, que no sirves ni para sacarle dinero a una viuda solitaria) y despedidos si se hacen habituales en dichas posiciones: hay que caminar por la extensa librería pero arreglándoselas para mantenerse lo más vertical y cerca posible de la caja de ventas, disimulando: sonriendo falsamente al pasar cerca de los compañeros y, haciéndoles creer con tu mirada perdida, que mantienes los pensamientos concentrados en otros asuntos lejanos a la venta y al machaque del contrario, como la paz mundial o la pesca del atún en alta mar, por ejemplo.

-¿Tiene algún libro que demuestre que hay vida tras la muerte?

Relajo los puños e instintos de caza: busco mi sonrisa de atención al cliente: reconvertido en eficiente dependiente de librería, me doy la vuelta en busca de quién ha preguntado a mis espaldas: es una señora: no puede tener más de treinta y seis años: rubia con mechas naranjas: de aspecto elegante: tacones: me gustaría follármela: le acompaña otra mujer, ligeramente mayor que ella, su hermana quizá: parece que acaba de salir de la peluquería: también me gustaría follármela: son gente de dinero: las conduciré directamente a los libros de tapa dura: son caros y hago más caja.

 

-Tenemos bastantes libros sobre ese tema: pero sólo uno escrito por científicos serios y que describe, con hechos, la verdad. Si son tan amables de acompañarme, señoras.

 

Caminamos hasta el expositor de libros sobre ciencias ocultas: me he inventado todo lo que he dicho pero, sin duda, tengo el libro vendido: les ofreceré Vida tras la muerte clínica, el más caro de los que conozco.

-Este libro ha sido escrito en colaboración con los equipos de las universidades científicas más prestigiosas del mundo que han dado a la luz sus informes finales tras años de investigación: han estudiado a miles de personas clínicamente muertas que han regresado a la vida, así como los signos y pruebas físicas que dejaron, personas fallecidas a sus seres más queridos. Está escrito de una forma amena que interesa al lector desde la primera página.

 

-Démelo, por favor. Me lo llevo.

 

Ha picado la estúpida: alargo la mano para tomar el libro. Siempre tenemos cinco ejemplares en el estante dos: mierda: no está: ¿Cómo es posible?: la comisión –maldita sea- la comisión: hablo tratando que no se note mi cara de pánico.

-Por favor: perdonen un momento señoras. Enseguida vuelvo.

Me dirijo al ordenador: tecleo el título: mierda: el último ejemplar lo vendieron ayer: el pedido para reponer está hecho: dentro de tres días lo volveremos a tener: me cago en la puta mierda de la madre de quién compró el último libro.

Me vuelvo a dirigir a las mujeres.

 

-Oh, señora –ruego- un momento.

 

Me agacho ante el expositor de los libros –yo y mis kilos de más- lanzo una plegaria para que no se me rompa el pantalón por el culo. Rebusco: le daré cualquier otro, total, aún no le había dicho el título: nuestra sección de ciencias ocultas está perfectamente bien surtida: cada día la gente se interesa más por estas estupideces: mil métodos de adivinar el futuro, viajes astrales, vidas anteriores, combatir a demonios, como colocar los muebles de la casa para que los hados sean misericordiosos, convertirse en bruja, magia blanca, seres del bosque, extraterrestres amarillos ¿Pero qué diablos le pasa a la gente?

Imposible: ninguno sobre la vida tras de la muerte: ni siquiera en edición de bolsillo: es extraño: normalmente tenemos más de una docena de títulos sobre dicho tema: esto si que es un suceso paranormal.

-Señora, extrañamente, cualquier título sobre dicho tema está agotado. Pero volveremos a disponer del libro que le comentaba, dentro de tres días. Si lo desea, puedo avisarla por teléfono desde que nos llegue a la librería. Le pido perdón, no sé qué ha podido pasar para que, de pronto, todos se hayan vendido.

La cara de la señora se entristece, no hace falta dice, muchas gracias, adiós: se van. Pero, de pronto, ella da media vuelta, me encara:

-Usted… Usted sabe algo de la vida tras la muerte.

-¿Yo?

-Te vi pasear por la librería, algo en mi interior me dijo que hablara contigo, pensé que era porque podías indicarme el libro correcto, pero no: acabas de asegurar, extrañado, que siempre tienen libros sobre ese tema, pero justo hoy no, entonces debe ser otra señal, quizá tú tengas la información que necesito.

-Señora (empiezo a preocuparme: quizá esté hablando con una enferma mental, miro a su hermana, noto tristeza en su mirada) yo sólo soy un dependiente de librería: no tengo nada que ver con Dios ni con Satanás.

-Por favor, no me tome por loca –su rostro se quiebra- mi hija de trece años murió hace tres semanas –la señora está a punto de llorar-. Necesito una señal, conocer que existe otro lugar, otra vida, que ella no ha desaparecido para siempre y la podré volver a abrazar.

Silencio: me mira.

Yo la miro.

Su hermana me mira.

La verdad es que una vez ocurrió algo.

Muy raro.

No sé si hablar.

Si lo hago, ellas pensarán ahora que el loco soy yo.

Miro la cara de la señora.

Necesita cualquier palabra de mí.

Comienzo a hablar:

-Sin duda –confieso- lo que a continuación le contaré es lo más raro que ha ocurrido en mi vida.

Noto que, a la señora y a mí, nos recorre un escalofrío: el vello se nos pone de punta: dejo de ver a la gente que nos rodea: su hermana, los vendedores, y los clientes del gran centro comercial han desaparecido: sólo veo los ojos de la señora: que me absorben: siento mareo, me siento flotar: comienzo a hablar: no puedo dejar de hacerlo:

-Tenía once años cuando ocurrió esto: mi hermana y yo pasábamos el fin de semana en la casa de la segunda mujer de mi segundo padre: a esa mujer la llamábamos tía: nos quería y se preocupaba mucho por nosotros. Me encantaba su casa: el suelo era de madera, las paredes estaban llenas de bellos cuadros que había comprado en sus múltiples viajes, las habitaciones grandísimas: me llamaba mucho la atención de que dispusiera de una habitación únicamente para guardar su amplio vestuario: todavía hoy, ella es la persona más rica e independiente que he conocido: y sin embargo siempre vivía preocupándose por nosotros.

No obstante, odiaba pasar las noches allí: me aterrorizaba.

Mi tía tenía como afición el espiritismo y se hartaba de hacer sesiones en aquella casa: me lo había contado ella, me lo había contado mi madre, me lo había contado mi hermana, me lo había contado mi segundo padre: tantas historias se entremezclaban en mi cabeza que hasta me daba pánico ir al cuarto de baño sólo: le pedía a mi tía que se quedara quieta al otro lado de la puerta y diera golpecitos en la madera, para que yo supiera que todo andaba bien.

Hacía ya tres meses que no veía a mi madre: trataba de curarse de un cáncer en un hospital y mi segundo padre había tenido que salir en viaje de negocios ineludiblemente: así que nuestra tía se hizo cargo de nosotros esa noche.

La habitación que menos miedo me daba era la verde: era muy pequeñita y, en una pequeño mueble biblioteca, estaba la colección completa de las aventuras de Tintín: podía leer hasta quedarme frito. Además era la que más próxima estaba de la habitación de mi tía.

Dormía hasta que, en la madrugada, algo me despertó: abrí los ojos: sobre mí, en el techo, había líneas eléctricas que se revolvían: eran de color rojo, del tamaño de una persona: sin dudar supe que era un espíritu: me asusté: traté de incorporarme: sin embargo noté una mano apretando la mía, tratando de tranquilizarme: era una señora a la que nunca antes había visto: tenía una melena oscura y rizada, vestía un camisón blanco: al mirarla sentí que el pánico desaparecía.

-Ah, eres tú –dije.

E, inexplicablemente, cerré los ojos y me quedé dormido.

A la mañana siguiente nos despertó mi tía: estaba triste y nos pidió que, después de desayunar, fuéramos a su habitación. Nos esperó acostada: se me antojó que deseaba no sostenerse sobre sus piernas: necesitaba toda su fuerza mental para lo que nos iba a comunicar:

-Subid a la cama y abrazadme –pidió.

Me miró mucho a los ojos, fijamente, antes de comenzar a hablar: nuestra madre había muerto aquella madrugada. El cáncer había ganado la jugada: lloramos mucho, todos: mi hermana y yo nos abrazamos hasta quedarnos sin fuerzas: no fue hasta días más tarde que conseguí hablar sobre lo que había visto aquella madrugada: le pregunté a mi tía que, no sé porqué, se mostró sorprendida: me lo explicó: esos rayos que dices haber visto era tu madre: venía a despedirse: y esa señora que te tranquilizó con su presencia, a pesar de que nunca antes la habías visto es tu ángel de la guarda, el compañero que tenemos a nuestro lado para toda la vida y que no se dedica más que a cuidarnos y a protegernos.

He terminado de hablar: observo a la señora, a su hermana: tienen lágrimas en los ojos.

-¿Te has inventado eso? –pregunta.

-No señora. Es la pura verdad. Sé que suena muy raro pero, mil diablos, ojala hubiera podido grabar en video lo que vi. Lo cierto es que cada vez que lo pienso me parece más irreal: no es posible: pero sucedió. Aunque me cueste creerlo a mí también.

Me abraza. Llora.

El jefe del departamento pasa a mi lado, observa cómo nos abrazamos.

Ella no me suelta.

Yo también la abrazo, con cariño y afecto: deseo tranquilizarla: como mi ángel de la guarda hizo conmigo.

-Tu hijita está bien. No te preocupes: os volveréis a ver –susurro en su oído.

Llora con más intensidad: me emociono: también comienzo a llorar: lloramos y temblamos.

El jefe de departamento se acerca hasta mi oído: empleado Sigmundo, me dice, qué barbaridad: recuerde que hay que guardar las distancias: qué me dirá el señor director si le ve de esta manera: estamos en el gran centro comercial, no en un reallity show, deje a esa señora ahora mismo y venga a mi despacho.

Al poco de morir mi madre, fue mi cumpleaños. Mi tía (la del relato) se empeñó en celebrarlo, a pesar de que yo no quería: me hizo una gran fiesta en su casa. Esa ha sido la última tarta de mi cumpleaños: nunca más lo he vuelto a celebrar.

Mi tía hacía fiestas a mi madre cada vez que los doctores la dejaban salir del hospital (pensando que había ganado la batalla contra el cáncer). Mi madre está en la última fila, con una corona. Y yo soy el niño del jersey blanco.

 

·9 bis.-Conversación con mi jefe

 

El jefe entra en su despacho: le sigo: se sienta: me siento: me dice que me levante, que cierre la puerta: lo hago: siéntese: me vuelvo a sentar: me mira: por un instante creo que sus ojos tienen dientes y que me van a morder. Mi jefe es un enano, no me llega ni a la barbilla: sin embargo le tengo pánico: tiene en su mano mi estabilidad económica.

Por fin comienza a hablar:

-Es intolerable, los dependientes del gran centro comercial no abrazan a los clientes.

-Pero señor…

-¿Y si esa señora presenta una queja? ¿Qué le digo yo al director?

-¡Era ella la que me quería abrazar!

-¡Cállese! ¡Usted está loco!

-Pero nos abrazábamos porque…

-¡Cállese!

Me callo. Me mira desafiante a la cara: sabe que no le voy a decir ni ji: tengo terror a perder este trabajo: no tengo estudios universitarios: encontrar un trabajo digno en la gran ciudad, sin estudios universitarios, es tarea imposible. No quiero ser camarero, no quiero ser obrero de construcción: mi novia es una clasista: me dejaría.

-A partir de ahora y hasta que se termine tu contrato trabajaras en la sección de prensa y revistas. En la planta del sótano. Te encargarás de todo tú solo: incluido la parte administrativa. No quiero volver a verte por aquí arriba. Y si me das un sólo problema con la administración o con un distribuidor te despido ¿Entendido?

-Sí.

-Pues váyase.

Me levanto de la silla.

-Espere –me detiene- lo de que no quiero volver a verle por la librería no es cierto.

-Oh, gracias jefe, ya decía yo que…

-Cada vez que venga mercancía para nosotros tú te encargaras de subirla. Adiós.

Salgo del despacho, cierro la puerta: voy a vomitar: tengo la boca llena de mierda: ese tipo se ha limpiado el culo con mi cara: un compañero se acerca: siempre que cualquier empleado sale de hablar con el jefe él está esperando: disfruta enterándose de todo.

-¿Qué? ¿Qué te ha dicho?

-Me ha ascendido –bromeo- ahora soy encargado de prensa y revistas.

-Lo que ha hecho es meterte en una tumba.

-¿Por qué?

-Desde la apertura del gran centro comercial, hace dos años, la sección de prensa y revistas pertenece a un particular ¿Por qué? Porque los expertos economistas del gran centro comercial habían predicho que: ya que el centro está ubicado en la periferia de la ciudad, esa sección no iba a empezar a ser rentable económicamente hasta pasados tres años, momento en que habrá crecido la población que lo rodea: así que decidieron buscar a un pardillo que se quisiera hacer con la explotación privada de la sección de prensa y revistas durante ese tiempo: lo encontraron: un tipo sin casi pelo: firmó un contrato por tres años improrrogables, el estúpido creía que iba ser un gran negocio: ayer, un año antes que finalizara, el pringado no tuvo otro remedio que romper el contrato: se va ahogado en la pasta gansa que debe al gran centro comercial y con la impresión de ser un fracasado como empresario: está seguro de que no ha sabido aprovechar la ocasión que se le presentó: explotar los dos metros cuadrados que mide la sección: jamás sabrá que la dirección del centro conocía, desde el principio, que fracasaría con estrépito.

-Pobrecito.

-Pobrecito tú: por área, prensa y revistas pertenece a librería: le han metido la patata caliente en la boca: nuestro jefe conoce los informes de los expertos: sabe que esa sección no va a ser rentable hasta dentro de un año: necesita una cabeza de turco hasta entonces, porque no creas que la dirección del centro no le va a exigir beneficios a pesar del dichoso informe de los economistas: son unos cuervos que sacan los ojos.

-¿Entonces?

-Sig ¿Tienes el síndrome o qué? Pareces mongolo. El jefe necesita cubrirse las espaldas durante un año más: tener a alguien a quien echarle la culpa: se las cubrirá contigo y… ¿Cuándo se te termina el contrato?

-Dentro de un año.

-Justo: no te renovará: quedará como un tipo que es intransigente con los que dan negativos en las ventas: eso gustará al director, empezará a llevar la sección él directamente, subirán las ventas tal como predijeron los economistas, se llevará la gloria: es un gran jefe.

-¿Por qué nunca tengo ni un pizco de suerte en la vida?

-Porque tienes cara de gilipollas.

Y se fue. 

 

10.- MI NOVIA: EL INSTITUTO: MI PRIMERA RELACIÓN SEXUAL: UNA ROSA ROJA Y OTRA AMARILLA.

Mi novia: 24 años: nombre en clave en este diario: Virgen María.

Estudios primarios en el mejor colegio de la ciudad: cristiano radical: femenino: bilingüe: sólo para familia de numerarios del Opus Dei: superados con calificaciones altamente satisfactorias.

Mayor gamberrada de su vida: a los diez años, en los restaurantes, reprendía a las personas que comían con malos modales en las otras mesas, poniendo así en un aprieto a sus padres:

-Señor: mi papa me ha dicho que se come con las dos manos sobre la mesa, señora: el pan se pincha en el tenedor o se moja en la salsa agarrándolo sólo con dos deditos.

En su adolescencia, nunca salió de juerga: lo más tarde que regresó a casa fueron a las once de la noche: razón: cumpleaños de alguna de sus amigas del colegio o del grupo parroquial de la iglesia.

Viaje de fin de curso: visitó, junto al resto de la clase, el Vaticano.

Trataron de conseguir una audiencia con el Papa: la madre superiora del colegio le había compuesto una canción, se las hizo ensayar a las alumnas mil veces: traían flautas, guitarras y panderetas: la canción se llamaba “Hijo de Dios: Padre querido”: no consiguieron que les dieran la audiencia: tampoco lograron sorprender al Papa por ningún rincón del Vaticano. Y si ustedes hubieran sido el Papa y oído la canción, tampoco se habrían dejado sorprender: incluso os hubierais escondido tras la estatua de Moisés, de Miguel Ángel: aterrorizados.

Jamás ha sentido interés por cigarrillos, alcohol, drogas o los penes erectos de los chicos: declara que utilizar Tampaxs va contra su forma de ser.

En la actualidad: habla cuatro idiomas, ha terminado la carrera de arquitectura sin retrasarse un sólo año: ha finalizado su cuarto master internacional: su padre ya ha contactado con un amigo para que le permita hacer las prácticas en su importante constructora internacional: dentro de dos años estará cobrando siete veces lo que yo cobro en el gran centro comercial. Y vivirá en la capital del mundo que quiera.

Siempre ayuda a su madre en las tareas domésticas: lava, cocina, coloca la loza en el lavaplatos, plancha la ropa de su padre y hermano, limpia los suelos: toda la familia asiste a misa cada domingo por la mañana: viven en un ático, céntrico: al lado del gran centro comercial.

Jamás se masturba: afirma que no necesita el sexo para nada: si las monjas del colegio pudieran observarla, ahora mismo, se abrazarían emocionadas: dirían que han hecho un excelente trabajo de formación: que han salvado un alma. Aleluya.

Salvo por un asunto.

Su novio, yo: soy la vergüenza de su familia (y también de la mía): la vergüenza de todas las familias a las que he pertenecido: soy un perdedor, un miserable: tanto que, en los ocho años que llevamos saliendo juntos, jamás ha querido presentarme a sus padres: incluso si caminamos por la calle y los vemos de lejos, obliga a que nos escondamos.

.

 En la época en que nos conocimos se me consideraba, en el instituto, un tipo raro.

Era muy mal estudiante: repetí curso hasta cinco veces: esto provocó las primeras mentiras de mi vida y comportamientos extraños: huía de la presencia de mis profesores y compañeros de clase: me daba vergüenza ser el alumno de mayor edad: estas ausencias en las clases provocaba que volviera a suspender: falsificaba las calificaciones escolares que llevaba a casa para que mis abuelos no se preocuparan: ellos pensaban que yo iba a comenzar mis estudios universitarios cuando en la realidad aún no había concluido el bachillerato.

Pasaba las mañanas oculto, entre los matorrales de los parques: dibujando; y las tardes en la biblioteca pública, leyendo libros.

Mis compañeros de clase me decían que tenía cara de loco.

 

Los días en que encontraba ánimo para asistir a clase, mi imaginación me perdía: siempre era más fuerte que yo: desde que el profesor comenzaba a explicar la lección le miraba fijamente a la cara: trataba de descubrir, mediante su fisonomía, sus pensamientos, secretos, perversiones e interioridades más ocultas: cuando me hartaba de ese juego comenzaba a rellenar la libreta con caricaturas de mis compañeros, esbozos de comics o resúmenes de cuentos que imaginaba: a mis profesores yo no les importaba: incluso me evitaban: por un extraño motivo que ni siquiera hoy he llegado a entender se mantenían alejados de mí: un profesor de filosofía me dijo una vez, tras un test que realizó a toda la clase, que mi problema era que presentaba una divergencia mental. Y no quiso explicarme nada más.

Mis libretas ralladas eran un pasatiempo para los compañeros de clase: se las pasaban unos a otros y las leían de cabo a rabo. No he logrado conservar ninguna: me las robaban: no me molestaba, realmente me hacían sentir especial.

Lo que más me aturdía eran los debates de la clase de ética: cuando me tocaba hablar nadie compartía ni entendía mis puntos de vista: siempre decían que mis opiniones, no tenía nada que ver con lo que estaban hablando. En las típicas votaciones de final de curso, los chicos y chicas de la clase siempre me votaban como el tipo más extraño: supongo que ayudaba que, mientras los demás corrían animados al recreo, yo prefiriera pasar ese tiempo en la clase, solo, sin hablar con nadie: me sentaba en mi pupitre y me quedaba mirando por la ventana, al cielo, con el ceño fruncido: no era que me tratara de hacer el interesante: sino que me costaba horrores relacionarme.

Jamás acudía a la entrega de las calificaciones escolares: me hubiera causado una vergüenza tremenda que algún compañero me las pidiera para verlas: suspendía todo, incluido gimnasia.

-¿Por qué no estudias? –me preguntó una vez una compañera de clase.

-Porque no quiero.

-¿Pero por qué?

-Porque no quiero te he dicho.

-¿Pero por qué?

-¡PUES PORQUE LO HACE TODO EL MUNDO! – grité.

Mientras la chica se iba corriendo, yo me quedé pensando de donde había salido esa contestación y rabia.

Pero considerando esa respuesta desde el presente, creo que era cierta: siempre me ha molestado hacer lo que hace todo el mundo, hacer las cosas de la misma manera que los demás: incluso en los asuntos más elementales: ejemplo: para escribir, agarro el bolígrafo con cuatro dedos.

Finalmente me expulsaron del instituto por mis malas notas: tuve que terminar los estudios en el turno de noche de otro centro educativo. A mis abuelos les decía que pasaba las noches estudiando en la biblioteca, que para mis estudios de la universidad necesitaba muchos libros que no tenía en casa.

Fui el primer novio de la Virgen María: le di el primer beso de su vida.

-Sabes a coca-cola –me dijo.

Desde que la conocí deje de tomar el transporte público: caminé lo indecible: los muslos de mis piernas se hicieron musculosos: así lograba ahorrar dinero suficiente para poder invitarle, los sábados por la tarde, al cine. Y a palomitas.

No dejaba que le metiera la polla: ni siquiera me la tocaba: ni siquiera me dejaba tocarle las tetas:

-No me siento preparada, Sig –se disculpaba.

Todos los chicos de mi clase ya habían tenido sexo (o eso decían) y yo, el mayor, continuaba virgen (aunque ellos no lo sabían).

Comencé a sentirme un tontito: me acomplejé más aún.

En aquella época, comenzaron mis maratones de masturbaciones: siete al día, trataba siempre llegar al octavo orgasmo pero cuando lo lograba, sentía el placer tan remotamente lejano que el éxito me deprimía.

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Un año antes de que me echaran del instituto sonó el teléfono de mi casa. Era por la tarde, yo tenía veinte años:

 

llevaba tres saliendo con mi novia: la  virgen María.

-Hola ¿Está Sig?

-Yo ¿Quién eres?

-Ah… eh… Tú a mi no me conoces… Estudio en el mismo instituto que tú… quisiera conocerte.

Colgué: salvo la Virgen María, nunca había podido hablar con otra chica: yo era muy tímido: me daba vergüenza que la gente me conociera: los nervios me invadieron: ¿Quién era ella? ¿Qué podía ser lo que le hubiera llamado la atención a esa chica de mí persona? Sin duda mi paquete: por aquella época me metía dobleces de papel higiénico en la zona media de los calzoncillos para que la gente creyera que la tenía grandísima.

El teléfono volvió a sonar: respondí: era ella.

-¡Déjame en paz! –grité. Y colgué.

La chica no cejó en su empeño: continuó llamando durante las tres semanas siguientes, siempre a la misma hora. Y yo colgando: sin embargo, cada vez  comencé a dilatar más el momento en que le colgaba: contestaba a sus preguntas: primero con insultos, más tarde con palabras y finalmente con frases hasta que, por fin, comenzamos a conversar, más o menos, con normalidad: su paciencia y astucia derribó mis muros:

nos conocimos: nos hicimos buenos amigos: no había recreo que no pasáramos juntos:

ella se llamaba Ángela, tenía diecisiete años: era muy guapa: morena de piel, melena negra: nos hicimos inseparables: fue la primera chica en conocerme tal como era y aceptar mis defectos: a mi me parecía increíble que yo le gustara: jamás le oculté que tenía novia: de todas formas nunca nos besábamos, solamente pasábamos las horas hablando: de pronto me dejó de importar ser el mayor de mi clase: no volví a cometer faltas de asistencia: necesitaba verla a diario: además deseaba dejar de ser mal estudiante: por ella: ella era muy buena estudiante: y yo, si suspendía este curso, me echarían del instituto: y no podría disfrutar de su compañía el próximo año. Yo quería ser su amigo para siempre.

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Cada vez le importaba más: ella quería que dejara a mi novia: yo me resistía: y a sus besos.

Sobre eso recuerdo, especialmente, un día en el instituto: la noche antes habíamos discutido a causa de la virgen María: me exigía que la dejara: repetí que no: no, no y no: en los dos días siguientes no me habló, ni siquiera me miró: me hizo sufrir: la segunda noche, de vuelta del instituto escribí esto, sentado en un parque: nunca se lo entregué: no quería que se riera de mí:

 

Un día, en la noche caminando.

 

Hoy ha sido un día desafortunado, me levanté y no me miraste. Ni un gesto, ni una mirada: tus ojos, tu vida, pasó de mí, indiferente ¿Cuánto ha de envejecer un corazón para no enamorarse?

Quizá ni cien mil años sean suficientes... ¿Y sí tu sonrisa fuera el comenzar de la existencia?

No debí de aceptar tu primera mirada; debí rechazarla, olvidarla, quemarla y pisotearla. ¿Qué hago yo ahora con un corazón lleno de frío?

Tengo ganas de escribirte versos de amor, de cantarte desde la negrura, bajo tu ventana, tal Cyrano; tengo ganas de manos entrelazadas, de sufrir con tu cariño, de apurar este momento: sin besos, sin llantos: sólo con el deseo de que este sentimiento dure un poco más de tiempo.

Porque queriéndote, ya me siento inmensamente bendecido.

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Al día siguiente, tratando de hacer las pases, la convencí para fugarnos del instituto y pasar una mañana en la playa.

Tomamos el autobús, llegamos a la playa: el día era espléndido: el sol pegaba fuerte, los sentidos nos flotaban: la playa estaba casi vacía: la gente, estúpida, le daba la espalda debido al estudio o al trabajo: eso nos convertía en los reyes de la playa: aunque yo, al lado de Ángela me sentía un salvaje capaz de caminar sobre el mar: y dar volteretas: para colmo se quitó la parte de arriba del bikini: yo nunca había visto unas tetas tan de cerca (ni siquiera las de mi novia: en el cine –sesión seis y media- y tras rogar mucho la virgen María me había dejado que le lamiera un pezón: pero sólo durante un segundo y rodeándolo, ella, con su mano para que yo no pudiera ver ni intuir como era su teta)

Por eso, al ver las tetas de Ángela, estuve un rato sin poder hablar o mirar a su cara: una timidez y una excitación enorme me invadían (a mí la timidez, la excitación a mi bañador): me parecía mentira que una chica como ella estuviera a mi lado: imaginaba que, en cualquier momento, aparecería un chico guapo y fuerte, y ella se iría con él.

Ángela me llenó el pelo de arena. Yo la agarré con mis brazos: la subí hasta mis hombros: ella rió encantada: nos caímos: ella me pegó una patada: yo la abracé e hice que rodáramos por la arena, sin despegarnos: todos los ojos masculinos me miraban con envidia: por un momento sentí que el chico de antes: el alto y fuerte era yo.

Corrimos hasta el mar: nos bañamos: el mar estaba tan azul, tan tranquilo: parecía que nos refrescábamos en un cielo sin nubes. Sentí el océano: era nuestro cómplice, le gustaba que nos sumergiéramos dentro de él: nos rodeó con el mejor agua del mundo, la hizo llegar desde el fondo del océano expresamente para nosotros: Ángela me sonreía.

Salimos del mar en silencio: sabíamos qué iba a ocurrir dentro de poco: nos secamos con las toallas: ella comenzó a secar mi espalda, al terminó sacó un cepillo, me peinó: yo cerré los ojos: me encantaba que me peinara: me besó: abrí la boca: nos besamos: fue maravilloso: nos besamos con ganas: nos aseguramos de saber bien a que sabía el otro antes de separar nuestras bocas.

Nos miramos a los ojos: nos reímos: mire al cielo: di gracias: y, de pronto, mis ojos se posan en la barandilla del paseo marítimo de la playa: ¿Por qué? Porque allí está mi novia: la virgen María: observándonos.

Meses más tarde me enteraría que estaba allí esperando a una amiga, para que le dejara unos apuntes de clase. Pero lo que todos los implicados en esta historia deberíamos haber sabido es que, irremediablemente, habíamos quedado en ese punto de la playa, a esa misma hora, desde justo el momento en que Ángela y yo nos habíamos mirado a los ojos por primera vez: el destino se había encargado de que toda nuestra relación desembocara en ese momento ¿Por qué? Porque el destino es un hijo de puta que no deja que ningún secreto se mantenga oculto para siempre.

La playa.

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No pude entristecerme demasiado: Ángela me acogió en sus brazos con tanto amor y pasión que no pude recrearme en el dolor: estar con Ángela era igual que vivir en una montaña rusa.

Al contrarió que hacía con la virgen María, nunca me mostré impaciente por follar: primero porque estaba acostumbrado, segundo porque notaba en su mirada que ella me deseaba y que no tardaría demasiado en suceder: sentirme deseado era una novedad para mí que, por supuesto me encantaba. Además a ella, como es normal, le hacía ilusión que yo fuera virgen.

Comenzamos a pasar las tardes encerrados en su dormitorio: nos quitábamos la ropa y nos tendíamos en el frío suelo de la habitación, uno frente al otro: no hacíamos más que mirarnos a los ojos durante horas: y no nos aburríamos en absoluto: nunca me ha vuelto a pasar.

En la bañera, entre burbujas, me enseñó lo que solía hacer a solas: abría el grifo caliente y, con ayuda de la manguera, se dirigía el chorro a su clítoris: fue la primera vez que presencie un orgasmo femenino. Y otra vez agarró un pepino, le puso un condón, y se lo metió delante de mí. Nunca le pedí follar: yo quería que fuera ella: la virgen María había agotado todas las ganas de suplicar que mi orgullo guardaba para el resto de mi vida. Me limitaba a ver sus orgasmos como el que asiste a un experimento científico: ella me aseguraba que nunca había hecho esas cosas delante de un chico, pero que conmigo se sentía en confianza.

Su padre es un poeta reconocido: ama el arte: su casa, por aquel entonces, estaba repleta de obras de arte: cuadros, esculturas, libros. Él, junto a su esposa, viajaban mucho. Era extraño el fin de semana que no dispusiéramos la casa para nosotros solos: entonces ella me tendía sobre la moqueta del despacho de su padre y me la chupaba: a mi me gustaba que me la chupara allí: al eyacular me sentía escritor: ella dejaba mi semen en su boca y le gustaba hacerme bromas: con la boca llena cantaba canciones (evitando tragárselo) o hablaba sobre política.

-Sig, quiero que hagamos el amor –me dijo un día.

-¿Estás segura? –pregunté tal estúpido.

-Sí.

-¿Cuándo?

-Mañana.

-Vale.

De regreso a mi casa llamé a la virgen María: no habíamos vuelto hablar desde que me dejó.

-Hola, soy Sig.

-Ya lo sé ¿Qué quieres?

-¿Cómo estás?

-No me vengas con estupideces ¿Qué quieres?

-Ella me ha pedido hacer el amor. Yo siempre he querido que tú fueras la primera.

-¿Y?

-Dime que lo haremos. No esta semana, pero si de aquí a un año.

-No. Olvídate.

-Tú sabes que te quiero.

-No, no lo sé: si me quisieras no la hubieras besado: voy a colgar.

-Cómo quieras. Pero si cambias de opinión llámame mañana antes de la cinco de la tarde: a esa hora saldré para su casa.

-Eres un estúpido. Adiós.

No me llamó. Al día siguiente llegué a casa de Ángela con una hora de retraso.

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Vimos una película.

Me hizo de cenar: filetes de carne con ensalada.

Fuimos a su cuarto, nos desnudamos: cuando se acostó en la cama se me puso la polla tiesa automáticamente.

Nada más metérsela ella se corrió. Yo no pude: estuve dándole hasta que ella no pudo más: fui incapaz de eyacular: me daba terror: la culpa la tuvo las campañas de sanidad pública: parece que como se te ocurra meter una sola vez la polla dentro de la vagina de una chica siendo joven vas a traer al mundo un niño con sida que te estropeará la vida: ella se quedó disgustada porque yo no me corriera: sin embargo, y a pesar de la vergüenza que le daba: me regaló una rosa amarilla: me encantó el detalle: pero desde que regresé a mi casa se la regalé a mi abuela, que me miró extrañada.

A partir de ese día comenzamos a hacer el amor todos los días: en la escalera de su portal, en los parques, en las dunas de las playas: los fines de semana yo elegía siempre la cama de matrimonio de sus padres: me excitaba tumbarla donde su padre hacía el amor a su madre, que era muy guapa: por supuesto nunca le confesé esta perversión.

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Me cansé de Ángela a los tres meses.

La culpa la tuvo ella: me dio todo lo que necesité.

Me hizo sentir dichoso: no pude con eso.

Toda mi vida he sido un desgraciado: no estoy preparado para la felicidad: si estoy en ella huyo, asustado.

Cuando yo tenía tres años mi padre nos abandonó, siete años más tarde mi madre se casó con un señor: a ese señor lo quise como el padre que nunca había tenido: al poco mi madre murió de cáncer: mi segundo padre también nos abandonó: yo tenía once años: nuestros abuelos maternos nos acogieron: ellos nos dieron todo el amor que fueron capaces pero no sus dos únicos hijos, que vivían con ellos: éramos culpables: con nuestra llegada la fortuna familiar se redujo: sus hijos se vieron con menos dinero: uno me pegaba y otro me maltrataba sicológicamente: él fue el que me metió en la cabeza que soy una mierda. Mi primer beso con lengua me lo dio un sacerdote en el colegio religioso que estudiaba: un morreo de diez minutos. Yo traté de resistirme pero él era mucho más fuerte que yo: comencé a llorar, su corazón se ablandó: no me llevó a su habitación: me dejo ir: pero le vi irse con otros niños que le seguían (y estos niños parecían ir por su propia elección y a sabiendas de lo que iban a hacer) me dejó ir: nunca dije nada: yo era tan jodidamente inocente (por aquel entonces vivía en un mundo de fantasía de magia y héroes) que no sabía ni lo que él me había hecho: no sabía qué era un beso en la boca con lengua.

Ese mismo año, hice la primera comunión y, cosas de la vida, el sacerdote pedófilo fue el encargado de darme, por primera vez, el cuerpo de Cristo.

Aun tengo la foto.

Ahora la miro y me hace gracia.

Yo, con las manos cerradas, recibiendo el santísimo sacramento en mi boca mientras él desea que fuera otra cosa lo que me meter en mi boca.

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Necesitaba volver a ser un infeliz para sentirme bien: dejé a Ángela con la esperanza de volver con la virgen María.

Ángela no lo entendió, claro que no se lo dije con esas palabras, ya que ni yo mismo conocía la verdadera razón: simplemente le dije que seguía enamorado de mi ex.

Lloró desconsolada: como sólo las adolescentes saben hacerlo por los novios que les abandonan: sí, se me partía el corazón viéndola llorar: ella no me había dado más que amor, felicidad y placer.

PERDONA ÁNGELA

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A la semana Ángela estaba con otro chico: en cada recreo les veía caminar de la mano: eso no me dolió, sí mi regreso a la soledad: volví a dejar de estudiar:  volví a cascármela en la soledad del cuarto de baño: y por supuesto, la virgen María no deseaba salir conmigo: ni con nadie: todo era perfecto en mi mente.

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Al mes, la virgen María acepto que nos viéramos de vez en cuando.

Sin embargo, nunca dejaba que nos besáramos.

Eso me hería como un cuchillo.

Caminábamos por la playa, íbamos al cine, comíamos comida basura: realmente hacíamos lo mismo que cuando éramos novios pero sin besos en la boca: durante meses.

Un día, no sé por qué diablos, se me ocurrió esta mentira que le dije nada más ocurrírseme:

-No voy a seguir esperándote toda la vida: no te digo que esta sea la última vez que te lo pido, pero puede ser que un día decida dejar de estar detrás tuya y le de una oportunidad a otra persona.

Ella me miro impresionada: esta vez no reaccionó como siempre: sus ojos temblaron: seguíamos caminado cuando se volvió hacía mí:

-Está bien. Volvamos a intentarlo.

Exploté de júbilo: ya todo volvía a ser como antes.

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Unas semanas después decidimos ir a un concierto de música: había un buen cartel: los Rodríguez y Joaquín Sabina: yo trataba de estar con ella, pero ella se alejaba, prefería estar con una amiga que se encontró que conmigo: incluso esquivaba mis abrazos: decidí no montar numeritos: nos fuimos alejando: terminé en las primeras filas: la perdí de vista: volví a casa, solo.

Al día siguiente me llamó: quedamos para ir al cine.

Cuando llegué a la cita, ella comenzó a llorar.

-Ayer besé a otro chico.

Yo no entendía sus palabras. No podía creerlas: ella era una santa: el pecado de una santa.

-Ayer besé a otro chico. Después me pidió ir a otro lugar más íntimo pero como me negué me dejó tirada: se fue.

Empecé a llorar yo también.

-Quería devolverte el daño que me hiciste: pero ahora me siento fatal: no lo volveré hacer: me tienes que perdonar: yo lo he hecho: ahora es tu turno.

Caminamos. Nunca se me pasó por mi cabeza dejarla. Únicamente estaba indignado: me volví loco: me convencí de que estaba solo en el mundo: que nunca podría confiar en nadie: jamás la respetaría: mi corazón se hizo duro: sé que no es una decisión justa pero fue la que tomé en ese momento.

Nos sentamos en cine. Veíamos Bravehearth.

A mitad de la película le hablé:

-Si quieres que te perdone has algo que me demuestre que realmente me quieres: chúpame la polla.

Ella lloró un poco, pero finalmente se agachó y, mientras Mel Gibson trataba de salvar a su pueblo, mi virgen María realizaba la primera felación de su vida.

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SE ME OLVIDABA

 

Así fue como la conocí.

Ella tenía 14 años. Yo 18.

Caminando por la calle, nos cruzamos.

Dos desconocidos que jamás se habían visto antes.

Pero ella me miró, fijamente: sonrió.

Mi alma tembló.

Seguí mi camino: yo iba con un compañero de clase: me había ofrecido un trabajillo en la finca de su padre.

Miré hacia atrás, igual que quien desea ver los restos de un accidente macabro que se ha producido en la carretera.

Su amiga y ella nos seguían.

Las despisté: tomé a mi compañero de clase de la mano y le empujé dentro de un portal: las chicas pasaron de largo: sin duda estaban buscándonos: entramos en una floristería: mi amigo se reía de mí: no tenía dinero para un ramo de rosas, así que tuve que conformarme con una sola: se la di: ella se sonrojó: su amiga chillo de emoción: lo típico entre adolescentes: ¿Será muy cursi escribir que en ese momento nos enamoramos?: lo cierto es que, una semana más tarde, éramos novios. ¿Existe el destino?

 

·11 y 12.- A mi jefe no le cae tan mal Bin Laden.

 

Sótano del gran centro comercial: sección de prensa y revistas: estoy trabajando duramente: he decidido que la sección funcione a pesar de los informes de los economistas: no dejaré que me despidan sin luchar: suena el teléfono: es mi novia.

-Cariño: ahora no puedo hablar, si me descubre el jefe, me mata.

-¡Acaban de atacar los Estados Unidos!-anuncia rápidamente- ¡Han estrellado dos aviones en las torres gemelas y el pentágono! ¡Las torres gemelas han caído!
-No, no es posible.
Observo caminar a los clientes: ¿Lo sabrán ellos? ¿Seguirían comprando si lo supieran?

Cuelgo.

Doy una carrerita hasta la sección de alfombras: suelto la información en un compañero.
-Siempre estás con boberías, Sig –me dice-. Siempre fantaseando.
No me cree: vuelvo a mi sitio ¿Qué pasará ahora? ¿La Tercera guerra mundial? Hace poco vi en el cine la película sobre Pearl Harbor, los americanos, como entonces, contestarán: además ahora el presidente es George Bush, una persona que jamás en su vida ha perdonado nada: no hay dudas, matará.
Vuelve a sonar el teléfono de mi departamento: es mi jefe, una orden:

-Llama inmediatamente a todas las distribuidoras de periódicos, diles que mañana nos envíen el triple de periódicos de lo que nos sirven normalmente.
Imagino a todos los periodistas del mundo, a los que se habían ido o estaban yéndose a sus casas: ahora se encuentran a mil por hora, escribiendo, en reuniones: los directores hablando:

-Tenemos que ser los mejores en cubrir la noticia, tenemos que sacar lo mejor de nosotros mismos. Tenemos que ser los que más periódicos vendan. ESTO ES HISTORIA.

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Al volver de almorzar: ya todos conocen la noticia:

-Disculpa por no haberte creído –me dice el dependiente de alfombras- pero es algo de película.

Vuelvo a imaginar: nuevas películas hechas por americanos, éxito de taquilla, un héroe que salva un cuarto avión de pasajeros con destino a la Casa Blanca. Protagonista: Bruce Willis: final apoteósico para la serie La jungla de cristal.
Llega otra noticia, bestial: el gobierno americano ha tenido que hacer fuego sobre un avión de pasajeros que también había sido secuestrado.
Imagino a los pasajeros: imagino el terror, las lágrimas de los familiares.

-¿Ha llegado el coleccionable de música checoslovaca? -me pregunta un viejo con barbita- ¿El del dos por uno?
-No señor, lo siento -contesto- Por ahora no nos ha llegado nada de eso.

-Cabrón –me insulta, se va.

Un compañero de librería me llama por el teléfono interno.

-¿Sabes? hay un escritor beneficiado: Tom Clancy. Por lo visto, hace seis años, escribió un libro donde se narra un hecho similar. La gente lo ha escuchado por la radio. Han venido y los han comprado todos. El jefe del departamento ya ha llamado a la editorial para pedir doscientos ejemplares, quizá sean pocos.
Hora de salir. Me duele la cabeza. Llego a casa, me acuesto, no tengo ganas de masturbarme: no sé si habrá mañana. Espero, junto a millones de almas más, que no sucedan más ataques.

Por favor.

 .


Ya es mañana, suena el despertador. Me ducho dormido, desayuno dormido: no me acuerdo de nada hasta que llego a la superficie comercial: montañas enormes de periódicos me esperan en la entrada, casi todas las distribuidoras se han aproximado o han logrado servir las cantidades que pedí. Cargo con ellos, los ojeo. Parece ser que el responsable de la matanza es un terrorista llamado Ben o Bin Laden, no se ponen de acuerdo de cómo se escribe. Veo una foto suya, que Dios me perdone, parece un tipo simpático: sin embargo y decididamente, no me gustaría ser su compañero de piso.

En la esquina de la portada de uno de los diarios se anuncia que, a partir del sábado, se podrá comprar conjuntamente con el periódico el fascículo número uno de los sucesos que cambiarán nuestra historia: no podemos perder la posibilidad de perder esta ocasión, avisa.

Al poco de colocar los periódicos en el mueble, bien visibles para que no se escapen los consumidores espontáneos, mi jefe me llama para preguntar si las cantidades pedidas han llegado.

-Sí, señor.

-Has salvado el cuello –anuncia.
A las diez se abre el centro comercial, los periódicos se venden como nunca. La gente los compra con prisa pero no veo preocupación alguna en sus rostros. También compran revistas del corazón: me choca que, junto a una foto de una persona que prefiere tirarse al vació antes que morir quemada, tengan estómago suficiente para comprar un par de revistas rosas, por lo visto Líbidos, o como se llame, ha decidido divorciarse.
Un viejo, muy viejo, al que le brillan los ojos me dice, sin yo preguntarle, que quiere el diario para tenerlo de recuerdo.

-Pero si a usted no le puede quedar mucho de vida -pienso.

Un compañero se acerca, ojea un periódico:

-Me cago en su puta madre. Seguro que ahora suben el precio del petróleo y aumentan el ticket del autobús.
El jefe vuelve a llamar.

-¿Se están vendiendo los periódicos?

-Sí, es una locura -contesto.

-Fabuloso -me dice-. Hoy nos salimos del presupuesto.
Cuelga.

Pienso: creo que mi jefe está contento del ataque terrorista: estoy seguro de que le gustaría que continuaran unos cuantos días más.
Hoy, el terrorista Bin Laden no sonríe solo.

 

 

·12+1.- Un avión en mi cabeza.

 

Si los terroristas estallaran un avión contra este gran centro comercial mucha gente moriría: pero yo no: YO YA ESTOY MUERTO: VIVO LA VIDA MUERTO: NUNCA DEBÍ DE PONERME CORBATA.

 

·14.- Una vez estuve vivo: Ella: la novela y la  pelirroja.

 

                                                                                                        Ella

 

¿Cómo llegué al gran centro comercial? ¿Cómo me convertí en el robot consumista que soy?

POR CULPA DE MIS ESTÚPIDOS SUEÑOS

Hace tres años y tres meses decepcioné a mis abuelos, decepcioné a la virgen María, mi novia: abandoné mis estudios universitarios: tenía un plan: iba a escribir la gran novela: necesitaba todo mi tiempo: estuve siete meses escribiendo frenéticamente: terminé la novela: Doña Úrsula no duerme tranquila por las noches: estaba orgulloso: era la gran novela: la mandé a un gran concurso: se fallaría en cinco meses: no podía hacer otra cosa que esperar: maldita espera: valdría la pena.

La situación en mi casa fue haciéndose insostenible: era demasiado tarde para reengancharse al curso universitario de ese año: y no encontraba trabajo: vivía del dinero de mis abuelos: nadie me entendía, los hijos de mis abuelos me insultaban:

-Te aprovechas del poco dinero que tienen tus abuelos –me decían.

Era mi culpa: mi martirio: jamás me expliqué: me daba vergüenza contar mi proyecto: en voz alta sonaba ridículo: nadie iba a apoyarme: por fin encontré un trabajo, fregando platos, en un restaurante de tercera categoría: reuní dinero: decidí escapar: esperaría el fallo del concurso en otro país: Holanda:

-Adiós mi amor –dije al despedirme de mi novia- volveré como un héroe: entonces me entenderás.

En Holanda, llegué a un pueblo: Zwölle: allí conocí a una holandesa de pelo rojizo: me enamoré como jamás lo había hecho antes: (la última vez siempre parece la más maravillosa ¿no?): me invitó a vivir en su casa: sin embargo yo sabía que el semen que expulsaba cada noche en su interior no llegaba hasta su destino: el corazón: ella nunca estuvo enamorada de mí: a los dos meses acabé con el dinero que había traído desde mi país: yo no hablo holandés, ni siquiera inglés: no encontré trabajo: el sueldo de ella no era suficiente para los dos: me resistí a volver a mi país: quería estar a su lado: deseaba celebrar mi triunfo literario junto a ella: comencé a robar bicicletas: reventaba a patadas los candados que las protegían: revendía las bicicletas a los estudiantes: y robaba comida en los supermercados: un día la holandesa me dijo que me fuera: me confesó que no me amaba:

-Vives en una fantasía -aclaró.

La última noche que yo dormiría en su casa, trató de que hiciéramos el amor: intentó excitarme antes de ir a dormir, y también al despertarse: no sé porqué motivo (¿estaría caliente?, he dado muchas vueltas a sus motivos): me negué: por orgullo: fue mi pataleta tras cuatro meses de vida en común: mi ridícula venganza: ella sólo tenía que chasquear los dedos para follar con cualquier tío: regresé a España, a la casa de mis abuelos: volví con la virgen María: ella nunca se enteró de mi infidelidad: jamás la confesé:(¿amo a mi novia? ahora supongo que sí, pero sin duda también la odio): se falló el concurso: no gané: mandé la novela a todas las editoriales del mundo: la rechazaron: ni siquiera se molestaban en contestarme con una carta: me di cuenta de que había sido un iluso: mi novela era una mierda: me miré al espejo: fracasado: el próximo año no volvería a la universidad ¿Para qué?: la vida es una mierda: nos mienten: los sueños no se consiguen por mucho que los persigas: Paulo Coelho no escribe más que fantasías en sus libros: encontré trabajo en el gran centro comercial: me puse la corbata: dejé de escribir: de pensar en la holandesa: quería tener sueños normales: la lotería, una casa, un coche, un televisor de pantalla grande, una piscina que te cagas...

Han pasado dos años desde entonces: a pesar de que fueron duros, los recuerdo con cariño: los mejores de mi vida: la única vez que me he sentido vivo: ahora estoy algo más gordo: quince kilos de más: continuo con mi novia: la virgen María: ya jamás pienso en la holandesa: nunca contestó las cartas que le escribí: no ha quedado ni una amistad entre los dos: da igual: me dejó llevarme todas las fotos pornos que le saqué: ¿En qué momento justo conseguí olvidarla?: no lo sé: simplemente el amor que sentí por ella se cayó de mi corazón: al suelo: alguien lo pisó: ahora es basura: se ha mezclado con el polvo de las esquinas: sin embargo, no ha pasado lo mismo con el gran sueño: convertirme en un gran escritor: ganar un gran concurso: a cada rato me asalta la ilusión: una maldición: un quiste en mi cabeza que no he logrado extirpar aun conociendo, perfectamente, que resulta ser una quimera imposible: con sólo mirarme a la cara se nota que tengo un talento mediocre: sin duda.

No sé el verdadero motivo de porqué comencé a escribir este diario: sincero: secreto: (jamás tendré el valor de enseñárselo a nadie): al principio sentía la necesidad de confesarme, de explicarme ante alguien:

-Mire usted: yo soy así: ¿Qué hago?

También pensé, me mentía, que escribirlo me ayudaría a convertir mi pasión en una simple afición: y, finalmente, que escribiendo cada día no oxidaría mi literatura de cloaca: así estaría entrenado para cuando llegara la gran novela a mi cabeza:

REALMENTE TENGO MUCHO MIEDO

tengo miedo de volver a soñar: tengo miedo de volver a dejar todo por escribir un libro de mierda:

SOCORRO.

 

 

Central de correos: un minuto antes de mandar mi primera novela (Doña Úrsula no duerme tranquila por las noches) a la primera editorial: en mi cara se palpa la ilusión: hoy me avergüenzo de esa foto.

 

·15.- Después de eyacular soy una persona normal.

 

Cierto día cree un desorden psicológico en mi cabeza: traté de masturbarme con una foto de mi difunta madre: ella era guapísima en vida: rubia, alta, de rasgos finos: a mitad de la paja me di cuenta de que estaba realizando una acción enfermiza: comencé a sentirme mal: la polla se me puso blanda: me detuve. Ahora tengo un problema: me es imposible masturbarme con fotos de mujeres rubias, altas y con rasgos finos: recuerdo ese día.

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Si me lo pidiera, sólo a un hombre le chuparía la polla: Henry Miller: siento una inmensa admiración por él desde que leí Trópico de capricornio y Sexus: me rendiría a cualquier petición suya: gracias a Dios nunca me pondrá en semejante aprieto: murió hace bastante tiempo. Y sólo le gustaban las mujeres.

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Recuerdo a todas las profesoras que me han dado clase en mi vida: trato de humillarlas: de vengarme de las que me suspendieron: las seduzco: las imagino a cuatro patas mientras les doy por el culo o me corro en sus bocas: las grabo con cámaras ocultas: les mando los videos a sus maridos, padres, hijos y alumnos.

Me sorprende que, después de masturbarme imaginando estas bestialidades, comience a leer el periódico y sienta a mi corazón sobrecogerse, a mis ojos aguarse, al leer la noticia de una desgracia ajena.

 

Definitivamente, después de eyacular soy una persona normal.

 

·16.- El comprador de libros.

 

Desde que le vi, el cliente me cayó simpático: aspecto jovial: bajito, regordete, piel bronceada, cabello casi rapado, inteligentes y curiosos ojos azules: vestía ropa vaquera azul clara: no tenía más de cuarenta años.

Vio la sección de prensa y revistas: se acercó a preguntar por la librería.

-Tercera planta, señor –informé.

-¿Cree que tendrán estos libros?

Me extendió una lista que contenía una treintena de muy buenos libros.

-Sí. Salvo los dos de Marguerite Duras, el de Zamiatin y los de Clarice.

-¿Conoce estos libros?

-Los he leído todos señor, mi vida son los libros. Incluso sueño con ser escritor.

-¿Ah, sí? ¿Escribe?

-Tengo una novela escrita. No la encontrará en ninguna librería. Todas las editoriales del mundo han rechazado su publicación.

El cliente ahoga una sincera sonrisa.

-¿Hay posibilidad de leerla?

-Si lo desea, la próxima vez que usted venga por la sección de prensa y revistas tendrá una copia esperándole: será un placer: me encanta que lean mi libro.

-Tengo verdadera curiosidad ¿Trabaja mañana?

-Sí.

-¿Qué tal si vengo entonces por su novela y de paso usted baja todos estos libros y los pago aquí? Tengo entendido que ustedes tienen comisión por lo que venden: no se lo tome a mal, pero prefiero comprar libros a una persona que ame la literatura que a otra que únicamente ame el dinero.

-Es usted muy amable, señor.

-Y usted muy atento. Muchas gracias.

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Tal como dijo, el cliente regresó al día siguiente: su selección de libros y la copia de mi libro le esperaban.

-Muchas gracias: te la devolveré desde que la lea. Bien -dijo refiriéndose a los libros- me los llevo todos.

-Se puede quedar la copia, tengo muchas más: una editorial me devolvió las que le mandé –contesté mientras comenzaba a pasar sus libros por el lector del código de barras.

-Tenía la literatura algo olvidada. Soy doctor en psicología, últimamente dispongo de algo de tiempo libre: desearía pasar ese tiempo leyendo: ¿Podría conseguirme estos otros libros?

El cliente extendió una nueva lista.

-Por supuesto señor, gracias –agradecí con entusiasmo- los tendrá preparados la próxima vez que venga por aquí.

-Entonces, hasta la próxima.

Pagó los libros, los guardamos en las bolsas de propaganda del gran centro comercial: el cliente marchó sin mirar atrás, con paso tranquilo.

-Que buen cliente –pensé.

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El cliente volvió a los dos días: me enseñó doce folios, escritos con su puño y letra: contenían comentarios sobre mi novela.

-Me ha gustado mucho –anunció entusiasmado- Los del gran centro comercial no saben a quién tienen trabajando aquí ¡Qué cabeza tienes! Toma: te devuelvo la copia de tu novela, decidí hacer una especial para mí: la he mandado a encuadernar en piel.

-¡Oh, bueno!

-Quizá te apetezca que almorcemos una tarde juntos: tengo miles de cosas que quisiera comentar contigo sobre tu libro, miles de preguntas.

Me sonrojé: me sentía en las nubes: que una persona culta como él, todo un doctor en psicología, se mostrara interesado en mi novela, hasta el punto de rellenar doce folios con temas a destacar, era maravilloso.

-Será un honor. Cuando usted quiera.

-¿Qué tal el miércoles?

-Encantado.

Concretamos hora y lugar de encuentro: se fue: no se olvidó de llevarse los libros que había encargado: pagó sonriéndome: su tarjeta de crédito y ojos, brillaban.

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ESE DÍA

A la hora que quedamos, esperé fuera de la salida de personal, frente a la carretera: él vendría en su coche.

Transcurren los minutos: media hora: una hora: no aparece. A mi lado entran y salen compañeros de librería y de otras secciones del gran centro comercial: les sonrío a todos, les saludo con la mirada: ninguno me devuelve el saludo: hacen que no me ven: es realmente extraño: EN EL GRAN CENTRO COMERCIAL TODOS SOMOS HIPÓCRITAS PERFECTOS: siempre nos saludamos unos a otros con grandes sonrisas: los chicos, con fuertes apretones de manos, las chicas, con sonoros besos a ambos lado de las mejillas: actuamos como si nos quisiéramos con locura, no como si no estuviéramos esperando la oportunidad de clavarnos un cuchillo en la espalda: es la primera vez, en dos años, que un compañero no me devuelve un saludo: REPITO QUE ME RESULTA SUMAMENTE EXTRAÑO.

Ha pasado una hora. Doy media vuelta y me dirijo al restaurante de la cuarta planta, me siento, apartado lo más posible de los demás clientes: la camarera tarda un rato en verme: cuando se acerca me avergüenza la gran barriga que tengo: ella es guapa y de cuerpo estilizado: sin embargo no puedo resistirme a pedir la sabrosísima hamburguesa extra grande de quinientos gramos de vacuno selecto: eso sí, meto barriga mientras la pido: la camarera toma nota, me sonríe (pero solamente porque es obligatorio), se va.

-¿Por qué no habrá venido el psicólogo a la cita? –me pregunto mientras observo el culo de la camarera alejarse en la lejanía.

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Once de la noche. Salgo del gran centro comercial por la puerta de personal: me sorprendo: el cliente aguarda.

-Hola –saludo.

-¿Por qué no viniste hoy? –pregunta enfadado.

-¿Qué quieres decir? Estuve esperando durante una hora.

-No mientas –gruñe- Estuve frente a esta misma puerta durante dos horas, esperándote con el coche.

-¿A la una de la tarde?

-¡A la una! ¡Naturalmente!

El cliente se halla fuera de sí: me cuesta reconocer su rostro, su persona: anteriormente siempre se había mostrado como una persona muy equilibrada, incluso elegante: ahora su rostro está crispado: las venas de su cabeza infladas: me mira como un demente.

-Espera –trato de hablar tranquilo- ¿De qué estas hablando? No sé porqué razón grita. No miento cuando afirmo que estuve en esta misma puerta esperándole durante una hora.

-¡Es imposible! ¡Yo estuve aquí! ¡Estás mintiéndome! –vuelve a gritar: la gente, los compañeros del gran centro comercial comienza a mirarnos.

No entiendo la situación: resulta evidente que el cliente está convencido de que le miento: no estoy loco: estuve durante horas en esta puerta.

-No me gustan los gritos –le aviso- Vamos a tratar de calmarnos: supongo que todo ha sido un extraño malentendido: dejémoslo pasar y en paz.

-¡En paz no! ¡No! ¡Me has vacilado! ¡Tú te estás riendo de mí!

-Adiós. Me voy a casa: no me gusta hablar con histéricos.

-¡Tú no vas a ningún lado!

-¿Ve ese autobús? –el autobús que me lleva a casa acaba de llegar a la parada- Voy a subirme a él: adiós.

-¡No me dejes con las palabras en la boca! ¡Si te vas te estaré esperando, en el parque, frente a tu portal!

-¿Cómo sabe eso? ¿Cómo sabe que hay un parque frente a mi portal? Jamás se lo he dicho.

-Llevo siguiéndote desde hace días: sé que tienes novia, también sé que no os amáis: lo he visto en vuestras miradas.

-¿Me ha seguido? –repito atónito.

-¿Qué juego es este? Sabes que me gustas. Súbete a mi coche.

Corro hacia él autobús: me siento como una mujer a la que amenazan de violación caminando por una calle solitaria y vestida con una minifalda muy corta: no soy un hombre: no me atrevo ni a pegarle un puñetazo: estoy muy asustado: casi en estado de shock: me subo al autobús antes de que arranque.

Miro a través de una de las cristaleras: él está al lado de su coche: quieto: observándome fijamente con una mirada impávida: en ese momento me doy cuenta que tiene un parecido con Hannibal Lecter: pero en versión maricón: ¿Cómo no me di cuenta que el cliente estaba como una cabra? Sin duda me cegaron sus mentirosos halagos a mi novela: no puedo creer que esto me esté sucediendo a mí: me engatusaron como a una jovencita que quiere ser súper estrella de pop.

-¿Por qué diablos –me pregunto- he de tener un agujero en el culo? Es peligroso.

Bajo del autobús una parada antes. Doy un rodeo hasta mi portal. Antes de abrir no puedo evitar mirar hacia el parque: allí está él, a pocos metros de mí.

-¡Ven aquí y bésame! ¡Soy psicólogo y sé que tú eres homosexual! ¡Deja de reprimirte!

Rápidamente, cierro la puerta del portal: corro hasta el ascensor: subo hasta mi piso: entro en mi casa: saludo a mi abuela.

-No hagas ruido que tu abuelo está durmiendo –saluda como cada noche.

-Sí abuela.

Entro en mi dormitorio: cierro la puerta con llave: me acuesto en mi cama: estoy temblando: me tapo con una manta: decido que la próxima vez que vea a ese hombre le pegaré un buen puñetazo: mañana volveré a ser un hombre: me lo prometo.

-¿Cómo puede afirmar que soy homosexual?

Para mí, los maricones son una raza superior: tienen una sensibilidad especial frente a la vida e indudablemente son totalmente superiores a los heterosexuales en los diferentes campos filosóficos y artísticos: los artistas y pensadores más geniales de la historia son maricones: los nombres son incontestables: Homero, Aristóteles, Sócrates, Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, William Shakespeare, Oscar Wilde ... Jesucristo y los apóstoles (aunque todavía no se haya descubierto)... yo no soy homosexual: si lo pienso me causa repulsión imaginar dar un beso a un hombre: por esta razón jamás seré un gran escritor: estoy destinado a la mediocridad heterosexual.

.

A la hora, con el sueño, un tema comienza a rondarme por la cabeza: sin lugar a dudas yo estuve en la puerta de personal esperando al cliente demente: y parece lógico que, si tan obsesionado estaba conmigo, él también estuviera allí, que no desaprovechara su oportunidad para que almorzáramos juntos ¿Por qué no nos vimos entonces?

-Decididamente, si hubiera subido a su coche, para ir al restaurante –reflexiono- me hubiera ocurrido algo bestial: me hubiera amordazado y violado: quizá matado. O quizá hubiera abusado de mí y luego tirado a la carretera: entonces yo, de vuelta a mi casa, me hubiera quitado la vida, traumatizado. Tuvo que pasar esto: mientras esperaba al cliente en la puerta de personal, mi madre muerta o quizá mi ángel de la guarda, la señora que vi a mi lado la noche en que murió mi madre, se pusieron delante de mí: me hicieron invisible a los ojos del cliente demente, de la gente: por eso ningún compañero del centro contestó a mi saludo: no podían verme: no hay otra explicación posible.

 

LOS MILAGROS NO TERMINAN EN LA ÚLTIMA PÁGINA DE LA BIBLIA: NOS SUCEDEN A DIARIO Y NO NOS DAMOS NI CUENTA.

 

·17.- ¿De qué color son los calcetines blancos de Michael Jackson?


Mi abuelo acaba de salir a comprar el periódico y, de paso, el pan: mi abuela hace rato que se marchó a misa: durante quince minutos, aproximadamente, estaré solo en la casa.

Me encierro en mi dormitorio: corro las cortinas: bajo las persianas: cierro con llave la puerta: no quiero que nadie vea lo que voy hacer: introduzco un CD en el equipo de música: Michael Jackson: Bad: elijo la canción número siete: subo el volumen hasta casi el máximo: primeros acordes de Man in the mirror: un sintetizador se despierta de un sueño de amor: Michael Jackson canta:

I´m gonna make a change for once my life. . .

MI CABEZA HIERVE: Agarro un desodorante alargado con la mano derecha: imagino que es un micrófono: imaginO: imagINO: imAGINO: iMAGINO: IMAGINO: Michael Jackson nunca ha existido: estoy en la sección de instrumentos musicales del gran centro comercial: un dependiente, amigo mío, toca el súper órgano electrónico último modelo capaz de reproducir cualquier sonido musical: toca para que la gente lo vea funcionar: así desean comprarlo.

-Hoy he compuesto este tema –le digo- Aquí tengo la partitura: ¿Te atreves a tocarla?

-¿Tiene letra? La tocaré si tú me acompañas cantando.

-Ok. Pero te aviso que es la primera vez en mi vida que canto en público.

-Vamos, adelante –ánima mientras me extiende un micrófono inalámbrico (el desodorante alargado que, en mi dormitorio, ya tengo en la mano).

MI DORMITORIO: comienzo a mover la boca al tiempo que Michael Jackson canta, imito sus movimientos: gesticulo frente al espejo: trato de bailar: EN MI IMAGINACIÓN: canto y bailo perfectamente: la gente se acerca: se convierten en público: cada vez acude más: ya hay doscientas personas observándome en la sección de instrumentos musicales del gran centro comercial: no al dependiente del teclado: a él lo imaginé (aunque existe en la vida real) únicamente para disculpar la música de fondo: LA ESTRELLA SOY YO: la gente se emociona con mi interpretación y el mensaje de la canción: dan palmas siguiendo el ritmo: entre el público veo a todas las mujeres que me gustan: casualmente pasaban por allí: me observan con admiración y deseo: subo aun más el volumen de la canción: máximo: si entra mi abuelo en casa me mata: entre el público, descubro a mi jefe acompañado de los directores del gran centro comercial:

-Este joven es un genio –afirma emocionado uno de ellos.

OH, CHANGE!!!!  –la canción grita, el coro explota.

Doy vueltas sobre mi mismo: caigo de rodillas en el suelo de mi habitación: así lo hace siempre Jackson cuando interpreta esta canción. En el gran centro comercial –en mi cabeza- la gente ha enloquecido: lloran de emoción: última nota, la canción toca a su fin: me levanto: el público aplaude a rabiar: nadie se atreve a acercarse a mí: me ven como un dios.

-¡Otra! ¡Otra! –piden desesperados: no puedo: mi abuelo puede regresar en cualquier momento: demasiado arriesgado.

-Lo siento mucho –comunico al público- pero es que ahora mismo he de empezar a trabajar.

El director del gran centro comercial se acerca:

-Cante, cante por favor: no importa que llegue usted tarde a su puesto en la sección de prensa y revistas: a partir de hoy este será su trabajo: cantará en el gran centro comercial: le triplico el sueldo: no, se lo cuadriplico.

-De eso nada –me dice un desconocido que viste un carísimo traje de chaqueta y corbata- Soy representante de Universal Records. Venga conmigo por favor: queremos que grabe esa canción en nuestros estudios de Los Ángeles: le pagaremos un millón de dólares.

Ante el estupor del director y mi jefe decido marcharme con el representante de la Universal: la gente me abraza y felicita mientras marcho: todos los compañeros de mi sección observan: se mueren de envidia:

-Sig va a ser millonario –rechinan entre dientes.

.

He terminado de imaginar: apago el aparato de música: subo la persiana: abro las cortinas, la ventana: la puerta del dormitorio… mañana, si puedo, imaginare que participo en Eurovisión cantando otro tema de Michael Jackson: Billie Jean: ganaré: saldré en todos los periódicos: fotografías con el presidente de mi país: le enseñaré al presidente cómo se hace el Moonwalk: todos los presentadores de telediarios darán paso a estas imágenes con sonrisas en la boca: soy un héroe: mi disco ha alcanzado el numero uno en EE.UU: Cristina Aguilera se muere por mis huesos.

Salgo del dormitorio, llego a la cocina: siempre que imagino alegrías me pica la nariz: me rasco: preparo y como un bocadillo: se abre la puerta de la casa: mi abuelo ha regresado: deja el pan sobre la mesa de la cocina: me ve: no dice nada: no me suele dirigir la palabra si no es para recriminarme algo: hola, me saludo a mí mismo.

He vuelvo a ser el gordo y fracasado Sigmundo Fernández.

 

·18.- Toxinas: La mujer del djellabah: ¿Por qué los intelectuales hacen chistes sobre culturistas depilados?

Usuario habitual de gimnasio.

 

Un inmigrante, en una fila de alimentos.

 

Once y media de la noche: visto un chándal blanco marca Nike: lo compré en el gran centro comercial: he decidido adelgazar: perder los kilos que me sobran.

Entro en la sala de musculación del gimnasio:

POWER WORLD FITNESS

bajo la mirada: siento vergüenza: mis complejos físicos crean paranoias en mi cabeza: juraría que los usuarios me observan con asco: todos los espejos que cubren las paredes en la sala de musculación me gritan lo mismo:

 -¡Gordo! ¡Gordo! ¡Fofo! ¡Tetas caídas! ¡Vaca blanca!

Menos mal que al gran centro comercial llevo traje de chaqueta y corbata: disimula mi abultada barriga: si no, en absoluto tendría ánimos con los que dirigirme allí, a trabajar: me daría vergüenza que la gente me viera caminando, esperando el autobús, cobrando revistas y periódicos.

-Joder -pienso- no tengo ni treinta años y mi cuerpo ya no es deseable.

Observo: todos los usuarios musculosos llevan camisas estrechas de tiros: mientras realizan los ejercicios de pesas exhiben sus tórax, brazos y piernas en tención. Observo: todos tienen la piel perfectamente bronceada aunque el sol no haya salido con suficiente fuerza desde hace semanas: el secreto está en las cabinas de rayos uva del segundo piso: funcionan por fichas: con el dinero que costaría alimentar a una familia del tercer mundo durante tres meses se pueden comprar las fichas suficientes para lograr el moreno ideal. Observo: los usuarios masculinos se saludan entre sí golpeándose fuertemente las palmas de la mano: conversan unos con otros: se enseñan los abdominales y los bíceps: no pueden evitar dejar de mirarse en los espejos mientras hablan: flexionan una pierna, buscan rasgos agraciados en sus rostros, levantan una ceja: a veces se olvidan de la conversación que están sosteniendo y quedan, en silencio, mirando el reflejo de sus rostros en el espejo.

Pedaleo con rabia en una bicicleta estática: quiero arrancarme siete kilos de la barriga: cuando mi cuerpo sea musculoso las chicas se fijaran en mí.

Veo a Carlos, un usuario del gimnasio y ex compañero de la universidad: está en el predicador, ejercitando bíceps: nunca le he entendido: él y toda su familia es española: incluso estudia filología hispánica: debería de ser un defensor de la lengua española ¿Por qué entonces siempre que le preguntan su nombre contesta:

-Charles. Me llamo Charles.

WHY?

Se está acercando: temo preguntarle: temo caerle mal.

-Hola Sig ¿Qué tal andas?

-Bien Charles ¿Y tú?

-De puta madre -fija la mirada en mi estómago-. Hace tiempo que no vienes por aquí ¿verdad? (hubiera preferido que, en lugar de esa observación, me hubiera pegado un puñetazo en la mandíbula)

-Sí, bueno, ya sabes, el trabajo y eso.

Carlos me mira a los ojos: sé que no estará mucho tiempo hablando conmigo: existe una norma, no escrita, dentro del gimnasio que obliga a despreciar e ignorar a las personas que no tienen cuerpos musculosos y bronceados: salvo, claro está, que tengan mucho dinero o poder: no es mi caso.

 -¿Te dije que terminé la carrera universitaria hace un mes?- anuncia Carlos.

-¿En serio? ¡Hombre! ¡Muchas felicidades!

Ahora sé porqué se acercó a hablar: quería darme envidia.

-¿Y tú? –me pregunta- ¿Cuándo vas a volver a la universidad?

He de ser rápido: lo que menos deseo en la vida es contar mi drama personal, de cómo abandoné la carrera por escribir un libro de mierda:

-Este año no voy a poder reincorporarme –invento- ha ocurrido una desgracia personal en mi familia, tengo que llevar dinero a casa.

Bingo.

-Lo siento mucho –dice Charles: mantiene mi mirada incómodo: ha tenido que tragarse el discurso que tenía preparado sobre el sacrificio, la constancia y la importancia de tener una carrera universitaria hoy en día.

Un incómodo silencio nos rodea: ninguno de los dos sabemos qué decir... pierdo mi vista un segundo: veo a un usuario ejercitando sus hombros: son magníficos: grandes y fuertes: una escultural rubia teñida, y de cejas depiladas, le sonríe: seguro que se acuesta con él o está apunto de hacerlo. Qué envidia.

-¿Te has fijado en esa tía? –pregunta Carlos.

Giro mi cabeza hasta donde señala: en la cinta de correr hay una mujer marroquí: corre con gafas de vista y una túnica larga, djellabah, de seda amarilla: suda copiosamente.

-¡Bueno! –digo- ¡Cada uno hace lo que su cultura dice que haga!

Carlos asiente: me mira: NO, decide no callar lo que en realidad piensa.

-¿Cultura? ¿Qué cultura? Esa tía lo que es, es una guarra. Seguro que se va a su casa y ni se cambia. Llevará la túnica esa una semana más. Todos los moros son unos guarros.

-¿Tú crees?

-¿Qué si yo creo? No hay más que pasear por la calle para verlo...Esta ciudad se está llenando de mierdas, cada vez vienen más. Mira, yo he estado de vacaciones con mis padres en Marruecos y aquello es una dictadura. Si uno hace algo malo ¡Zas! un palo. Allí nadie abre la boca. El presupuesto de la casa real de Marruecos es siete veces más grande que el nuestro ¡Y mientras tanto su gente muriéndose de hambre! ¡Claro! ¡Por eso prefieren cruzar el océano en patera que quedarse en su país! ¡Si hasta tirados en nuestras calles están mejor! ¡Y aquí están! Mezclándose entre nosotros, quitándonos el trabajo ¿Sabes? Tenía como vecino a un chino que después de limpiarse el culo tiraba el papel por una ventana que daba al patio interior del edificio...

-Joder... –digo sin saber a qué viene lo del chino.

-¿Sabes lo que va a pasar?

-No.

-Pues que se van a mezclar tanto entre nosotros, que luego van a exigir derechos. Hasta que pase aquí lo que pasó en Yugoslavia.

No sé muy bien qué ocurrió en Yugoslavia: la cabeza me dice que hubo una especie de guerra civil: que sus habitantes se mataban unos a los otros: violaban a las mujeres: mataban a los niños: los niños también eran soldados: que se descubrieron fosas comunes (vi las fotos de pasada en un periódico, mientras buscaba la cartelera cinematográfica): que ahora hay nuevos países con nombres que desconozco y que un grupo de música irlandés: U2 compuso una canción sobre los sucesos muy bonita: la cantaron con Pavaroti.

-Sí, bueno, sí –asiento: aunque no comparta la misma opinión que él: realmente no comparto ninguna opinión: nunca he pensado sobre nada de ese tema: nunca he tenido que hacerlo: sólo soy un espectador pasivo de telediarios-. Joder, menuda mierda.

A fin de conversación, Carlos alza sobre su cabeza unas mancuernas de veinte kilos: mientras hace el ejercicio gime como si se la estuvieran metiendo por el culo: continúo pedaleando: no volvemos a hablar: él se mira al espejo, se va: no hay despedida: no hace falta.

 

El gimnasio va a cerrar: me dirijo a las duchas: abro la puerta: observo: decido no entrar: está lleno de culturistas depilados embadurnados en jabones con fuertes olores: por nada del mundo les enseñaría mi estómago: además seguro que se me pone la polla chiquitita de la vergüenza y se ríen de mí.

 

-Mejor vuelvo a casa caminando –me convenzo- Así hago algo de ejercicio extra y me ducho con tranquilidad.

 

El camino a mi casa son quince minutos a pie: es solitario y está mal iluminado: hace años me intentaron atracar por ese camino: no pudieron robarme: no llevaba nada de valor: no fue un inmigrante: fue alguien de mi propia raza. Pienso: nunca he vivido ninguna guerra: tampoco un cambio de sistema político, ni siquiera una depresión económica: en la nevera de mi casa siempre ha habido comida: sólo una vez en mi vida me faltó dinero, en Holanda: no dudé en robar: bicicletas y comida en los supermercados: eso mismo hacen los inmigrantes cuando no encuentran trabajo, sienten desesperación y hambre: creo que les entiendo.

Nunca he tenido que dormir en la calle: ni he sido perseguido por gente que tiene el color de la piel diferente que la mía: cuando he leído por curiosidad sobre el fascismo, las guerras mundiales o la hambruna, leo como si se trataran de comics: los informativos son programas de entretenimiento: imágenes que observo con la cabeza vacía mientras almuerzo: la única historia que me importa es cómo estaba YO hace años, en qué trabajaba YO, a que chica me gustaría follar YO, YO qué pensaba YO, YO en que lugar me encontraba YO, si YO estoy mejor YO o peor YO que antes YO y YO que voy hacer YO mañana: SOY YO LO QUE ME IMPORTA: YO.

 

·19.- Qué fácil es estrangularse con una corbata

 

Siete y media de la mañana: el cielo está gris, hace frío: estoy sentado en la parada del autobús: esperando, tengo que ir al gran centro comercial: a trabajar.

Observo: los coches, las colas, los semáforos, las esperas, los ojos de la gente: la ciudad, a esta hora, es un hormiguero de infelicidad: el noventa y ocho por ciento de los despiertos no hemos tenido otra posibilidad que levantarnos de la cama: obligados: necesitamos dinero:

PAGAR

:facturas, hipotecas, alquileres, alimentos, seguros, medicinas, familias, cigarrillos...

-Imagínate a las victimas de clase media del 11-S –pienso-. Se levantaron, puteados, para ir a un trabajo que no les gustaba, donde les pagaban una mierda y encima, los matan: quemados, asfixiados, estallados contra el suelo...

Soy un robot: estoy programado por el sistema al ciento por ciento: hago lo que la masa hace: deberían de poner televisores en las paradas de autobuses: temo estar conmigo a solas: no quiero pensar: me deprime:

-Si no soy una marca, adoro a una marca.

Observo los pasos de peatones: los pasos de peatones son un gran lugar para tratar de cambiar el mundo: los conductores están sentados en sus coches, expectantes, mirando al mismo sitio durante unos minutos: es el momento perfecto para dirigirse a ellos:

-¡Señoras y señores conductores! ¡Escuchad! ¡Ahora vais rumbo a un lugar donde os quitan la vida, donde estáis muriendo poco a poco! ¡No vayáis! ¡Dirigid vuestros coches a la playa o a algún lindo lugar! ¡Id a hacer el amor a vuestras parejas como nunca antes lo habéis hecho: con tiempo: libres! ¡Rebelaos al sistema! ¡Comencemos a pensar en nosotros mismos: ¿Qué es lo que realmente nos gustaría ser?! ¡Olvidemos el dinero! ¡No lo necesitamos realmente! ¡Recordad la canción del oso Balú: lo más vital en esta vida nos llegará!

El semáforo cambia de color: los autos se ponen en marcha: nunca les hablé: nunca les hablaré: nadie lo hace: estaría loco si lo hiciera: siempre elegiré seguir las reglas de la sociedad: no me atrevo hacer otra cosa: llega el autobús: me subo: está lleno de gente que se dirige a su centro de trabajo: empujo, hasta que me hago con un hueco dentro del autobús: me sujeto: al segundo los cuerpos me rodean, me aprietan: desaparece el espacio entre ellos y yo: me convierto en una partícula de una masa compacta: yo no existo:

NOSOTROS EXISTIMOS.

 

·20.- Misión: vamos a pasarlo bien, cariñito.

 

-Mi amor –hablo con mi novia- He estado pensando...

-¿Tú? ¿Pensando? –me interrumpe.

La miro, disimulo mi desagrado: odio ese chiste: creo que es el más viejo de la historia de la humanidad: la gente lo sigue gastando, como si acabara de ocurrírsele, igual que: ¿Te cortaste el pelo o te lo tomaron?: Gilipollas.

-He estado pensando –retomo- sobre mi eyaculación precoz: creo que es debido a la situación en las que envuelvo mis actividades sexuales: cuando estamos en mi casa, los sábados por la noche, me obsesiona la idea de que hemos de terminar rápido, no sea que mis abuelos regresen a casa y nos sorprendan haciendo el amor: y, cuando me masturbo, siempre estoy pensando en eyacular cuanto antes: no quiero que mis abuelos oigan el chirriar de mi cama, los gruñidos de placer que ahogo o, simplemente, me apresuro porque he de darme prisa, por ir a trabajar.

-No te preocupes.

-Sí me preocupo: duro menos de un minuto: yo quiero darte un orgasmo: no has tenido ninguno en la vida: a no ser que me hayas sido infiel.

-No seas tonto. Sabes muy bien que sólo me acuesto contigo. Y a lo mejor sí que me lo has dado. A mi me gusta lo que me haces Sig, me lo paso bien.

-Me dices eso para que no me traumatice... Este fin de semana tengo libre en el gran centro comercial, podría alquilar una habitación, en un hotelito de montaña, o de playa, como quieras: podríamos divertirnos, pasar el rato y tomar, esos momentos, con un poco de más de calma.

-No. Tenemos que ahorrar.

-¿Ahorrar? ¿Me hablas de dinero?

-Tienes que ahorrar: casi no tienes dinero en el banco.

-Me da igual ¿Es qué no te apetece?

-No.

-De verdad: no te preocupes por el dinero: no me resulta tan sacrificado alquilar la habitación: no estoy tan mal económicamente: tengo un sueldo a final de cada mes: tengo un contrato por un año más en el gran centro comercial: incluso si no me renovaran el contrato, podré estar cobrando el seguro de desempleo durante otro año más: y sin contar la pasta que me darían con la liquidación del contrato.

-No.

-¿Pero por qué? Vale: si tanto te preocupa mi dinero podemos pagarlo a medias. Joder, mi amor: somos novios: yo te quiero, tú me quieres. Pasemos un fin de semana juntos. Será el cielo ¿no?

-Yo no puedo gastar dinero: tengo que ahorrar.

-¿Para qué?

-Porque no soy como tú. En la vida hay que ahorrar: Hay que tener dinero en el banco. No se puede vivir pensando en el dinero que se va a conseguir más tarde. Hay que caminar por la vida con los pies en el suelo, pensar cuanto dinero se tiene en el bolsillo antes de decidir comprar.

-...Vale, de acuerdo. Pero este gasto no minaría nuestros ahorros para siempre: somos jóvenes: nos queremos: ¿No tienes ganas de que estemos juntos todo un día, desnudos y acostados en la cama, mirándonos a los ojos, haciendo el amor cada vez que nos apetezca?

-Alguien puede vernos entrando al hotel: se lo pueden decir a mi madre.

-¿Y que hay de malo? ¡Llevamos ocho años saliendo juntos!

-Sig, son mis padres. A ti tampoco te gustaría que tus abuelos nos sorprendieran en tu casa.

-A mi no me importa que sepan que vamos a pasar un fin de semana a la playa: es algo normal: sí que regresen a su casa, de cenar, y vean mi culo moviéndose mientras te la meto.

-No. Y no hables así.

-Vale. Pues vayamos a un hotel del sur, muy lejos: donde las posibilidades de encontrar a alguien que nos conozca sea cero.

-No. Vamos a dejarlo para más adelante. Este sábado por la noche vamos a tu casa, lo hacemos allí, como siempre, y ya está.

-¿Para más adelante? ¿Cuándo?

-Para más adelante.

-¿Qué día?

-Ya veremos.

-Mi amor, no entiendo una cosa: nos queremos, SE SUPONE ¿Por qué no estás loca porqué pasemos más tiempo juntos?

-Podemos estar juntos sin necesidad de ir a un hotel.

-Pero cuando salimos, lo único que hacemos es ir al cine: no hay película que estrenen y no vayamos a ver. Siempre el mismo plan: cine, McDonnalds, Burguer King o Don Bocata, y de vuelta al portal de tu casa: exactamente lo mismo desde hace ocho años ¿No estás aburrida?

-Yo estoy bien: no necesito sexo: A MI ESO ME DA IGUAL.

 

Virgen María me da un besito, se va: es la hora del almuerzo: su familia almuerza junta, todos los días.

Me quedo en la calle: solo: quieto: no sé que pensar: miro a la gente que camina: veo a una chica: es guapa: tiene el cabello muy oscuro y lizo: lo lleva recogido en un simpático moño: una camisa de tiros blanca permite ver la bonita forma de sus pechos

-¿Tú follas? ¿La gente que camina por la calle folla? ¿Por qué me siento sucio por querer follar con mi novia? –me entran ganas de preguntarle.

La chica pasa de largo: ni me ha mirado: soy un chico de belleza C, rozando el nivel más bajo, el D: y sólo hay cuatro niveles. Bueno, cinco: pero el nivel E es para los pobrecitos con malformaciones físicas repugnantes.

 

·21.- Los alienígenas científicos: Los plactonitas

 Tenía siete años de edad, jugaba en la casa de mis abuelos.

-Venid, hay un ovni sobrevolando el parque de enfrente –dijo uno de mis tíos-. Su tono de voz era extraño: sonaba como si alguien tocase las teclas de un piano y, en lugar de notas, resultasen sílabas.

Corrí hasta el balcón. Mis tíos y abuelos estaban allí, mirando hipnotizados un punto fijo del cielo: se habían tomado las manos los unos a los otros: levanté la vista y busqué lo que observaban fijamente: frente a nosotros flotaba un gran ovni naranja sobre los árboles: el balcón del sexto piso donde nos encontrábamos casi permitía que lo tocáramos con los dedos: el ovni no se movía: resplandecía: era maravilloso: un milagro.

No recuerdo cuando desapareció el ovni, no recuerdo lo que ocurrió después: ni siquiera recuerdo haberme ido a la cama: al día siguiente, al levantarme, pregunté a mi familia por el ovni: me miraron como si estuviera loco.

A partir de ese momento una fantasía se creó en mi cabeza: y todavía, de vez en cuando, martillea: los extraterrestres me raptaron: vivo en un planeta réplica del planeta Tierra. Por eso nadie de mi familia recuerda nada del ovni: porque no son mi verdadera familia: son robots con la cara de mi familia: han sido creados por los extraterrestres que me secuestraron para así poder estar junto a mí, estudiándome: se tratan de extraterrestres científicos: los he bautizado con el nombre de plactonitas: es un nombre que he inventado para poder nombrarlos: no tengo dato alguno sobre ellos.

Ni quiero: de pequeño tenía miedo de volver a una habitación que había abandonado con un adulto en su interior: los robots necesitan ventilarse, pensaba, y sólo pueden hacerlo quitándose la cabeza: si sorprendo a un robot sin cabeza los plactonitas me matarán: ya no les serviré para experimentar y tampoco querrán devolverme a la verdadera Tierra: no pueden tener buen corazón si se dedican a raptar niños de otros planetas. Ni testigos.

Ahora ya no tengo miedo de regresar a las habitaciones: la ciencia ha avanzado mucho desde entonces: estoy seguro que han ideado otro medio para ventilar a los robots sin que tengan que quitarse la cabeza.

Pero sí que tengo miedo de, caminando por la calle, llegar a un lugar al que no debería, tengo miedo de pisar un lugar donde los plactonitas se vean sorprendidos. Tengo miedo de dejar de serles útil.

Sin duda, todos los sucesos de mi vida son culpa de los plactonitas: ellos las causan para estudiar mis reacciones, las reacciones humanas: están en mi mente: quieren saber qué pienso. Si consiguiera regresar al verdadero planeta Tierra estoy seguro que mi vida sería perfecta: mi madre no está muerta, mi padre nunca la abandonó, mi hermana y yo somos felices: yo terminé mi carrera universitaria, nunca me enamoré de la holandesa: ahora sería profesor de literatura; y un escritor reconocido: la novela que escribí sí que valía la pena.

Estoy seguro que los plactonitas no me raptaron sólo a mí. Esta réplica del planeta Tierra debe de servir para experimentar con muchos humanos más: pero no consigo diferenciarlos de los robots creados por los plactonitas...o quizá, quizá sólo las personas que mantienen, con fuerza, un sueño en el interior de sus corazones son las humanas, quizá la tierra sea un planeta de soñadores.

QUIZÁS TAMBIÉN ESTÁS SECUESTRADO O PEOR AÚN: QUIZÁ… ERES UN PLACTONITA. 

 

·22.- Malditas noticias del telediario

 

Veo a una vieja que sale del supermercado: está cargada con muchísimas bolsas: me da pena: debido al peso, camina con dificultad: se tambalea: tendrá la edad de mi abuelita: a mi me gustaría que, en esa situación, alguien la ayudara: se podría caer: ahora es mi turno: voy acercarme a la vieja, decirle:

-Hola señora ¿Me deja ayudarla y cargar con sus bolsas? Se las llevo hasta su casa.

Total, me sobra tiempo y seguro que la vieja no tendrá su casa demasiado lejos si se atreve a salir del supermercado tan cargada; pero entonces me doy cuenta que mis pensamientos están alojados en un mundo de ilusión y fantasía: la buena acción que iba a tratar de hacer ha pasado a la historia: ya no se puede realizar: si me acerco a la vieja, y me ofrezco a ayudarle con las bolsas, va a pensar que la quiero robar, violar y asfixiar con una almohada: lo veo por televisión casi todos los días, en las noticias de los informativos.

 

·23.- Otro sábado con mi novia

 

Es sábado. Mis abuelos han salido de cena y bingo. La casa está vacía. Casi. Mi novia y yo estamos, desnudos, en la cama de mi dormitorio.

-Hagamos el amor en el balcón.

-¡No! –contesta mi novia.

-¿Por qué?

-¡Pues porque nos pueden ver!

-¿Y qué más da?

-¡Sig, por favor! ¡Deja de decir estupideces!

-Hagámoslo en el suelo.

-En el suelo hay bacterias.

-Joder mi amor. Pasemos de la cama: hagamos algo diferente ¿No tienes ninguna fantasía?

-Yo no soy una puta.

-Por favor. Quiero hacerte gritar de placer.

-Ponte encima de mí y ya está. Las otras posiciones me hacen daño.

-Bueno.

Saco mi lengua. La paso por sus tetas. Las beso. Me encantan sus tetas. Bajo hasta la barriga.

Me pega un bofetón, fuerte: en la cara.

-¡Hey! ¿Qué pasa?

-Es que me haces cosquillas.

-Joder tía ¿Qué pasa? ¿Te va el sado-maso?

-Fue sin querer.

-Ya. Como siempre.

A mi novia, la virgen María, cada vez que hago algo que no le gusta me pega un bofetón. No suele importarme, pero cuando estamos en la cama sí que me molesta, porque lo hace con rabia. Siento que busca hacerme daño. Y me revienta.

-No me pone nada que me pegues bofetones en la cara –digo.

-Perdón.

-Imagínate que estás lamiendo tan tranquilamente un estómago y, de pronto, recibes un bofetón en la cara.

-Perdona Sig.

Estoy de mal humor. No por el bofetón: es por la vergüenza de ser tan torpe en la cama. Siempre, en lugar de excitarla, le hago cosquillas.

Mi lengua y mis besos continúan por su cuerpo. Llego hasta su chichi: eso se me da bien: se le hace agua en segundos: gime: me encanta oírla gemir: me hace sentir hombre: se detiene.

No, no se ha corrido.

-Ahora Sig: métemela.

Me pongo el preservativo. Se la meto. Es una sensación maravillosa: estoy dentro de ella: sus ojos se abren y me miran: parece un ángel: en ese instante creo que vale la pena luchar por salvar nuestras diferencias, que merece la pena seguir juntos.

-Oh, Sig...

­¿Sí, cielo?

-No puedo más, córrete de una vez.

-Pero si no llevo ni un segundo.

-Córrete de una vez. Me duele horrores.

Fracaso. Nunca consigo mantenerla cachonda. Busco el placer pero ¿Para qué? Me siento sucio. Ella no está disfrutando: me estoy masturbando con las paredes secas de su vagina. Que asco.

-No, no la saques Sig, vamos. Córrete.

-Hago lo que puedo.

-Joder. Córrete ya.

Eyaculo: no siento nada.

Menuda mierda.

 

·24.-Para Dios 

Mi nombre es Sig y me avergüenzo: no soy más que un grupo de mierda que camina en círculos: la vida se acerca y me pregunta:

-¿Y tú qué tienes que enseñarme?

Nada.

Soy fiel a la rutina mundial: voy hacia donde mandan las flechas.

Me duele el alma. Ella desea salir de mí, vestirse con sombrero y gabardina: hacer las cosas que yo no me atrevo: luchar por mis sueños.

Superación: ¿Para qué perder el tiempo? La vida es dura ¿Por qué? ¿Quién la hizo? ¿Dios?

DIOS

¿Quién eres? ¿Un sabio o un cínico? ¿Cómo sabes que tienes la razón? ¿Acaso porque tú la has inventado? Si Tú has creado las respuestas correctas ¿Para qué preguntar?

Creo que estoy en el límite de la cordura: un paso más y me vuelvo loco.

Qué alguien me ame, por favor:

QUE ALGUIEN VENGA A MI VIDA Y ME SALVE.

 

·25.- Una chica me mira:¿Estará buscando una revista? 

Coloco en los estantes las revistas de la semana: una chica me mira: estará buscando una revista: estará pensando si preguntarme o no: quiere la revista pero le dará asco acercarse a mí: mi panza es muy desagradable: pensará que si me la roza me tiraré un pedo: quito la vista sobre ella: me concentro en las revistas.

 

-¿Sabe si ya ha llegado la biografía de Joaquin Sabina?

EXPLOSIÓN:

me sobresalto: la chica ha decidido hablarme: es guapa: rubia: al nacer un planeta de arena explotó y salpicó pecas en su cara: tiene un buen par de tetas: MIERDA, me ha visto mirar lo grande que tiene las tetas: sus ojos son color verde, me observan: espera a que responda la pregunta: tiene un mirar descarado que contrarresta su vestuario elegante.

-Creo que todavía no -contesto-. Pero si sube a la segunda planta, a la sección de librería, podrá asegurarse.

-Se lo quiero regalar a mi hermano. Es fan suyo.

-A mí también me gusta mucho Sabina. Algunos de sus versos son muy ingeniosos.

Me sorprendo: no sé cómo me he atrevido a hacer ese comentario: no viene a cuento: ella está hablando de comprar un regalo para su hermano: yo soy un dependiente del gran centro comercial: jamás ha preguntado mi opinión sobre Joaquín Sabina: mi cara se torna roja: ella lo advierte, se sorprende:

-¿Pero todavía existen chicos que se sonrojan? –ríe.

·

No sé como sucede: comenzamos a hablar: yo nunca hablo con chicas: huyo de ellas: me aterroriza el momento en que termino de contestar las preguntas y me ven tal como soy: veintiocho años, sin estudios, viviendo en casa de mis abuelos: ganando una miseria de dinero: gordo: dopándome de sueños: deseo ser escritor: mamá quiero ser artista: soy ridículo.

Pero ella es muy simpática, me hace reír, me siento cómodo a pesar de las preguntas: parece que nos conocemos de hace toda la vida: estamos conectados: ella lee mi mente con facilidad: cuando he terminado de contestar no me siento avergonzado: nos reímos: nos reímos de todo: incluso de mí, de mis complejos: esto, especialmente, me sienta fenomenal: mi turno: comienzo a preguntar: se llama África: hace cuatro días que dejó de vivir en Madrid: ha terminado su carrera de ciencias de la información: se está quedando en casa de sus padres: acaba de dejar a su novio: él le estaba volviendo loca:

-¿Y tú tienes novia?

-No.

Silencio.

-Me gustaría mucho leer la novela que escribiste.

-Si quieres la traigo al gran centro comercial y, cuando vengas otro día, te la entrego.

-¿Y por qué no quedamos mañana para tomar un café y me la das? –pregunta ella.

-¿Por la tarde?

-Desde que tengas un hueco.

-Bueno.

Mi jefe llega a la sección de prensa y revistas: trae sobres de plástico: vendrá a hacer una retirada de dinero: le miro: me mira: sé lo que está pensando: le parece imposible que una chica como esa este manteniendo una conversación conmigo: miro burlón a mi jefe: es la primera vez en mi vida que me atrevo: y me doy cuenta que mi jefe es el vivo retrato del malvado de Tintín: Rastaopopulos:

se lo digo a África: nos reímos.

-Sig, ven aquí –llama mi jefe, enfadado.

Me vuelvo a la chica.

-Es mi jefe. Tengo que ir cuando me llama: así no tiene problemas con su autoestima. Si no fuera jefe y se viera en un espejo se suicidaría.

-Nos vemos mañana ¿Vale? Toma –me extiende con rapidez una tarjeta que saca del bolso- este es mi número: llama o manda un mensaje para concretar la cita.

-Gracias.

-¿Gracias? ¿Por qué?

Voy a donde está mi jefe: contestar a esa pregunta hubiera sido demasiado melodramático.

·

Estoy en la cafetería: espero a la chica: tengo mi novela bajo el brazo: ella no ha llegado: me siento ridículo: otra vez mi novela: si África la lee y dice que soy un genio, no la creeré: el maricón usó el mismo truco para engatusarme: pero esta vez no me importaría tanto: me encantaría que me engatusara: quizá no venga: soy un estúpido: tengo novia y estoy esperando a otra chica para tomar un café: ¿Y si ahora apareciera mi novia? No sabría que decirle.

Sin embargo, no me pude resistir acudir a la cita: los hombres no tenemos suficiente sangre para que funcionen al mismo tiempo, el cerebro y la polla.

·

África aparece. El camarero del café se queda pasmado: todos los hombres del café también. Está guapísima ¿Por qué ha venido? ¿Qué diablos ve en mí? ¿Querrá ser mi amiga? ¿Está Dios gastándome una broma?

·

-Hola.

-Hola.

Recibo un beso suyo en la cara: siento el beso, me estremezco: pone mi carne de gallina.

-¿Has traído tu novela?

-Sí.

Silencio.

-Tómala.

Se la doy: ella la agarra con las dos manos: parece que tiene miedo de que se caiga al suelo: como si en lugar de papel, sus páginas fueran de cristal.

-Me la voy a leer.

-No te la recomiendo. Te la traje para que no pensaras que había mentido.

Silencio.

-¿Nos sentamos y tomamos el café? –pregunto.

Me ha temblado la voz al hablar: mi corazón es una de las torres del World trade center, y sus habitantes saltan al vacío para no abrazarse en el fuego de la pasión.

-Mis padres –contesta- se han ido a pasar la noche al campo ¿Quieres que tomemos el café en mi casa?

Si en este momento, el diablo hubiera aparecido de la nada, en caballo y, el caballo hubiera arrancado, de un mordisco, la cabeza de ella: mi cara mostraría, exactamente, la misma expresión que ahora ella observa muerta de risa.

-Me encantan las caras que pones –dice.

Nos vamos: dirección, su casa.

¿Querrá follarme?

ESO ES IMPOSIBLE.

.

Abre la puerta de su casa.

-No seas tonto, pasa.

Lo hago.

Cierra la puerta.

Hablamos un poquito: no recuerdo de qué.

En silencio, rodea mi cintura con sus manos: acerca su cara a la mía: me mira a los ojos, se queda quieta: como una niña indefensa.

Nuestras bocas rompen la barrera de la luz por unirse. Nos besamos, con fuerza.

Le quito la camisa, el sujetador.

Sus tetas me miran: cada pezón es un ojo.

Son maravillosas.

Deja de besarme: sonríe pizpireta: se sabe bella: palpa mi polla: sonríe: se me ha puesto grandísima: nuevo lapso de memoria: de pronto estamos en su cama: no recuerdo como llegamos hasta allí: se quita la falda: se baja las bragas, las tira a una esquina: trata de quitarme la camisa: me niego: me da vergüenza que vea mi gorda panza: trata de sacarme la polla: me niego: me levanto: me mira estupefacta: me voy: ni le digo adiós: la dejo abierta de patas en su cama: cierro la puerta de su casa: oigo que grita mi nombre: paso del ascensor: bajo las escaleras, corriendo: no quiero volver a verla: soy un gordo: eyaculo precozmente: no hubiera soportado la vergüenza: me niego a volver a hablar con ella: jamás contesto a los mensajes que  manda a mi teléfono: ni siquiera en el que dice que ha leído mi novela y que soy un genio.

 

26.- Carta de mi padre

 

La madre de mi padre vive en otro país: me llama cada domingo: empezó a hacerlo cuando yo tenía quince años: por mi podría dejar de hacerlo: todo lo que tiene algo que ver con mi padre me causa rechazo: mi padre pegaba a mi madre: nos abandonó cuando yo tenía cuatro años: nunca más he vuelto a saber de él: hablo con ella por pena: vive sola, su marido murió hace poco: está vieja: ella sólo pretende que yo la quiera: como si eso fuera tan fácil: no encuentro amor por ella en mi corazón: sólo lástima: no se puede querer a una voz que oyes un ratito cada domingo.

-Quisiera pedirte un favor Sig –me dice.

-Claro abuela ¿Cual?

-Quisiera escribieras a tu padre

-¿A mi padre? ¿Para qué?

-¿No te gustaría saber de él?

-Me hubiera gustado saber de él cuando salía del colegio y  todos los niños, menos yo, tenían a alguien que les viniera a buscar: ahora ya he crecido, no necesito nada de él: ni siquiera que me salude.

-Te entiendo hijo, pero quisiera me hicieras ese favor: me ha dejado de escribir: no contesta a mis cartas: puede que esté molesto conmigo porque en mi última carta le pedí que me dejara ir a vivir con él: me encuentro muy sola: y estoy muy vieja: él es mi único hijo: pero también un pensamiento me atormenta: temo que quizá haya muerto: por favor: escríbele: sé que si recibe una carta tuya, te contestará.

-Está bien abuela, lo haré por ti: dame la dirección.

-Pero por favor, no le digas que yo te he dicho que le escribas.

-De acuerdo abuela.

Me da la dirección: mi padre vive en Chile.

.

Comienzo a escribir la carta: no sé qué escribirle: dejo que el bolígrafo se deslice sobre el papel: que escriba lo que quiera: estimado padre, muchas veces en mi vida he deseado conocerle, saber de usted: me gustaría saber de quien se enamoró mi madre: usted sabe que ella murió: no quiero que piense que le escribo por interés: estoy bien económicamente: no necesito nada material: yo no le guardo rencor por nada: es normal: mi corazón nunca le ha conocido lo suficiente para poder sentir algo por usted: sin embargo tengo mucha curiosidad por su vida: he oído cosas tremendas sobre usted: que si se ha dedicado al contrabando: que si no puede regresar a este país porque la policía le busca: que si unos ecologistas le trataron de atropellar por cazar lobos marinos…

Sigo escribiendo: a menudo tacho frases que escribo porque me parecen demasiado frías: las caliento buscando otras palabras: no he de olvidar el verdadero objetivo de la carta: que me conteste para que mi abuela sepa si vive: durante unos minutos sopeso mis sentimientos: ¿Me afectaría saber que está muerto? Freud escribió que el momento en que un padre muere es el momento más traumático en la vida de su hijo: incluso más que si se muere su madre: este no es mi caso: si mi padre está muerto me importará una mierda.

Mando la carta: quince días después recibo la contestación.

 

  Querido hijo: Ha sido una gran emoción recibir una carta tuya. Por tu forma de escribir veo que tus abuelos han hecho un gran trabajo con tu educación. Me alegra mucho saber que te encuentras bien económicamente. Muchas veces me he arrepentido de lo que hice, incluso me he imaginado ante ti, explicándote mis actos, más ahora que soy bastante mayor. Siempre he esperando a que las cosas me vayan un poco mejor económicamente para presentarme ante ti y tu hermana, por eso si me mandas un poco de dinero podríamos dar un salto definitivo en nuestro reencuentro. Hay un negocio que nos podría reportar un gran beneficio a corto plazo…

 

Dejo de leer: mi padre, tras veinticinco años sin saber absolutamente nada de él, me pide dinero: definitivamente Dios me hizo un favor apartándolo de mi vida: sin duda la persona que enamoró a mi madre ha muerto: no puede ser él: yo no tengo padre: mi padre murió cuando pegó a mi madre y se marchó de casa.

-Abuela –le digo por teléfono- Tu hijo está vivo.

-¿Qué te ha dicho en la carta? ¿Os vais a reencontrar?

-Abuela, estoy seguro que mi madre, desde la tumba, hará más bien en mi vida que él si estuviera a mi lado cada día.

 

·27.-¿Por qué todos los jefes son gordos?

 

Hoy mi jefe me ha sonreído.

 

·28.- Veintiocho podridos años caminando por la playa

 

Hoy he decidido que voy a dejar de escribir.

¿Para qué escribir si ella no va a volver? ¿Para qué escribir si no soy más que un escritor mediocre?

Al regresar de Holanda me di cuenta que, por mucho que luche, hay cosas en la vida que jamás conseguiré.

Ella no me escribe. Seguro que ni piensa que continúo esperando una carta suya. Ni siquiera pensará en mí cuando, por ejemplo, vea en una película a alguien llorar por amor.

Me la imagino tocando el bajo en algún club (porque ella tocaba en un grupo de música), tocando esa música sin melodía y llena de gritos de la que yo me reía. Ahora me arrepiento: actuaba como un estúpido: me creía listo.

Y no soy más que un gilipollas.

La imagino después de una actuación: se tomará un par de copas, se fumara unos cigarrillos con alguien, se acostará con él si le apetece.

Vuelvo a estar en mi ciudad, en mi país: sin siquiera una carta suya y joder, hasta intentamos tener un hijo: me corrí dentro de ella miles de veces, y cuando lo hacía se la metía todo lo posible, hasta el fondo: para que mis espermatozoides tuvieran que correr lo menos posible.

No se quedó preñada. O por lo menos nunca me lo ha dicho.

Nunca me escribe.

Nunca: que palabra más cruel.

Ayer sentí que comenzaba a olvidarla: vi una foto suya, de las que le saqué desnuda,

 

 

y pensé: pues tampoco es tan guapa.

Gilipollas.

Si estuviera comenzando a olvidarme de ella, no estaría en estos momentos desvelado, escribiendo este texto a las cuatro y media de la mañana, a falta de tres horas para ir a trabajar.

Han pasado más de dos años, sigo sufriendo con su recuerdo. Han pasado más de dos años, continúo mirando el buzón con esperanza, esperando una carta suya.

Nunca me ha escrito, ni una. Y tampoco las editoriales a las que he mandado mis escritos.

Supongo que estoy negado para eso de las cartas.

Si me hubieran publicado la novela y tenido éxito hubiera tomado un avión a Holanda: hubiera sido agradable alquilar una bicicleta, pedalear hasta su calle, tocar en su puerta: joder, como en las películas.

Lo más seguro es que me la hubiera encontrado con otro: y ni con ganas de volver conmigo: entonces me hubiera sentido fatal: y nunca le contaría esto a nadie: jamás lo escribiría en ningún diario. Hasta de viejo callaría.

Creo que he tomado la decisión correcta: dejar de escribir: cuando me entren las ganas iré a recorrerme la playa de punta a punta hasta que desaparezcan.

No sé, a lo mejor soy marica, bueno bisexual.

Supongo que si no fuera por eso de dar por culo, besar en la boca y chupar pezones y pollas, lo sería.

Los maricas suelen ser muy amables, te escuchan, no sé si porque te quieren follar, como yo hago con las chicas.

Dejar de escribir: dejar de atormentarme con mis sueños imposibles: pensar únicamente cosas tipo: ¿Me lavo la cabeza ahora o después? ¿Cuánto dinero tengo en el banco?

Ser normal: ver la tele.

Existo: no tengo otro remedio, pero para lo que es la vida hubiera preferido no haber nacido: paso de suicidarme: voy a dejar que la rutina me mate: así sufriré mucho más.

Una vez escribí un cuento bonito.

Una vez me dieron un premio.

Una vez amé.

A lo mejor las cosas sólo ocurren una vez en la vida.

O por lo menos, a mí.

Dentro de unos segundos sabré cual es la palabra con la que concluiré mi carrera de escritor: la última palabra que escribiré en mi vida. Será un alivio.

A partir de hoy sólo escribiré cuando sea necesario: mi nombre y dirección.

Dirección, que palabra más mediocre.

 

 

 

SEIS MESES MÁS TARDE

 

 

 

·29.-Seis meses más tarde

Hace seis meses que no escribo. No obstante, algunas veces, mi mente se revela: me sorprendo imaginando una historia que escribir: entonces, me muerdo la lengua, clavo mis dedos en el estómago hasta sentir dolor. He de conseguir vencer a la fantasía: que salga de mí para siempre: he de ganar la guerra: matar mis sueños: ser una persona que camina con los pies en la tierra. Reconduzco mis pensamientos hasta la realidad: el trabajo: en los últimos seis meses no he hecho más que trabajar, ir al cine con mi novia y cascármela antes de acostarme a dormir.

Y llorar.No recuerdo cuando fue la última vez que reí. Cada día, cuando cruzo la carretera, me doy cuenta que me daría igual que me atropellaran. Si muriera, nadie lloraría por mí más de dos minutos seguidos: estoy seguro.

 

·30.-Sirvo para algo

Mi jefe aparece en la sección de prensa y revistas.

-¿No está aquí el director?

-Hola jefe. Por aquí no ha pasado.

-Ah, por ahí viene... y vaya, le acompaña el gerente.

El jefe me mira enfadado. Pienso para mis adentros:¿Qué diablos habré hecho?

-¿Es usted Sigmundo Fernández, el encargado de prensa y revistas? –me pregunta el director.

-Sí –contesto asustado.

-Queremos felicitarle: ha hecho usted lo que nuestros asesores de economía afirmaron que era imposible: ha conseguido que esta sección produzca beneficios.

-¿En serio? –mi corazón se llena de orgullo- Buf, la verdad es que he hecho un montón de cosas nuevas –digo-. Pero no sabía que estaban funcionando.

-¿Tu jefe no te anunció que las ventas se habían disparado?

-Pues no.

-Es que no quería que bajase el freno –se apresura en explicar mi jefe.

-Sigmundo, has subido las ventas hasta quintuplicarlas –revela el gerente- Tienes que saber que estás haciendo muy bien tu trabajo y que mientras la sección de prensa y revistas continué en esta línea a tu sueldo se le sumará un extra.

-Oh, muchas gracias: son ustedes muy amables.

Esta noticia, junto al ahogado rechinar de los dientes de mi jefe permite que, por primera vez desde hace mucho tiempo, logre respirar sin sentirme una mierda: sirvo para algo:

SIRVO PARA VENDER PRENSA Y REVISTAS

 

·31.-La última vez que lo vi

Cambio de turno: tenemos dos horas para almorzar y descansar. Los que vivimos lejos del gran centro comercial hemos de esperar el autobús: eso hace que, desde que lleguemos a casa, tengamos que comer a toda prisa para volver a esperar otro autobús que nos traiga de vuelta al trabajo, puntuales.

Los empleados que tienen coches salen por la puerta de personal con paso rápido y mirada esquiva: huyen de los compañeros que no tienen coches: temen que alguno que viva más o menos cerca, pida que les lleve: entonces tendrían que inventarse una disculpa para no decir la verdad:

-No me da la gana, llevarte a ti supone que yo pierda diez minutos de mi tiempo, y realmente prefiero emplear ese tiempo leyendo el diario después de comer o viendo los dibujos de la tele. Además, ¿Por qué diablos te iba a ayudar? ¿Qué gano yo con eso?

En la parada del autobús hay un compañero de artística con el rostro abatido. Es extraño, normalmente es una persona de temperamento alegre. Me acerco hasta él: me cae bien desde que un día me contó que, en su tiempo libre, se dedica a componer un guión de cine.

-¿Qué te pasa?

-Ah, hola Sig.

-¿Estás bien?

-Fatal. He metido la pata hasta el fondo. Soy un gilipollas.

-¿Qué ha ocurrido?

-Joder, soy un puto gilipollas.

-Si te sirve de consuelo yo también soy un gilipollas. Aunque quizá, los que lo reconocemos, lo somos un poquito menos. O un poquito más, por reconocerlo: realmente no sé: mira, mejor olvídate de todo lo que te acabo de decir.

El compañero de artística sonríe: hasta que comienza a hablar y su rostro vuelve a nublarse:

-Hoy he follado. Aquí, en el gran centro comercial.

-¿Follado? –me río- A ti no te van a echar, a ti te van a hacer un monumento como héroe inmortal.

-No –me mira profundamente- Verás, joder, me van a despedir.

-¿Te han visto?

-No exactamente: tuvimos mucho cuidado, ocurrió de pronto, no lo pudimos evitar. Fue por la mañana, antes de que abriera el centro, sabes que siempre llego temprano.

-Sí. Eres un trabajador ejemplar –le avivo.

-Antes de ponerme a trabajar siempre voy abajo, a la sala de descanso, a tomarme un café. Entonces vi al reponedor.

-¿El reponedor de las máquinas de alimentos?

-Sí, el morenito de pelo larguito y ojos misteriosos, el que una vez te dije que me parecía tan guapo.

-Lo recuerdo: estábamos tomando café y me dijiste, mientras le devorabas con la mirada, que te lo follarías sin quitarle los pantalones.

-Sí, ese. Él estaba cargando las máquinas: le sonreí ¿Cómo no hacerlo?, pero está vez él me devolvió la mirada... y la sonrisa, me quedé pasmado: no podía creérmelo... se me acercó, o quizá fui yo, no sé, creo que fui yo: con la excusa de que si me daba cambio, me dijo que sí, le di un billete, al entregarme las monedas me rozó la mano...me miró: entonces supe que él también era gay...no pude más, nos besamos, queríamos seguir, era alucinante: estábamos súper conectados... y era temprano, muy temprano, alguna vez tenía que recibir una verdadera recompensa por venir a trabajar pronto, fuimos hasta el vestuario: no había nadie, nos encerramos en el baño: fue maravilloso...

-Entonces nadie te vio.

-Sí, al salir, no sé cuanto tiempo estuvimos ahí dentro, salió él y después yo, un compañero del centro nos vio, vi sus ojos juzgándome: me miró con asco, yo no hice nada malo: sólo he follado con un chico que me gusta muchísimo, no sé que piensan, todos saben que soy maricón, se me nota y no hago nada por ocultarlo: hasta sé que os hace gracia mi forma de hablar. Pero una cosa es ser maricón, que ya es más o menos algo que la sociedad acepta y otra cosa es que mantengamos relaciones sexuales: eso lo siguen viendo como algo sucio y malévolo: sé que no es serio hacer el amor en el lugar de trabajo, pero estoy seguro que si en lugar de haberme follado a ese chico me hubiera follado a la rubia de la sección de zapatería que os trae locos a todos, ese compañero no me hubiera mirado así, ni yo temido que me echaran del centro porque ahora yo sería el rey de las fiesta, un héroe, como tú dijiste.

-¿Y estás seguro que él se lo va a decir a alguien?

-Me juego el cuello que ya se lo dijo a nuestro jefe. Cuando lo vi, a media mañana no me habló pero su mirada sí, dijo estás despedido, no te queremos aquí vicioso, cada día me saluda estrechándome la mano nada más verme, pero hoy no, pensaría que le pegaría algo, pensaría que tengo el sida o que esa mano se la metí por el culo al reponedor.

-Si nadie te vio follar, si sólo te vieron salir del cuarto, lo podrás negar.

-¿Tú crees? Eres un iluso. Soy homosexual, pero no puedo hacer el amor. Si ese chico hubiera sido la rubita de zapatería, no habría problema. Me taparían, sería cosas de hombres. Yo, para ellos, soy un chiste. Y ahora, además, un guarro.

-No hombre no, ya verás que no pasa nada.

-Ahí viene mi autobús Sig.

-Pues bueno, hasta luego: y anímate: ya verás que no es nada.

-Ojala.

Se sube al autobús, se sienta al lado de la ventanilla.

Creo que es la última vez que veo su cara: sin duda, le despedirán.

 

·32.-El secreto de la felicidad

Ahora mismo me acabo de acordar cuando fue la última vez reí: hace siete meses:

En la sección de prensa y revistas tengo un expositor que he rellenado con una selección de títulos de venta segura: ¿Quién ha robado mi queso?, las aventuras de Harry Potter, El Código da Vinci y la novedad que más publiciten por la televisión. Mientras los ordeno el hombre de seguridad (que se pasa ocho horas frente mi sección, de pie, quitando las alarmas de seguridad que los vendedores olvidamos de quitar en las compras de los clientes) me observa: no sé porqué:

-¿Cómo estás?

-Bien –contesta.

El hombre de seguridad tendrá treinta y siete años: es muy alto: pálido: una vez le riñeron por ir despeinado y, desde entonces, lleva el cabello engominado y aplastado hacia atrás.

-¿Te gusta leer? -pregunto

-Mucho. Me he leído toda la colección de comics de Mortadelo y Filemón: cada uno, dos o tres veces.

Y me mira orgulloso, buscando que mi cara refleje admiración.

Sí. Esa fue la última vez que me reí con ganas (escondido en el baño de personal).

Sin embargo, luego, en el transcurso de la tarde, estuve estudiando su rostro cuando no me veía: él, a menudo, concentraba su vista en alguna baldosa u objeto del gran centro comercial y mantenía allí, durante largo tiempo, la mente en blanco hasta que se recobraba, quizá al presentir que me encontraba observándole: entonces me sonreía: parecía feliz: muy feliz.

Quizá el secreto de la felicidad radica en no pensar: en ser simple como un ladrillo: en no comerse el coco: en no leer más que comics de Mortadelo y Filemón.

 

·33.-Aguarrás

No consigo que mis zapatos queden perfectamente limpios: le he preguntado a un compañero de zapatería: me ha dicho que pruebe con aguarrás. No sé si me lo ha dicho en serio o en broma: así que, como no sabía que cara poner, me he ido de su departamento cuando él estaba de espaldas.

 

·34.-Mi jefe

A primera hora de la mañana mi jefe ha llamado:

-Sig, a partir de ahora, cuando te pregunten di que la sección de prensa y revistas la llevamos yo y tú juntos ¿Entendido?

-Sí jefe.

-Haz lo que te digo y no tendrás problemas a la hora de renovar tu contrato.

-Muchas gracias jefe –agradezco tratando que mi tono de voz no resulte demasiado irónico.

El jefe cuelga.

Cabrón.

 

·35.-Henry Miller que estás en lo cielos

Suena el timbre de mi casa: abro la puerta: el corazón sube hasta mi garganta: frente a mí se encuentra mi escritor favorito: Henry Miller:

-Hola Sig –saluda- ¿Qué diablos pasa?

-¡Henry Miller, mi ídolo! ¡Esto tiene que ser un sueño! ¡Moriste en 1980!

-¿Ídolo Sig? Me ofendes: yo no puedo ser el ídolo de una persona como tú ¿Y qué estoy muerto? Mira tu vida: tú si que estás muerto.

-Henry: sé a qué te estás refiriendo: pero perdóname: yo no tengo tu talento: lo deje todo por escribir una novela y resultó ser una mierda: todas las editoriales del mundo la han rechazado.

-Sí, sin duda es una mierda. Sin embargo es tu primera novela ¿Leíste mis dos primeras novelas? También eran una mierda: nunca me las publicaron ¿Sabes que me recomendaron las editoriales y la familia entonces? Que renunciara a la idea de escribir: pero no lo hice. Tuve que aprender, como Balzac, que debía de escribir volúmenes y volúmenes antes de firmar nada con mi nombre. Tuve que aprender que debía de abandonar todo y no hacer otra cosa que escribir: que debía de escribir, escribir y escribir, aun cuando todo el mundo me aconsejara lo contrario: aun cuando nadie creyera en mi: no me publicaron la primera novela hasta que cumplí los cuarenta y dos años. Y con esa sola hubiera conseguido la inmortalidad que ahora mismo tú puedes comprobar ¿O acaso no me ves aquí? Escribe Sig, escribe, porque nunca nadie ha creído en ti: ya ni siquiera tú mismo: quizá el autentico secreto radica en hacer creer a la gente: en realizar milagros frente a sus ojos.

-Pero tengo que trabajar, no tengo tiempo para dedicarme a escribir. Necesito dinero en mi bolsillo.

-Deja ese trabajo de cementerio en el estás ¿Acaso crees que allí escribirás algo que valga la pena? Deja tu aburrido trabajo: el trabajo no es, en el fondo, sino la doctrina de la inercia. Yo, aunque viví en medio de la mayor orgía de riqueza y felicidad nunca conocí a un hombre que fuese rico y feliz de verdad ¿Qué te quedas sin dinero? ¡Y qué! ¿Por qué cojones te ha de importar lo que cuesta una cosa? Estás aquí para vivir, no para calcular. Y eso es precisamente lo que los cabrones no quieren que hagas: ¡Vivir! Quieren que te pases la vida sumando cifras: eso tiene sentido para ellos. Camina por la calle y mira: lo único que verás es gente que se parte los cojones trabajando porque no sabe hacer nada mejor en la vida: ¡Nietzsche!: el hombre moderno suspira y dice: ”No sé que hacer, soy la esencia del no saber qué hacer” Dice Migae que todos los soñadores tenemos una estrella en la frente. Y tú, sin duda, también la tienes: ¡Cojones! ¡No dejes que su luz se extinga! ¡Grita libertad, Sig!

-No me atrevo a dar el primer paso. Soy un cobarde.

-¡Sé un hombre Sig!¡Lucha por tu felicidad! Y cuando no sepas qué hacer recurre a la literatura de los autores con una estrella en la frente: ¿Recuerdas lo que escribió Ray Bradbury? Sólo hay un paso entre no ir a trabajar hoy, no ir a trabajar mañana y no volver a ir trabajar nunca más: así de simple. No esperes a ser salvado por alguna cosa, persona, máquina o biblioteca. Realiza tu propia labor salvadora, y si te ahogas, muere, que por lo menos sabrás que te dirigías a la playa.

-¿Por qué? ¿Por qué te has aparecido a mí esta noche?

-Dios me ha pedido que viniera. Está hasta los huevos de escuchar tus lamentos: quiere que espabiles. Y yo. Joder, hay poca gente en la Tierra que me tenga en el salva pantallas de su ordenador. Y ahora discúlpame, me tengo que ir: he quedado para hacer una carrera de bicicletas con Rimbaud y Fedor. Adeu.

.

Me despierto: son las tres y media de la madrugada: qué sueño más raro:¿Escapar? ¿Libertad? ¿Escribir? ¿Soñar? ¿Ser yo mismo? ¿Ser feliz sin que nadie me ayude? ¿Valor? ¿Tirar por fin la corbata a la basura?

No consigo volver a dormir: algo comienza a cocerse en mi mente...

 

·36.-El empujón de Ignatius Relly

El almacén de prensa está lleno de revistas que han pasado de fecha y que hay que devolver: si no realizo la devolución, el gran centro comercial tendrá que abonarlas al distribuidor: y eso da pérdidas en el balance de mi sección. Son siete columnas de devoluciones, siete paredes de revistas: doscientos títulos: unas tres mil quinientas revistas que clasificar: he de agruparlas por títulos, contar las que no se vendieron, apuntar el número que devuelvo en el albarán, hacer dos copias: uno para la distribuidora y otra para mi: el albarán original dejarlo en un sobre en administración, hacer cajas para meter las devoluciones, empaquetarlas, embalarlas, cargarlas en el carro -tendré que hacer unos veinte viajes para llevarlas todas- descargarlas y colocarlas, todas juntas, sobre un pale que se llevará el camión del distribuidor mañana por la mañana.

No puedo irme sin hacer las devoluciones: si el distribuidor no las encuentra mañana, debidamente preparadas, no las aceptará, alegando que se devuelven fuera de plazo: si yo no hago la devolución no la hará nadie y tendré que cargar con la culpa: en las demás secciones de prensa y revistas del gran centro comercial esto no es así: la devolución la realizan entre todos los empleados de la librería: no tardan más de media hora: pero mi jefe me niega la ayuda: lo hace porque sabe que soy demasiado débil para protestar, lo hace porque sabe que soy demasiado responsable para esquivar las tareas que me añade. Pero sobre todo lo hace porque le encanta darme por el culo.

Es el sexto mes que me enfrento a tamaño trabajo. No lo puedo adelantar: he de esperar al cierre del gran centro comercial: he de esperar que se venda hasta la última revista: que estos cochinos ganen hasta el último céntimo. Mi jefe y mis compañeros de librería se irán a casa y yo me quedaré dos horas más: realizando las devoluciones en este minúsculo almacén de prensa. Y cuando termine con el trabajo, el servicio de autobuses habrá terminado: y a no ser que encuentre un taxi (probabilidad remota ya que este gran centro comercial se encuentra en la periferia de la ciudad) tendré que ir hasta mi casa caminando: dos horas y media.

Me siento sobre una de las cajas.

-Que perra es la vida –afirmo.

¿Por qué tendré que soñar con ser escritor? ¿Por qué escribo tan mal? Jamás tendré éxito. Sólo lograré la felicidad cuando sueñe -despierto- que soy escritor. Sólo seré feliz en fantasías. Y eyaculando ¿Cómo puedo mejorar mi escritura? No hay píldora para eso. Sirves o no sirves. Yo no sirvo. Escribí mi novela, la mandé a mil editoriales: ninguna se molestó ni en contestarme.

Recuerdo el sueño de anoche, con Henry Miller: sus palabras martillean en mi cabeza: no deja que me auto compadezca: echa por tierra todos mis argumentos.

Abro otros libros: no hay tanta diferencia, creo, mi novela no es tan mala. Pero yo no soy nadie: un simple empleado de un gran centro comercial: ¿Quién va a querer leer las fantasías de un perdedor? No, estoy tratando de engañarme nuevamente: ¿Acaso Henry Miller tenía una gran carrera universitaria cuando le publicaron Trópico de cáncer, una obra maestra? Él no era más que un vagabundo ¿Y acaso a la autora de Harry Potter no le rechazaron el primer libro de la serie más comercial de todos los tiempos? Sí. Sin duda, ellos también se equivocan a la hora de saber qué es literatura, incluso a la hora de saber qué les hará millonarios.

Quizá si tuviera tiempo, más tiempo, podría volver a escribir. Pero para eso tengo que huir del gran centro comercial. Y volver a sentirme un hombre: en el gran centro comercial me siento castrado: no tengo polla: Ni siquiera, cuando camino por la calle tengo valor para mirar a la gente a la cara. No puedo enfrentarme a una hoja en blanco en mi estado. Tengo que huir: no: huir es de cobardes: tengo que escapar: y vengarme de ellos: que paguen por lo que han hecho conmigo.

¿Pero cómo? Tengo un contrato firmado con el gran centro comercial. Podría romperlo, pero entonces no tendré el dinero suficiente para pagar las facturas de todo lo que he comprado por estúpido, y tampoco tendría derecho a la ayuda económica que da el estado a los desempleados: es difícil encontrar trabajo en la ciudad: más si no tienes estudios universitarios: me empapelarán con las facturas.

Una solución sería conseguir una baja médica (me permitiría quedarme en casa escribiendo y encima no perder mi sueldo a final de cada mes) no obstante, estoy totalmente sano: el único problema que he tenido de salud en mi vida, ha sido en mi oído interno: nací sin tímpano: hasta los siete años sufrí una supuración crónica: pero ya han pasado veintiún años: mi oído, desde entonces, funciona estupendamente.

No tengo remedio: estoy atrapado: he de cumplir mi contrato.

-Ayuda Dios.

Dios me ayudó ayer: me envió al mismísimo Henry Miller a mi casa.

¿Qué me dijo?

“Realiza tu propia labor salvadora, y si te ahogas, muere, que por lo menos sabrás que te dirigías a la playa”

Veo un cable en el suelo. Es uno de los cables con los que se atan los fajos de revistas. Está muy sucio, sin duda ha sido pisado por mucha gente: incluido por mí: innumerables veces: está infectado: era azul y ahora es de color marrón con pizquitas negras. Lo introduzco en mi conducto auditivo: me rasco con él: me froto las paredes internas: ¡Inféctate!

Espero un milagro: que mi oído explote: que mi oído suelte los fuegos artificiales de pus de la libertad.

-La vida no es perra –me corrijo- nosotros nos empeñamos en hacerla perra.

Y ahora quiero salir de aquí: no hacer esta tediosa devolución: irme a mi casa, a leer: a escribir: yo amo la literatura: yo soy un libro: quizá no sea un buen escritor pero sin duda ya soy escritor: escritor no es a quien le publican libros: escritor es quien escribe por necesidad vital.

YO SOY ESCRITOR

¿Cómo salir de aquí? ¿Qué me aconsejó Henry Miller?

“Cuando tengas dudas recurre a la literatura de los autores que poseen una estrella en la frente”

Uno de esos autores es, sin duda, Kennedy Toole. Escribió una obra magnífica: La conjura de los necios, la llevó a miles de editoriales: todas denegaron su publicación: afirmaban que no contenía la calidad suficiente. Kennedy Toole se encerró en su coche, llenó su interior de gas y se suicidó. Once años más tarde, un editor decidió publicar su obra: La conjura de los necios recibió el premio Pulitzer y, lo que es más considerable, pasó a la historia como una de las novelas más importantes de la literatura contemporánea. Kennedy Toole se hizo inmortal.

El protagonista de La conjura de los necios se llama Ignatius Relly. Y en su novela se enfrenta a una situación similar a la que me enfrento yo hoy: le contratan para que ordene los archivos de una compañía: cuando el jefe no está, Ignatius Relly agarra pilas de documentos enteros y los tira a la basura sin mirar que contienen: así parece que ha hecho una selección de documentos: todo está más ordenado: hay más espacio.

Pienso: no tengo que quedarme dos horas si no quiero: es injusto: soy libre. Soy libre, maldita sea, me he olvidado de lo que significa esas palabras. Soy liBre. Soy liBRe. Soy liBRE.

LIBRE.

LIBRE

No puedo seguir tragándome todo lo que ellos desean que me trague. SOY LIBRE. Ya les he dado dos años y seis meses de mi vida: dos años y seis meses sin bañarme feliz con las olas de la playa: sin hacer el amor como un hombre: sin pasarme tardes y noches escribiendo: sin emocionarme por un momento verdadero. He de escapar de este traje, de esta corbata, de esta vida sin sentido.

Busco los carritos que usan los clientes para hacer las compras en el hipermercado: traigo uno al almacén de la sección de prensa y revistas: lo lleno de los títulos a devolver: lo conduzco hasta el cuarto de trituración de basura: tiro todas las revistas en su interior: hago varios viajes. Soy Ignatius Relly. Soy Kennedy Toole. Henry Miller sonríe desde el cielo.

-¡Ese es mi niño! –grita.

Noto que mi estrella comienza a resplandecer en mi frente. Ya no existe devolución que hacer: que se rasque el bolsillo el gran centro comercial: que paguen a los que les he dado dos años y seis meses de mi vida: que se la cargue mi jefe: puedo irme a casa: o a donde quiera: soy libre.

¿En autobús? Mil diablos, no.

Abro la caja registradora de prensa y revistas: está llena de dinero: hoy he hecho una buena cantidad: tomo el dinero suficiente para estar tomando taxis durante toda una semana: la planta donde se encuentra la sección de prensa y revistas está llena de empleados y de jefes de departamento: sin embargo nadie me pregunta qué hago tomando dinero de la caja: nadie piensa que este robando: todos consideran a Sig demasiado tonto y responsable para hacer eso: al final de la noche se darán cuenta que falta dinero: pensarán que es un error, que he ticado algún precio mal o que he dado devueltas de más: nadie desconfiará de mí.

Me voy a casa: algo ha estallado en ni interior: me siento más digno: no escondo mi cara al andar: mi alma comienza a limpiarse: me siento rejuvenecer: de pronto, la noche es más clara.

Deseo gritarle al mundo que sé que no soy un genio pero que por lo menos yo no pienso seguir haciendo el gilipollas trabajando en una oficina sólo porque todo el mundo lo hace, que la sociedad en la que vivo es una completa mierda y que para mí los que ven la televisión a diario son unos gilipollas.

 

ME LLAMO SIG Y SOY UNA PERSONA LIBRE

 

·37.-Mil vidas desperdiciadas

Paso cinco horas de las tardes del fin de semana con mi novia: cine comercial, comida basura y un paseo por las tiendas de moda, el sábado, y por sus escaparates el domingo.

Nos sentamos en el McDonnalds: comemos hamburguesas.

Ella me mira:

-¿Qué te pasa Sig? Estás raro.

No le digo nada. No le digo la verdad: que creo que estamos desperdiciando la vida por estar juntos: que los orgasmos son seres mitológicos de los que hemos oído hablar pero que nunca hemos visto: que seguimos juntos sin amor: que hemos dado la espalda a las mil aventuras que nos hubiera brindado la vida: que nunca hemos montado a caballo por las dunas del desierto: que nunca nos ha picado un escorpión que nos mostrase la belleza de la muerte: que jamás hemos sido invitados a beber en la copa de un sultán: que ella nunca ha caminado por los acantilados de los dragones y que yo no sé qué es sentir permanentemente una estrella en la frente: que pronto, no nos avisarán y seremos viejos desgraciados: con dolores por una vida sin vida: seremos cuerpos sin formas que crían niños: construiremos un castillo que en realidad será una cárcel: y, metidos en esa cárcel, veremos crecer a nuestros hijos: y ellos también construirán cárceles, pues nosotros les hemos enseñado y educado para eso: y ella morirá: y yo también: y nada: no habremos servido para nada.

-¿Quieres otra hamburguesa? –me pregunta.

-No, gracias.

-A ti, te pasa algo.

Por un momento pienso contarle lo que hice el viernes, pero desecho tal pensamiento: si ella lo supiera se enfadaría muchísimo y me obligaría a ir ahora mismo al gran centro comercial a sacar las revistas del triturador de basura y a devolver el dinero.

 

·38.-Oro puro

Lunes: gran centro comercial: sección de prensa y revistas: mi jefe frente a mí:

-Sig –me dice- el distribuidor de sgel dice que, esta mañana, las devoluciones no estaban en el almacén.

-¿No? –pregunto haciéndome el sorprendido.

-Eso dice él.

-Qué extraño.

-Tú las dejaste allí ¿No?

-Claro.

-Quizá algún otro distribuidor se llevó ese pale de mercancía por error –reflexiona mientras se rasca la cabeza.

-Seguro que fue eso.

-Tienes el oído manchado de algo. Parecen babas.

Me toco la oreja: un líquido pegajoso la cubre.

-No me seas guarrito Sig.

-Perdone señor, voy un momento al baño.

-No tardes. Te quiero en tu puesto en cinco minutos.

Corro al baño. Me miro en el espejo. Algo sale de mi conducto auditivo: el oído, levemente, me supura.

-¡Es oro! –grito de alegría- ¡Oro!

Decido no ir al médico: mi oído debe empeorar aun más para que mi plan pueda alcanzar el éxito: tengo que volver al cuarto de prensa y revistas cuanto antes: buscar ese trocito de cable: llevármelo a casa: restregármelo por el oído durante un rato, cada noche, antes de dormir: es mi obligación.

 

·39.-Los consejos de los amargados

Quizá no pueda ser feliz toda la vida, pero quizá lo consiga por unos meses.

Y cuando eres feliz no importa que venga la gente y te diga que porqué diablos no terminas la carrera universitaria o haces algo que valga la pena de cara al futuro. Sobre todo no importa si quien te lo dice ha hecho eso y resulta que es un amargado.

 

·40.-La chica del dvd

Máquina de alquilar dvds. Tengo un dvd que devolver. La máquina está ocupada.: una joven está eligiendo película: tendrá veinticuatro o veinticinco años: me coloco detrás de ella, en fila: la joven se gira para ver quien aguarda detrás: nos miramos a los ojos, nos sonreímos:

-Hola –le digo.

-Hola –contesta.

Ella es guapa: se vuelve hacia la máquina. No. Decide volver a girar hacia mí: hoy debe de ser mi día de suerte.

-¿Qué película tienes ahí? –me pregunta con una nueva sonrisa.

-“Infiltrada”, creo que se llama.

-¿Está bien?

-Normal y corriente: últimamente, todas las películas americanas parecen estar dirigidas por el mismo director.

La chica me mira: yo, por vergüenza, esquivo su mirar: un segundo, dos segundos, tres segundos (por favor que no regrese su atención a la máquina de dvds, que me haga otra pregunta: quiero seguir hablando con ella: no obstante, mi timidez impide que le haga cualquier comentario: incluso mirarle a los ojos)

Mi suerte se agota: la chica se vuelve hacia la máquina: sigue eligiendo película. No hay mal que por bien no venga: le miro el culo: tiene un buen culo: y un buen cuerpo: viste unos pantalones negros de pinzas y un pulóver rojo de lana fina: debe de ser universitaria u oficinista: elige dos películas: debe de tener la tarde libre: me encantaría pasarla con ella: en su sofá: viendo las películas y conociéndonos: las saca del expendedor: se vuelve hacia mi: abre el porta dvd de una de ellas, me la enseña: me mira: espera un comentario.

NO DIGO NADA. VUELVO A ESQUIVAR SU MIRAR.

Cierra el porta dvd: se va.

La admiro mientras camina: alejándose de nuestro hipotético futuro: creo que está, en mi honor, meneando el culo un poquito más de la cuenta: golpeo mi cabeza contra el expendedor de dvds: tengo que hacerme un chichón: tengo que espabilarme: tengo que atreverme a vivir.

 

·41.-Conversaciones imposibles

Cada día oigo peor: cuando coincido en uno de los ascensores del gran centro comercial con clientes que hablan entre sí, entre la supuración de mi oído, el minúsculo algodón que me he puesto, el aíre acondicionado, el hilo musical y mis pensamientos internos, entiendo conversaciones imposibles:

 

EJEMPLOS:

Conversación Nº1

-Una vez tuve una relación homosexual con un extraterrestre.

-Cristi, ya sabes que no me gusta hablar de esas cosas en el ascensor. Nos podría escuchar alguien.

-Sin embargo es necesario. Absolutamente necesario.

-Odio tus sandalias. Las odio. Me gustaría que te las dejaras de poner.

-Yo odio tu espuma de afeitar ¿No lo entiendes? ¿Por qué no dejas de pensar en ti mismo?

-Tenemos que morir antes de que nos odiemos del todo.

-Salgamos de aquí. En este espejo me veo demasiado gorda.

-Desearía poderme comer tus zapatillas.

-Cuando lleguemos a casa.

-Prefiero ir a casa de tu madre.

-Tengo una percha en la bolsa, podrías ponértela e imaginar que eres una avión.

-Nuestras leyes están caducas y nadie hace nada por cambiarlas.

-Pero sin embargo no ponía nada en el envase.

Conversación Nº2

-Mami ¿Me he convertido en escroto?

-Todavía no. Eres muy pequeño aún.

Conversación Nº3

-Espero sinceramente que el agujero de mi culo se convierta en una boca y esta pueda hablar otro idioma, quizá ruso. Sería maravilloso poderme comunicar con los rusos en su idioma.

-Sabes de sobra que a Jimeno, con esa actitud, le ha ido fatal en la vida.

-Pero es por su necesidad de querer saberlo todo. Yo sólo haría preguntas sencillas.

 

·42.-El ezcritor.

Viernes: devoluciones: espero a que salgan los clientes del gran centro comercial: relleno, a boleo, el número de cantidades a devolver en el albarán que llevo a administración: tomo un carrito del hipermercado: lo cargo con las revistas a devolver: las tiro en el triturador de papeles cuando nadie me observa: tomo de la caja registradora el dinero suficiente para ir y volver en taxi durante otra semana más: me voy a casa tratando de contener una carcajada: el gran centro comercial tiene un virus: Sigmundo Fernández: el ezcritor.

 

·43.-Baudelaire y yo

Los miércoles, antes de que el gran centro comercial abra sus puertas al público, mientras todos sus trabajadores se encuentran en la sala de descanso desayunando café y bollos, subo a la librería sin que nadie me vea, abro un libro de Baudelaire y pego mi nariz hasta aplastarla con una de sus páginas.

Entonces aspiro fuertemente: introduzco en mis pulmones el olor a tinta y a papel virgen que sostienen y muestran al mundo los grandes versos del poeta francés: esta acción me llena el espíritu con la fuerza y dignidad necesaria para pasarme, toda la mañana, vendiendo las súper putas y ridículas revistas del corazón.

 

·44.-Y el ganador es...

Tras siete días de supuración, acudo a la consulta de urgencias de la sanidad pública: ellos están capacitados para otorgar los partes de baja laboral por enfermedad: quiero conseguir el primero de una larga serie: quiero quedarme en casa, escribiendo una nueva novela mientras, el gran centro comercial, paga mi sueldo a principio de cada mes.

En estos momentos, mi oído reúne una abundante cantidad de supuración (de repugnante color negro) producto de mis frotamientos con el cable infectado: aparte, me he obligado a pasar la noche sin dormir (con el propósito de que mi cara luzca ojeras y cansancio): y he estudiado, con la ayuda de Internet, los síntomas de quien padece una grabe otitis aguda.

Por fin, la enfermera canta mi nombre y entro en la consulta del doctor de urgencias: mientras camino, respiro hondo: busco fuerzas para poder llevar a cabo la interpretación que, desde hace días, ensayo mental y físicamente pues, aunque el oído me supura, no me duele en absoluto.

-¿Qué le pasa a usted? –pregunta el doctor con malas pulgas.

Finjo que no entiendo muy bien sus palabras, trato de mostrar un cerebro aislado por el dolor más grande del mundo ¿Tendrá sentimientos el doctor? He de conseguir remover alguna fibra de su corazón acostumbrado, quizá, a ver gente morir desangrándose: dejo que mi expresión se estire hasta el doctor y le diga: usted no sabe qué es el dolor, antes de contestar, con un fúnebre aunque rotundo:

-Doctor, mi oído: está supurando.

El doctor, especialista en medicina general, no en otorrinología, se levanta muy a su pesar de su silla –estaba bien cómodo- y observa el interior de mi oído infectado con el otoscopio: cada noche, he recogido la pus que me ha salido del oído e introducido en frasquitos que he congelado en la nevera: hoy he descongelado toda esa pus en el microondas de mi casa y la he vertido -antes de entrar en la consulta, amparado en la soledad del baño de la sala de espera- en el interior de mi oído.

En estos momentos mi oído no debe de ser algo agradable que ver antes de almorzar.

-¿Pero que le pasa aquí? –pregunta el doctor.

-...no me puedo mantener casi en pie... tengo mareos... no puedo soportar el dolor.

-No veo su tímpano.

-¿No?

-Usted no tiene tímpano.

-¿De verdad? (sé que no tengo tímpano desde que tengo uso de razón)

-¿No lo sabía?

-No... ¿Es grave no tener tímpano?

El doctor me mira como si estuviera ante un caso de subnormalidad profunda.

-Se le habrá reventado ¿Ha estado usted sometido a mucho frío? ¿Practica usted submarinismo?

-Hace un mes me apunté en un cursillo de submarinismo –miento.

-Eso tuvo que ser ¿Vómitos?

Estoy preparado: he leído en Internet que debía de contestar que vómitos también.

-He vomitado siete veces en dos días –hablo tratando de que huela mi fétido aliento, producto de los plátanos que desayuné y por no haberme lavado los dientes desde la cena de ayer: una suculenta pizza a la barbacoa con extra de cebolla.

-Este oído está fatal –anuncia el doctor huyendo de mi aliento.

-Esta mañana me caí al suelo: sufrí un desvanecimiento.

El doctor me mira: está acojonado: no sabe que hacer.

-Debe de pedir hora con el médico de cabecera urgentemente –dice mientras comienza a escribir- tómese estos medicamentos que le prescribo, ahora pase a la consulta de la enfermera para que le haga una limpieza de oído y le ponga esta inyección contra el dolor. Si los mareos se intensifican o vuelve a perder el conocimiento, venga por aquí y le ingresaremos en el hospital.

-Tengo que ir a trabajar esta tarde –anuncio con voz trémula.

-¿En qué trabaja usted?

-Soy dependiente del gran centro comercial.

-Usted no va a trabajar a ninguna parte: le voy a extender un parte de baja por una semana. Y quizá no pueda ir a trabajar en todo un mes: ya se lo comunicará su doctor de cabecera.

Y, cuando termina de escribirlo, me abalanzo y agarro ese parte de baja con tales reflejos de pantera y fuerza sobrehumana -tan poco usuales para una persona que momentos antes parecía que iba a caerse al suelo- que provocan que vea, por primera vez desde que entro en la consulta, un atisbo de duda, en los ojos del doctor de urgencias.

Sin embargo, tras el paso por la sala de enfermería: (la enfermera me practica la cura como si yo fuera una cabra a la que hay que marcar con un hierro ardiendo) salgo del ambulatorio con mi trofeo: el parte de baja laboral:

UNA SEMANA LIBRE, QUIZÁ TODO UN MES 

:por ahora todo va salido tal como lo he planeado.

-Hola, soy Sigmundo Fernández -explico cuando llamo por teléfono a la administración de personal del gran centro comercial- comunique, por favor, al jefe de la sección de librería, que estoy muy enfermo: que se me ha reventado el tímpano y que no puedo ir a trabajar durante toda la semana. Muchas gracias.

Y cuelgo. Mi euforia y las drogas de la inyección casi me hacen añadir, por despedida, un ¡arrivederchi bambino! con acento italiano.

 

·45.-¿Para qué sirven los amigos?

Tercer día de baja: tengo ganas de llamar por teléfono a algunos de mis amigos y contarles la explosión que ha sucedido en mi cabeza: mis planes, mis propósitos: mi nuevo libro. Uno trabaja en un banco, otro es médico, otro es profesor de física y química.

Sin embargo no lo hago: desmenuzo las relaciones que hemos mantenido a lo largo de los años: les y me observo con mi nuevo corazón (que ahora comienza a bañarse en la libertad, sin atisbo de hipocresía) y llego a la conclusión de que no tengo amigos:

PARA LO ÚNICO QUE SIRVEN LOS

 AMIGOS ES PARA DARTE POR CULO

Da igual... ¿Quién necesita amigos?

¿Qué son mis amigos salvo personas que conocí libres y que ahora están esclavizados por las deudas, la hipoteca y el automóvil que se quieren comprar?

Están casados con mujeres que mejor estarían pastando por el campo, libres: los han convertido en cerdos que se ceban hasta el día que les llegue la muerte (y ya sólo así serán liberalizados): desearía que se miraran en mi espejo y vieran que, aunque no tengo carrera universitaria ni dinero, mi alma continua luchando por mis sueños y que la de ellos está encerrada en un cuarto oscuro, castrada: viéndoles hablar y actuar en la vida, me doy cuenta que son más mujeres que sus mujeres.

Porque, en el mundo civilizado del siglo XXI, lejos de la prehistoria, lejos de la necesidad de la fuerza masculina para conseguir comida, las mujeres -por derecho propio- han pasado por encima del hombre: nos han metido en granjas: han demostrado que son ampliamente superiores a nosotros en todos los sentidos: y si ellas y la naturaleza no nos han quitado de encima es porque tenemos polla: a eso nos reducimos: los hombre somos ridículos.

 

·46.-Conversaciones con el padrino

-¿Si?

-Buenos días. Llamo del gran centro comercial ¿Se encuentra en casa Sigmundo Fernández?

-Soy yo. Hola jefe.

-¿Sabes algo de las devoluciones de prensa?

-Las hice y las coloqué donde siempre.

-Maldita sea. Como descubra al distribuidor que se las lleva por error, se va a acordar de mí para el resto de su vida.

-Sí.

Mi jefe asimila mi comentario vacío: hace una pausa: estoy deseando que cuelgue: mi jefe, aunque sea por teléfono, me asusta: pero por desgracia, tras un bufo de puerco, reanuda su interrogatorio: esta vez, de tintes mafioso.

-¿Cómo te encuentras Sig?

-Bien. Bueno, quiero decir que me está supurando el oído bastante.

-¿Has ido al médico?

-Sí. Fui ayer por la mañana. Me dijo que debía de estar en cama y observación durante una semana: me recetó antibióticos: tengo el parte de baja.

-¿Una semana entera? Eso es mucho tiempo. Piensa que no tienes contrato fijo en el gran centro comercial. Cuando concluya tu contrato, se tendrá en cuenta el tiempo que has faltado a tu trabajo para ver si te renovamos. Y una semana puede pesar mucho en tu expediente.

-Pero es que estoy enfermo, me sale una pus negra por el oído. Sufro desmayos.

-Sigmundo, en la vida hay que sacrificarse. Y más ahora que hay tanta gente buscando un trabajo como el tuyo.

Y cuelga.

 

·47.-Mi doctora de cabecera

Mi médico de cabecera es una mujer: es muy guapa: e inteligente: tendrá más de cuarenta años pero conserva su dentadura intacta, sus pechos altos y, sobre todo, un brillo alegre en sus ojos claros: si ella me dijera que me sacara la polla y se la metiera, lo haría sobre la marcha, sin preguntas.

-He leído el informe del doctor de urgencias: ¿Cómo te encuentras hoy?

-Me cuesta levantarme, me mareo: tengo vértigos: vomito cada día: estoy esperando que la cabeza me explote.

-Con este papel te darán hora, urgente, en el otorrino: sin embargo, tiene tanto trabajo, que no entrarás en la consulta hasta dentro de un mes.

-Esperaré: no tengo dinero para pagar a un otorrino privado –miento para dar pena.

-Hasta que el otorrino te vea es aconsejable que no vayas a trabajar: el aíre acondicionado te puede dañar aun más el oído interno: además existe el peligro de que te puedas caer en cualquier momento en el sitio menos pensado: la carretera, unas escaleras...

-No saldré de casa: no quiero morir.

-No seas tan tremendista hombre, pero tienes que cuidarte. Aquí tienes el parte de baja por un mes, en principio: lo más seguro es que el otorrino te quiera operar y no deje que vayas al trabajo hasta dicho momento.

-Gracias doctora.

-Que te mejores pronto, Sig.

Salgo de la consulta: estoy contentísimo por el parte de baja:

UN MES, QUIZÁ MÁS

no estoy asustado por la operación: tal como funciona la sanidad pública en mi país me pondrán en una lista de espera y, cuando toque operarme, ya habrá terminado mi contrato en el gran centro comercial y podré afirmar que me siento bien y que, gracias a Dios, no necesito la operación.

Sin embargo, siento remordimientos por jugar a hacerme el enfermo: por quitar a alguien, que verdaderamente lo necesite, su cita con el otorrino: voy a un cajero automático y hago una donación de doscientos cincuenta euros a médicos sin fronteras: el remordimiento no desaparece. Qué le vamos hacer.

 

·48.-Aventuras de mi página web

A la segunda semana de baja médica, aprendo a utilizar el Frontpage y creo una página Web que publico en Internet: la titulo La máquina de escribir y sus pesadillas: contiene todos mis escritos, incluso este diario secreto que nunca pensé dejar leer a nadie: lo hago por dos motivos, primero para saber qué opinan los visitantes de mi novela y de mis relatos (espero que sus críticas y consejos me ayuden a mejorar mi escritura) segundo, y más importante aun, para saber, por quienes lean mi diario secreto, si soy un monstruo (un futuro agresor sexual con necesidad de atención psiquiatrica) o, por el contrario, una persona normal (que es lo que espero) que sufre fantasías debido a sus complejos, represiones y rutina diaria: la red me da el anonimato necesario para mostrarme y explicarme sin tapujos: mi Web es secreta, no hago llegar la dirección http a nadie que pueda conocerme.

Las primeras críticas, tardan en llegar y resultan ser totalmente desoladoras: tanto por su forma como por su contenido:

1.-MENUDA MIERDAAAAAAAAAA!!!

2.-Eres un perbertido y un cerdo.

3.-GILIPOYAAAAAASSSSSS

Sin embargo, también encuentro algunos simpatizantes: sobre todo en Argentina: no sé porqué diablos pero a ellos les suele gustar lo que escribo: afirman que soy un loco divino, que mis relatos son bárbaros: que poseo un chévere mundo interior: me llenan de ánimo: me escribo con cinco o seis personas de allí casi todos los días: algunos son homosexuales y me mandan, sin pedirlo, fotos de sus pollas, quizá esperan que, al vérselas, yo también me vuelva homosexual.

Las chicas me hacen retratos

y mandan fotos por el Messenger. A las guapas, les confieso que me masturbo mirando sus fotos: y a ellas les encanta: incluso les hace gracia: me preguntan con qué foto lo hice, que cuantas veces y me envían más: en Internet se hace realidad mi sueño de libertad para la masturbación pública.

A las feas (el 97% de la gente que chatea es fea) desde que veo sus fotos, les dejo de escribir: a no ser que sean verdaderas amantes de la literatura y me interesen por razones intelectuales (y nunca pasa).

Por un momento egoísta, me gustaría que estallara una crisis económica en Argentina y ellas no tuvieran otro remedio que venir a mi país a buscar trabajo. Con el dinero que me pagarán cuando me liquiden el contrato del gran centro comercial, con lo que estoy ahorrando ahora que estoy metido en casa sin salir, con la paga del desempleo y con el sueldo de un trabajo que consiga por ahí sin que me hagan contrato, tendría dinero más que suficiente para ayudarlas. Y seguro que a alguna me la terminaría follando.

Soy un cerdo cabrón: no debería de imaginar estas cosas: pero salen de mi mente sin yo querer.

 

·49.-Footing

Teléfono. Mi jefe.

-Te hemos visto corriendo por un parque, haciendo footing. Y llevabas unos walkman puestos.

-Eso no es verdad, jefe.

-Alguien del gran centro comercial te vio cuando conducía su coche.

-Eso es mentira. Hace cuatro semanas que no salgo de casa.

 

Sigue hablando: me acusa de unas cuantas cosas más: de ir a la playa, al cine.

-No, no, no jefe. Yo estoy enfermo. No sé porqué la gente tiene que inventarse esas cosas: la gente está loca: quieren hundirme.

 

Por fin cuelga.

Me pongo mis zapatillas de deporte y tomo los walkman. Llevo tres semanas haciendo footing y pesas en el gimnasio. También voy a nadar a la playa casi todos los días. Estoy moreno y mi barriga va desapareciendo: ya he perdido tres kilos.

 

·50.-Me masturbo mirando a mis vecinas

Desde la ventana de mi habitación tengo esta triste vista:

Mi ventana da al patio interior: las paredes blancas están teñidas por el humo que sube por los respiraderos de los garajes de la comunidad de vecinos: mi ordenador está frente a mi ventana y, como últimamente no hago otra cosa que escribir, paso horas -a la vez que escribo- observando cada una de sus ventanas.

Entre huecos de cortinas, entre persianas a medio subir, observo la vida de mis vecinos: los veo con ropa de dentro de casa o en ropa interior: cocinando, tirados en su sofá mientras ven la programación televisiva durante horas, discutiendo con sus mujeres, hablando por teléfono, besándose.

Yo los veo a ellos, pero debido a mi discreción y a mis cortinas opacas, ellos no pueden verme a mí.

Horizontal a mi ventana vive una familia formada por padre, madre y tres hijas: cuando a alguna le toca tender la ropa en los tendederos yo me masturbo mirándoles a la cara: algunas veces creo que ellas logran ver a través de mis cortinas opacas, sabiendo así de mis manoseamientos pero, por pena hacia mis abuelos, nunca me han denunciado a la policía.

Soy un degenerado que debería de estar en la cárcel.

 

·51.-Mi jefe me descubre

Teléfono. Mi jefe.

-Eres un hijo de puta Sig. Cuando vuelvas al trabajo te vas a enterar: tú no sabes quien soy yo.

-¿Perdón?

-Además de cabrón eres un salido: no te voy a despedir, no: voy a dejar que vuelvas al trabajo y entonces sí que te voy a hacer la vida imposible.

-Jefe ¿Pero qué le pasa? –pregunto: sin embargo, ya me estoy temiendo lo peor.

-He leído tu diario.

-¿Mi diario?

-Esa mierda que tienes puesta en Internet.

SILENCIO

Me callo: ¿Qué podría decir? No tengo ninguna solución: no obstante he de intentarlo.

-Pero jefe, eso que usted ha leído es una fantasía: nada de lo que he escrito es real: es un libro que estoy ideando: son imaginaciones: es que quiero ser escritor.

-Deja de decir estupideces: lo que estás escribiendo es un insulto hacia mí y hacia todo el gran centro comercial: me has llamado cerdo sin sentimientos: no tienes respeto a nadie porque eres un animal.

-Pero jefe…

-Te tengo cogido por los huevos: ya he llamado a tu doctora de cabecera y le he explicado que clase de caradura tiene por paciente: y le he dado la dirección de tu página web: dentro de dos días, cuando se te termine el parte de baja de esta semana y vayas a la consulta te vas a llevar una buena: despídete de la baja: lo malo es que no vas a tener otro remedio que venir al gran centro comercial a trabajar: debes demasiado dinero para poder prescindir de tu puesto: y si simplemente abandonas el trabajo sabes que te quedas sin el finiquito y la ayuda económica que da al estado a los desempleados: te prometo que los seis meses que te quedan en el gran centro comercial van a ser los peores de tu vida.

Y cuelga.

Ciertamente, he de ser inmune a los derrames cerebrales, a los ataques del corazón: ahora mismo tendría que tener uno: me siento en una silla: me levanto: tiemblo: la cara se me pone roja: tomo agua: no puedo tragar: se me ha olvidado como se traga el agua: la derramo sobre mi garganta: se me moja el pecho: trato de secarlo con las manos: me agarro el pecho: me lo quiero arrancar.

-No puede ser –me digo- ¿Pero cómo diablos ha entrado en mi web? ¿Quién le ha dado la dirección?

Camino hacia mi cuarto.

-¿Te pasa algo Sig? –pregunta mi abuela.

-No, nada abuela.

Me encierro en mi cuarto: me miro a los ojos en un espejo.

-La doctora lo sabe – me digo-. Y tengo que ir a su consulta dentro de dos días.

Me quiero morir: no puedo evitar el encuentro con la doctora: sin baja médica no me queda otra que volver al trabajo, porque mi jefe tiene razón: necesito el sueldo del gran centro comercial a vida o a muerte: y para volver a trabajar necesito la  firma de la doctora dándome el alta: y no puedo mandar a otra persona que me evite ese trámite: no tengo amigos y a mis abuelos no les voy a meter en semejante lío: ya tienen bastante disgusto con tener a un nieto como yo: pufff... menuda mierda: ¡Volver al trabajo!:

 ¿Cómo voy a poder mirar a mis compañeros y superiores cuando vuelva al gran centro comercial?: ¡Seguro que todos han leído mi diario secreto!  Me cago en la puta mierda: esto me pasa por creerme más listo que los demás.

Ahora sí que la he cagado.

 

·52.-Tenemos derecho a estafar al estado

Tengo derecho a estafar al estado.

Tengo derecho a estafar al gran centro comercial.

¿Por qué?

Porque ellos me llevan estafando a mí durante toda la vida. Y lo quieren hacer hasta que me muera.

Yo no pedí nacer aquí: ¿Por qué he tenido que ver la cara a George Bush y a todo lo que representa? Hubiera preferido no haber tenido consciencia de mi mismo. Hubiera preferido no nacer.

De pequeño, me mandaron al colegio a aprender hacer raíces cuadradas: me advirtieron que si no aprobaba física y química no sería nunca nada en la vida: en la vida de ellos, claro. Hubiera preferido que me enseñaran a hacer el amor o a tratar de comunicarme con los espíritus, incluso con que me ensañarán a plantar rosales me hubiera conformado. Yo no quiero estar en la vida de ellos. Yo quiero que la vida de ellos se la metan por el culo. Yo no quiero ser como ellos. Yo no quiero arrastrarme por el suelo.

-A los veintidós años, tienes que terminar la universidad: buscarte un trabajo: comprarte una casa: casarte: tener hijos.

No.

A los veintidós años deberíamos vivir todos en la playa, comiendo de lo que pescamos: fumando marihuana, haciendo el amor.

-Eso es inmoral –dicen- eso es de gandules: eso lo puedes hacer, si quieres, una vez en la vida: y de vacaciones: quince días: en la vida real lo que tienes que hacer es aceptar un trabajo donde te paguen la mierda suficiente para que logres pagar un piso donde dormir hasta que vayas a trabajar al día siguiente.

No.

¿Pero qué mierda es esa del dinero? ¿Por qué lo han puesto en mi mano? Yo no quiero tener dinero: dejen de preguntarme si tengo coche y tarjetas de crédito: yo quiero caminar desnudo por la carretera, con una flor en mis labios, sin importar que camine desnudo ¿Por qué es ilegal enseñar la polla y no los dedos de la mano? ¿Por qué ven lógico que te pases toda la vida pagando una hipoteca y es ilógico el sexo en grupo?

¿?

El estado es un gran centro comercial que apesta a mierda.

El estado no tiene sentimientos ni ética: ellos pueden denegar servicio médico, negarse a acoger inmigrantes hambrientos, quitarte tus ahorros,  engañar a los trabajadores, hacer guerras, incluso matar. El estado no tiene sentimientos, tampoco ética: pero nos piden y obligan a que nosotros sí la tengamos con ellos: tienen miedo que nos revelemos: al fin y al cabo somos más que esos siete que nos hacen caminar de rodillas: si todos nos negáramos, están perdidos.

Sí.

Tienes el derecho a burlarte de ellos. Y de vengarte.

Sobre todo tú que no deseas estar en el sistema. Sí, sobre todo tú ¿Hace cuánto tiempo que te extirparon tus sueños? ¿Ya no los recuerdas?

Roba, engaña, miente: sácales el dinero: conviértete en un parásito del sistema: aprovéchate de los humanos-robots que sí se rigen por ese sistema y lo defienden a vida o a muerte.

Mantente con vida.

Por favor

 

·53.-La Conspiración del alquimista: cita con mi doctora.

Si no fuera porque mi doctora ya sabe que miento, hubiera ido a su consulta vestido con el más elegante de mis pantalones, una camisa de lana negra que resalte la blancura de mi rostro y el más grueso de mis abrigos para que así pensará que mi enfermedad desiquilibra mi temperatura corporal, es decir, que a pesar del calorcito que está haciendo últimamente en la ciudad, yo tengo un frío de enfermo terminal. Pero como ya es inútil seguir mintiendo, dado que mi jefe ha destapado mis engaños, visto con una camiseta de propaganda de plátanos de canarias, vaqueros viejos y mis playeras para hacer footing: ahora que la doctora sabe que finjo quizá tenga que salir corriendo de su consulta ¿Qué me dirá la doctora? ¿Me denunciará? ¿Habrán dos policías esperándome en su consulta? ¿Estará mi jefe?

ENTRO EN LA CONSULTA

-Aquí estás –dice la doctora- justo con quien quería hablar: Rafael Fernández, más conocido en Internet como Sigmundo Fernández ¿Por qué te pusiste ese nombre?

 

Miro a la doctora: estamos solos: necesito unos segundos antes de contestar: necesito estudiar su rostro: habla con tono serio, no obstante, no parece muy enfadada: no me esperaba esa pregunta, mucho menos, como recibimiento: contesto:

 

-Porque al publicar mi diario secreto en Internet, tengo miedo de que me denuncien los del gran centro comercial: sobre todo mi jefe: deseaba describir el sistema, deseaba explicar cómo me sentía en él, deseaba explicar qué perra es mi vida sexual: escribir exorciza los demonios: los paso al papel y se quedan ahí: me hace sentir liberalizado. Y el nombre de Segismundo lo tomé del protagonista de la obra “La vida es sueño”.El de “...los sueños, sueños son”. Cambié a Sigmundo porque así también tiene algo que ver con Sigmund Freud, el creador de La interpretación de los sueños: es un pequeño homenaje a personas que han estado envueltas en el mundo de los sueños pues Sig, al fin y al cabo, no es más que un soñador.

-Los del gran centro comercial han entrado en tu web: tu jefe, precisamente, me llamó por teléfono a esta consulta y me dio la dirección en internet: no me ha gustado nada lo que he leído allí.

-No tengo disculpa: usted me ha leído y sabe como soy.

-Es cierto, hablé con tu jefe. Estaba muy enfadado: trató de hacerme ver que eres un caradura que se merece un castigo ejemplar. Y cuando entré en tu página, vi que era así:Rafa, no se puede jugar con la salud como lo has hecho.

-Sí, supongo que estoy loco.

-Y por eso, te voy a conseguir una baja médica por depresión.

-¿Cómo?

-Está claro que, tras lo que escribiste, no te puedo seguir dando la baja por el oído: tu jefe podría convocar a un tribunal médico y destapar tu farsa. En cambio, una baja por depresión es facilísima de justificar incluso, más aun, si da a leer tu diario y se atreve a hablar él: además el psicólogo que te asigna el centro médico es mi esposo y ya hemos hablado y está totalmente de acuerdo en concedértela.

-Pero ¿Por qué me va a ayudar?

-Porque al hablar con tu jefe me di cuenta que es la persona ruin que describes en tu diario secreto. Es extraño: leyendo tu diario se te repudia, pero también se te toma aprecio: quizá porque explicas porqué eres así y se advierte tu lucha por dejar de serlo. Y porque, aunque no todos lo escribamos en Internet para revelarlo, la mayoría de la gente tiene esa clase de pensamientos que relatas: la represión