PREFACIO

 

Estuve más de cinco meses en una de las pequeñísimas islas del Archipiélago Itawense  (Micronesia, Oceanía) persiguiendo,  por encargo del magazín donde trabajo, el origen de dos rumores que asombraban a sus indígenas: un ser arrugado, de varios colores, que volaba igual que una bala, y una diosa, a la que nadie conseguía distinguir el rostro debido a su brillo interminable.

Son el tipo de reportajes que a todos los lectores de revistas científico-amarillas les gusta leer: parajes exóticos, textos misteriosos, fotografías dudosas, vegetación exuberante y preguntas que, inevitablemente, siempre quedan en el aire.

Cinco meses en los que curioseé asuntos indígenas, dormí escondido -entre plantas, barro y bajo lluvia- por los miles de  parajes donde  sus habitantes me prometían haber visto los espíritus;  comí  extraños alimentos y sufrí el extravío de mi cámara FX1, capaz de hacer ocho fotos cada segundo, robada quizás por una iguana, un mono o por el avispado joven que me acompañaba como guía, en uno de los escasos sueños tranquilos que Dios me regalaba en mi pequeña aventura, y a los que yo me daba con plena entrega.

Al final mi director se hartó de pagar facturas inútiles, publicó lo poco que tenía disponible (nada) y me mandó a la isla de La Gomera (Islas Canarias, España) con el encargo de realizar un aburrido reportaje de relleno sobre flores, plantas, y unos casi extinguidos pajaritos. Quizá fue el destino. Mi anciano padre, Juanjo Herogoitxa, residía allí, en uno de los ciento treinta y pico asilos que pueblan las laderas del pico culminante de la isla: Garajonay (1.475 m), también conocido por las gentes del lugar con el sobrenombre de “Montaña Vieja”, y adonde yo no había regresado desde hacía dos años: mi disculpa mentirosa, el trabajo; la disculpa real, mi padre.

Nunca tenía nada que contarme, nunca me abrazó. Recuerdo que me hizo un hombre sin tocarme, con frases hechas, casi casi a distancia. Jamás me pegó,  jamás me gritó, por eso siempre imaginé que era un robot programado para educarme y más tarde desaparecer entre la niebla, aún cuando  en varias ocasiones (tres) le vi sonreírme. La última vez que lo había visitado (La Gomera no tenía aeropuerto, un viaje de enlaces: desde Barcelona a la isla de Gran Canaria tres horas de avión primero, y tres horas alternadas con autobuses y barcos después –de Gran Canaria a la isla de Tenerife, y de Tenerife a La Gomera-) permaneció diez minutos conmigo, me obligó a tomar un zumo de melocotón que no me apetecía, preguntó si me iba bien el trabajo y, enseguida, me deseó un buen viaje, pues era la hora de dormir su siesta.

Aun así lloré mucho en esta ocasión, al irle a visitar (aguanté las lágrimas delante de la agradable directora del asilo, las solté en la soledad de mi hotel y, varias veces, volvieron a mis ojos mientras fotografiaba pájaros). Me anunciaron  que mi padre había muerto hacía ya un año y medio, de una hernia imposible de curar. La directora se excusó de no habérmelo notificado, pero en la ficha de entrada del anciano  (escrita bajo su puño y letra) hacía constar el no tener hijos ni pariente vivo alguno.  Esto también me dolió, aunque en cierto modo le comprendía. Desde que mi madre había muerto y yo me había ido de casa con techo y empleo estable, él ya no se sentía responsable de nadie. Ahora era sólo Juanjo y el mundo.

Un último hecho que relatar: a los cuatro días de saber la triste noticia, un viejo loco (un tal Jeremías Ventura, compañero del asilo de mi padre) vino a la habitación del hotel donde me alojaba para contarme los asombrosos e imposibles sucesos que a continuación narraré en forma de cuento, por su gran irrealidad.

El increíble protagonista de la historia es mi difunto padre, a quién se la dedico con  mi cariño.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

"La realidad, como siempre, será mucho más extraordinaria que cualquier cosa que seamos capaces de imaginar"

 

Arthur C. Clarke

 

 

  

 

 

 

 

 

DOÑA ÚRSULA NO DUERME TRANQUILA POR LAS NOCHES

 

 

1.      EL EMBRUJO

 

   Juanjo Herogoitxa se enamoró de doña Úrsula Sagrario el 27 de mayo, día de la Virgen de las Rosas. La vio por vez primera subiendo la cuesta de la carretera, vestida con un traje azul claro de manga larga, guantes de ganchillo fino, sandalias de piel de palmera y un pañuelo amarillo que hacía de capucha  contra el frío de la mañana temprana.

Tras ella, en rigurosa línea recta, caminaban setenta y siete ancianos con aspecto de náufragos, murmurando cánticos que sólo ellos mismos parecían comprender en tanto la doña, en un mundo aparte, se entretenía contando las diecisiete rosas rojas que llevaba acostadas y abrigadas dentro de su festivo cesto de mimbre, procedente del rosal donde, según se habla, habíase aparecido la Virgen María cinco siglos atrás, a fin de impedir que una esclava indígena se suicidara en cuentas de un embarazo no deseado.

Juanjo apresuró su andar, hasta convertirlo en veloz carrera, con el único propósito de conseguir ver el rostro de quien tanto golpeaba su atención, sin importarle que ese esfuerzo extra implicara llevar sus pulsaciones más allá de lo que sus ochenta y siete años aconsejaban a gritos. Y al lograrlo tuvo la certidumbre de que su corazón de latas herrumbientas ya no abandonaría, en mucho tiempo, el ritmo de locomotora alcanzado.

Aquella vieja era más bella  que todas las rosas que llevaba en el cesto. Más bella aún que todo el amor que él había sentido en su vida.

No obstante, y sólo en algo se equivocó el viejo porque, después de verla tan de lleno, el corazón, a compás de carrera, se detuvo, provocándole, en cuarenta segundos, la muerte absoluta y total, mientras su cuerpo seguía en pie, recto, petrificado, con la boca entreabierta, a puertas de lanzar un ruego de misericordia y los ojos expectantes, clavados con hierros en el lugar donde minutos antes hallábase el rostro de la apoteósica mujer, la cual continuaba su caminar sereno con rumbo fijo al descanso de su asilo, cuidando de no salirse de la línea que separaba la negra carretera de la maleza de tréboles silvestres, refugio de arañas y algunas escolopendras dañinas.         

Al rato y todavía en pie sobre el asfalto, Juanjo volvió a la vida igual de tranquilo que quien se despierta por la mañana. Enseguida, sin secuelas de su repentino fallecimiento, dedicó toda la razón que siempre había tenido en la cabeza a pensar cual debiera ser el primer paso para que el resto de lo que le quedara de vida transcurriera  junto a aquella maravilla divina.

Fue entonces cuando Jeremías, un muy amigo suyo, diabético, canceroso y tuberculoso (que se negaba a morir hasta que algún obispo le extendiera un certificado firmado de que en caso de ir al cielo, y Dios reconocerse de religión católica, a él le permitirían seguir practicando su fe yoruba) se le acercó caminando a dos patas y, cuidándose mucho con las manos de no mirar hacia la divina, le entregó, con voz de aterrorizado, un aviso: "No te fijes en ella -dijo-. Esa Úrsula lleva ochenta y nueve años enamorando y embrujando gente". Pero ya era demasiado tarde para Juanjo. Toda la noche, en su habitación compartida con un individuo que reposaba en estado vegetativo desde hacia diecisiete años y al que nadie jamás visitaba, se le escapó pensando en la figura criselefantina de la bella: su cabello, con lascas de oro alegres y brillantes, delataba que de niña había sido bautizada mil veces con agua de sol y besos de trigo puro, porque aún se veía a su pelo relamerse fresco a causa del efecto originado en aquel día; sus finos labios estaban rellenos con gotas de vinos dulces Atlánticos, además de polen sabroso (fabricado por abejas que zumbaban con sus antenas las canciones atrayentes e irresistibles de las sirenas), que pensó de locos, desproporcionados, crecidos en relación sobrenatura  con lo que se entiende como hermoso en el diccionario del entendimiento humano; el rostro, de marfil blanco, había sido tallado con pétalos de amapola, y las grietas, que el pasar del tiempo le había ocasionado, no la hacían vieja, sino nueva, resultaban como preciosos caminos que desembocaban en obras de arte creadas, en instantes de máxima y sublime inspiración, por los sueños imposibles de escultores divinos. También, el pobre viejo, se sumergió de lleno en los ojos que, de esmeraldas verdes, habían recibido su color de la única ola  cristalina e imposible, surgida -de manera inexplicable- de un tranquilo lago de cierto paraje inaudito, adornado con cielo lapislázuli, gigantes flores tropicales, y totalmente virgen respecto a la humanidad, aunque muy a menudo visitado por Dios Padre, quien a diario se convierte de nuevo en hombre con el solitario propósito de poder ser bañado en las aguas pintadas de aquella desconocida tonalidad, secreto que se adivinaba tan sólo mirando hacia el aura envolvente que emanaba de los encantadores ojos de ella, la Inverosímil, colofón, cima y tope final de la belleza. Tanto se alborotó Herogoitxa debido a sus discurrires, que en lugar del tranquilizante solitario de todas las noches  tomó cinco, cavilando  que si no lograba serenar a su corazón pronto (que una vez resucitado había vuelto a correr a la velocidad del que cae por un abismo) éste saldría brincando de su cuerpo, reventando sus pulmones, saliéndose a través de su boca,  y sin detenerse hasta llegar a la habitación de la que tan enfermiza e infinitamente prendado le tenía.

Tres días largos, igual que siglos, se sucedieron hasta que el anciano consiguió volver a verla. Jeremías se obligó a no decirle en que asilo, de los ciento treinta y pico que erigíanse en las faldas de la montaña, residía la Bellísima, por lo que la tarea de visitar una a una cada institución  se le estaba haciendo desesperante. Su amigo esgrimió razones que el enamorado enjuició de incomprensibles: que si no le convenía, que si era un peligro, que si estaba demasiado  lejos... y notando que ningún pretexto servía  desenterró, con el propósito de clavárselo en la conciencia, el recuerdo de su esposa ya difunta, reclamando que sus sentimientos más nobles le llevaran a guardar un mínimo de respeto  a su tumba, vida y memoria[1]. Juanjo explotó a la sazón y con una fonación que parecía nacida de la rabia roja de sus intestinos, le vociferó, amenazador, que dejara de decir sandeces, que con un vasco no se jugaba y que ahora estaban hablando de amor   verdadero, no del matrimonio ordinario.

Aun así, temiendo por su vida, Jeremías se negó a darle el nombre del asilo.

 

 

2.      LA CARRERA

 

   Enrabietado, Juanjo Herogoitxa derrumbó su desesperación completa, que minuto a minuto se convertía en agonía vehemente, sobre uno de los asientos de la bonita piscina del asilo, en la que nadie se bañaba por orden absurda y dictatorial del señor director. Miró hacia la hierba, hacia los árboles, hacia la pintura descolorida de las farolas intentando escapar, aunque fuera durante un solo momento, del hechizo de amor donde su alma crepitaba. No pudo: la imagen de la Bella viajaba más rápida que sus propios pensamientos, llegando incluso  a lugares en los que todavía no se encontraban, acechándoles, astuta, para mezclarse con ellos en una masilla de colores inseparables que le chillaban en el cerebro, insoportables, cuanto necesitaban verla.

De pronto, el aire se volvió casi naranja; el día optó por un tono más claro de sol. Herogoitxa recibió en su cabeza el impacto y la certeza absoluta de lo poquísimo que le había importado su alrededor -la vida entera- desde el instante mismo que había entrado en el asilo, para no cuestionarse ni por asomo sobre el porqué del movimiento nervioso que se producía cada tarde, a idéntica hora, entre la mayor parte de los ancianos que allí residían; dejaban los dominós y se vestían impecables con sus trajes más elegantes, mientras sus ojillos, hundidos en cavernas profundas, brillaban esperanzadores mirando en dirección de la verja que separaba la institución  de la carretera recién asfaltada. Una vez hecha la pregunta, tardó Juanjo una milésima de segundo en comprender a dónde se dirigían tan ilusionados, y otra milésima, de igual tamaño pero más angustiosa, tardó Jeremías en implorarle que, por favor, y me cago en quien sea, no se uniera con aquel grupo de zombis, esgrimiéndole que, por los santísimos sacramentos, se diera cuenta que siempre iban más de los que volvían, y que si no lo creía a él, preguntara a cualquiera que respirase y le funcionasen medianamente bien las entendederas. Pero fue inútil. Con los ojos clavados en un punto de la nada, salió Herogoitxa tras los viejos de igual forma que un profeta siguiendo el camino de la salvación, aunque dejando una distancia respecto a ellos sin lograr determinar muy bien el motivo.

Pronto vio como su grupo se unía a otro grupo de otro asilo de la montaña, para unirse nuevamente a otro distinto, y a su vez a otro, y éste a otro grupo diferente, y a otro, y a grupos que procedían de autobuses que procedían de otros asilos más lejanos, hasta completar una masa humana a la cual si se sumaban las edades de cada uno de sus componentes, resultarían más años que los del propio universo. La infinidad de ancianos (Juanjo ya era uno más, sin medio de separarse) subían por las empinadas cuestas de las carreteras olvidando acordarse de sus dolores pasados, en ceremoniosos grupos de paso ligero, con una sonrisa de paz interior y abstraídos ante la posibilidad de alcanzar la gloria celestial en la existencia diaria. Caminaron hasta llegar al cruce de piedras, justo donde está la Cruz de la Dolorosa porque a partir de allí y sin mediar aviso, los viejos comenzaron a correr igual que quienes son perseguidos por perros rabiosos; iban con los ojos desorbitados, insultándose unos a otros, e incluso zancadilleándose, pegándose con los puños, aunque siempre corriendo hacia la misma dirección lo más rápido que podían. Los que iban en los primeros puestos se agachaban (nunca dejando la carrera) para recoger piedras que lanzaban, con fuerza pero sin rabia, a la cabeza de los que tenían detrás  y éstos, si no eran descalabrados, las recogían y se las arrojaban no a quienes les habían intentado dar, sino a cualquiera que estuviera por delante de ellos en velocidad y les rivalizara en algún metro o centímetro.

A Juanjo le cogió todo eso por sorpresa. Sin embargo, casi al instante, comprendió de qué iba la cosa y se lanzó a la pugna, sin remordimientos por amoratar un  par de ojos ni por tirar, ladera abajo, a un viejo que le había tratado de estrangular con un cinturón de cuero. Incluso si alguien hubiera muerto no se habría detectado un atisbo de impresión en las almas de los presentes, ni tampoco se hubiera cesado de correr en el maratón, ni siquiera las piedras se hubieran lanzado con un poco más de cuidado, pues a nadie le hubiera importado en absoluto. Hacía tiempo que las autoridades sabían del asunto a la perfección y si lo continuaban permitiendo era porque no les cabía ningún remedio diferente: cada vez que mandaban a un representante de la ley o alguna patrulla de policía, desde el instante mismo que éstos veían a Úrsula ya nunca más regresaban; desertaban y vivían como salvajes en los bosques de la montaña, harapientos, comiendo raíces y esperando la corrida diaria hacia el asilo de la Inaudita. Y si se trataba de agentes femeninos, eran linchadas por los ancianos; en consecuencia de lo visto, se había pensado, temido y calculado que extendiéndose mucho más el embrujo, pronto la humanidad entera vendría al pueblo, provocándose la mayor, devastadora y demente barbarie mundial (se llegó a imaginar una masacre de cuatro reacciones: 1º/ los hombres se matarían entre sí en pos de ser el último varón vivo junto a la más Bella de Todas; 2º/ las mujeres, envenenadas por los celos, intentarían matar a Doña Úrsula con la disculpa -por otro lado cierta- de salvar a la humanidad; 3º/los hombres tratarían entonces de matar a las mujeres para evitar la desaparición de doña Úrsula; 4º/ las mujeres, por consiguiente, buscarían el modo de matar a los hombres antes de ser asesinados por ellos). Ésta era la razón secreta por la que el acceso a aquella montaña llena de asilos estaba custodiada, y se permitía la entrada únicamente cuando se sabía a ciencia segura -gracias a órdenes y horarios establecidos con la cabeza de quién sabe qué alto mandatario- que doña Úrsula se encontraba en el interior de su habitación sin vistas, posibilidad, ni derecho de salir a sitio alguno[2].

La barbaridad continuó hasta que los ancianos llegaron a pocos metros de la verja que limitaba la entrada a la institución femenina de la Hermosísima. Aquí todos pararon de golpe la locura rehaciendo, como podían, la compostura, sus elegantes trajes, sangres, sudores asesinos y sus rostros de buenas personas, con la ayuda de una fuente de corte renacentista. A medida que terminaban de arreglarse fueron colocándose, por correcto orden de llegada, en filas que bordeaban el largo camino que salía del asilo. La masa actuaba noblemente y sin intentar hacer trampas, pues era la única manera posible de que la Bella no les viera como las bestias que hasta casi nada habían sido. Ya no existían rencores por los golpes y las muertes anteriores; es más, se aceptaban con una naturalidad y deportividad desquiciable.

Juanjo se encontraba bien posicionado en una de las filas; podría ver a su amada bastante de cerca. En la carrera habíase mostrado muy hábil, sobre todo cuando se libró de morir quemado. Un viejo (que por cierto ahora sonreía simpático desde los primeros puestos de la fila) había encontrado una garrafa de gasolina en un recodo olvidado de la carretera, vertido su inflamable contenido de una patada y, con un fósforo destinado a encender en otros momentos su apacible pipa vieja, prendido fuego al líquido, originando unas grandes llamaradas que alcanzaron, además de las piernas de cuarenta viejos que se apagarían ellos mismos con golpes, a personas enteras (sus cráneos, sus brazos, sus dientes...) que aún incendiadas y sin remedio, intentaron seguir corriendo tras la carretera que llegaba al asilo de doña Úrsula como si nada les ocurriera.

 

KHHHGHHHK

 

Juanjo Herogoitxa aguardaba en la fila, impaciente por la aparición de la tan amada. Su frente le chorreaba, el corazón se le estrangulaba. Notaba a su invisible alma naciéndole por los ojos, chillando y endemoniada.

   -Total- dijo un viejo para sí- siempre sale con su caja de pinturas a quien sabe donde y nunca permite que nadie la siga o acompañe.

   -¿Por qué?- preguntó Juanjo.

   -Su madre y ella fueron violadas en su propia casa, por un desconocido que les retuvo durante toda una tarde y que la guardia civil nunca pudo hallar -contestó otro individuo-. Úrsula no tenía más que trece años.

   -La madre no sobrevivió a las heridas sufridas por aquel sádico y murió en dos tardes -continuó alguien-. El padre de Úrsula, no pudiendo soportar la desgracia, se mató de un tiro de escopeta.

   -Cuenta la leyenda -le susurró un hombre al oído- que a partir de ese momento la belleza de Úrsula alcanzó las cotas de lo imposible.

   -También dicen -expresó un viejo bajito de grandes cejas- que desde ese día sólo ha hablado con el difunto Papa Pío XII. Este fue un día a su casa a consolarla con los ojos vendados, y le regaló la medallita de la Auxiliadora que ella siempre lleva al cuello.

   -Desde entonces -apuntilló el primero- Úrsula no volvió a hablar con hombre alguno.

   -¿Y con las mujeres?

   -Ninguna le habla por la gran envidia que tienen a su belleza

-contestó un anciano de aspecto muy honorable-. Por eso yo me he cortado mi miembro viril. Para no darle miedo.

   -Y yo- dijo otro.

   -Y yo- dijo otro más-. Y soy muy feliz.

 

KHHHGHHHK

 

 

3.      DOÑA ÚRSULA SAGRARIO EXISTE

 

   Los viejos dejaron transcurrir tres horas largas e incómodas, con sus cuerpos muy pegados, para así ahorrar espacio y hacer las filas más pobladas; tensos, hablando sin cansancio de mil aspectos diferentes de la Imposible, desafiando a los nervios a que fijasen sus residencias más allá de los límites; reflexionando, alucinando, volviéndose locos: los que les rodean son ellos mismos, los que han muerto en las carreras también eran ellos mismos, los que morirán en las carreras posteriores serán ellos mismos, pero si algún día alguien goza del agrado del desideratum de sus vidas (que por supuesto no podría ser otro que doña Úrsula) ese no sería ya ellos mismos, sería otro, sin nombre ni apellidos, un maldito en suerte, un destructor de vidas, el renegado, el verdugo, un divergente con el rostro tapado por la arena y mandado por el dios de mayor maldad para recordar a la humanidad que no son más que un juguete en sus manos y que si se les permite ser es porque le viene en gana; ya que quizá mañana por la mañana se levante con un ánimo distinto y destruya todo, desde las obras arquitectónicas más alabadas a los descubrimientos más importantes celebrados por los humanos, y a los padres, a los hijos, y a los amigos, a las novias e incluso el cielo, el sol, los planetas, el sistema solar, el color negro que rodea las estrellas y los cometas, en definitiva el cosmos inacabable, haciendo desaparecer cualquier resquicio de que existió la tan insignificante humanidad, tirando de la cadena, cerrando la ventana, rompiendo una carta recién llegada... La Divina apareció y los pensamientos de los ancianos se detuvieron, ordenaron y cesaron de trazar caminos dementes.

El discernimiento de sus cabezas se salvó de la catástrofe porque ella, con su figura, con el cariño que acariciaba su piel, estaba allí.

El lado derecho del cerebro se hizo con el poder una vez más, analizaba lo que veía y fijaba los pies en el mundo establecido con el único propósito de no perder detalle de tan colosal animal.

La amada surgió sin ser anunciada, sola, gigante, sencilla, abriendo la pesada verja de hierros verdes; cargaba un pequeño maletín de pinturas y un lienzo virgen forrado con papel de embalar marrón.

Un segundo se mantuvo la muchedumbre en silencio. Un segundo que utilizaron respirando aleluyas, crispando los dientes, masticando plegarias, disfrutando, una vez más, del dolor insoportable que estremecía sus corazones; después, como si alguien hubiera pulsado un interruptor, iniciáronse al unísono los gritos, las poesías, los aplausos, los zarandeos de brazos, las imploraciones, los cánticos, los silbidos, las alegrías que intentaban captar, aunque fuera durante la mitad de un pestañear, la atención de la Inigualable. Su mirada: un tesoro de diamantes verdes. Un hombre, con los ojos en blanco, le gritaba que por favor le acompañara, que tenía una barca escondida que podían utilizar para escapar al mar, beber agua salada, convertirse en peces y vivir dentro de un cofre de rubíes que un pirata había escondido antes de morir en una reyerta por una moza de taberna que al final resultó ser la reina de un país en el que todo sus habitantes viven escondidos de la luz solar por si ésta les dice que los sueños son imposibles de conseguir y que mejor es ni siquiera soñarlos. Ella ni lo oyó; ni a él ni a nadie. Seguía el puntual paso indiferente de cada día: caminar sereno, vista al frente, rostro estoico; observándola daba la impresión de que la soledad le rodeaba en miles de kilómetros a la redonda.

Juanjo Herogoitxa no se atrevía a mirarla; en su lugar, centraba la visión sobre la serena tierra del suelo (dentro de sí se sentía miserable por haber pasado su juventud en su pueblo, trabajando la tierra y cuidando el ganado, teniendo amigos y comiendo tres veces al día, creciendo, resignándose a casarse con una de las primeras chicas que le eligiera y hasta teniendo un niño suyo al que bautizó y llamó hijo, aunque nada más fue el resultado de una noche corriente de desahogo; debería haber viajado por el mundo atesorando conocimientos, paisajes, sueños, comprendiendo gentes, trabajando donde pudiera, subir a una montaña, decidir su vida y escuchar el sonido del viento).

Lágrimas de misericordia a la vida le ahogaban los ojos (perdóname por ser igual que los demás -incluso menos que muchísimos- perdóname por ser una repetición y no tener nada diferente  que presentar ante esta juez de mi vida).

Sin embargo, justo cuando pasaba por delante de él, un brusco acto reflejo le obligó a dirigir, sin auxilio, su escondida mirada hacia la Bella. Lo acontecido fue increíble. Sus lágrimas se quedaron petrificadas, convertidas en cilíndricos y gruesos cristales azulados que iban de su rostro al suelo en una preciosa parábola barroca. Herogoitxa no pudo bajar la mirada: la Hermosísima había detenido su caminar y le observaba a él y al fenómeno con fijeza. El viejo temblaba asustado: pensó que la mirada continua de la anciana envolvía un humilde poder absoluto que sólo los santos poseían. Las lágrimas estallaron convertidas en rocío, esparciéndose por el cielo. Todas menos una gota. Ésta fue a parar a los labios de Úrsula Sagrario; y su gusto saboreó, resultando ser lo más dulce y gustoso que había sentido en su vida.

   -¿Me podrías hacer más lágrimas? -preguntó cohibida.

Juanjo no sabía responder a preguntas de tal especie. Lo sucedido le asfixiaba entre millones de interrogaciones devastadoras que sacudían su raciocinio con ideas inexplicables, inejecutables de contestar mediante signos o conceptos humanos. Se notaba extraño, sobrenatural; le parecía sentir a sus pies flotar unos milímetros sobre el nivel del suelo. Fue en ese momento la primera vez que pensó que quizá aquella señora era Dios.

Pero la vieja sufría otra marea de entredichos externos. No recordaba haber hablado con persona viva desde los trece años de edad. Dentro y fuera de su entendimiento, el humano macho resultaba ser el demonio en estado puro. Si un hombre actúa de manera correcta y honesta, y la mujer permite que se introduzca en su vida, éste lo hará con la única intención de esperar el instante oportuno con el que causarle la mayor cantidad de dolor posible, el más grande que no hubiera logrado provocar si maniobrara de un lugar lejano al de su existencia. Úrsula se decía que ya había sufrido la cercanía de un hombre en estado puro, sin tapujos ni mentiras, y de todo el odio voraz que el susodicho podía concebir si se le presentaba una oportunidad clara.

No obstante, hoy, mirando a aquel viejo, sentía la extraña impresión de que era  la primera ocasión en la que veía a un ser humano, tal y como ella creía que debieran de ser. Entonces, sin saber el porqué de la especulación y desconociéndose por completo a sí misma, cedió a Juanjo su maletín de pinturas rogándole, amable (le costó construir gramaticalmente la frase pues desde los trece años jamás había vuelto a pedir nada a nadie; la tercera circunvolución frontal -lugar donde reside el lenguaje en nuestro cerebro- le hirvió sobremanera mientras buscaba los significantes precisos) que si por favor la acompañaba durante el transcurso de la agradable tarde que hacía.

En los minutos en que esto ocurría, la muchedumbre transformó su carnaval de plegarias y alegrías por un silencio pastoso de humos de fábricas. Ellos habían sentido a sus huesos sobrecogerse  -incluso advirtieron como se plegaban sobre sí- al comprobar que, por primera vez en la vida, la anciana hacía una distinción sobre un hombre, y que, además, requería su compañía para la tarde. Se escuchó un ruido silencioso, hondo, horroroso, del interior de cada mayor. Un tenebroso olor a antiguallas impregnó el ambiente, al tiempo que una rama seca se  partía en dos. Los rostros de la masa de enamorados se veían grises, graves. Regresaron las arrugas que con la felicidad ya no se descubrían. Algunos perdieron la vista y otros no volverían a sonreír hasta el día de sus muertes; justo en ese momento muchos tomaron conciencia de los crímenes cometidos además de la inutilidad que ahora creían advertir llegar a sus vidas y sentáronse en el suelo, sollozando desconsolados, delirantes. Otros, más de setecientos, emprendieron el camino agostados hacia el puente de acero, sin tropezarse, cogidos de la mano y matando palabras; deseando que cuando estuvieran muertos no continuarían experimentando el tenaz dolor que palpitaba junto a sus corazones.

Por supuesto ni gritarían mientras sus cuerpos impactaran contra el suelo.

Ajeno a la tristeza, Juanjo caminaba tras la Hermosa abrazando el maletín con el alma y el iris transmutando de oscuro a un azul intenso.

La vieja continuaba aturdida el caminar. Desconocía el motivo que le había guiado a fiarse del anciano. ¿Por qué le parecía diferente? ¿Cómo  había creado aquellas lágrimas petrificadas de sabor tan dulce? Intentaba razonar con su cabeza y no descubría las respuestas, sólo escuchaba picores gratos en sus meditaciones al unísono que un aíre encantado se introducía dentro de sus fosas nasales. Pensó de pronto que quizá el viejo era la misma persona que había violado a su madre y a ella, disfrazado esta vez de buen hombre; que había aprendido brujería para engañarla y encantarla con un sortilegio del que se encontraba presa; desde que estuvieron solos y remotos la volvería a penetrar hasta hacerla sangrar por los cuatro costados, se reiría de ella por ser tan estúpida y escaparía igual que otrora. No le volvería a ver en años, justo en el día que ella por fin muriese cuando, presenciando los preparativos de su entierro en forma de espíritu, descubriría al enterrador llevándola a una solitaria habitación y allí, en lugar de amortajar su cuerpo, la desnudaría y, aunque estuviera muerta, se la follaría, pues sería el violador de nuevo, riéndose de ella, gritando, que cuán de estúpida era y que muchas gracias por haberse reservado durante toda la vida sólo para sus encuentros sexuales. En el momento preciso de soltar su simiente agarraría al vuelo lo que hiciera de rostro en el espíritu de la doña, aun no siendo de materia, y le susurraría (mirándole a los ojos, soltando el placer) que desde que él también muriese la iría a buscar a donde fuera y violaría cuanto quisiera. Y su madre le gritaría desde el infierno que a ella le había gustado que la violase. Y el violador, que había sido un amigo de su padre, le había perdonado a éste ciertas deudas de prostitutas y alcohol, por permitirle hacer lo que hizo durante el tiempo que deseó.

Gritó.

El grito amedrentó el ánimo a Juanjo.

La Bella se volvió hacia el viejo. Sentía que aquel ser era de espíritu noble y bueno. Sabía con seguridad que no era su maldito violador; sin duda alguna lo reconocería al instante, en caso de que la vida se lo volviera a poner delante.

No deseaba seguir imaginando historias macabras. Siempre lo hacía y no le conducían a nada más que a atormentarse.

Ahora se obligó a pensar una historia bonita que la alejara de la desconfianza y el miedo. Este fue el cuento que inventó:

  

 

4. EL CUENTO IMAGINADO

 

   Siglo XV.

En la reencarnación número cinco del que ahora es llamado Juanjo Herogoitxa, su parte humana respondía al nombre de Bartolomé del Castillo; hijo de grandes comerciantes, había escapado de su hogar no siendo más que un mozalbete, por buscar éxitos y aventuras que sin duda encontró: sus padres volvieron a saber de él doce años después, viéndolo convertido en el más famoso capitán de navíos y apunto de embarcarse al mando de cinco magnificas carabelas, con el propósito de bordear la costa africana y conseguir ser el primero en establecer una ruta que llevara a bañarse de lleno en las ilimitadas riquezas de la India. En aquellas fechas el hombre de mar del continente europeo sólo había llegado hasta el cabo africano de Bojador,  ya que las supersticiones de los marineros prometían que más allá de ese punto se navegaba sobre "el mar verde de la oscuridad"  donde terribles monstruos alados, amantes de la carne humana y la gula, aguardaban noche y día deseosos de sorprender a desprevenidos o intrépidos marinos con los que entretenerse en sus abominables pecados. Nadie dudaba de que si habitaba en la tierra hombre capaz de lograr que cinco tripulaciones enteras se atrevieran a cruzar los límites de dicho cabo, Bartolomé del Castillo -el más grande marino, explorador, geógrafo, aventurero y justiciero de piratas que tuvo conciencia la patria española- recibiría la consideración de ser el individuo perfecto.

Dentro del alma de Bartolomé del Castillo existía una fisura que él conocía y que debía arreglar antes de zarpar hacia tan peligroso viaje. Había abandonado a sus padres siendo muy joven, sin más despedida que una escueta y egoísta carta que no hablaba más que de su persona y de sus propios sueños. Nunca había vuelto a saber nada del destino de sus progenitores, ni de la suerte o salud con la que habían vivido el pasar de los años. Por eso, quince días antes de partir hacia lo que sería la más peligrosa de sus aventuras y delegando en uno de sus oficiales de confianza el hacerse cargo de ultimar los preparativos rutinarios del viaje, cabalgó hacia el interior de la España Medieval, donde reuniese junto a sus padres, recibió el perdón que éstos siempre dan y organizó una gran fiesta en la que los hilos de la providencia quisieron provocar que conociese a la reencarnación número seis de quien, en el presente, imagina esta historia: Doña Úrsula Sagrario.

Doña Úrsula Sagrario era en el entonces la hija adoptiva de los nobles más poderosos de la región, los Celsareos, quienes la habían tomado como su niña después de que, durante un paseo a caballo, doña Cristina Celsareo, madre del clan, la encontrara hecha criatura de quizás tres años de edad, tirada en el barro, desnuda, desnutrida, media muerta y en compañía de gusanos, cochinillas, larvas y bacterias comunes que, felices, pensaban cuanto de sabrosa debía de estar una vez descompuesta. La familia la cuidó, la prohijó y viéndola tan rubia, de ojos tan claros y tan extraña a todo, le pusieron el nombre de Hanna, la bella Hanna.

Hanna nunca había sido violada. Era y se sabía bellísima. No tenía prejuicios contra hombre alguno; los sabía locos, pero no más que cualquier mujer.

Hanna entró en la vida de Bartolomé del Castillo en la gran fiesta, en un segundo, de refilón, mientras hablaba con un invitado que el héroe ni miró ni jamás pudo recordar; Bartolomé, de inmediato, soñó en el éxtasis que sentiría si los ojos de esa dama de aura maravillosa se fijaban un instante sobre los de su persona. Corrió entre las mesas, los músicos y los perros -igual que lo haría un loco si persiguiera al espacio que le antecede- deseando provocar un encuentro frontal, sin importarle las formalidades, la decencia, que no pareciera cosa de lo fortuito. Y cuando ella desabrochó su mirada hacia Bartolomé, éste cayó de inmediato al suelo, de rodillas. Sintió a su raciocinio elevarse a más de diez mil pies de altura para luego volver a caer sobre su cuerpo, repleto de un diferente sentido, golpeado del revés y herido de muerte por amor intenso.

Del Castillo, tumbado ahora sobre el suelo con los ojos cerrados, sonreía sin aparente motivo. Callado, entre pensamientos barruntantes, escuchó de muy lejos una voz que hería su silencio, devolviéndolo a la conciencia. Abrió los ojos y se encontró en el centro de un círculo compuesto por invitados. A su derecha, sujetando su cabeza, estaba Ojonas, el médico del pueblo; y tras él su padre y madre, asustados por temer que su hijo se fuera tan pronto a surcar el mar de la muerte.

   -¿Era un ángel? -preguntó Bartolomé al médico.

   -¿De qué ángel habláis? -contestó éste-. ¿Habéis visto uno?

Un ángel. El aliento de Bartolomé despedía olor a vino. El médico tenía bastante claro el motivo del desfallecimiento; de todas formas, no sería él quien inoportunara a tan rico personaje y, sobre todo, estropeara una excelente  propina por soltar un dudoso creéis haber visto, en el lugar del complaciente habéis visto.

   -Sí, he visto un ángel -dijo en voz baja- Decid al cura que mande noticias al obispo y que a su vez las mande al Papa de que yo, Bartolomé del Castillo asegura, por su propio honor, que los ángeles no son tal sino ángelas, con el fin de que nunca más, en ningún reino, se discuta el sexo de los ángeles.

   -¡Cuidado! -dijo el padre al médico-. Creo que se ha golpeado en la cabeza.

   -Mi cabeza no ha sido golpeada por piedra, suelo o madera. Si desmayé sin causa de golpe o enfermedad, fue porque la reflexión de lo que vi necesitó toda la fuerza de mi ser. Pero no os preocupéis sobre mi salud, y dejadme pensar en el buen momento que será la muerte si vienen a buscarme ángelas idénticas a las que he visto.

Un breve reconocimiento médico (que concluyó desde que el héroe deslizó cuatro brillantes monedas de oro en el bolsillo de Ojonas que le hicieron decretar, con voz reconocida -aunque algo afectada por la emoción-, que el antiguo desmayado se encontraba bien e incluso mejor que en lo anterior, más saludable, y que quizá en mucho mejor estado que el resto de las personas que respiran por el mundo) hizo que se reanudara la gran fiesta. Sin embargo, Bartolomé  tuvo que hacer frente al interés de sus padres y de los invitados acerca de su salud, incluso debió tomar un vaso de leche dulce de cabra con el propósito de que lo dejaran en paz y, cuando por fin pudo ir a su antojo, buscó ansioso un segundo en que Hanna se encontrara sin compañía, con el propósito de abordarla.

Sentíase más nervioso que en su primer abordaje a un bajel pirata.

El segundo surgió, un poco apartado de la fiesta, al lado de unos arbustos con claveles, vestido de minuto.

El muchacho no lo desperdició. Se acercó por detrás, descubriendo que la blanca nuca de la dama hacía de pedestal de una preciosa melena de cabellos de oro y, con un remordimiento comparable al que de manera consciente va a cometer un sacrilegio, se atrevió a dejar huella de su dedo sobre la pureza de aquella piel. Hanna volvió su cabeza y fijó sobre él la mirada. Bartolomé se sintió morir y nacer, sabiendo que nada sería como antes, que la vida comenzaba de nuevo y lo antiguamente conocido era puesto en duda.

   -¿Me habéis llamado vos? -dijo ella.

   -Mil perdones os pido por haberos tocado. Solo quería que vos me miráseis.

   -¿Sin motivo lo hicisteis?

   -Al contrario -contestó Bartolomé con voz temblorosa-. Tengo el motivo más importante de todos los motivos que se pueden tener.

   -¿Cuál es?

   -Quisiera... quisiera...

   -No debéis quererlo mucho si no lo decís -replicó la dama-.

   -No... no. Yo más que quererlo... ¡Os necesito!

   -¿Me necesitáis? ¿Acaso estáis en un apuro?

   -El aire... ¡El aire no me llega! ¡Me ahogo!

   -¡Oh! ¡La caída de antes! ¡Vuestros desvaríos! ¡Estáis enfermo! ¡Necesitáis del médico!

   -¡No! ¡Necesito un beso!

   -¿Del médico?

   -¡De vos!...el aire me ignora, pues únicamente desea ser respirado por vuestra persona. ¡Pronto! Si me besáis estaré junto a él y mi nariz sabrá entonces el modo de atraparlo.

   -¿Cómo os atrevéis? ¡Me acabáis de hablar por vez primera y me tratáis igual que una moza de taberna!

   -Mil sables me rajen si deseé ofenderos. Mis palabras salen de mi corazón a la boca sin detenerse en la censura de la mesura. Un charlatán parezco por querer evitar la muerte.

   -¿La muerte? -preguntó la bella-. ¿Seguís con el cuento de la falta de aíre?

   -Si mi pie deja de pisar vuestra sombra; si mi vista deja de divisar vuestra cara; si cierro el cerebro y mi alma no os encuentra mañana, pasado y siempre, la muerte beberá mi sangre.

   -¡Estáis loco!

   -Muchas veces se dice que el querer y la locura son una misma cosa. Sin embargo, puedo juraros, sin temor a pecado que a mi querer le guía la cordura. Demuestro que no estoy loco porque os he mirado un solo segundo y os quiero con mi vida entera.

   -¿Cómo es posible que me queráis si me acabáis de ver? ¿Creéis que el querer es una lluvia que de pronto moja y enseguida seca? ¿Pensáis que ese sentimiento es algo que toca de pronto del mismo modo que el palo de un ciego? ¿Acaso una avalancha no necesita de piedras? ¿Acaso una gota llena un océano?

   -Tenéis razón...no os quiero.

   -Sois  un hombre muy extraño. Iros y olvidare lo sucedido.

   -¡Os amo! Querer es desear tener, y lo que se desea tener sólo es para poseer. En cambio amar es solamente amar, que por cierto no es un solo sino un todo. Un todo de todo.

   -¡Padre del Cielo! ¡Apiadaos!

   -Apiadaos vos de mí y besadme. Dejad que conozca a ese Padre y a ese Cielo antes de merecerlo.

   -¡No! ¡Es pecado!

   -¿Es pecado un beso? -preguntó extrañado Bartolomé-. ¿Qué es lo que luego diréis? ¿Qué el posarse de una mariposa sobre una rosa es un asesinato?

   -El que besa sin sentir amor es como el que orina en un cáliz sagrado. Los besos, las caricias, los temblores excitados son los instrumentos de los que se sirve el amor a fin de expresar la pasión y sentimientos que le llenan. Si yo los utilizara sin reposo del regalo divino, me quemaría en el pecado.

   -¿Qué...? ¿De verdad no me amáis? ¿Todo lo que  yo os amo y vos... no me amáis?

   -Eso es. Salvo con la diferencia de que vos no me amáis. Un ordinario capricho de vuestro antojo soy.

   -¡Bendita! Yo, que me he enfrentado contra más de mil piratas; yo, que he hecho resistir a mis hombres y naves entre terribles huracanes y tornados, y que no necesité más que el tiempo de un pestañear veros el rostro para desmayarme igual que un viejo enfermo sin sangre... ¿decís que no siento amor?

   -Si la mitad de vuestras palabras fueran verdad. Si me amaráis la mitad de la mitad de lo que tanto decís, yo...yo también os amaría.

   -¿Es posible? ¿Es el viento que por crueldad desordena y cambia vuestras palabras antes de que lleguen a mi oído o es cierto lo que escucho?

   -Es verdad. Os amaría si vos me demostrarais que vuestras palabras son ciertas. No por pena o por sacar provecho. Sino porque tanto amor tendríais  que yo también lo respiraría.

   -¡Oh Padre! ¡Oh Cielo! ¿Cómo queréis que os lo demuestre?

   -Muy fácil es. Declaradme vuestro amor gritándolo desde encima de la luna.

   -¿Queréis que pisoteé la tierra de la luna? ¡Me pedís algo irrealizable!

   -En el amor no existe tal palabra.

   -Si que existe, porque yo os amo y no alcanzo subirme por los aíres ni un palmo.

   -No me equivoco entonces. Mentís al decir que estáis lleno de amor. ¿No afirma Dante que el amor mueve el sol y las otras estrellas? ¿No asegura San Agustín que el amor es gravitación hacia lo amado: Amor meus, pondus meum; illo feror, quocumque feror  ("Mi amor es mi peso; por él voy dondequiera que voy")? ¿Acaso Leonero de Alejandra no logró helar sus sangres por esperar a su amado irlandés? ¿No es verdad que el Arcipreste de Talavera enseñó a hablar a una ardilla con el objeto de que recitara sus poemas a la condesa prisionera?

   -¡No miento mi señora! ¡Creédme! ¡Muero de amor!

   -¡Pues morid solo! ¡No quiero perder vida hablando con un charlatán!

Al alejarse ella, Bartolomé respiró, por vez primera, sintiendo qué cosa tan extraña era la soledad. Había gente a su alrededor, incluso amigos y familia, pero él se encontraba solo.

Seis días después partieron las carabelas, bien aprovisionadas, rumbo a la India. Bartolomé subió en silencio, ciego, sin conocimientos y sin aparente vida en el cerebro; a pesar de sus repetidos intentos no había conseguido volver a encontrarse con la dama. Le dolía el pecho. Su cuerpo estaba agarrotado. Cada latir le recordaba que se hallaba vivo, que conocía lo necesario para ser feliz y que no lo obtendría nunca. En las venas del capitán no reposaba más que polvo y tierra.

Durante la travesía, la tripulación esperó discursos, frases o palabras del héroe con los que alejar los miedos que les infundía cruzar el peligroso cabo Bojador. No sucedió nada de eso. A medida que fueron pasando los días, lo único que pedían era que el capitán se dignase, siquiera, a dar un paseo por los barcos, con su mirada de roca y su temple de magnífico. Tampoco. Bartolomé del Castillo se enclaustraba en su camarote. Pasaba las horas encogido sobre su catre, sin dormir, sin comer, sin beber. Su primer oficial se arrepentía de haber dado la orden de zarpar; se daba cuenta ahora que su capitán, y sobre todo amigo, no despertaría del mal que exprimía su alma encontrándose en alta mar, tal como él había reflexionado y que, sin lugar a dudas, la empresa no concluiría en buen puerto. Por último, y no menos importante, sabía con seguridad que de seguir un poco más de tiempo en el mismo estado Bartolomé moriría. Regresar a la patria era tarde para su amigo y, en su modo de ver las cosas, llegar al fin de la aventura era el último gesto de amistad que podría brindarle.

Tres días antes de llegar al cabo estalló un previsible motín. La tripulación dividida en dos, libró una terrible lucha por hacerse con el control de los barcos. Durante la reyerta se formó un gran fuego que invadió las naves. Entonces ya nadie quiso el control de los barcos, sino salir vivo de éstos cuanto antes.

Algunos se salvaron. Más murieron.

El primer oficial, a salvo en una barcaza abarrotada de marineros que luchaban por mantenerla a flote a pesar del empuje de las olas, tuvo tiempo de preguntarse si su amigo se habría enterado del incendio. Imaginó que las llamas habían llegado hasta su camarote, prendiendo su cuerpo. Bartolomé había muerto quemado, acostado en su lecho y sin inmutarse, pensando sólo en el dolor que le ocasionaba no estar abrazado a la bella Hanna.

El primer oficial abrió la boca. Los marineros detuvieron sus movimientos.

Juanjo Herogoitxa / Bartolomé del Castillo caminaba, en contra de  natura, por encima del mar. Las olas eran escalones de plata, que subía y bajaba sin aparente esfuerzo. Saludó con la mano a la tripulación superviviente y, pisando todavía el océano Atlántico, salió corriendo a una velocidad imposible. A los cien kilómetros se detuvo. Tuvo la certidumbre de que su dama se encontraba contemplando la luna desde la ventana de sus aposentos. Subió hacia el satélite relleno. Y desde allí la saludó con la mano, gritando que la amaba.

Desde entonces vivieron felices porque siempre permanecieron juntos.

 

KHHHGHHHK

 

Una historia positiva contra una historia negativa hacía nulo en el cerebro de la Hermosísima.

Ahora se encontraba igual que antes.

 

5. LA VIEJA Y EL VIEJO

 

   La vieja y el viejo concluyeron su caminar llegando a una explanada verde que desembocaba en un profundo acantilado con suelo de mar.

Úrsula desenvolvió el lienzo que llevaba; lo apoyó, cuidadosa, sobre unas rocas que le servían de caballete. Entre unas matas escondía una pequeña silla plegable, en la que se sentó.

Herogoitxa supuso que era en esta explanada donde la Bella acostumbraba a dejar pasar las tardes. Ella no pudo evitar volver a mirarle y Juanjo, sintiéndose observado una vez más por aquel cúmulo de sobrenatura, se sonrojó exteriormente. Los ojos del anciano se tiñeron de los siete colores del arco iris.

   -¿Cómo consigues cambiar el color de tus ojos?

   -No tengo ni idea -replicó tímido-. Sólo sé que me pican.

   -¿Haces otras cosas raras?

Juanjo calló, sin saber que decir, hasta que recordó algo.

   -Sé mover las orejas.

La Hermosísima sonrió divertida. Tomó su maletín de pinturas y lo abrió, colocando el interior sobre una piedra plana que disponíase de mesita. La vieja poseía un excelente estudio al aire libre, formado con muebles naturales.

Herogoitxa, de pie junto a ella, la miraba alelado, con la certidumbre de que la felicidad se le salía del cuerpo. Se divertía viendo al sol columpiándose en la melena suelta de la Hermosísima.

   -¿Qué piensas? -preguntó Sagrario.

   -Pensaba en el sol.

   -¿El sol? -repitió la Bella- ¿Y que te da de pensar el sol?

   -Tonterías. Está allí arriba, tan alto que tuvo que agudizar mucho los sentidos el día que quiso darse cuenta de nuestra presencia. Aún así basa su existencia entera en cuidarnos: nos manda, sin faltar un solo día, a cada uno de sus poderosos rayos de luz para que logremos desarrollar nuestra milimétrica vida; se me antoja igual que si un ser humano renunciara a toda su vida por cuidar de su insignificante nido de pulgas...

   -Pareces -le interrumpió divertida la Bella- un niño dando vida a las cosas que no la tienen.

   -Bueno -contestó el anciano- quizá porque fue de niño cuando lo pensé por vez primera. Ahora, hace unos momentos, he conseguido responder a la duda que siempre me surgía.

   -¿Y cuál era?

   -Como decía, no hay día en que el sol nos falte entregándonos su energía. Dirige su vida hacia nosotros sin esperar recompensa alguna. Nadie lo rehuye, todos lo amamos, incluso nos tumbamos desde que se nos presenta la oportunidad, únicamente con el objeto de que nos toque en la cara... y nosotros ¿qué le damos a cambio? Un terrorífico espectáculo. Aquí abajo, en la tierra, ve un mundo en destrucción. Hay quien ama, aunque no es para siempre... El hombre, la sangre por el suelo, la avaricia con la que de manera consciente matamos a nuestros hermanos de hambre... Por eso siempre me he preguntado por qué, con el propósito de hacernos desaparecer, no nos niega su energía o dirige sus maravillosos rayos a otros fines más aprovechables. Yo no se lo echaría en cara. La maldad es nuestra, no suya. No tiene razón alguna por la que mantener, pletóricos, a una especie de diablos.

   -Si pensabas esas cosas de niño no creo que tuvieras muchos amigos. ¿Cuál es la respuesta que hoy dices haber encontrado?

   -La respuesta eres tú, Úrsula. Sin duda alguien le sopló al oído que si se calentaba lo suficiente a ese pedazo de gelatina, durante más o menos unos millones de años, en algún momento de la historia nacería lo más hermoso que se vería jamás. Calentó y calentó, soportando las abominaciones humanas durante el tiempo que hizo falta, y un día lo anunciado se hizo cierto: naciste. Desde entonces permanece hipnotizado, aprendiéndote de memoria, maldiciéndose por tener que alejarse de ti durante las noches y acudiendo, madrugador, al alba, sorprendiéndote dormida en tu reposo y acariciándote como un pícaro donjuan, antes de que abras los ojos y se complete, con la belleza de éstos, el encantamiento que hace de ti la máxima maravilla.

   -Eres un viejo chocho -rió la Bella.

   -Ríete si quieres pero, tan solo viendo la manera en que se columpia por tu pelo se nota que cada palabra que he dicho es cierta. Además, se le advierte bastante satisfecho, aunque también algo envidioso; puedes comprobar que, celoso, me está recalentando en demasía las orejas.

La anciana rió más todavía, al tocar las orejas calientes del enamorado.

De repente, el interior de Herogoitxa se detuvo en seco. Pensó que estaba hablando demasiado. Quizá la Bella cavilaba ahora que él no era más que una cotorra cualquiera, intentando embaucarle con palabras como, con seguridad, habían tratado de hacerlo millones de personas. Encima, él se había dejado llevar hasta el punto de contarle cosas que seguro ella razonaba de ñoñas y estúpidas. Se maldijo por haber abierto la boca.

Doña Úrsula notó el cambio de actitud en el rostro de Juanjo. Pensó que el anciano era tímido. Lo sintió. Le hubiera gustado que continuara contándole cosas.

La Divina centrose en su pintura. Suspiró pesadamente y con el intelecto cerrado eligió un carboncillo basalto, con el que trazó largas líneas sobre el lienzo. El rictus de su cara se mostraba severo, preocupado.

Después de un buen rato, Juanjo descubrió que la vieja había bocetado un barco de aspecto fiero.

La Bella repasó con tinta algunas de las líneas de carbón, apretando mucho, mientras una lágrima saludó al exterior desde su retina. Con unos pinceles pintó, sin cuidado, el cuadro en siete tonos distintos e inconcebibles de color negro intenso.

El lienzo, aunque del todo oscuro, sin una sola línea que delimitara nada, enseñaba un barco que parecía provenir del mismísimo infierno.

La anciana se giró mostrando la espalda a su obra. Cerró los ojos (aprisionando sus lágrimas, preparando su cabeza) y se volvió brusca a observar su creación. Gritó, agarró la pintura y la lanzó al vacío con rabia descontrolada que le rayaba la cara. El lienzo cayó por el acantilado, tocó el mar, se hundió, resurgió y, finalmente, se mantuvo flotando sobre la marea tranquila.

   -El maldito nunca se hunde -murmuró Sagrario.

Se volvió hacia Juanjo.

   -Por favor, no cuentes nada de lo que has visto -le dijo- Ese endemoniado barco no me deja dormir tranquila por las noches. Lo pinto cada día tratando de sacarlo de mi cabeza, pero jamás lo he logrado.

   -¿Por qué te afecta tanto el barco?

   -Es el barco que me violó.

Juanjo calló sin entender nada, y notó a la vieja vulnerable al aíre; tembliqueante, a punto de que su dolor la quebrara en mil fragmentos de cristal.

Herogoitxa deseó ayudarla.

   -¿Puedo abrazarte? -preguntó valeroso.

   -Pero no lo hagas con las manos por favor, sólo con la mirada -contestó Úrsula-. Es que mi corazón tiene mucho cerebro y mi corazón demasiado dolor.

Juanjo pensó que cada vez que ella respondía a sus preguntas él entendía menos. Sin embargo, trató de contestar lo mejor posible[3]. Sus ojos, que ahora se habían teñido del color de los melocotones, la miraron de la única manera que su amor le permitía: inundados de cariño, prometiéndole que nunca haría nada que no creyera por el bien de ella.

Sagrario aceptó esa mirada, y de manera tan fija miró también, que le pareció estar a milímetros de distancia de Herogoitxa. De hecho algo se soltó, (¿cómo nombrar lo innombrable, lo que aún desconoce por completo el hombre?) un indeterminado poder que les hizo sentirse llenos de placeres sublimes. No entendían que era, pero no había ganas de investigar nada; se les cerraban los ojos del gozo, sus bocas mostraban una brusca mueca de éxtasis, el vello de sus cuerpos se erguía como si pudieran tocar el cielo..., el amor existía y lo era todo; les invadía en estado puro, seduciéndoles, bailando de forma sublime el más delicioso vals con sus vidas... Otro algo (¿una madreselva? ¿una fuente? ¿el revoloteo de las alas de una luciérnaga?) les hizo abrir los ojos. Avisaba que tanto placer no era posible en la tierra.

En la mitad de un segundo se vieron a sí mismos tirados sobre la hierba, sin vida. Arriba de sus cuerpos, por el aire y besando al viento, sus almas, la de él color de plata y la de ella de bronce, escapaban alegres, al tiempo que se fundían en una sola; parecían amantes secretos huyendo de un tormento doloroso, dos gotitas de mercurio abrazándote e individualizándose.

La vida que les rodeaba jadeaba de emoción: los árboles aplaudían, la hierba reía, los escarabajos voladores se enternecían...la metempsicosis griega existía.

Se asustaron (quizá sólo fue uno de ellos, no lo sé), abrieron los ojos de sus cuerpos y al instante, las almas volvieron a sus cárceles de a diario; entre huesos, vísceras, hígados y células se escuchó un murmullo de reproche. Durante un rato percibieron en su interior un incómodo picor, que no supieron si achacar al desacuerdo que mostraban sus traviesas almas por tener que regresar o a la extrema velocidad con las que éstas habíanse introducido en los cuerpos.

Lo sucedido no les revolvió en los nervios. Sin saber el modo habían descubierto, y al mismo tiempo, que no tenían nada que temer: el amor que les envolvía (pues de pronto ya se querían para siempre) escapábase de lo habitual. 

 

 

6.      EL AMIGO

 

   Los enamorados se abrazaban. Hablaban. Jugaban. Se miraban. Se confesaban. A Juanjo se le iban las manos y los besos; la Bella no hacía nada por detenerlos. Ella no sabía si las caricias de su amante le gustaban, se le hacían extrañas; pero sin lugar a dudas, era algo inédito que necesitaba.

En otro lugar de la montaña, un hombre llamado Meléndez caminaba; era un enamorado más de doña Úrsula, sintiéndose fatal. Todavía no había regresado a su geriátrico, deambulaba perdido por la montaña. A lo largo de la tarde, después de ver a la Admirada elegir a un hombre e irse con él, había librado y vencido, (desconociendo la manera) mil batallas diferentes contra mil pensamientos que terminaban en muerte. Agotado, con sus huesos hastillados, se sentó de cuclillas en la orilla de un riachuelo. El agua transparente invitaba a ser bebida.

Bebió.

Murió.

Seis viejas, seis brujas, se abalanzaron sobre el cuerpo fallecido de Meléndez: lo arrastraron hacia un anchísimo altar de piedra pegado al suelo, y vaciaron el contenido de seis bolsas: seis puñados de seis diferentes tipos de arena que tiraron de seis formas distintas, encima del envenenado. 666. La arena traspasó las ropas del muerto; su piel eferverció, provocando manchas de seis colores diferentes.

Las viejas chillaron de alegría; era cierto lo que habían leído en los libros prohibidos de brujería demoníaca.

Una de ellas clavó una cruz vuelta del revés en la garganta del asesinado comulgando con el alma, la voluntad y las ganas de las demás presentes.

La sangre que le brotó por el cuello fue introducida en un cáliz santificado, mezclada con los flujos vaginales de una de las viejas, originados en la excitación producida al rozarse el clítoris con cucarachas desaladas. Revolvieron el brebaje con el pene erecto y disecado de un lobo rabioso que había lamido la boca a un sacerdote excomulgado.

Comieron la carne que tenía sobre su corazón, hasta dejar el órgano a la vista.

Allí vertieron los líquidos.

El cadáver creció sesenta y seis centímetros en longitud. Los huesos, que en la vejez de Meléndez habían sido débiles, se volvieron de inmediato fuertes, largos, negros y dentados en los lados, tanto que, por algunos lugares, se le salían de su coloreada piel. Las manos se convirtieron en garras, sus uñas eran palillos de acero. La lengua cayó de su boca, pudriéndose desde que toco el suelo. Los ojos se abrieron y dejaron de parpadear. Meléndez ya no era Meléndez. Era una bestia que nadie creería. Sin recuerdos, no era un hombre. En su inteligencia había espacio para dos órdenes y las esperaba con ansia.

   -Arranca el cuero cabelludo a doña Úrsula Sagrario y entréganoslo.

El transformado gimió de placer y las viejas volvieron a chillar de alegría: dicho cuero cabelludo era el elemento primordial que urgían para obtener una infusión que les permitiera igualarse a la Máxima en belleza.

La bestia llegó a donde Úrsula y Juanjo se amaban. Algo en su corazón -ahora deforme y de ramas quemadas- se conmovió. Se rascó allí donde le picaba y continuó acechando. Un instinto le decía que su vida terminaría entre la caída del sol y el primer rayo lunar; por ello, debía de actuar deprisa.

Los enamorados lo vieron por vez primera a siete metros de ellos. No tenían escapatoria.

Herogoitxa abrazó a Sagrario y deseó tener el tiempo justo con el que rezar una oración.

Del suelo se desenterró un individuo de apenas un metro de altura, calvo en su totalidad, medio vestido con una especie de falda blanca manchada de hierba y tierra. Su cara parecía no mostrar ninguna arruga, por lo que casi se le podía confundir con un niño, sin embargo, una observación atenta (piel seca, cuerpo robusto, ojos hundidos y oscuros) levantaría sospechas que de cualquier manera no llegarían a concretar la verdad: contaba con setenta y seis años de edad. Tenía pezuñas, orejas puntiagudas y rabo de perro.

Abrió la boca y mostró una dentadura de sables. Sus ojos enrojecieron.

La cosa se lanzó sobre el transformado; colgándose del cuello le mordió la garganta y, sin un segundo de pausa, comía y tragaba la carne que despedazaba. Era un portento de potencia.

Las manos del demonio -quién se mantenía firme y no mostraba signos de dolor- se dirigieron a la cabeza del enano, buscó sus oídos y al encontrarlos hundió sus puntiagudas uñas dentro de ellos. Entre sus dedos comenzó a manar abundante sangre.

Juanjo cogió de la mano a doña Úrsula y la llevó -corriendo, casi volando- hacia las proximidades del asilo. En tres minutos y medio, la Bella detuvo el correr y le pidió que se sentaran un rato, que todavía no quería regresar a la habitación. Herogoitxa la miró extrañado.

   -¿Cómo se te ocurre detenerte? -preguntó exaltado-. Una de esas cosas horribles puede venir a por nosotros en cualquier instante.

   -No temas, es seguro que ha ganado Ivumche, si no ya habríamos perecido a manos de aquel ser tan alto. Aunque nos pese no somos más que dos viejos corriendo a través de una montaña.